Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 32
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32: Comienza La Nueva Etapa 32: Comienza La Nueva Etapa Los días pasaron y la condición de Rafael mejoró poco a poco.
Entre tanto, Leonardo se adaptaba a su creciente fuerza y a su mejor manipulación de Ki, preguntándose qué tan espartana era la vida Saiyajin realmente.
Le tomó un total de cinco palizas monumentales alcanzar el nivel necesario para volar y disparar rayos láser, cuatro de ellas de la mano de Rafael.
Una por cada año y un poco más de eso que pasó en este mundo.
Una, porque el Zenkai no era algo que multiplicaba el poder base por cada raspón sufrido.
Las condiciones necesarias eran más exigentes de lo que cabría esperar y cortejar a la muerte a diario resultaba en más problemas que beneficios.
Ser herido sin más no otorgaba mejoras.
El cuerpo necesitaba alcanzar su límite, superarlo y sobrevivir al proceso para que el Zenkai hiciera su magia de manera notoria.
Pero como los Saiyanos no gozaban de una regeneración tipo Wolverine, exagerar con el uso de esta habilidad sólo atrofiaría el cuerpo a largo plazo.
Debido a estos problemas, los impulsos significativos de poder eran más escasos de lo que a Leonardo le gustaría.
Sin Maestros o instructores, sin guerreros verdaderamente calificados para guiarse, y sin la tecnología médica para usar más a menudo ese código de trampas, Leonardo y Rafael estaban en un nivel insultantemente bajo para sus estándares.
Claro que esos estándares implicaban igualar en combate a una guerrera con siglos de experiencia, un fósil viviente con 100 veces esa experiencia, y un equipo de profesionales en el enfrentamiento sobrehumano.
El cómo demonios pretendían hacer eso con sólo un linaje fuerte y poco más de un lustro de peleas en su historial era un misterio.
Sin embargo, no se les podía culpar por semejante perspectiva.
En este Universo, ser equivalente o inferior a los Guardianes significaba un futuro desastroso.
La única solución era superarlos por un margen considerable.
Leonardo y Rafael tenían que superar a los Guardianes para al menos mostrar la cara ante Omni-Man.
Ya ni hablar de su raza entera.
Y eso estaba volviéndose cada vez más difícil por todo lo anterior.
El tiempo se les escapaba y no tenían medios para acelerar su crecimiento.
Si la trama que recordaban iba a ocurrir de la misma manera, ahora tenían 10 años para no ser basura pisoteada por Viltrumitas accidentalmente.
Leonardo suspiró ante la idea.
Centró su mirada en los gélidos Alpes y se permitió volver a un pensamiento más positivo.
Una pesa de 100 kilogramos era levantada casualmente por su cola, mientras rayos crepitaban entre sus dedos.
El Ki no sólo servía para lanzar bolas incandescentes de luz y volar.
Nutría el cuerpo, potenciándolo y protegiéndolo, manipulaba el entorno y si se le estimulaba de cierta forma, permitía la emisión de energía eléctrica.
Débil sin duda.
Pero a Leonardo le resultaba placentera la actividad.
De repente la puerta se abrió a sus espaldas y una presencia familiar invadió la habitación.
—¿Qué hay de nuevo, Halima?
— preguntó Leonardo sin girarse para ver a la mujer.
En respuesta, la dulce ex-prostituta apretujó la bolsa que traía entre brazos, captando el interés del chico.
—Envío de Hakim.
Dice que dejen de joder con mierdas fuera de su campo— informó Halima sarcásticamente.
Leonardo cesó sus actividades inmediatamente y se incorporó, volviéndose a la mujer con una mirada petulante.
—Como si tuviera las bolas de decir eso— se burló abiertamente.
—No eres quien para hablar de bolas.
Estás a una canica de desaparecer, muchacho— replicó Halima tajantemente.
Leonardo se habría encogido por la vergüenza si la mujer que se burló de su condición infantil no llevase un pedido importante en sus brazos.
Rápidamente arrebató la bolsa a Halima y desplegó el contenido sobre la cama, admirándolo con ojos iluminados por la emoción.
—…
—…
Leonardo permaneció en silencio.
Detrás de él, Halima ocultó discretamente una mueca por la vista.
—¿Así que…
Vas a usar eso?— preguntó ella tras un rato.
Su voz sacó a Leonardo del estado embelesado en que cayó.
Sonrió maliciosamente, desprendiéndose de sus harapos.
