Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 27
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- Capítulo 27 - 27 Diferencia De Poder Diferencia De Moral
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27: Diferencia De Poder, Diferencia De Moral 27: Diferencia De Poder, Diferencia De Moral Los Guardianes arremetieron sin contemplaciones contra la ciudad.
Red Rush fue el primero en adentrarse en terreno enemigo, mucho más rápido que las balas de alto calibre que inundaron la pendiente de camino a la urbe.
Una cresta de arena se elevó a más de dos metros detrás de él, su vestimenta y rápido movimiento dejando una estela roja a su paso.
El velocista penetró en las calles atestadas de confundidas y temerosas personas, evaluando detenidamente a los que tuvo al alcance para determinar su afiliación.
Detectó armas en proceso de desenfundarse y saltó a esos sitios, arrollando a sus portadores con la fuerza necesaria para inhabilitarlos.
Desde el aire, Inmortal y War Woman tomaron caminos separados hacia el Norte y hacia el Sur respectivamente.
Green Ghost llevó a Black Samson en brazos hasta el extremo Oeste de la ciudad, mientras Martian Man descendía para ayudar a Red Rush en el sometimiento de esta sección.
Aquarus permaneció en el Jet con Darkwing, examinando con disgusto la zona seca.
—Quizás quieras ponerte el traje que Cecil preparó para ti— sugirió el vigilante de Midnight City, dirigiéndose al centro de la ciudad.
Mientras tanto, en el palacio de placer ubicado en el centro de la ciudad, Leonardo disfrutaba de un sueño reparador con el rostro enterrado en el pecho de Amat.
La fría y silenciosa mujer fue la primera en despertar con las detonaciones en la distancia.
Antes de que pudiera llamar a Leonardo, Amira irrumpió con una patada en la habitación, jadeando con el rostro enrojecido y el vestido ajustado de puta cayéndosele por lo que obviamente fue una carrera desesperada.
—¡Leonardo Leonardo Leonardo, levántate maldita sea!— exclamó, saltando a la cama para aferrarse a su recién descubierto Héroe en busca de protección.
Amat tomó medidas drásticas y sujetó a Leonardo primero, girando al otro lado de la cama y sacándolo del camino.
Los constantes movimientos, gritos y el escándalo en general de afuera finalmente consiguieron despertarlo.
—¡No lo toques!— siseó Amat, bloqueando con una mano los intentos de Amira por alcanzar a su niño.
—¡Déjame ramera, y tú despierta, maldito mocoso!— gritó la Sheikh con el tono más agudo que su garganta le permitió liberar, taladrando los oídos más sensibles de Leonardo.
Él se retorció contra el cuerpo de Amat, liberando su cara de los pechos para mirar con un nivel moderado de confusión y fastidio a la morena chillona.
Sin embargo, detuvo la reprimenda que estaba por arrojarle al percibir los disparos en la distancia.
—¡Leonardo, ellos están aquí!— informó Amira, confirmando las sospechas del transmigrante.
—…Oh— fue lo único que escapó de sus los labios.
Amira, la escolta en la puerta e incluso Amat le dirigieron miradas penetrantes.
—¿¡Oh!?
¡Sal y haz algo!— regañó la Sheikh, olvidándose momentáneamente de su lugar.
Leonardo se cubrió los oídos, prometiéndose presentar una queja a Rafael para que discipline su chica.
—Bien bien, calmémonos primero.
Todos sabemos lo que debemos hacer en casos como éstos, así que comiencen la movilización al laboratorio de Hakim— dijo con tono tranquilo, levantándose de la cama.
—La prioridad son las chicas, no el alcohol ni las drogas— remarcó más contundentemente.
Se volvió a la ventana de su habitación, examinando sus prendas actuales.
—¿Sabemos quiénes nos atacan?— preguntó con curiosidad.
—L-los Guardianes.
Parece que se dividieron y su aeronave está a unas calles de distancia— respondió Amira apresuradamente, recobrando algo de compostura tras su arrebato.
Leonardo asintió, buscando algo más decente para vestir con tal paciencia que el humor de los presentes decayó de nuevo.
—¿Uh, esperan algo más?
¡Muévanse!— ordenó con el ceño fruncido, sacándolos de su estupor.
Amira y su escolta salieron corriendo por la puerta para iniciar el transporte.
Sólo Amat se quedó con él, ayudándolo a desvestirse con el rostro tan frío y tranquilo de siempre.
—¿Qué hay de Rafael?— preguntó casualmente.
—Ni yo sé dónde está— Leonardo se encogió de hombros.
– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – Inmortal se convirtió en un desastre de la naturaleza.
Las balas rebotaban de su piel, las granadas no le causaban más que un leve empujón por las ondas de choque.
Estampó sus pesados puños en ráfagas cegadoras, noqueando a cada sucio criminal con el que se topó.
No podía identificar quién era un super humano y quien no, por lo que en ocasiones tuvo que dedicar más de un golpe a un mismo individuo, siempre entregando el segundo con más potencia.
El Héroe había descendido en una calle al azar, e inmediatamente después fue asaltado por todos los transeúntes.
Más de treinta personas armadas hasta los dientes en sólo una calle de la ciudad oculta.
Gritos de dolor e insultos llegaron a sus oídos.
Las detonaciones triplicaron el número de impactos en su cuerpo.
Tomó a un particularmente grosero joven vietnamita por la cara y lo lanzó contra un establecimiento con tablones de madera bloqueando las ventanas.
