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Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 37

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37: Terceros Actores 37: Terceros Actores Nunca se supo quién fue el primero en condenarnos.

Yo me encontraba allí, agazapada como un felino, observando, esperando.

Sabía que aquello estaba muy por encima de mí, pero la recompensa que prometieron valía la pena.

Me liberaría de mis dificultades.

En cierto modo lo hizo, pero no como esperaba.

No me arrepiento.

Aún así, la duda siempre ha estado rondando mi cabeza, una y otra y otra vez.

¿Quién fue el primero?

Probablemente no lo reconocería aunque me dijeran su nombre.

Había muchos como yo presentes, hambrientos de fama y dinero, deseosos de congraciarnos con, en retrospectiva, un patético conglomerado de mafias de baja categoría.

Yo sólo sé que escuché el silbido de una bala deslizándose cerca de mi posición y salté a la pelea sin pensarlo.

En ese sentido, yo fui la primera.

Esa imprudencia salvó mi vida, y más tarde la convertiría en una vida plena y feliz.

[Extracto del Diario Personal de Noa, concubina de Lord Rafael.]  – – – – – – – – – – – – – – – – – – – –   Múltiples proyectiles tomaron a Rafael por sorpresa.

Recién se incorporaba, habiendo detectado el acercamiento torpe de Gendarme.

Estaba en una mala postura y por ello no reaccionó a tiempo, o eso quiso creer.

El triple de rápidos y fuertes que las balas de una pistola, los disparos lo alcanzaron justo en la espalda, los hombros y la parte posterior de la cabeza, enviándole una punzada de dolor similar a la picadura de una avispa grande.

No letal, pero mierda que dolió.

—¡Hijos de puta!— maldijo, arqueando la espalda y apretando los dientes por los repentinos impactos.

De no haber mantenido el Ki agitándose en su interior, habría tenido que despegarse los proyectiles a mano de la piel.

Se giró con una vena palpitando en su frente, encarando la dirección general de los ataques.

Lo primero que vio fue una esbelta figura abrazada por mallas y dagas goteando Dios sabe qué de su filo.

El asesino intentó hundir las hojas en sus ojos, pero Rafael interceptó sus muñecas en respuesta y ejerció presión, sacándole un gemido lastimero al atacante.

Sin embargo, vio los destellos de más disparos en la distancia, así como más figuras emergiendo de detrás de las rocas, cargando en su dirección.

—¿Tch, ustedes qué?— se quejó, alzando el vuelo con el asesino atrapado en su agarre mortal.

Planeó usarlo como arma humana y estamparlo contra algunos idiotas, pero el pervertido de las nalgas hambrientas aprovechó la oportunidad de saltar a su espalda.

Rafael soltó al asesino afortunado y se volvió hacia Gendarme, cuyo puño abultado apenas logró bloquear.

La fuerza de ese golpe superó incluso los suyos propios, lastimándole los antebrazos y mandándolo a decenas de metros como un cometa.

Aterrizó pesadamente, triturando rocas con su espalda.

Ni siquiera había detenido su impulso cuando los demás atacantes cayeron sobre él, como moscas a la mierda.

Un bastón de material misterioso azotó su cabeza, doblándose en el choque pero también aturdiéndolo ligeramente.

Una descarga eléctrica lo golpeó, recorriendo su piel y sus heridas de manera dolorosa.

Los mercenarios más modestos abrieron fuego indiscriminadamente, bombardeándolo con proyectiles más tolerables y granadas aturdidoras.

Esas últimas eran un fastidio.

Un imbécil con tubos cubiertos de líquido amarillento alrededor de sus extremidades saltó sobre su abdomen, hundiéndolo en la tierra.

Alzó ambos puños, listos para descender como martillos.

Rafael no le dio la oportunidad.

Conectó un puñetazo a la pierna derecha del sujeto, destrozándole la espinilla.

Eso le hizo perder el equilibrio y aullar de dolor, lo cual fue rápidamente acallado cuando su cabeza recibió la patada de Rafael, explotando.

Nuevamente, Rafael se levantó, esta vez con una mirada peligrosa.

Hizo que la veintena de individuos en sus cercanías detuviese sus acciones un segundo.

—De verdad que la cagaron— dijo, apretando los puños.

Su figura se desdibujó de repente, reapareciendo al siguiente instante junto al cadáver sin cabeza de otro sujeto desconocido.

Volvió a desaparecer, y su ubicación se reveló por los gritos de dolor de una mujer robusta que era balanceada como un nunchaku contra sus propios compañeros.

Rafael dejó de contenerse.

Había perdido el humor por culpa de Gendarme, y los disparos de los francotiradores sólo lo empeoraron.

Su espalda y cabeza aún sentían las quemaduras de las balas y eso estaba irritándolo.

Amasó Ki en sus extremidades, liberándolo en potentes ondas de choque con cada patada o golpe, destrozando tanto a sus víctimas como a los que se encontraban en sus cercanías.

Sin juegos, sin buscar retos.

En parte por que lo habían fastidiado, en parte porque la aparición de tantos enemigos implicaba algo que él y Leonardo se esperaban: Habían conseguido molestar a alguien con peso en el bajo mundo.

Era obvio, dados los múltiples incidentes en los que se inmiscuyeron durante su paseo por Europa.

Tarde o temprano pincharían a algún jefe mafioso con recursos, o una organización oculta con propósitos malvados.

Tales individuos eran necesarios.

Así como Machine Head encontraría a Battle Beast en el futuro, existía la posibilidad de toparse con tipos rudos que les diesen verdaderos desafíos sin necesidad de tentar su suerte con los Guardianes u Omni-Man antes de tiempo.