—Kukuku, de hecho, mi querida Halima— dijo con tono siniestro.
Halima sintió lástima internamente y ayudó a Leonardo a cambiarse en silencio.
– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – El día finalmente llegó y un contingente de mujerzuelas se reunió en la azotea de un complejo de apartamentos que una vez sirvió como base de operaciones de un grupo criminal.
Seguía siendo eso, pero sus amos habían cambiado estos meses.
La carne a la parrilla desprendió olores apetitosos y la belleza de los Alpes quedó totalmente expuesta para los involucrados.
La ciudad de Grenoble despedía, sin saberlo, a los responsables de la última gran guerra de bandas que la asoló y que culminó en una sola noche.
Un evento que echó por tierra décadas de sólido contrabando de drogas y armas en la región, pero eso era una historia para los periódicos.
Lo verdaderamente importante es que, a casi trece meses de la caída de Qasar al-Zill, Leonardo y Rafael emprenderían un viaje más tortuoso que el anterior en la búsqueda del poder.
Un viaje, en última instancia, para explotar todo el potencial que corría en sus venas.
—Di: “Aaah” — una cucharada de ensalada aterrizó en la boca de uno de esos fieros guerreros, nutriéndolo lentamente.
—Recuerda no subir a los autos de mujeres extrañas— consejos vitales se le proporcionaban al otro.
Leonardo y Rafael pasaron la última semana colmados de mimos, más de lo usual.
Principalmente de aquellas tres mujeres cuyas vidas salvaron hace mucho.
Lulu hinchaba a Rafael de comida, Amat arreglaba cada pequeño detalle de la indumentaria de Leonardo, Halima les hacía una lista de necesidades básicas, mientras Amira y las demás prostitutas se reían entre dientes a sus anchas.
A pesar de sí misma, la Sheikh admitió que la ausencia de ambos le bajaría el ánimo considerablemente.
Todas, en mayor o menor medida, se sentían así.
Los años que pasaron en la ciudad oculta nunca habrían sido tan cómodos sin Leonardo y Rafael.
Pero entendieron que para super humanos como ellos, los barrios bajos como los de Grenoble o Qasar al-Zill sólo eran patios de recreo temporales.
A donde ellos fueran, ellas jamás podrían acompañarlos.
La comida se agotó al cabo de un par de horas y el momento llegó.
Una fila de mujeres se abalanzó sobre los chicos para despedirse, deseándoles suerte en sus aventuras.
—¿Sí saben que vendremos periódicamente, verdad?— inquirió Rafael mientras era asfisxiado en un anillo de pechos.
Sus manos se deslizaron hábilmente entre la carne, comparando textura y peso.
—Con sus tendencias, no sería extraño si los matan por ahí— señaló una de las chicas mientras estampada besos en el rostro de Leonardo.
Amat frunció el ceño por el comentario y empujó a la ramera, apropiándose del consentido Leonardo egoístamente.
Lo miró con intensidad, ahuecando sus mejillas.
—Ten cuidado allí fuera— expresó.
Rafael usó su cola para atrapar la mano de Amira y tirar de ella, a la vez que rodeaba las caderas de Lulu con su brazo.
—Volveré, así que nada de tonterías en mi ausencia— advirtió autoritariamente.
Lulu se rio entre dientes, susurrando algo al oído de Rafael que lo puso nervioso.
—¡Suficiente, vámonos Leonardo!— ordenó con prisa.
—Te veré dentro de poco— Leonardo sonrió a Amat y se puso su casco.
Rafael hizo lo mismo y ambos despegaron, perdiéndose entre las nubes.
Las chicas observaron su partida en silencio hasta que sus figuras desaparecieron.
—…
Espero que el mundo les enseñe algo de sentido común— comentó alguien tras un rato.
—Yo rezo por que aprendan a bañarse por cuenta propia— replicó otra, mirando al trío de Halima, Amat y Lulu.
—Y a vestirse.
—Y a cocinar.
—Y a dormir sin ser amamantados.
—¡No son bebés!— arremetió Halima con las mejillas sonrojadas.
La Sheikh suspiró audiblemente, tomando asiento con expresión complicada.
—¿Todo bien, jefa?— preguntó una de las chicas, volviendo la atención a Amira.
—Sí…
Sólo espero que esos dos idiotas no vuelvan por aquí vistiendo esas porquerías— expresó con un gemido.
Todas las cabezas asintieron en acuerdo.
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