Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 43
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43: En La Base Secreta II 43: En La Base Secreta II —Qué ocurre, Poludnitsa— inquirió el Comandante Moroz con tono indiferente.
Sus pasos resonaban a través del pálido pasillo, y la niebla gélida empañaba los cristales de las compuertas.
Una figura esbelta y agraciada se hizo notar, exudando tanta sensualidad como amenaza.
—Koshchey, Comandante.
Se saltó la revisión de sus tejidos otra vez— notificó la mujer, frunciendo los labios con disgusto.
Moroz no mostró reacción alguna.
Conocía bien a su Unidad y prefería mantenerse fuera de sus asuntos, siempre y cuando no afectase el rendimiento operativo.
—Pasó un mal rato en Mont Blanc.
Dale algo de soltura— respondió con el mismo aburrimiento de siempre.
—¿Tu estado?
—Todo listo para la siguiente misión, Comandante.
—Bien.
Partiremos en 72 horas, así que ve a descansar— ordenó el Comandante, deteniéndose ante una puerta reforzada.
Se quitó el casco con un siseo y expulsó una gran cantidad de niebla escarchada a sus inmediaciones.
Posó su rostro ante un panel en la pared, y su globo ocular fue escaneado.
Miró brevemente por encima del hombro, frunciendo el ceño.
—¿Algo más?
Poludnitsa permaneció allí, su bello rostro con una expresión plana y una chaqueta de invierno ya puesta, salida Dios sabe de dónde.
—Sólo quiero acompañarlo, Comandante— dijo con naturalidad.
—…Hm— gruñó Moroz, encajando el casco nuevamente.
El dúo atravesó otra serie de tediosas medidas de seguridad hasta que finalmente llegaron a una amplia cámara, mucho más gélida que la superficie.
Luces de colores los bañaron, y el zumbido de cientos de máquinas diferentes reverberaron a lo largo de sus huesos.
Formaciones glaciales yacían en todos lados, manteniendo frío el lugar.
Témpanos gigantescos colgaban del techo congelado, y montañas de escarcha se asomaban desde el otro extremo.
Esta cámara subterránea tenía el tamaño de unos seis estadios, y era el lugar de descanso del proyecto más ambicioso de Zaslon-9, así como el origen del Comandante Moroz.
—…Nunca deja de fascinarme— admitió Poludnitsa, admirando el entorno hostil pero hermoso.
Moroz gruñó nuevamente, avanzando como si no le importara.
Llegaron al punto de control más cercano y tomaron un vehículo.
Se dirigieron al centro de todo.
Cables más gruesos que troncos de árbol salpicaron el lugar, tejiendo sus caminos a la misma ubicación.
Torres y cabinas aisladas del frío formaron una pequeña aldea, la cual rodeaba al enorme iceberg objeto de estudio.
—A mí nunca me gustó— soltó Moroz, entrecerrando los ojos ante la enorme silueta visible dentro del hielo.
—¿Y qué necesita de este lugar?— Poludnitsa decidió cambiar ligeramente el tema.
—El General Solokov aceptó mi solicitud.
Pondré a los Descendientes en movimiento— respondió el Comandante.
—¿Hm?
¿Espera problemas del mocoso?
—¿Tú no?
—…No realmente, Comandante.
Derrotar a una Valkyria ciertamente no es cosa de risa, pero ni siquiera esas doce rameras juntas podrían salir de aquí— respondió Poludnitsa.
Como si tentase al destino y éste le repondiera, las alarmas empezaron a aullar y el comunicador de ambos crepitó.
– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – Fue una cuestión de mala suerte.
El equipo de contención estaba configurado para apretujarse a medida que la capa de hielo se derretía.
Si ejercían demasiada presión en el momento equivocado, corrían el riesgo de destruir a su valioso espécimen.
Así que había un diminuto espacio entre las cadenas de energía y Leonardo, poco menos de dos centímetros.
La función de esas cadenas no eran sólo atarlo, sino también ser el puente para una masiva descarga eléctrica.
Así pretendían asegurarse de que no hiciera ningún movimiento.
Pero nadie pudo haber imaginado que el sujeto mismo ya estaba consciente, de un modo que las máquinas no pudieron detectar.
Lo que sí captaron fue la inusual firma de calor interno.
Para cuando los soldados que supervisaban el proceso se percataron de la disparidad, ya era tarde.
Leonardo había conseguido mover el Ki a casi todos los rincones de su cuerpo, haciéndolo viajar a través de una improvisada autopista interna en preparación para su despertar dramático.
