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Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 44

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  3. Capítulo 44 - 44 Descendientes
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44: Descendientes 44: Descendientes El espécimen Saiya-Man desató el caos en la base.

Ni siquiera se molestó en recorrer los pasillos, sino que tiró cada pared de roca o metal que pudo y saltó de una sección a otra aleatoriamente.

Los equipos de respuestas no podían alcanzarlo, y los que sí lo hicieron murieron en menos de 10 segundos.

Las defensas automatizadas eran demasiado lentas o demasiado débiles, las compuertas no soportaban su paso, y la Unidad Bogatyr estaba dispersa.

Nada más que las toneladas de hormigón, metal y tierra podían detener al espécimen, y eso si superaban el grosor que él podía destruir.

El Saiya-Man de Gris arrasaba la base, desnudo, y sin un rumbo fijo.

Fue esta aleatoriedad lo que lo llevó a las zonas de descanso del personal de la base.

Allí cruzó las habitaciones compartidas como un auto sin frenos, llevándose camas, paredes, sábanas, ropa y soldados a medio vestir por delante.

Así fue hasta que penetró en una habitación más pequeña, donde tomó desprevenida a una pareja que apenas se ponía sus ropas.

Iba a ignorarlos como a los demás, pero una mirada de reojo al hombre le obligó a detenerse antes de golpear la siguiente pared.

Se volvió lentamente en su dirección, estudiándolo detenidamente.

—Yo te conozco…— dijo, entrecerrando los ojos para recordar.

Koshchey, miembro de la Unidad Bogatyr que le dio caza en Mont Blanc, sonrió con sorna e hizo un gesto de saludo con la mano.

Inmediatamente después salió corriendo por la puerta.

—¡Oye!

Leonardo se movió para atraparlo, pero la mujer se interpuso en su camino.

Esbelta y rubia, de lindas piernas largas y anteojos que le daban un aire de erudita.

Él la abofeteó, tirándola a un lado desdeñosamente.

No tenía tiempo para discutir con la amante/novia/esposa del tipo.

Lo que Leonardo no notó debido a la intervención de la Doctora Nadezhda fue la granada que Koshchey deslizó por el piso.

La detonación lo tomó con la guardia baja, dejándole un incómodo dolor en los oídos.

La mujer no tuvo tanta suerte.

—¡Ngh, este hijo de puta!— gruñó, saliendo disparado tras el sujeto.

Había algo que no le cuadraba y quería confirmarlo.

Al emerger al pasillo, fue recibido por una lluvia de perdigones de escopeta.

—¿Muchacho, son ideas mías o golpeaste a mi hermana hace un momento?— preguntó Koshchey fríamente, empuñando dos escopetas cortas.

Apretó ambos gatillos, escupiendo la munición contra Leonardo una vez más.

No tuvo el tiempo de hacerlo por tercera vez.

Desviando la segunda oleada con la mano, Leonardo ejecutó un movimiento de alta velocidad y se posicionó justo frente al ruso, tomándolo de las muñecas.

La fuerza de su agarre aumentó gradualmente a la vez que hablaba.

—Quizás fui brusco injustamente, pero dudo mucho que darle una bofetada sea peor que quitarle la vida.

—¡Nngh!…

Keh, jejeje…

¿Q-quitarle la vida?— Koshchey se burló, mientras sus huesos empezaban a crujir.

En ese momento, Leonardo captó el destello de una hoja en su visión periférica.

Nadezhda arremetió con un escalpelo, intentando clavárselo en el ojo.

Él reaccionó por instinto.

No se esperaba un ataque de la mujer, destrozada hace unos segundos por la granada del psicópata al que intentaba proteger.

Inclinó su cabeza, lo que hizo que la hoja impactara su mejilla y rebotara.

Al mismo tiempo, sin soltar a Koshchey, estampó una brutal patada al abdomen de la mujer que la mandó a volar a través del pasillo.

Koshchey aprovechó la mala postura del chico para patearle la ingle con todas sus fuerzas.

Por muy duradero y resistente que fuera Leonardo, había cosas que no podía evitar.

Un humano común y corriente aún podía herirlo con un pinchazo a los ojos, por ejemplo.

