Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 33
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33: Debut De Los Grandes Saiya-Men 33: Debut De Los Grandes Saiya-Men La suerte de no estuvo del lado de Leonardo y Rafael las primeras horas de su partida.
Pese al semblante digno y la atmósfera solemne con que se fueron de Grenoble, la realidad los golpeó incluso antes de salir completamente del territorio francés.
Para empezar, el vuelo.
Empujarse en el aire a altas velocidades no representaba tanto problema como esperaban, pero el problema no estaba en la velocidad, sino en sus prendas.
Según el sistema de los cascos, su límite se encontraba en los 900 kilómetros por hora antes de empezar a quedarse desnudos en pleno vuelo.
Eso les quedó claro cuando sus capas se desprendieron sin que se dieran cuenta y tuvieron que volver sobre sus pasos para encontrarlas en medio de los Alpes.
Hakim ciertamente no era un sastre.
Por culpa de su velocidad no particularmente superior al de un avión de pasajeros, tardarían horas en llegar a las distintas zonas del mundo.
Tuvieron que resignarse a permanecer en un área limitada y esperar algún conflicto para hacer su presentación al mundo.
Ahí vino el segundo problema: Encontrar esos conflictos.
Los cascos que les hizo Hakim podían conectarse a la red, pero a diferencia del mundo 15 años adelantado del que ellos vinieron, el internet del 2009 en esta Tierra no estaba plagada de noticias y redes sociales por las que un incidente podía hacerse viral en minutos.
Tampoco disponían de un viejo sabroso que les informase de cualquier asunto, ni un equipo monitoreando el planeta, así que sólo volaron por ahí, cruzando de Francia a Bélgica y después a Países Bajos.
Ni siquiera se toparon con un tiroteo en las ciudades que sobrevolaron, pero eso tampoco era lo que buscaban de todas formas.
Con el humor decaído por el fallo en su nada estructurado plan, ambos se echaron sobre la azotea de un edificio en Hamburgo y descansaron sus ojos hasta el amanecer.
—Quizás debamos probar suerte en zonas más alocadas— había sugerido Rafael mientras se quitaba el casco.
—Medio Oriente o volver a Arabia para ajustar cuentas con esos saudíes tramposos.
—También podríamos visitar El Salvador.
Si no me falla la memoria, estos años son bastante feos allí— señaló Leonardo distraídamente, ganándose una mirada complicada de Rafael.
—…No creo que sea buena idea ir tan cerca de nuestro antiguo hogar.
¿Y si existe nuestra familia en este mundo?
Si vuelvo a ver a mi mamá, lloraré y nunca me apartaré de su lado.
Leonardo perdió el sueño tras escuchar esas palabras.
Había evitado pensar en su familia por las mismas razones y ahora el sentimiento afloraba otra vez.
—Por eso es mejor un Isekai de fantasía medieval— suspiró tras un momento de contemplación.
Finalmente, con el sol ascendiendo sobre la ciudad de Hamburgo y el calor aumentando poco a poco, aquello que ambos esperaban sucedió.
Una detonación en la distancia despertó a Rafael.
Se incorporó rápidamente, ya familiarizado con el tronar de explosivos gracias a sus años en Qasar al-Zill.
Volvió su atención al gigantesco Puerto de la ciudad y vio denso humo emergiendo desde el otro lado de un barco.
—¡Oye, levanta el culo.
Es hora de trabajar!
— llamó a Leonardo con una patada antes de recoger su propio casco y elevarse en el aire.
—Ngh…
¡También escuché la explosión!— se quejó Leonardo.
Equipados y medio despiertos, el dúo se dirigió al lugar de la conmoción donde las llamas empezaban a lamer la cubierta del barco y los disparos comenzaban.
Sobrevolaron la zona y encontraron a individuos con aspecto de criminales de caricatura con posibles infracciones de derecho de autor: Una mujer de generosos atributos se estiraba a proporciones inhumanas, golpeando y asfixiando a la seguridad del puerto.
Un sospechoso gigante en armadura de más de dos metros con cuerpo de Adeptus Astarte levantaba contenedores sobre su cabeza, arrojándolos fuera del barco en llamas.
Docenas de Drones volaron alrededor de los contenedores, disparando cables que penetraron el metal e impidieron la abrupta caída de lo que sea que haya en su interior.
En el suelo, tres individuos más ahuyentaban a la seguridad y a los trabajadores.
Un trajeado de cuerpo completo que daba vibras de Deathstroke, una mocosa con anteojos que portaba brazaletes de los cuales emergían pantallas holográficas, y una especie de hombre rinoceronte al que Rafael sintió la necesidad de golpear para preguntar su puntaje después.
—…¿Villanos genéricos para presentarnos?— Leonardo hizo una mueca de decepción.
