Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 19
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- Capítulo 19 - 19 Llegan Los Héroes
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19: Llegan Los Héroes 19: Llegan Los Héroes Inmortal no redujo la velocidad en lo absoluto.
Desvió momentáneamente la mirada con ligera confusión, preguntándose qué habría golpeado la criatura con su antena.
Decidió que no importaba por ahora y continuó su embestida a alta velocidad.
El monstruo objetivo intentó enroscarse, tal vez para atacar o quizás para defenderse.
La arena también se agitó, reuniéndose lo más rápido que pudo para formar un escudo denso.
Ninguna de esas acciones fue ejecutada lo suficientemente rápido.
Inmortal se estrelló violentamente contra la cabeza sorprendentemente dura del Ciempiés gigantesco a casi Mach 8.
El impacto resonó como el tronar de nubes tormentosas, y una onda de choque dispersó la arena en proceso de reunirse.
La quitina especializada para disolver la energía cinética alcanzó su límite y se agrietó, la sacudida hizo temblar el largo cuerpo de la criatura y la fuerza la empujó decenas de metros, dejando surcos enormes en la tierra con sus muchas patas.
Los puños del Héroe se hundieron en la carcasa, sobrepasando varios centímetros de denso material biológico hasta que sus codos desaparecieron también.
Pero ese fue el límite de Inmortal.
—¡Ngh, Imposible!— gruñó mientras retiraba sus brazos.
Intentó desatar una lluvia de puñetazos en la zona afectada, pero el monstruo se enfureció y arremetió con renovada energía.
Para desconcierto de Inmortal, la criatura se movió con rapidez y alejó su cabeza de sus ataques, a la vez que dos muros densos de arena lo interceptaban en un choque descomunal.
A igual que Rafael y Leonardo antes, Inmortal encontró la dureza de la arena exagerada.
Su cuerpo fue duramente aplastado hasta el punto en que sus oídos y nariz sangraron.
Su sentido del equilibrio se alteró por un momento.
El enemigo aprovechó ese momento y azotó al Héroe con una de sus antenas, mandándolo a volar una gran distancia.
Inmortal se recuperó en cuestión de segundos y detuvo su avance descontrolado.
Se limpió la sangre de la nariz y sacudió la cabeza para despejar el zumbido molesto.
A un centenar de metros, el monstruo también se sacudía con visible incomodidad, desprendiendo varios fragmentos de caparazón de su cabeza, justo en el punto donde él lo había impactado al inicio.
La batalla no sería fácil, pero Inmortal no era un combatiente individual.
Sólo necesitaba alejar más a la criatura de la ciudad y esperar a sus compañeros.
– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – —¿¡Rafael!?— llamó Leonardo, adentrándose en una tienda de alfombras con la entrada destruida.
El rastro de agujeros en edificios y nubes de polvo, así como los cráteres y grietas esparcidos en línea casi recta terminaban aquí.
Por suerte, la mayoría de las personas de la ciudad habían sido evacuadas al extremo sur y eran transportadas hacia el desierto, por lo que no había inocentes con los que su amigo chocara y convirtiera en pulpa.
No que Leonardo hubiese notado de todas formas.
Buscó bajo el desastre de telas hasta que encontró el cuerpo maltrecho de Rafael.
Rápidamente verificó las cosas importantes antes de suspirar en alivio.
¿Corazón latiente?
¿Aire entrando y saliendo por la nariz?
Si la respuesta era sí, entonces todo estaba bien.
Ninguno era apto para el cuidado de la salud.
Leonardo tomó a su amigo y prestó atención a cualquier agujero demasiado grande en la carne o un hueso visible.
Al no encontrar nada, se lo subió al hombro cual saco y empezó a dirigirse al sur de la ciudad, donde los habitantes continuaban la evacuación de mano de algunos militares y los restos de la policía.
En el camino sin embargo, Leonardo vio personas atrapadas bajo escombros con algunos grupos intentando sacarlos.
Vio personas vagando sin rumbo aparente, desorientadas, y niños llorando en silencio en alguna esquina o establecimiento, completamente solos.
Apretó los dientes y siguió su camino.