Se volvió para contraatacar a un atrevido asesino que intentó emboscarlo por la espalda.
Al instante siguiente, un rugido de motor captó su atención y el establecimiento al que arrojó al vietnamita explotó repentinamente.
Un proyectil pesado le golpeó en la espalda y lo envió a estrellarse contra el edificio de en frente.
Un largo cañón emergió de la nube de polvo y las orugas expulsaron restos humanos al avanzar sobre los hombres inconscientes en el suelo.
Inmortal se levantó de entre los escombros, clavando su mirada en el tanque.
Vio el desastre sanguinolento en las orugas y sintió disgusto por la falta de código de estas ratas.
Salió disparado contra el vehículo, mandando a volar el cañón de un solo golpe.
Hundió su otra mano en el blindaje y se elevó, arrastrando al tanque consigo.
Lo levantó sobre su cabeza y lo azotó contra el suelo violentamente, dejándolo volcado.
No terminó a sus ocupantes.
Los gemidos lastimeros que oyó del interior le bastaron.
– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – Martian Man embistió a un grupo de mercenarios con armas pesadas.
Sujetó a dos de ellos y giró sobre sus pies, usándolos como bates humanos contra sus colegas.
Notó que el tiempo que le llevó ejecutar el movimiento, Red Rush lo usó para limpiar la otra mitad de la calle, edificios incluidos.
A los hombres y mujeres armados los incapacitaba.
A los hombres y mujeres desarmados los traía cerca de la ubicación de Martian Man, la cual se convirtió en un río de vómitos.
La tarea del alienígena era simple.
Si los hombres o mujeres traídos se movían para huir o atacarlo, él los detenía.
Sino, entonces serían tratados como víctimas.
Martian Man desvió su atención a una jovencita con ropas rasgadas y mejillas húmedas por las lágrimas.
Había sido traída hace poco y la desorientación seguía afectándola.
Sus rasgos insinuaban una edad muy joven.
Demasiado para un lugar como este.
Martian Man se compadeció y se acercó a la chica con la intensión de aliviar su miedo.
—¡No no, aléjate de mí!— ella retrocedió, tropezando en el proceso.
Martian Man se movió rápidamente y la sostuvo entre sus brazos.
Sonrió, ayudándola a incorporarse.
—Estás a salvo ahora— dijo cálidamente.
Ella gimoteó, intentando y fallando en pronunciar un agradecimiento coherente.
En su lugar, se aferró al Guardián con un fuerte abrazo y hundió su rostro en el cuello del mismo.
Martian Man le devolvió el gesto, dándole palmaditas en la espalda.
No vio el brillo malicioso destellando en los ojos de la chica.
Sin previo aviso, la boca de la muchacha se partió y se abrió más allá de lo humanamente sano, revelando trozos de carne como pétalos de una flor llenos de dientes.
Un puño carmesí se estrelló en la frente de la mutante, enviándola al mundo de los sueños antes de que pudiese atentar contra el honesto marciano.
Red Rush suspiró y volvió a desaparecer.
Martian Man sintió la agitación a su espalda y trató de retirarse del abrazo, notando que la chica se había desmayado.
—Pobrecita— pensó con lástima, cargándola en sus brazos y llevándola a un rincón.
– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – War Woman blandió su maza con destreza.
El arma encontró la parte frontal de un vehículo militar robado, doblándolo y deteniendo su avance.
El piloto y el copiloto salieron despedidos por el parabrisas.
El hombre que operaba la torreta se llevó un doloroso golpe en el pecho que le sacó el aire.
La guerrera pasó al siguiente grupo, propinándoles la paliza de sus vidas en cuestión de segundos.
Ella arrasó con la sección de almacenes densamente poblada.
El hedor a sustancias ilícitas penetró sus fosas nasales como un huésped no bienvenido.
Las mujerzuelas corrían despavoridamente, los infantes esqueléticos se metían en escondrijos extremadamente pequeños.
No todos actuaron igual.
War Woman tuvo que lidiar con niños tomando armas de los inconscientes criminales, sumándose al ataque inútil en su contra.
—¡Dejen eso, se van a lastimar!— gruñó ella, aplastando el cañón de un rifle que dos mocosos intentaban operar.
En respuesta a su reprimenda, los niños mostraron los colmillos como bestias salvajes y se abalanzaron sobre la Guardiana.
Ella arrojó su maza distraídamente, clavándola en el abdomen de un mercenario y estampándolo contra una pared.
Tomó a ambos niños por la nuca y los elevó, dejándolos agotar sus menguantes energías en patalear el aire.
A su pesar, sonrió levemente.
—Niños impertinentes, admiro el espíritu.
Pero el valor les sirve de poco si están a un paso de la muerte— habló en un perfecto árabe, tomando a los mocosos por sorpresa.
Miró en derredor, frunciendo el ceño al notar otro grupo de atacantes con armas pesadas acercándose a su posición.
—Haremos esto.
Yo me encargo de los tipos malos, ustedes se esconden y después les enseñaré cómo pelear de verdad.
¿Qué dicen?— propuso la guerrera, moviéndose a uno de los almacenes que acababa de limpiar.
Dejó allí a los niños y cerró las puertas, volviéndose a los enemigos entrantes.
La expresión amable en su rostro desapareció por completo y sus anchos brazos se tensaron peligrosamente.
A partir de este punto, todos sus oponentes maldecirían el día en que se inmiscuyeron en asuntos tan comprometedores y suicidas.
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