—Bueno, esa Elastigirl de R34 le rompió el cuello a un tipo inocente— señaló Rafael con expresión crítica, evaluando a los sujetos.
—Vamos, y recuerda esperar a los Héroes.
Debemos causar un gran impacto en el debut— instó con decisión.
—¡Me llevo al Astarte!— dijo Leonardo mientras se abalanzaba sobre el bruto del barco a gran velocidad.
El hombre no se percató de su presencia hasta que fue demasiado tarde.
Reduciendo su fuerza lo suficiente, Leonardo estrelló ambos puños en el masivo pecho del Marine no Espacial, hundiendo el peto de no ceramita en el proceso.
La fuerza del impacto desbalanceó al hombre en armadura y lo empujó varios metros hacia atrás.
Trastabilló y rodó por la cubierta, estrellándose contra uno de los contenedores hasta atravesarlo.
—…¿No lo maté, verdad?— pensó Leonardo con expresión incómoda.
Estaba seguro de haber usado mucha menos fuerza que cuando destrozaba insectos en Rub al-Khali, y de aquello hace ya un año.
La respuesta vino en la forma de una pieza de carrocería que salió disparada del agujero en el contenedor.
Leonardo dio un manotazo y desvió el proyectil, momento en el que el Astarte embistió agresivamente.
—¿¡Tú quién coño eres, mocoso!?— rugió con voz levemente distorsionada.
Claro que habló en alemán y Leonardo no entendió un carajo.
Con sus pequeñas manos, el Saiyajin recibió la carga del gigante con expresión tranquila.
Todavía en el aire, forzó la salida del Ki a su espalda para competir con la fuerza del oponente.
Cerró sus manos sobre el metal del hombro y lo presionó con tal fuerza que empezó a chirriar y a doblarse.
El hombre cambió su postura repentinamente y levantó una rodilla, intentando sacar el aire de los pulmones del niño.
Leonardo puso en práctica su maniobrabilidad en el aire y se deslizó alrededor de la rodilla metálica.
Sujetó la extremidad con fuerza y tiró.
El Astarte se encontró superado en fuerza y fue arrastrado a merced del chico.
Leonardo giró en su lugar y estampó al hombre en armadura contra la cubierta del barco y un par de contenedores.
Piezas de armadura salieron volando y un crujido no muy agradable vino de la articulación que sujetaba.
El hombre gritó antes de ser arrojado de la cubierta, cayendo pesadamente en el suelo de concreto.
El dolor y el impacto le hicieron perder la consciencia.
Mientras tanto, Leonardo cargó contra la Elastigirl sugerentemente vestida.
Por su parte, Rafael interceptó a los Drones que pretendían llevarse el cargamento y los destruyó, apropiándose de los contenedores en el aire con desdeñosa facilidad.
Acto seguido, varios proyectiles se estrellaron en su abdomen y pecho, cortesía del Deathstroke alemán.
—Esa puntería es envidiable.
Te mostraría la mía, pero el Ki es un secreto comercial— murmuró para sí mismo, sin importarle que algún loco con súper oído pudiese escucharlo y traducirlo.
Imperturbable a las balas, así como a los otros drones que intentaron estrellarse contra él, Rafael descendió a tierra y dejó los contenedores a un lado, volviéndose al trío desconocido.
Lo primero que vio al girarse fue al Rhino-Man cargando de frente.
Rafael dio un salto y se deslizó bajo la guardia del mutante, dándole una fuerte patada en el estómago que lo elevó por encima de los contenedores.
Sin perder tiempo, corrió hacia los otros dos villanos y dirigió un puñetazo al Deathstroke alemán que, para sorpresa suya, logró evadirlo e incluso conectar un veloz y preciso ataque en un punto de su brazo extendido.
Rafael se detuvo en seco, propinando una patada de talón que el oponente volvió a esquivar, contraatacando al instante con dos punzadas a esa misma pierna.
Esta vez, una sensación de hormigueo asaltó ligeramente a Rafael.
Rápidamente se dio cuenta de lo que pasaba, y lo que pasaría, si el combate continuaba su ritmo actual.
—¡Padre!— chilló la jovencita que probablemente controlaba los drones.
Rafael miró de reojo en la dirección en que ella gritaba, viendo al Astarte caer del barco con fragmentos de su armadura desprendidos.
El Deathstroke pirata no se inmutó por la preocupación de su compañera/subordinada.
Aprovechó la distracción de Rafael para desenvainar la espada corta de su espalda y lanzar un tajo veloz.
Rafael interceptó la hoja con los dedos medio e índice, intentando verse genial.
Ese fue un error.
—¡¡PUTA MADRE!!— Rafael sintió un ardor electrizante lamiendo la carne de su dedo.