Rafael no estaba en condiciones de ser tirado por ahí sin más, ya que los bichos que los habían rodeado y que no fueron aplastados por el tsumani de arena pronto llegarían a esta zona.
Su piel no era invulnerable y sin el movimiento consciente del Ki en su cuerpo, Rafael perdía gran parte de su resistencia.
De ser tomado inconsciente como estaba, se lo podrían comer.
Con pesar en su corazón, Leonardo fingió no notar la existencia de estas personas.
Para cuando logró encontrar la aglomeración de vehículos que se abalanzaban al desierto en una estampida apenas controlada, los insectos ya habían comenzado su embestida.
Los hombres, mujeres y niños encerrados en el pesado tráfico se convirtieron en la merienda de las criaturas.
Los pocos agentes de la Ley y el Orden abrieron fuego con sus patéticas armas, consiguiendo resultados nulos.
Muchos abandonaron sus transportes atascados, lanzándose a una carrera desesperada por la supervivencia que no podían ganar.
Los de más adelante pisaron el acelerador y no les importó arrollar a sus semejantes, escapando a duras penas de la masacre.
Nuevamente, Leonardo se desentendió del asunto y aprovechó el caos para salir a toda velocidad de esta ciudad condenada, siguiendo a aquellos vehículos que sí lograron salir desde la distancia.
Después de todo, ni él ni Rafael tenían idea de dónde carajo estaban, o cómo llegar a Qasar al-Zill.
Arrojarse al desierto otra vez sin un rumbo fijo habría sido más que estúpido.
Lo que Leonardo no notó fue el cerco que las criaturas pusieron sobre este lado de la ciudad.
Antes de que llegara a las zonas más apartadas del lado sur y abandonara propiamente el entorno urbano, su paso fue bloqueado por dos ejércitos cerrando una carga en forma de pinza.
Miles de mandíbulas chasquearon intermitentemente y se abalanzaron sobre las presas acorraladas.
—¡Ay por favor!— gimió Leonardo para sus adentros, asegurando el paquete en su hombro y saliendo disparado contra la marea quitinosa.
Hecho mierda y todo, aún tenía la velocidad y la fuerza para embestir con el poder de un autobús.
Leonardo arrolló al enemigo, quebrando sus caparazones y desuniendo los segmentos en una demostración de superioridad física que rompía toda lógica.
Las criaturas que pisoteó murieron al instante o salieron gravemente heridas, mientras usaba su mano libre para apartarlos con empujones que los arrojaron varios metros en el aire.
Sin darse cuenta, abrió el camino a seguir para varios vehículos, cuyos conductores reaccionaron al instante al ver una ventana de salvación.
Entre ellos, media docena de jeeps militares, los últimos de este lado de la ciudad, se dividieron en dos formaciones ligeramente por detrás de Leonardo, completando la lanza que apuñaló la barrera de mandíbulas y quitina.
El metal se dobló y los neumáticos fueron mordisqueados.
Las ventanas fueron atravesadas, y más de un desafortunado grupo de civiles fueron invadidos y devorados en el último momento.
Leonardo no notó nada de eso.
No escuchó las torretas descargando sus últimas balas, ni los motores rugiendo su último desafío desesperado.
Sólo siguió avanzando, pisoteando, pateando, empujando y golpeando todo lo que se le ponía en frente.
Las mandíbulas se le pegaban a las piernas, al torso y los brazos, mordisqueando, arañando e intentando frenar su impulso.
La salida se hacía cada vez más cercana, pero el volumen de enemigos aumentaba segundo a segundo.
Los insectos se apilaban unos sobre otros, saltando sobre Leonardo y la pequeña multitud de vehículos detras de él.
Leonardo sin duda lograría atravesar a los enemigos.
Los demás no tenían buenas probabilidades.
Esas probabilidades aumentaron drásticamente cuando repentinas explosiones hicieron volar partes de ciempiés a ambos lados de la caravana.
Una aeronave de avanzada tecnología sobrevoló el lugar y desplegó cañones giratorios, bombardeando al enemigo con munición de alto calibre.
Incluso Leonardo alzó la mirada, viendo un grupo de variopintos individuos descender del jet sin temor alguno, lanzándose contra la marea de quitina.
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