Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 40
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40: Planes Arruinados 40: Planes Arruinados Un borrón verde y rojo atravesó las puertas del Palacio.
Debido al incidente de los Guardias en fuga, la entrada del edificio estaba repleta de hombres armados.
Dos docenas de bien vestidos Guardias se encontraron con un torbellino de problemas y puñetazos no letales.
El intruso jamás detenía su movimiento.
En un instante, lanzaba a un hombre contra sus colegas, al siguiente, aplastaba los cañones de sus fusiles y pistolas, arrancándoselos de las manos con tirones tan fuertes que, o bien los mandaba a volar, o les hacía crujir las muñecas y los hombros.
Treinta fugaces y agitados segundos fue lo que tomó derribar a más de la mitad de ellos.
—¿Se hacen llamar Guardia Real en serio?…
No, esperen, si esto es un Principado significa que no hay Rey, y sin Rey no hay Guardia Real…
¿Guardia Principesca?— habló el ahora estático Saiya-Man para sí mismo, elevado un par de metros del suelo justo en medio de la multitud adolorida.
Los confundidos Guardias restantes apuntaron sus armas al objetivo, sin saber cómo responder a la amenaza.
Sin embargo, uno de los presentes tuvo un destello de reconocimiento al ver la indumentaria del chico.
—¡E-ese es uno de los mocosos que provocaron el escándalo en Mont Blanc!
—¿¡Qué!?
¿¡Fue éste!?
—¡Sí, se ve igual que el de la transmisión!
—¿Pero eran dos, cierto?
¿Dónde está el de gris?
—¿¡A quién coño le importa, imbéciles!?
¡Dispárenle al maldito!
—¡P-pero señor, este chico podría ser nuestra única oportunidad!— argumentó el primer Guardia en identificar a Rafael.
Sus palabras hicieron que los demás se congelasen un segundo.
El área permaneció en un extraño silencio después.
Los Guardias se miraban entre sí con duda, hasta que el de mayor rango decidió bajar su arma lentamente.
Rápidamente fue imitado por los demás.
Por su parte, Rafael había cesado su asalto porque no entendía cuál era el problema con estos sujetos.
Supuso que lo reconocieron en cuanto dejó de moverse a alta velocidad, y porque alcanzó a entender las palabras Mont Blanc dichas por uno de ellos.
Pero entonces empezaron a discutir y allí se perdió por completo.
Pese a algunas palabras similares, el español y el francés distaban mucho el uno del otro.
Mejor ni hablar del árabe y el inglés.
—…
Huh, creo que algo no cuadra aquí— murmuró Rafael, frunciendo el ceño.
En el momento en que uno de los Guardias se armaba de valor para intentar comunicarse con él, fue alcanzado por una bala en la cabeza.
Rafael alzó la mirada a las ventanas del Palacio.
Allí vio otros Guardias apuntando sus cañones no a él, sino a los que lo rodeaban.
También abrieron fuego.
—…Sip, algo definitivamente no va bien por aquí— concluyó para sus adentros.
Decidió adentrarse en el Palacio porque ya le había picado la curiosidad.
Había asumido por la escena de afuera que todo este alboroto se debía a espías o traidores a la patria.
Después de todo, ese tipo de negro tenía toda la pinta de un asesino de la Corona y no había ninguna otra explicación coherente.
Todavía lo creía.
Existía la posibilidad de que esta ejecución a sangre fría se debiera a una rendición por parte de estos parlanchines Guardias.
¿Qué sabía él?
Esta nación no era una república después de todo.
Pero en un mundo como este, las cosas no tendían a ser lo que parecían.
– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – —¡Déjame ir, Régisseur!
—No.
Tú misma fuiste testigo de su poder en Mont Blanc.
Pelear aquí no es conveniente ahora mismo, y aún no hemos detectado al otro— contestó Le Régisseur a la insistencia de su subordinada temporal.
—¡Tsk, ni siquiera sabemos si el otro está aquí, y aunque así fuera, puedo encargarme de ambos al mismo tiempo!— argumentó Xylem con un pisotón como protesta.
Acompañado por dos asesinos de la Orden y un encadenado Príncipe Valerius, la mente maestra que derribó al crimen organizado de media Europa sentía la abrumadora necesidad de arrancarse el bigote con las manos.
Le Régisseur respiraba hondo, mientras venas abultadas palpitaban en su frente.
Sostenía su bastón de metal con un agarre fuerte, más que tentado a sacudírselo a la quejumbrosa Xylem.
—Dije que no es el momento— sentenció con tono de advertencia.
Antes de que la mujer pudiese protestar de nuevo, el ascensor llegó a su destino y las puertas se abrieron ante el grupo, revelando una amplia cámara con vehículos sobre rieles esperándolos.
—Woa…
¿¡Qué es esto, Régisseur!?— Xylem saltó con mirada curiosa, corriendo hasta los transportes de aspecto extravagante.
—Una vía de escape de los Grimaldi.
También es donde guardan uno de sus sucios secretos— explicó el hombre, volviéndose al inconsciente Príncipe.
Le Régisseur no sabía por qué demonios vinieron los Saiya-Men a este sitio, pero al igual que con el bajo mundo del Principado, sus acciones estaban entorpeciendo las cosas de manera innecesaria para él.
No, no entorpeciendo.
Estaban cagándose en toda su planificación.