La lengua podía ser cortada también.

Y, por supuesto, las bolas.

—¡…Hrrmmg!— gimió Leonardo, sin aire.

Las piernas le temblaron y un dolor recorrió su abdomen en oleadas, obligándolo a doblarse un poco.

—Tsk, novato.

Si sigues exponiéndote así vas a termi-¡¡AAARGH!!— los brazos del hombre finalmente explotaron por el agarre férreo de Leonardo.

El músculo reventó, y los huesos se pulverizaron, separando ambas manos del resto de la extremidad.

Leonardo cayó de cuclillas, recuperándose de la amarga sensación.

—H-hablas demasiado.

Deja de joder— murmuró con fastidio.

Para su sorpresa, Koshchey recuperó la compostura y cesó los gritos.

Sonrió ampliamente antes de abalanzarse con intenciones de lucha.

Los muñones con puntas de hueso astilladas eran sus herramientas, y con ellas intentó apuñalarle la cara.

En respuesta, Leonardo clavó un puñetazo a su mandíbula y le torció el cuello audiblemente.

Koshchey dio un par de pasos antes de caer al fin.

Ya habiendo recuperado el aliento, Leonardo se levantó y miró en ambas direcciones del pasillo, dispuesto a reanudar su exploración destructiva, cuando se encontró con la vista de la mujer, que en este punto debería haber muerto dos veces, cargando un lanzacohetes sobre sus hombros con visible dificultad.

Dijo algunas palabras en ruso, probablemente una frase cliché de película, y disparó en el estrecho pasillo.

– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – —Comandante, los hermanos Ilyin se toparon con el espécimen en las barracas.

Han logrado frenar su avance un minuto, pero no eso no durará— informó Poludnitsa, su expresión en blanco pero su tono delatando urgencia.

Moroz asintió con un gruñido, observando a los equipos de contención traer a la vida a sus mejores armas.

Ya había recibido un comunicado por parte de los soldados que vigilaban el descongelamiento.

Con esa información, sus sospechas estaban más que fundamentadas y no se atrevió a siquiera imaginar un escenario en el que el Bogatyr pudiese capturarlo de nuevo.

Sus únicas opciones eran aislarlo en una sección y derrumbársela encima, o usar a los Descendientes.

Lo primero sería lo ideal.

El problema es que el objetivo no usaba el laberinto de pasillos para moverse.

—Que envíen un mensaje a Koshchey.

Ese mocoso busca algo, así que sólo debemos decirle que está aquí— ordenó a Poludnitsa.

Mientras tanto, los operadores de las grúas sacaban trozos de hielo del tamaño de autos, en cuyo interior se vislumbraban cápsulas de metal.

Un par parecían contenedores de carga.

Fueron depositados en medio de un montón de emisores de calor gigantescos, lo que provocó un siseo agudo y una densa nube de vapor que dificultó la vista.

—Está hecho, Comandante— anunció Poludnitsa, ligeramente más agitada que hace unos segundos.

Moroz no la culpó.

Desde la primera vez, el despertar de los Descendientes era sinónimo de crisis en la base, lo que casi la destruye en una ocasión.

Salvajes, enloquecidos por los severos problemas en sus genes, los tortuosos tumores, la constitución anormal de sus cuerpos, y una fuerza desmedida que les hacía desgarrarse a sí mismos, estas criaturas eran tanto un fracaso rotundo, como un éxito arrollador.

Y también, su única contramedida plausible para el espécimen Saiya-Man.

Después de todo, aprendieron de sus errores pasados y podían contener mucho mejor a los brutos Descendientes que al astuto mocoso, del cual apenas sabían nada.

—¡Señor, todo listo!— llamó uno de los operadores.

Moroz asintió, satisfecho.

—Salgamos.

Koshchey se encargará del resto— dijo a su subordinada, quien suspiró casi imperceptiblemente.

La gélida cámara ya había iniciado la evacuación, y sólo Moroz, Poludnitsa y los operadores quedaban en el centro.

El calor descongelaría a los Descendientes en menos de 10 minutos, y su fisiología única es lo que les permitiría sobrevivir al proceso.

