Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 17
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17: Invasión En Sharurah 17: Invasión En Sharurah Por suerte para la ciudad de Sharurah, Rafael y Leonardo, el monstruo más grande permaneció inamovible y oculto tras el velo de la arena.
Por desgracia, los cientos de miles de “pequeñas” criaturas no.
Las docenas de helicópteros cargados con torretas hicieron el primer contacto, desatando una lluvia de balas sobre la marea que había emergido a la superficie.
Los proyectiles volaron y la quitina recibió daños del gran calibre y volumen.
Algunos murieron.
La mayoría soportó los disparos.
Bajo la arena, más y más se abrían camino y las sirenas chillaron en la ciudad.
Las fuerzas estacionadas reunieron todo el arsenal del que disponían, posicionándose en el límite norte de Sharurah para contener al enemigo.
O al menos intentarlo.
El caos se desató en las calles y las fuerzas de policía resultaron ser insuficientes para calmar la histeria colectiva.
Se instó a los ciudadanos a resguardarse lejos de la zona de combate, y algunos incluso partieron en caravanas en la dirección opuesta, lanzándose al desierto.
Fue gracias al alboroto general que Rafael y Leonardo pudieron rodear la zona más protegida por los militares y adentrarse en Sharurah sin mayores complicaciones.
Lo primero que hicieron fue irrumpir en una casa aleatoria y lavarse el cuerpo que en este punto ya sufría por la capa de mugre y tierra, así como el hedor insoportable del icor seco.
Lo segundo más importante fue salir desnudos hasta encontrar una tienda de ropa y saquear de nuevo.
Mientras tanto, los bichos ya habían entrado en la línea de fuego de los militares.
Las armas escupieron su desafío y la muralla andante de quitina correspondió con una marcha inagotable.
Los cañones de los blindados se encendieron, las torretas de los Jeeps tronaron incansablemente al son de las armas de los soldados.
Los lanzacohetes recibieron la orden y dispararon sus proyectiles propulsados, causando graves daños a las primeras filas.
La marea no cesó su avance.
Rápidamente alcanzaron la zona minada con antelación, y la arena, el icor y la quitina volaron por los aires.
Desde el cielo, los Helicópteros continuaban derramando fuego sobre las criaturas, agotando sus municiones.
A pesar de sus mejores esfuerzos, el avance enemigo no se detuvo ni flaqueó una vez.
Las criaturas marcharon sobre los cadáveres de sus congéneres, los heridos fueron pisoteados y terminados por los suyos.
Menos de cuatro minutos después de que iniciaran los disparos, los militares se vieron obligados a retroceder.
En cuanto los blindados y los Jeeps cubrían la retirada de los hombres de a pie, los ciempiés bajo tierra emergieron repentinamente.
Los M2 recibieron el impacto desde abajo, sus orugas triturando a los primeros desafortunados insectos.
Pero el número aumentó en segundos y cinco tanques fueron derribados.
Peor suerte sufrieron los mucho más ligeros jeeps y aún peor los soldados de carne y hueso.
Las armas ligeras no tenían efecto visible en la quitina y asestar cada bala en la boca de cada insecto habría sido un milagro.
Las mandíbulas enemigas se cerraron sobre sus cuerpos por montones, despedazándolos violentamente.
Ácido voló por todas partes, chisporroteando contra los caparazones de los insectos y derritiendo la blanda carne de los hombres.
Los más temerarios lanzaron todas las granadas a su disposición a todas direcciones, sabiendo que inevitablemente matarían algo, y probablemente salvarían a un colega de una muerte horrible.
La línea de defensa de Sharurah perdió a casi la mitad de sus efectivos en los primeros minutos de combate, y habrían perdido a todos de no ser por la intervención de dos agotados y recientemente aseados niños con cola.
– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – —¿¡Alguna vez te has preguntado por qué nunca hacemos lo que propones!?— inquirió Rafael la expresión torcida por una mezcla de dolor y frustración, estampando su puño herido y sin sanar contra otro bicho desgraciado, pulverizándole la cabeza.
