Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 3
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- Capítulo 3 - 3 Un Isekai Muy Extraño
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3: Un Isekai Muy Extraño 3: Un Isekai Muy Extraño —Este Isekai es una mierda— comentó Rafael con el ceño fruncido, echado sobre una gran duna y permitiéndose ser bañado por los últimos rayos de sol de su primera nueva vida.
Leonardo asintió en silencio, admirando la hermosa vista del paisaje desolado en su último momento, intentando ignorar el estómago rugiente y la garganta reseca.
Incluso tragar saliva era difícil.
—Quiero decir, no hay una familia de aldeanos humildes pero bondadosos, una madre joven y hermanas atractivas que te mimen y amen rozando el incesto, o una familia noble en la que tus hermanos intenten matarte, sólo para que tú los superes y asciendas a cabeza de familia y se te conceda el honor de ser propietario de todas las damas de la familia para casarte con ellas y embarazarlas— explicó Rafael, perdiéndose en ideas extrañas de nuevo.
Leonardo volvió a asentir, poco interesado en gastar su energía discutiendo cuestiones morales con un ser inmoral.
Pero incluso él tuvo que admitir que sus primeras horas de nueva vida estuvieron muy alejadas de lo que se esperaría al transmigrar.
Ambos emprendieron el viaje entre risas, confusión y desconcierto.
Corrieron, caminaron, exploraron, escalaron dunas ridículamente altas para observar y sólo encontraron más arena.
Arena en el suelo, arena en el aire, arena en sus bocas, en sus párpados e incluso entre sus nalgas, cosa que empezaba a irritar.
Lo peor de todo fue cuando Leonardo tuvo que hacer sus necesidades.
No tenía nada para limpiarse y Rafael no ayudó al sugerirle usar su propia cola.
Así que era embarrar su nueva parte del cuerpo en porquería, o caminar desnudo con porquería entre las nalgas.
La opción fue tan obvia como repugnante.
Las horas corrieron, el viento sopló, la arena no se terminaba y el sol trazó su camino hasta casi desaparecer.
Seguían perdidos en medio de la nada.
—¿Crees que este lugar sea tan vasto como el Sahara?
Dudo mucho que alguno de los pequeños desiertos de nuestro continente fueran tan extensos— Rafael continuó con su charla, quizás por aburrimiento o simples ganas de fastidiar.
—Reserva tu fuerza— advirtió Leonardo lacónicamente, acomodándose lo mejor que pudo en la arena y cerrando los ojos.
—Tch, más vale que no te vuelvas frío y solemne en esta vida.
Odio los protagonistas de cultivo— replicó Rafael con una mueca.
No habló más después de eso.
El manto azul y anaranjado sobre sus cabezas se fue oscureciendo poco a poco, mientras docenas, luego cientos y al final miles de puntos destellantes salpicaban la noche sin luna.
Rafael y Leonardo cayeron en un profundo sueño, agotados por el calor, la falta de alimento y líquidos a lo largo del día.
Para Leonardo todo fue oscuridad, silencio.
Rafael no tuvo tal suerte.
Revivió el momento de su muerte, el mareo y la fría lata de cerveza en su mano.
El click de la puerta, los pasos pesados y dudosos, el chasquido del arma.
¡Bam Bam Bam!
Resonaron los disparos y el impacto de la bala le hizo retroceder en el sueño, y sobresaltarse en el mundo real.
Se despertó agitado, bañado en sudor y con el corazón martilleándole en el pecho.
Sus instintos de lucha o huida se activaron, ganando lo primero por un amplio margen.
¡Bam Bam Bam!
Resonaron los disparos de nuevo, pero más tenues, como si el arma no detonase justo frente a él…
!!
—¡Leonardo!— susurró con prisa, palmeando la cara de su compañero.
—¡Ngh!— gimió Leonardo con fastidio, pero Rafael lo abofeteó.
El chico se despertó atontado, a punto de proferir una maldición que Rafael impidió al taparle la boca bruscamente.
—¡Shh, cállate y escucha!— señaló Rafael, aguzando el oído para intentar captar algo.
Leonardo dejó de retorcerse y prestó atención.
Pudieron escuchar más detonaciones, lejanas, así como gritos de personas o algo bastante similar.
Se miraron el uno al otro un momento antes de ponerse de pie y salir disparados en la dirección que consideraron correcta.
El tronar se hizo más audible, más claro.
Se estaban acercando, y sea lo que fuera este otro mundo, definitivamente no era uno medieval.
Aquello sonaba como armas comunes de fuego, modernas.
Eso o magia con efectos de sonido poco originales.
—¿¡Oye, y por qué demonios corremos hacia un posible tiroteo!?— cuestionó Leonardo.
—¡Si son gente, tendrán comida.
Si son elfos, tendrán waifus!— declaró Rafael con convicción.
Leonardo no pudo discutir y continuó moviéndose.
De repente, un foco de luz salió volando por encima de una duna y trazó un amplio arco, dejando tras de sí una estela de humo apenas visible.
El objeto cayó a decenas de metros de la posición de los chicos, explotando en una bola de fuego que dejó pocas dudas sobre la naturaleza del escándalo.