Nuevamente, todo se redujo a explotar el Zenkai al máximo, adquirir experiencia real de combate de alto nivel, y estar preparados para cuando inicie la trama.

—¡No no no, me rindo!— chilló un grandulón de espesa barba, tirando su arma al suelo para pedir clemencia.

—¡T-te diré quién nos contrató y te llevaré a su guarida!— ofreció, no dispuesto a perder la vida tan miserablemente.

Rafael habría aceptado de buena gana, si hubiese entendido su idioma.

Se aseguraría de dejar uno o dos supervivientes y llevarlos con Amira, ya que ella dominaba seis lenguas, pero este barbón no sería uno de ellos.

Láseres y explosivos llovieron sobre él constantemente, intentando frenarlo.

Los francotiradores, ocultos en algún lugar, continuaban enviando sus dolorosos tiros con la intención de perforarle los ojos.

La situación no era desesperada, pero tampoco se trató de un paseo por el parque.

Tras unas cuantas cabezas pulverizadas más, los enemigos finalmente cayeron en cuenta de que, a lo mejor, quizás, se habían metido con el niño equivocado.

Reemplazaron las expresiones rudas o entusiastas por pánico puro, y el implacable asalto se transformó en una carrera en la que el más lento moría antes que el más rápido.

Se dispersaron en todas direcciones, complicando la caza de Rafael.

Sólo pudo eliminar a la mitad antes de que la pereza le impidiese perseguir al resto.

—¡Y que no vuelva a pasar!— agitó el puño con desdén, preguntándose internamente si le tenían otra sorpresa guardada.

De hecho la había, o eso creían los mercenarios y demás individuos enviados de Mónaco que lograron escapar de él.

Sin embargo, lo que sería de ellos es una historia para otra ocasión.

De vuelta en el baño de sangre, Rafael se limpiaba la porquería que se le pegaba al cabello, mientras buscaba a los únicos sujetos cuyas cabezas no hizo estallar.

Encontró al primero, arrastrándose con las piernas medio inútiles y las manos rígidas, consecuencia de una inmensa presión.

—¿Oye tú, has visto un tipo común y corriente capaz de absorber energía cinética e hincharse de manera asquerosa por aquí?

Fue el que impidió que te matara allí arriba— preguntó amablemente, parándose sobre la espalda del sujeto.

Esbelto y con prendas shinobi ajustadas, caucásico, cabello marrón rojizo y lacio, atado en una coleta alta.

Llevaba el rostro cubierto por una máscara de tela negra, del tipo que oculta la mitad inferior.

Ahora que Rafael se fijaba, parecía muy joven.

—Bien, juega al mudo.

Ya veremos cuánto duras, bicho raro— resopló, dando un pisotón a la cabeza del chico y dejándolo inconsciente.

Se lo echó al hombro y voló hasta la sospechosamente silenciosa zona en la que Leonardo debería estar, descubriendo que se había alejado bastante durante su enfrentamiento en el Jet.

Vio vehículos policiales blindados acercándose al Mont Blanc, así como helicópteros rodeando la zona.

Rafael frunció el ceño.

A menos que la rubia haya recibido apoyo de individuos tan fuertes como ella o superiores, Leonardo debería haber ido a buscarlo en cuanto terminase su pelea.

Aterrizó momentáneamente, dejando al shinobi en un lugar seguro.

Después, se dirigió al accidentado terreno sin preocuparse por la ausencia de su casco y la densa presencia policial.

La razón de los trajes nunca fue para ocultar su identidad, la cual francamente no tenían, sino porque no tenía sentido ser un Saiyajin pero no un Saiya-Man pirata.

Como era de esperarse, su repentina llegada atrajo toda la atención.

Los helicópteros orientaron sus cañones en su dirección, al igual que las docenas de armas de los oficiales en tierra.

Un par de parlantes se emplearon para ordenar algo en francés que no necesitaba traducción para entenderlo.

Rafael los ignoró de todas formas, examinando el campo de batalla.

Cráteres salpicaron el lugar, grietas danzaron por doquier, y sangre podía verse en alguna que otra roca pulverizada.

La capa de Leonardo yacía chamuscada bajo algunos escombros, y los restos de su casco estaban carbonizados.

Sin duda fue una pelea dura y Valkyria-01 no fue La única participante.

El cadáver sin cabeza y el tipo destrozado en partes congeladas lo sugerían.

Ese detalle captó el interés de Rafael.

De todo lo que contaba el terreno, la zona mortalmente fría donde la figura magullada de la mujer yacía petrificada en un témpano de hielo fue lo más llamativo.

Pero no fue la terriblemente golpeada Valkyria, ni el brazos de metal con la garganta cortada lo que atrajo la mirada de Rafael, sino la escarcha en el suelo.

Específicamente, las palabras talladas por un dedo en la roca.

«Ya vengo» —…Como quieras, perra infiel— se quejó Rafael, haciendo un puchero.

—¡Estás rodeado, niño.

Entrégate ahora!— gritó un oficial, poco convencido de su propia declaración.

Rafael suspiró, alzando el vuelo una vez más y saliendo de allí, pasando por completo de la Policía.

Nadie le disparó esta vez, así que nadie más perdió la vida o una extremidad.

Buscó a su prisionero y se perdió entre las nubes, concluyendo su experimento en Mont Blanc.

Si los oponentes empezaban a llover para ambos o pasaran sin pena ni gloria en las noticias, es algo que estaba por verse.

Pero Rafael era optimista.

Muchos los vieron en acción, muchos sobrevivieron para contarlo.

Ahora sólo debían repetir la fórmula un par de veces más, y tendrían un suministro decente de super humanos, héroes y villanos, buscando sus traseros.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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