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Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 38

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38: Misión En Solitario 38: Misión En Solitario Rafael mantuvo un vuelo constante sobre las nubes, trazando amplios arcos durante un par de horas hasta despistar los helicópteros policiales.

Después de ese asunto, se dirigió a Grenoble con el asesino sobre sus hombros para interrogarlo junto a Amira, ya que ella era la única con la capacidad de entenderlo.

Por supuesto que primero tuvo que dar unas cuantas explicaciones escuetas sobre lo que hicieron y el porqué Leonardo no regresó también.

Las chicas no estaban contentas.

—¿¡Se volvieron locos!?— fue la respuesta de Halima tras digerir la información.

—¡Deja de cuestionarnos, mujer.

Ya habíamos hablado de estas situaciones y acordamos seguir un plan!— reprendió Rafael tajantemente, imponiendo su autoridad y superioridad mientras se escondía detrás de Lulu.

Lo que no calculó fue que la propia Lulu lo traicionaría, apuñalándolo con una mirada disgustada.

Entre tanto, las más serenas Amira y Amat recogieron al asesino inconsciente y se lo llevaron a otra habitación.

No era la primera vez que los chicos querían obtener información de alguien.

En consecuencia, se llamó a una de las administradoras del burdel que había seguido los pasos de Amira desde hacía años.

Una dama de dulce sonrisa y siempre atenta a las necesidades de Leonardo y Rafael.

Además de desquiciada y sádica.

—Estará bien.

Si enfrentaron a los Guardianes y lograron escapar, dudo mucho que algunos lunáticos cualquiera puedan retenerlo— dijo la Sheikh de repente, mientras ataba al muchacho.

Amat la miró brevemente, asintiendo sin argumentar nada.

Ambas mujeres se estremecieron cuando una tercera se les apareció de la nada, silenciosa y sonriente.

—Ejem, Nesreem.

Rafael quiere información— Amira señaló al joven, desviando la atención de la loca.

—¿Hmm?

Mi Lord ha traído algo interesante~…

¿Está por aquí?

Quisiera saludarlo— la mujer miró de un lado a otro, desabrochando su chaqueta distraídamente.

—Llegará en breve.

Haz que este mocoso cante para Él— instó Amat, recuperando su temple sereno.

Los hombros de Nesreem se hundieron un segundo antes de volver a la normalidad.

—Sís Sís…

— murmuró para sí misma, sacando una navaja de su busto.

Ella agitó el arma, lanzando rápidos tajos que cortaron el cinturón y rasgaron tanto el pantalón como la ropa interior del shinobi.

Las pequeñas joyas colgaron al aire libre, sacándole una sonrisa más amplia a Nesreem.

Por el contrario, los labios de Amira y Amat se fruncieron.

—..

¿Nesreem, qué haces?— preguntó Amira, dudosa.

La lunática se volvió hacia ella, palpando el miembro del asesino con el lado plano de la navaja.

—Trabajo, mi Sheikh.

Cuando quieres información de un hombre, sus bolas son el mejor comienzo— instruyó.

—Pero no ha despertado.

¿Cómo funcionará la amenaza si no es consciente de ella?— apuntó Amat.

Los ojos de Nesreem se abrieron en shock, dándose cuenta del fallo.

—¡Bien visto, mi Señora Amat!

Jeje, espero no le cuente este bochornoso error a Sir Leonardo.

Solucionada la estrategia, Nesreem procedió a la ejecución en la forma de una puñalada en el muslo del asesino, despertándolo abruptamente con un grito de dolor.

– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – —Con que Mónaco eh…

¿Dónde mierda queda eso?— inquirió Rafael, sentado sobre el regazo de Nesreem con la cabeza hundida entre sus pechos.

La mujer jugaba con su cabello, mimándolo a costa de las miradas duras de Halima y Lulu.

—En la costa.

Es un Principado, y un nido de ratas según he oído por ahí.