Instintivamente dio un manotazo al costado de la espada, liberando en el proceso una onda de Ki.
La energía cinética fue suficiente para dañar severamente la caja torácica del hombre, mandándolo a volar con sangre empapando su máscara.
Lo malo fue que la onda se expandió y barrió todo en un arco creciente que terminó por alcanzar a la niña.
Claramente humana, la pobre recibió la embestida equivalente a la de un autobús.
—¡Carajo, mierda, joder!— maldijo Rafael con los dientes apretados.
La hoja no tuvo la fuerza para cortarle la falange, pero sí que le hizo un diminuto corte en el hueso.
Al otro lado, Leonardo se encontraba en un embrollo con la mujer elástica.
Ella rodeó su cuerpo como una boa, pero no tenía la fuerza para asfixiarlo.
Él intentaba someterla sin matarla, pero no sabía cuánta presión podía ejercer sobre su cuerpo estirado.
Escuchó el grito de Rafael y lo vio mandando a volar a los otros dos sujetos, sólo para arrastrarse por el suelo con visible dolor.
—…¿Qué hizo ese estúpido ahora?— suspiró para sus adentros, elevándose en el aire con Elastigirl aún apretujándolo.
Ella vociferó maldiciones, probablemente, mientras veía con pánico el suelo alejarse.
Leonardo entonces aumentó su velocidad y apuntó directamente al suelo, estrellándose con todo y capullo de mujer.
Como temía, Leonardo calculó mal y la cabeza de la mujer se hizo añicos, salpicándolo de sangre y sesos.
Con una mueca, se la quitó de encima y voló hacia Rafael.
—¿Qué te pasó ahora?
Se suponía que no los— —¡Mi dedito, mira!— Rafael mostró su herida francamente superficial con lágrimas asomándose en las esquinas de sus ojos.
—¡Leonardo, ese maldito casi me corta el dedo!
—…
Poniendo los ojos en blanco, Leonardo, sacó algunas vendas de las mochilas atadas a su cintura.
Saiyanos o no, las infecciones eran una mierda real de la que cuidarse.
—¿No hizo algo cliché como lamer la espada, verdad?
La boca tiene una asquerosa cantidad de gérmenes— insinuó al quejumbroso Rafael.
Después de tratarlo superficialmente, Leonardo recogió a los abatidos villanos y los apiló en un mismo lugar.
No pudo hacer nada por la niña de los drones ni Elastigirl.
Se dirigió a los contenedores y los abrió con desdén, examinando su contenido.
Una sonrisa leve se formó en sus labios al contemplar una caja simple de madera que se había roto, y de la cual emergían piedras similares a trozos de hielo.
Sólo que éstas no desprendían frío.
—Huh…
A las chicas les gustará esto— se dijo con un asentimiento de aprobación y recogió algunas piezas.
Salió con las mochilas llenas de cristales y se reunió con Rafael en el aire, justo sobre los villanos detenidos.
Se cruzaron de brazos y permitieron que el viento hiciera ondear sus capaz roja y dorada apagado.
Las sirenas de policía sonaban más cerca y los trabajadores asustados que observaban desde los otros barcos y detrás de las grúas de carga sacaban sus cabezas uno tras otro con interés, algunos de ellos incluso acercándose con paso dudoso.
Pero nada de esto les importaba a los transmigrantes.
No, lo que necesitaban era la presencia de Héroes locales para sellar su declaración de intenciones y métodos.
Ninguno aparecía y la policía estaba próxima a llegar.
—…Creo que se arruinó el debut— comentó Leonardo al cabo de un rato, ignorando a los trabajadores que intentaban comunicarse con ellos desde posiciones cada vez más cercanas.
—Aún así tenemos público.
¿Ves a alguno de estos tipos grabando?— Rafael estudió a los hombres que empezaban a rodearlos, buscando algún teléfono celular.
Tampoco lo encontró.
Leonardo también inspeccionó a la multitud, chasqueando la lengua al no notar ningún dispositivo remotamente similar a un teléfono.
—Maldito 2009— se quejó.
—¡Ahí, ese gordo está grabándonos!— susurró Rafael, fingiendo no notar la cámara y adquiriendo un porte más rudo.
—Eso tendrá que servir— Leonardo asintió levemente, endureciendo su expresión mientras bajaba lentamente.
Rafael lo imitó y ambos llegaron a posar sus pies sobre los villanos.
—Aquí va todo— pensaron, no con pocas dudas.
Frente a los agradecidos trabajadores, pisotearon sin piedad a los tres supervivientes hasta matarlos.
¿Por qué?
Porque para garantizar combates de alto nivel, escoger un bando o el otro no sería suficiente.
Rafael y Leonardo pretendían meterse con todos y obtener enfrentamientos con Héroes y Villanos por igual.
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