Y él no podía hacer nada al respecto.
Según los informes de los asesinos en la superficie, el Saiya-Man de verde ya había irrumpido en el Palacio y no encontró muy agradable la presencia de tantos enmascarados.
Sólo era cuestión de tiempo hasta que se enterase de la situación general.
Lo que haría después era lo preocupante.
Con la información que tenía, Régisseur podía afirmar que esos mocosos simplemente disfrutaban del caos sin sentido.
Una alianza era improbable, y eliminarlos silenciosamente le resultaba imposible con sólo Xylem a su lado.
Enfrentarlos desataría una gran conmoción que debía evitar a toda costa.
Sólo le quedaba esconderse y confiar en que los asesinos que le prestaron no revelarían nada.
En tiempos tan difíciles como estos, la Orden priorizaba el anonimato.
—Típico de la Nobleza.
¡Pero no creas que eso me hará olvidar el asunto!— acusó Xylem, cruzada de brazos con una sonrisa desafiante.
La paciencia de Régisseur se estaba agotando.
En ese momento, un grito ahogado alcanzó sus oídos.
Distante al principio, pero con cada segundo fue intensificándose hasta que repetidos estruendos abollaron la parte superior del elevador que acababan de usar.
—¡Deténganlo!— siseó el hombre, tomando al Príncipe y echando a correr hacia los vehículos.
—¡Ni se te ocurra!— reprendió a Xylem en el camino, quien empezaba a quitarse la ropa.
Otro estruendo resonó a sus espaldas, esta vez más fuerte que los anteriores.
Las rejillas superiores del elevador no soportaron el impacto y una figura bajita e indeseable hizo acto de presencia.
Los asesinos, ya con las armas desenfundadas, dispararon ráfagas concentradas de plasma ardiente en su dirección.
Le Régisseur miró por encima del hombro cómo el mocoso maldito se deslizaba entre los disparos, acortando la distancia en segundos.
Tuvo una ligera satisfacción cuando uno de sus subordinados se abalanzó contra él, casi igualando su velocidad de movimiento.
Evidentemente no se lo esperaba, pues el arma se estrelló en su boca y batió su cabeza hacía atrás violentamente.
Esos dos asesinos no eran como los demás.
—¿¡Ves!?
¡Incluso esos tontos pueden frenarlo!— señaló Xylem, obstinada como la mierda.
Régisseur estampó el bastón en la cabeza de la mujer antes de subir al vehículo, encendiéndolo.
Ella lo siguió a regañadientes.
Mientras tanto, Rafael maldecía en todos los idiomas que dominaba por el labio partido recientemente.
Lanzó una mirada de muerte al tipo que responsable, prometiéndose hacerle estallar la cabeza.
Con posturas relajadas y faltas de vida, los dos oponentes abandonaron las armas y se enzarzaron en un combate cuerpo a cuerpo con el Saiya-Man.
—Ágiles— notó Rafael, incapaz de asestar un puñetazo.
Su fuerza era inferior, pero lo compensaban con un estilo de combate extraño.
Era como luchar con gimnastas.
Se arrastraron por el suelo, usando garras en sus guantes y botas para arañarle las piernas.
Torcieron sus brazos de forma inhumana, desenrollándolos abruptamente para potenciar sus ataques.
Rafael capturó la muñeca de uno y presionó con fuerza, sólo para que el sujeto saltase sobre él y se rompiera el brazo por cuenta propia.
Lejos de verse afectado, el hijo de perra clavó las garras de la otra mano en la mejilla de Rafael y tiró dolorosamente hacia atrás.
—¡Nnghhaaah!— gruñó, obligado a inclinarse y dejar el abdomen expuesto al segundo atacante.
Lo que los asesinos no tomaron en cuenta fue la capacidad de vuelo.
Rafael se impulsó hacia arriba y clavó una poderosa patada en la mandíbula del asesino 2, destruyéndosela en una lluvia de sangre y fragmentos de hueso.
Trazó el arco completo y aterrizó la rodilla en el cráneo del que lo rasguñaba, hundiéndolo con un chasquido húmedo.
—¡Carajo!— gimió, arrancándose las garras de material ultra avanzado de la piel.
Hizo una nota mental al respecto.
Ya era la tercera vez que él o Leonardo se topaban con un material capaz de atravesar sus defensas naturales.
O en el caso de Leonardo, uno al que no podían destruir fácilmente.
Se volvió a la dirección en que los otros tipos se habían marchado, justo a tiempo para ver uno de los autos sobre rieles partiendo con un chorro de fuego en la parte trasera.
Con un bufido, salió disparado tras los sospechosos.
Tal y como había supuesto Le Régisseur, Rafael tuvo la fortuna de toparse con un Guardia dispuesto a arriesgar a su familia para revelarle la verdad de la situación.
Muy brevemente, por supuesto.
No tenía todo el panorama, pero tampoco le importaba.
Él vino para llamar la atención de los responsables de enviar aquella turba en Mont Blanc, y ahora tenía a los sospechosos número uno al alcance.
O eso creía él.
Tras una breve persecución, Rafael se pegó al vehículo y perforó el metal sin problemas, sólo para encontrar el interior vacío y una cuenta regresiva en el tablero de mando.
—Fue buena— admitió con un suspiro, levantando las manos en rendición.
Un instante después, el fuego se lo tragó y echó a perder su traje de repuesto.
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