No como el desierto, Rafael, allí encontrarás más empresarios que mercenarios— señaló Amira, desplegando un mapa sobre la mesa de su oficina.

—Lindo, como un País Chibi.

¿Dijo algo más?

—Se llama Noa, es huérfano, tiene 17 y ruega por tu perdón y misericordia— concluyó Amira con aburrimiento.

—Afirma no tener malas intenciones, sino haber tomado el trabajo equivocado.

—Concuerdo.

Ese cuerpo felino y el rostro de muñeca lo hacen ideal para trabajar con otros tipos de sables— Nesreem asintió repetidamente.

Las orejas de Rafael se movieron imperceptiblemente tras el comentario.

—Eso es irrelevante.

Ya sabes dónde está Leonardo, ve y tráelo de vuelta— Halima interrumpió la conversación, sacando a Rafael de su cómodo lugar.

—¡Pero estoy cansado, acabo de llegar!— protestó, aferrándose a los picos de su almohada, lo que hizo que Nesreem gimiese por lo bajo.

Esa era una batalla que estaba destinado a perder, sin importar su fuerza.

De mala gana, buscó un traje de repuesto en el laboratorio de Hakim y partió rumbo a Mónaco.

No sin antes consultar algo de suma importancia con Nesreem.

En cualquier caso, no estaba seguro si Leonardo fue a parar a Mónaco siquiera.

Y aunque así fuera, no había motivo para ir e interferir en lo que sea que estuviera haciendo.

Así que para no fallarle a las chicas ni a su amigo, Rafael decidió ir a Mónaco y “buscar” a la vieja uzansa: paseando sin rumbo por el lugar, con una bolsa de dinero.

– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – El Principado transitaba un período extraño desde hace varios días.

Uno imperceptible para los turistas y demás visitantes casuales, pero aquellos con antigüedad podían darse cuenta del cambio de aire.

De la ausencia de algo.

Vehículos que no recorrían las calles como siempre, a la hora habitual.

Cargamentos que no eran entregados a bodegas y otros establecimientos.

Hombres y mujeres sospechosos que no rondaban ciertos restaurantes, hoteles, yates y mansiones.

Parecía ridículo pensar en que alguien, quien sea, pudiera notar la ausencia de algunas personas que no conocía en distritos tan densamente poblados.

Y sin embargo, eso es exactamente lo que sucedió.

Los civiles del Principado a lo largo de los distritos notaron la anomalía.

No por el número de desaparecidos, sino por la presencia.

La corrupción y el crimen organizado en Mónaco estaba muy bien construido.

No había mafiosos en las calles, portando armas a plena luz como en las películas.

Todo se hacía discretamente, ya que no servía de nada espantar al producto andante que eran los turistas.

A pesar de ello, los civiles que habían crecido aquí daban por sentadas ciertas cosas.

Lo único de lo que estaban seguros es el momento en que todo comenzó: El día del incidente en Mont Blanc.

Apenas unas horas después del anuncio sobre el cierre del túnel, ocurrió una movilización de patrullas sin explicación que no concluyó en nada.

Ni arrestos, ni disparos, ni siquiera una declaración oficial sobre el motivo.

Sólo ocurrió y nadie sabía por qué.

A partir de entonces, el ambiente extraño se asentó y la sensación no desapareció durante días.

Ninguna de estas personas comunes pudo haber imaginado que, lo que para ellos fueron días raros, para los involucrados en el submundo criminal fue una conquista relámpago como nunca antes se había visto.

Una toma de poder se llevó a cabo.

Cabezas fueron cortadas, propiedades arrebatadas, cargamentos interceptados, y un amplio número de secuaces echados a una piscina lodosa de tejidos derretidos.

Casi ninguna bala se disparó, y el 99.99% de los objetivos fueron eliminados minuciosa y silenciosamente, sin perturbar la turística urbe.

Un trabajo metódico, perfecto a ojos de cualquiera, salvo a sus autores.

