Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 42
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42: En La Base Secreta 42: En La Base Secreta La Doctora Nadezhda era la genetista encargada de analizar al más reciente inquilino de Zaslon-9.
Cadenas de energía pura envolvieron al criogenizado Saiya-Man, mientras emisores de calor derretían la escarcha que lo había conglado.
Todo el proceso se llevó a cabo en una sala aislada, con muros reforzados de varios metros de espesor y toda clase de medidas de contención ocultas.
Nadezhda y una docena de silenciosos vigilantes permanecieron a salvo fuera de la sala, monitoreando todo desde lejos.
Esbelta y de aspecto desaliñado, la mujer sonreía tontamente mientras controlaba los brazos mecánicos que iban a extraer la sangre del Saiya-Man.
Estaba emocionada.
Nadezhda tenía sólo tres años trabajando aquí, y su genio le había permitido dar buenos resultados, pero nada tangible.
Tenía la esperanza de que este niño cambiara las cosas.
—Todavía no se descongela, tonta.
Sólo harás perder equipo al laboratorio.
Una voz familiar llegó desde la entrada, obligando a Nadezhda a salir de su ensoñación.
Se giró tímidamente, ajustándose los anteojos.
—¡K-Koshchey!— saludó con entusiasmo.
El caminó con paso tranquilo y firme, rodeando la cintura de la mujer con su brazo y atrayéndola a un beso.
Ella correspondió, olvidándose del momento crucial en su carrera por un segundo.
Entonces recobró el sentido y se apartó del hombre con una mirada más enloquecida que antes.
—¡Oye, cuéntame más del espécimen!
¿Cómo se movía, qué tanto podía levantar exactamente, qué potencia tenían sus golpes?
—Heh, todo está en el informe— respondió Koshchey con una sonrisa, volviéndose a los monitores.
De complexión atlética y 1.87 metros de altura, Koshchey formaba parte del grupo de caza Bogatyr que capturó al Saiya-Man de Gris.
—Sí, pero quiero saber lo que tú piensas.
¿Crees que tiene el potencial que buscamos?— insistió Nadezhda.
—Derrotó a una Valkyria por su cuenta, mientras tenía que enfrentarse a un grupo decente al mismo tiempo, y todo ello sin siquiera comenzar la pubertad.
Potencial le sobra, Nadezhda.
Sus palabras hicieron que la sonrisa de la Doctora se ampliara.
Notando la emoción creciente, Koshchey le puso una mano en la espalda baja y acercó sus labios al oído de la rubia.
Ella se estremeció y agachó la cabeza, sonrojada.
Koshchey tomó su mano y la guió fuera de la sala de monitoreo.
El proceso para extraer muestras tendría que esperar de todas formas.
El estado congelado del espécimen no era común y cualquier cosa que entrase en contacto terminaría igual.
El dúo se dirigió a sus aposentos en busca de privacidad, sin percatarse de que la temperaura interna del espécimen empezaba a aumentar ligeramente más rápido de lo que debería.
– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – El Comandante Moroz llamó a la puerta dos veces antes de ingresar.
Obligado a permanecer dentro de su jaula en todo momento, llenó el espacio de la modesta oficina que usaba su superior y amigo.
El único en este lugar.
—Hm, Moroz.
Qué se te ofrece— saludó el hombre, ocupado con docenas de documentos en su escritorio.
Moroz permaneció de pie, imponente en su traje termorregulador.
Gracias a él, podía estar al lado de las personas sin convertirlas en paletas humanas.
—Aleksandr, quiero tu autorización para reactivar a los Descendientes.
Sus palabras hicieron que el General Aleksandr Solokov dejase de mirar los archivos.
—Explícate— exigió.
—Ese mocoso Saiya-Man.
Aleksandr, tengo un mal presentimiento desde que lo capturamos en Francia.
—¿Y cuál es el problema?
Leí tu informe.
El Bogatyr se desempeñó bien y cubrió su rastro adecuadamente.
Si lo que te preocupa es el otro niño— —No es nada de eso— interrumpió Moroz.
—Nadie nos podría haber seguido, ni siquiera la ADG.
—…
Hay algo que no mencionaste en el informe entonces— dijo el General con calma.
En cualquier otra circunstancia, semejante acto habría resultado en un castigo para Moroz.
Pero Aleksandr confiaba en él, y al menos le daría el beneficio de la duda.
—No lo informé porque ni yo mismo me di cuenta hasta después de meditarlo un poco.
Aleksandr, creo que ese mocoso dejó que lo capturáramos— la mirada de Moroz se volvió lejana, recordando el breve y agitado enfrentamiento que tuvo con el Saiya-Man.
Incluso tras una dura batalla como la que tuvo, el pequeño bastardo se las arregló para ponerles las cosas difíciles.
Moroz creyó haberlo agotado y derribado gracias a sus estrategias de golpear y correr, y al acoso omnipresente de Poludnitsa con su rifle, pero algo no le cuadraba.
Sin embargo, el tiempo estaba en su contra.
Los helicópteros franceses se acercaban y no sabían cómo era la situación del otro Saiya-Man.
Lo último que necesitaban era perder la presa que capturaron, así que partieron inmediatamente después.
Varias horas más tarde, ya calmado, Moroz se dio cuenta del problema que le molestaba: el chico nunca intentó huir.
Su habilidad de vuelo era un problema que todos tenían presente.
Por eso sus estrategias se basaron en mantener a Dobrynya a salvo, para impedirle volar con sus campos de fuerza.
A pesar de su perfecta coordinación y ataque implacable, el Saiya-Man ni siquiera lo intentó.
¿Entonces funcionaron sus estrategias?
No, porque ningún plan de batalla sale como se espera.
El Comandante Moroz era un hombre lo suficientemente experimentado como para saber eso.