—¡Pues resulta que tus ideas son una porquería!
—¡Jódete Rafael!
¿¡No querías desafíos que te patearan el culo y aprovechar el Zenkai!?
¡Toma tu maldito Zenkai!— replicó Leonardo, tan disgustado como su amigo mientras azotaba un ciempiés contra sus pares, destrozando tanto a los enemigos como la calle.
Balas y proyectiles seguían lloviendo desde detrás de su posición, así como del aire.
Ellos se convirtieron en el único foco de resistencia que ralentizó genuinamente el avance de las criaturas.
—¡No quiero que me hagan mierda, NECESITAMOS que nos hagan mierda para que en el futuro ningún bigotón hijo de puta nos haga mierda!— contraargumentó Rafael, entrando en una competencia de mordidas con otro monstruo, arrancándole una de las mandíbulas con sus propios dientes.
Los enemigos se amontonaban y de no ser por el ligero apoyo de las torretas, cohetes y granadas, se habrían visto inundados y superados hace mucho.
Eso no evitó que tuviesen que retroceder constantemente.
Ya se encontraban en la ciudad propiamente dicha y los insectos comenzaban a rodearlos y desplazarse por otras calles.
Otros equipos tendrían que lidiar con ellos, pues Rafael y Leonardo ya tenían las manos llenas.
Tenían el poder bruto para acabar con cada enemigo de un golpe, a pesar de su agotamiento general y la mano herida de Rafael.
Eso no significaba que pudiesen arrasar fácilmente con todo lo que se les arrojaba encima.
—¡Aash, pudiste haberte ido si tanto te molesta!— Leonardo siguió el ejemplo de su amigo, apoderándose de un par de mandíbulas y usándolas para apuñalar y desgarrar a otras criaturas.
Rafael gruñó, partiendo un ciempiés que pasaba por su lado por la mitad.
Clavó ambas manos en ambas mitades, usando los extremos como látigos para azotar a los que lo rodeaban.
—¿Y convertirme en un frío, arrogante e indiferente transmigrante chino genérico asqueroso?— pensó Rafael con disgusto.
Ni siquiera él estaba tan falto de consciencia como para fingir ignorancia y marcharse tras arrojarle este desastre a las personas de esta ciudad.
A diferencia de Qasar al-Zill y su gente mayormente repulsiva y despreciable, este pueblo desconocido parecía ser normal.
Había familias aquí, hombres, mujeres y niños que no habían hecho nada malo.
Y sobre todo, jamás podría dejar atrás a su amigo a pesar de diferir mucho en sus opiniones sobre esta nueva vida.
Leonardo era lo único que le quedaba ahora, lo único que le recordaba que seguía siendo Rafael.
—¡Pequeña mierda mal agradecida!— escupió Rafael en voz baja, prometiéndose hacerlo pagar más adelante.
—¡Rafael!— gritó Leonardo de repente.
—¿¡Qué!?
¡Sabes que eso fue un golpe bajo!— replicó Rafael con fastidio.
—¿Eh?
¡Tsk, lo que sea, mira allá estúpido!— Leonardo sacudió la cabeza antes de señalar en la dirección de la que provenían los bichos.
Rafael se volvió y sintió que el esfínter le temblaba.
Una tormenta gigantesca de arena se les acercaba y eso sólo podía significar una cosa: Mamá Ciempiés empezó a moverse de nuevo.
Sin embargo, a medida que pasaban los segundos un hecho incluso más desalentador se hizo perceptible para todos los involucrados.
—…Me cago en todo— maldijo Leonardo.
Rafael asintió y le dedicó una mirada significativa a su amigo.
Sin dudarlo, ambos salieron disparados a toda velocidad en la dirección opuesta, abandonando a los soldados en el lugar.
Momentos después, el Tsunami de arena que confundieron con una simple tormenta golpeó con el poder de una montaña, derrumbando edificios y aplastando con su monumental peso media Sharurah, incluyendo insectos y soldados.
Ni los Helicópteros volando a baja altitud salieron librados, ni los tanques resistieron la presión.
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