Moroz partió también, yendo a reunirse con Dobrynya para ajustar un plan de captura cuando el espécimen se debilite.

Jamás podría haber imaginado que sus acciones degenerarían en un desastre mucho peor del que Leonardo sería capaz de provocar por su cuenta.

– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – Mientras Moroz y el personal restante abandonaban la zona, la poderosa sangre que corría por las venas de los Descendientes empezó a correr, mucho antes de lo que debería.

A nadie le preocupaba.

Ya conocían las capacidades de esos monstruos.

El problema es que, sin que los investigadores de Zaslon-9 fuesen conscientes, esa sangre emitía un tipo particular de sensación al estar activa.

Un aspecto biológico único que las máquinas humanas no podían detectar, porque ni siquiera sospechaban que existía.

Por ello había pasado desapercibido.

Nadie lo notó jamás.

Hoy, de todas las ocasiones en que hicieron pruebas con Descendientes despiertos, había algo que sí percibió esa sensación.

¿Hmm?

Esto es nuevo…

Vorekh, aburrida y ligeramente molesta porque Leonardo la mandó a callarse, cosa que nunca admitiría, de repente encontró otro foco de atención aparte del Saiyajin.

Muchísimo más leve, casi imperceptible incluso para ella, que había sentido a Leonardo a decenas de kilómetros de distancia.

La confusión la invadió.

Para que la sensación fuese tan minúscula, debía estar muy muy lejos, pero su instinto le decía que, de hecho, estaba mucho más cerca que el propio Leonardo.

El misterio fue bienvenido y Vorekh concentró su consciencia espiritual en ello.

Mientras tanto, Leonardo seguía las indicaciones del maltrecho Koshchey, cuyas extremidades se reorientaban por cuenta propia con crujidos dolorosos.

Ondeaban como una bandera, debido a la alta velocidad a la que Leonardo se movía a través de los pasillos.

Resultó que se había topado con dos Deadpools, a quienes ni siquiera la decapitación podía matar.

Viendo la situación y poco interesado en desmembrar cuerpos como un psicópata, simplemente arrancó la cabeza de la mujer y enterró el cuerpo bajo uno de esos pesados muros.

Entonces amenazó a Koshchey, quien había mencionado que la rubia era su hermana.

—Muéstrame la salida, o la encontraré yo mismo y me llevaré la cabeza de esta puta.

Quizás la tire al océano.

Sospechosamente, el hombre aceptó.

Leonardo imaginó que había una trampa, pero estaba seguro de atravesar cualquier cosa.

No por nada estos tipos esperaron a que Valkyria lo desgastara para aparecer.

No tenían la fuerza para retenerlo.

—¡Ngh, a la izquierda!— gruñó Koshchey, adolorido por los repetidos impactos contra las paredes.

Leonardo giró como le indicaron y vio un inmenso espacio abierto, con hielo por todas partes.

Parpadeó varias veces, pensando que realmente era el exterior.

Desechó esa idea nada más ingresar a la enorme cámara.

Pequeñas montañas, cordilleras miniatura, edificios, maquinaria, vehículos, cables que harían palidecer a las titanoboas recorriendo todo el lugar.

Probablemente se necesitarían unas cuantas docenas de campos de fútbol para cubrir el lugar, y un muro María para alcanzar el techo.

—Oye, rusito.

Explícate de inmediato, o tendrán que recoger tus pedazos y los de tu hermana por toda la puta Nación— Leonardo sacudió a su cautivo, quien sólo sonreía con suficiencia.

—Kuku, quizás sean tus pedazos los que recojan— insinuó Koshchey.

—¡Noo, no pueden dañarlo!— se lamentó Nadezhda, o su cabeza.

Criatura Leonardo, hay algo extraño por aquí.

—Vorekh, no es un buen momento— Leonardo suspiró, confundiendo a sus inmortales amigos.

¿Hmph, no sólo invades mis tierras y me faltas el respeto, sino que también entras a mi lugar de descanso y te atreves a decirme que largue?

—…¿Tu q— La pregunta fue interrumpida debido al crujir del hielo, y los aullidos bestiales que lo acompañaron en la distancia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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