A pesar del leve pánico, el hambre, la sed y la adrenalina se sobrepusieron al sentido común.
Leonardo y Rafael escalaron la duna lo más rápido que sus pequeños cuerpos les permitieron, mientras el clímax parecía alcanzarse entre los individuos en batalla.
Gritos de guerra, detonaciones consecutivas, chillidos de dolor y alguna que otra explosión resonaban en las hasta hace poco silenciosas arenas.
Llegados a la cima, el dúo se detuvo un momento para tomar aire y entonces asomaron sus cabezas, momento en el que una ráfaga de proyectiles impactó la arena cerca de sus caras y los obligó a agacharse de nuevo.
—¿¡Viste algo!?— preguntó Rafael, respirando agitadamente.
Leonardo negó con la cabeza.
Una vez que el susto inicial pasó, volvieron a asomarse y, esta vez, no estuvieron a centímetros de la muerte.
Lo que presenciaron fue decepcionante, a pesar de que ya se lo esperaban: Personas comunes, portando armas comunes.
Atrincherados tras simples mesas de madera había hombres envueltos en telas oscuras, de pies a cabeza como tu árabe genérico.
Pistolas y algo similar a una ametralladora escupían balas contra los atacantes, quienes descendían desde el otro lado del cráter en el desierto en el que se encontraban.
Demasiado lejos para que Rafael o Leonardo los visualizasen adecuadamente, el bando contrario abría fuego sin parar contra los atrincherados.
Los chicos se encontraban en una mala posición, justo a espaldas del grupo vestido de negro.
—Rafael…
Creo que debemos irnos de aquí— llamó Leonardo con expresión dudosa, su mente girando furiosamente mientras lo asaltaba una sensación de malestar.
—¿Qué?— cuestionó su amigo.
Antes de que Leonardo pudiera explicarse, la razón de su mal presentimiento se manifestó en la forma de un par de vehículos llenos de hombres armados.
Estaban en la retaguardia de un grupo atrincherado.
Por supuesto que los enemigos los rodearían.
—¡Corre!— chilló Rafael, lanzándose por donde vino cuesta abajo.
Leonardo no dudó y lo siguió.
Oyeron un grito proveniente de los vehículos y las balas llovieron en su dirección.
Algunos hombres bajaron y los persiguieron.
Siendo más grandes y con extremidades decentes, los desconocidos armados no tardaron en alcanzar a los niños.
Más gritos en una lengua que ninguno entendía, probablemente de advertencia, les fueron lanzados pero el pánico les impidió detenerse.
Rafael ya tenía una mala experiencia con armas de fuego, y no estaba dispuesto a ser asesinado por segunda vez de la misma manera.
—Quf!— ordenó el hombre más cercano, usando la culata de su arma para golpear a Leonardo en la cabeza.
Sorprendentemente, el golpe no le dolió al chico tanto como imaginaba.
Desgraciadamente, eso no impidió que se entorpeciera su carrera y rodara en el suelo.
El hombre pisoteó a Leonardo y gritó cosas incomprensibles, mientras otro sujeto continuaba persiguiendo a Rafael.
—¡Suéltame!— escupió el chico, intentando quitarse de encima el pie que aplastaba su cabeza.
Leonardo empezaba a entrar en pánico, pero también a llenarse de ira.
Ira que acumuló poco a poco a lo largo del día, incrementada por las condiciones de su aparente transmigración o reencarnación o lo que fuera esto.
Ira reprimida, porque al menos tenía a su amigo con él, acompañándolo.
Ira por la injusticia de todo, ira por la humillación de ser presa, de ser tratado como basura por un completo desconocido.
El cañón del arma apuntaba en su dirección y la bota se retorcía, enterrándolo más en la maldita arena que también detestaba.
Leonardo explotó.
—¡¡Que me sueltes!!— rugió el chico, levantándose con tal fuerza que hizo trastabillar al hombre.
Sin pensarlo demasiado, se lanzó contra él en un único y potente salto, estrellándose de cabeza en el estómago del sujeto.
Para su sorpresa, el impacto hizo gemir al hombre adulto y ambos se deslizaron un par de metros en el aire antes de tocar arena otra vez.
El arma se le escapó de las manos al hombre, así como el aire de sus pulmones y la consciencia de su mente.
Una casi imperceptible bocanada de sangre salió de sus labios.
Leonardo apenas sintió el retroceso en su cuello.
Se estrelló en la arena y volvió a rodar, desconociendo la sobrehumana hazaña de fuerza que acababa de hacer.
Más adelante de su posición, Rafael sí presenció todo.
Había sido alcanzado por el otro tipo y arrojado al suelo, donde forcejeaba con él e intentaba propinarle patéticos puñetazos.
Fue fácilmente dominado, pero la demostración de Leonardo le hizo sonreír levemente.
No estaban tan desvalidos como parecía.
Esa sonrisa se le borró del rostro cuando otro enemigo se acercó a la posición de Leonardo y apuntó con su arma a su amigo.
Miró entre el camarada caído y Leonardo, y entonces abrió fuego.
Por segunda vez, Rafael vio a su mejor amigo recibir un disparo.
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