Sin previo aviso, sin un segundo de anticipación y tensión, la energía explotó hacia afuera violentamente, pulverizando el hielo y sacudiendo las ataduras.
El repentino subidón de temperatura culminó la tarea de la maquinaria, lo que permitió que Leonardo despertase de verdad al fin.
Desde fuera, los soldados activaron sin dudar los protocolos de seguridad de la cámara.
Cañones multi-láser emergieron de las paredes, las luces fueron apagadas para desorientar al sujeto, redes metálicas salieron disparadas desde múltiples direcciones, mientras las cadenas empujadas por la onda expansiva de Ki liberaban su mortal energía eléctrica.
Arcos crepitantes y chorros de plasma iluminaron la cámara frenéticamente.
Los destellos intermitentes fastidiaron a Leonardo, pero también le permitieron atisbar las redes que se le venían encima.
Desorientado, mareado y con un frío tan salvaje que sus bolas casi desaparecían, se obligó a reaccionar con calma y rapidez.
Evadió los disparos, las redes, y saltó lejos de las crepitantes cadenas luminosas.
Su figura se difuminó en un instante, y reapareció junto a la pared.
Estampó su puño cargado de Ki contra uno de los cañones, liberando la energía contenida en otra poderosa onda de choque.
Sin embargo, el daño no era el que esperaba.
Repitió la acción varias veces, sacudiendo todo el lugar con los impactos.
Finalmente, encontró lo que buscaba.
No importa qué tan bueno sea un lugar de contención, la debilidad más grande siempre va a ser el acceso al mismo.
Arremetió con todas sus fuerzas contra la entrada de metal, consiguiendo abollarla.
Retrocedía y cargaba de nuevo, golpeando un único punto.
Reunió Ki en ambas palmas.
Lo moldeó y aplastó sobre sí mismo en un segundo, antes de hundir ambas manos en la compuerta.
Desde el otro lado, las alarmas aullaban y el personal se movía para interceptarlo.
Una veintena de hombres llegaron en el peor momento posible.
Todo el muro crujió en protesta y se combó visiblemente.
La onda expansiva partió sus huesos, el estruendo los dejó sordos, y el calor les arrebató la piel.
Leonardo emergió con paso tranquilo, arrancándose los restos de ropa quemada con desdén.
Miró en todas direcciones, adivinando al instante que estaban bajo tierra.
Eso explicaría por qué no pudo derribar las paredes ni el techo.
Hmm, te tomó mucho tiempo.
Ahora que puedes moverte, lárgate y déjame dormir en paz.
Habló Vorekh de nuevo, pero la sensación era fundamentalmente distinta en comparación con antes de despertar.
Ya no la escuchaba.
Sus oídos captaban el entorno, y la mente procesaba esa información.
A pesar de eso, Vorekh estaba ahí.
Era extraño.
—Dependiendo de dónde me encuentre y la fecha, podrías olvidarte de tu sueño reparador.
Sólo ten en cuenta que no es personal— advirtió Leonardo.
Ahora que no estaba inconsciente, su único medio de comunicación era su boca.
Daba la impresión de estar hablando solo.
Vorekh gruñó con fastidio.
Leonardo se encogió de hombros y avanzó por un pasillo al azar.
No era que quisiese ser desconsiderado con ella, a quien seguía sin conocer, sino que el asunto realmente estaba fuera de sus manos.
Para un mundo donde los Kaiju joden aquí y allá, un Oozaru salvaje sería detectado fácilmente.
Para evitar tales escenarios, Leonardo y Rafael estudiaron y memorizaron a profundidad las fases lunares.
Nunca salieron ni por accidente durante la luna llena, y siempre actuaron con tales momentos en mente.
El incidente en Mont Blanc ocurrió a tan sólo tres días de la próxima luna llena.
Y Leonardo no sabía cuánto tiempo pasó dormido.
Hmph, si vas a continuar rondando por ahí, al menos limpia mi hogar de las alimañas que te trajeron.
Me pregunto cuándo fue que las criaturas inferiores se volvieron tan arrogantes.
—Huh, ahora que lo mencionas, ¿Cómo demonios es que no sentiste a estos tipos?
Construyeron una puta fortaleza subterránea aqui, eso implica maquinaria ruidosa y pesada— señaló Leonardo, mientras recorría velozmente el laberinto de pasillos.
Se abrió paso entre militares, armas automatizadas y compuertas más débiles que la que lo retenía.
Te recuerdo que estoy como tú hace un momento.
Mi mente y mi cuerpo duermen, y con ello mis sentidos.
Vorekh y Leonardo continuaron su charla mientras éste último provocaba caos en Zaslon-9.
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