—¡¡Gyaaah!!— —¡Cállate!— reprendió una mujer de expresión furiosa, envolviendo un zarcillo sinuoso de color verde alrededor del cuello de un hombre, silenciando sus gritos.

Ella suspiró, echándose sobre el trono con fastidio.

La amplia y finamente decorada sala permaneció en silencio.

—¿Pretenden burlarse de mí?— preguntó de repente, su tono desbordando amenaza.

—¿Se creen muy listos?

¿Intocables quizás?

Un joven entre la pequeña multitud se puso de pie, en contra de los insistentes tirones que un miembro de la guardia hacía a su muñeca.

—Nadie se está burlando de usted, señorita Xylem.

Por favor, ese hombre necesita asistencia médica— dijo valientemente el muchacho, señalando con un gesto al hombre cuyas manos fueron pulverizadas por las mismas extremidades que ahora apretaban su cuello, impidiéndole gritar de dolor.

—¡Pfft!

¿¡Es en serio!?— la mujer del trono se rio, golpeando el reposabrazos repetidamente.

—¡Alteza, agáchese y guarde silencio!— susurró el Guardia que estaba junto al joven, tirando con más fuerza.

Sin previo aviso, un apéndice de color verde salió disparado de debajo del vestido de la mujer en el trono y alcanzó al Guardia en un parpadeo, atravesándole el abdomen y estampándolo contra el alto techo.

El impacto en la parte posterior de la cabeza terminó con su vida.

El silencio volvió a caer en el salón, interrumpido sólo por los fragmentos de piedra que caían del asesinato más reciente.

—Mocoso Grimaldi, tus perros no tienen educación.

Si un insignificante Guardia se atreve a interferir en una conversación, no puedo imaginar lo que será del resto del Principado— la perpetradora negó con la cabeza en fingida preocupación.

Extendió los brazos teatralmente, mientras las extensiones se retraían a su cuerpo y dejaban caer al Guardia y liberaban al quejumbroso hombre sin manos.

—Para salvar al reino, yo, La Reina Xylem, tomaré las riendas y— —¡Y levantarás tu trasero de allí!— interrumpió un hombre de traje elegante y bigote prominente, quien arrojó un fino bastón de madera a Xylem en medio de su monólogo.

—¡Waah!— chilló ella, recibiendo el golpe justo en la frente.

Miró con traición al responsable, tallándose la zona afectada.

—Tus tonterías nos hicieron perder a un jefe menor.

Di mi palabra al Señor Liu de que limpiaría este lugar de pies a cabeza para él, y por tu culpa he de quedar en ridículo— dijo lentamente, caminando hacia Xylem con expresión severa.

—Hmph, relájese, Régisseur.

Una rata más o una rata menos no cambiará nada— Xylem hizo un gesto con la mano, descartando al hombre.

A él no le gustó nada, pero contuvo su ira para no perder la cara ante la multitud reunida.

Se volvió hacia ellos, decidiendo ignorar a su problemática compañera.

—Damas, Caballeros.

Algunos de ustedes me conocen, otros no.

Pueden llamarme Le Régisseur, y estaré a cargo de la asimilación de sus tierras, propiedades y negocios por parte de la Orden.

El Principado tuvo la oportunidad de integrarse pacíficamente y prestar sus servicios de buena fe.

Lo rechazaron, y aquí estamos ahora.

Como podrán imaginar, tengo una agenda apretada y no puedo disponer de más tiempo para aclarar las cosas.

Seré breve: Juren lealtad a la Orden y cooperen en nuestro esfuerzo de asimilación, o niéguense y mueran aquí, y ahora.

Encárgate, Xylem— sentenció Le Régisseur, abandonando el salón con paso tranquilo.

—¡Ya lo oyeron.

Levante la mano quien desee morir!— ordenó Xylem juguetonamente, mirando con ojos depredadores a los antiguos jefes del crimen organizado en Mónaco, así como sus más estrechos aliados en el Gobierno.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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