—Entiendo tus preocupaciones, amigo mío, pero no sabemos nada de ese mocoso aún.
Tal vez su habilidad de vuelo dependa de la resistencia y simplemente no podía más cuando lo interceptaron— propuso Aleksandr.
Moroz negó con la cabeza.
—Por eso no lo incluí en mi informe.
Aleksandr, da la orden y despierta a esas criaturas, sólo por seguridad.
El General se cruzó de brazos, sumido en sus pensamientos.
Los Descendientes no eran las criaturas más estables y requerían una serie de protocolos propios de seguridad.
Eran herramientas, pero de las que pueden cortar a sus usuarios.
—Bueno…
Si mi jefe de seguridad insiste, tendré que seguir su consejo— respondió finalmente, presionando un botón oculto bajo su escritorio.
—Ve y asegúrate que todo salga bien.
Moroz asintió y se dio la vuelta.
La confianza que su amigo ponía en él le hacía sonreír levemente, pero la sensación de malestar no había desaparecido.
– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – ¿Todavía aquí, criatura Leonardo?
Perturbas mi sueño, y eso me enfada.
Leonardo puso los ojos en blanco, metafóricamente.
—Por lo que he entendido, duermes bastante y no sueles estar al tanto de tu entorno.
¿No deberías simplemente volver a donde sea que vayas e ignorarme?— señaló, intentando concentrarse nuevamente.
Tras ese primer contacto con Vorekh, había estado poniendo a prueba sus palabras sobre la consciencia espiritual y su función auxiliar como reemplazo de la mente.
Descubrió que, de hecho, la mujer/cosa decía la verdad.
Podía mover su Ki ligeramente, pero el esfuerzo era hercúleo y los resultados menos que mínimos.
Iba mejorando, poco a poco.
Lo sentía, pero la voz en su cabeza…
¿Espiritual?
No le dejaba continuar sus actividades.
Primero que nada, tú no me das órdenes.
Segundo, puedo sentir que estás muy cerca de mí, y no me gusta.
Tercero…
Me iré cuando yo decida que deba irme.
—Sí sí, pero ¡SHHH!
Algunos intentan forzar una salida de energía explosiva aquí— acalló Leonardo otra vez.
Estar totalmente falto de sentidos había hecho difícil guiar el Ki a través de su cuerpo.
Después de todo, no sabía ni en qué postura se encontraba, y sólo podía adivinar con las micro-expulsiones de Ki que, obviamente, eran muy difíciles de detectar.
Tuvo que memorizar cada diminuta pérdida de energía, para así construir un mapa imaginario de los límites de su cuerpo.
El torso era lo más fácil.
Las extremidades eran el problema.
Una voluta de Ki que viajaba en línea recta desde el extremo superior derecho del torso y se perdía tras un momento le indicaba que ese era su brazo, y que la pérdida ocurrió en la articulación del codo.
Por tanto, tenía ese brazo doblado.
Entonces enviaba más Ki allí y lo hacía tomar giros en todas direcciones.
Donde no se perdiese, era el ángulo en que su extremidad continuaba.
Y debía hacer eso con las cuatro extremidades.
—¿Por qué no me noquearon en postura recta?— se había lamentado tras un tiempo indefinido.
Aún así, continuó trabajando en ello porque realmente no tenía nada mejor que hacer.
Leonardo sabía que los rusos locos que lo secuestraron no le iban a matar.
Sabía que tendrían que despertarlo eventualmente, y esperaba de todo corazón que fuese en una zona perdida de la mano de Dios.
¿Por qué?
Porque durante su pelea con Valkyria y los otros tipos cuyos nombres no recordaba, sintió algo particular en su interior.
Una fluidez en cuerpo y mente que hasta entonces no había sentido jamás.
Fue algo que puso en marcha todo lo que no había sido capaz de hacer desde el momento en que llegó a este mundo: pelear de verdad.
No entregarse a la violencia por necesidad, como en su primera semana de vida.
No huir desesperado de amenazas más grandes, como con los Guardianes en Qasar al-Zill.
No entrenar duramente con su igual, quien jamás intentaría matarlo.
Valkyria fue quien bautizó a Leonardo en batalla.
Una oponente hábil, experimentada y capaz de seguirle el ritmo físicamente, que si bien quería capturarlo al inicio, no dudaría a la hora de cortarle el cuello.
Leonardo probó la batalla más real de su vida, y descubrió que no tenía miedo.
No se congeló, no se enfureció, no perdió la concentración, ni olvidó los fundamentos para golpear y patear como es debido.
Él tuvo control, de su cuerpo y de su mente.
Suena obvio.
Es lo que hacen los practicantes de cualquier deporte o arte marcial.
Pero para un individuo común cuyos mayores conflictos en la vida se limitaron a discusiones verbales, estar envuelto repentinamente en una pelea termina de dos formas: o se congela, o pierde los estribos.
Al Leonardo viejo le habría ocurrido lo primero.
Al que transmigró le ocurría lo segundo, probablemente influencia de la sangre saiyana.
El actual lo había superado.
Y aparte del crecimiento personal que implicaba, el hecho de hacerlo le permitía cumplir la más básica de las condiciones auto-impuestas para intentar un tipo específico de entrenamiento.
Uno que él y Rafael evitaron por lo problemático que resultaba, y las consecuencias que acarrearía si perdían el control.
Uno que necesitaban hacer en zonas remotas, como el desierto en el que vivían o el conveniente bosque gigantesco de Rusia.
Sí, Leonardo se dejó capturar por los rusos porque, dado el aire militar de los sujetos, supuso que lo llevarían al culo del mundo, o al menos lo acercarían.
Y cuando llegara, Leonardo podría echarle una mirada a la luna llena por primera vez.
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