Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 45
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- Capítulo 45 - 45 Agujero De Monstruos
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45: Agujero De Monstruos 45: Agujero De Monstruos Garras duras como el diamante cortaron hielo y metal, desgarrando las prisiones heladas.
Músculos densos explotaron con poder, mandíbulas repletas de colmillos aterradores chasquearon, alas atrofiadas batieron con fuerza.
Monstruos de pelaje escaso, algunos lampiños, emergieron de la nube de vapor con furia, locura y dolor destellando en sus ojos.
Se gruñeron los unos a los otros.
Adquirieron posturas agresivas.
Olfatearon, observaron y finalmente reconocieron, cesando la hostilidad.
Su aspecto se asemejaba al de primates.
Grandes y voluminosos, el más pequeño se elevaba a un par de metros estando a cuatro patas.
Y sus estructuras indicaban que podían erguirse.
—¡¡AAAAAH!!
Resonó un grito en la distancia.
Un humano no lo habría detectado.
Ellos sí.
A varios cientos de metros, Leonardo estampaba a Koshchey contra un crecimiento de hielo, acallándolo bruscamente.
El tipo simplemente gritó, obviamente para llamar la atención de los bichos.
Leonardo no estaba interesado en luchar ahora.
Aún sentía los músculos rígidos tras su último enfrentamiento.
—Inténtalo, y te incrustaré en el culo de tu hermano— advirtió a la cabeza que sostenía en la otra mano.
El cómo siquiera era capaz de hablar sin pulmones era un misterio.
—Fufu, ya he estado allí— se burló Nadezhda.
Leonardo le desencajó la mandíbula.
Rápidamente alzó el vuelo, pues los bichos salvajes casi alcanzaban su posición.
Mejor que jugaran con los inmortales.
Lo que no previó fue que un par de ellos volaran.
¡¡GAAAOORH!!
El rugido reverberó en sus huesos y le impidió maniobrar.
Fue embestido duramente.
Garras se hundieron en sus costados, y una boca enorme, apestosa y peligrosa intentó cerrarse en su cara.
Leonardo clavó un gancho de derecha, sacudiendo la cabeza de su oponente hacia atrás.
La diferencia de tamaño le permitió patear el pecho de la criatura, encontrándolo tan resistente como la armadura de Valkyria.
—¡Quítate!— escupió, mientras sus piernas se difuminaban en un borrón de movimiento.
Los repetidos impactos obligaron al monstruo a extender los brazos en un intento por alejar a la presa.
Leonardo aprovechó el momento para redirigir sus patadas a los antebrazos, mucho menos duros que el cofre.
Finalmente, el apretón en sus costillas cesó y Leonardo empujó las muñecas de su oponente, arrancándose un poco de piel en el proceso.
El otro monstruo alado golpeó desde arriba, usando ambas manos a modo de mazo sobre la cabeza del saiyajin.
Leonardo apenas alcanzó a cubrirse para reducir la fuerza del golpe.
Igualmente cayó como un meteorito sobre el hielo.
Los fragmentos ni siquiera terminaron de esparcirse cuando los monstruos terrestres se le abalanzaron encima.
El primero doblaba en tamaño a los voladores, como un pequeño tractor con patas.
Leonardo vio su imponente marco cubriendo su visión.
Hizo el gesto de dar un puñetazo, desatando una onda de Ki que mandó al gigante a volar.
Rápidamente se puso de pie y evadió el pisotón de otro, pateándole a cambio la pierna.
El atrevido gruñó y se inclinó de dolor.
Leonardo despegó nuevamente, propinándole un rodillazo en la mandíbula de pasada y alejándose de la turba.
Seis criaturas, como gorillas deformes y con bultos aquí y allí en sus cuerpos, poco pelaje grisáceo, cada uno capaz de hacer que Juggernaut parezca un tipo común y corriente frente a André el Gigante.
Sumando a los voladores y al que lanzó por los aires, así como a los que jugaban con Koshchey, había una docena de estos duros oponentes.
—…Mierda, debimos venir aquí en lugar de Mont Blanc— se lamentó, viendo la mina de oro que eran estos gorillas.
Definitivamente un reto superior a Valkyria y su grupito de idiotas.
Leonardo se sintió tentado a bajar y llevarse al límite.
Una paliza para el Zenkai no viene mal de vez en cuando, pero no tenía a Rafael para que cuidase su culo medio muerto.
Y no quería el hospedaje de los rusos.
Sin embargo…
—¿Vorekh, estás por ahí?
…
—¿Hooola?
Mira, sé que he sido grosero contigo y realmente no nos conocemos, pero me gustaría preguntarte algo.
Seres inferiores…
¿Se atrevieron de verdad?
Las palabras que Leonardo interpretó podrían haber sido típicas de esa mujer, pero había un matiz diferente que no había aparecido en sus interacciones.
Se sentía pesado, rígido.
¿Tú lo sabías?
La pregunta lo confundió.
—Hmm…
¿De qué mierda hablas ahora?
¿¡Tú sabías, Leonardo!?
Vorekh explotó, su presencia intensificándose tan abruptamente que Leonardo sintió una sacudida recorriéndole el cuerpo.
La distracción vino en el peor momento posible.
Una inmensa silueta saltó desde su punto ciego, revelándose como un Kin Kong abultado, furioso y sin pelaje.
¡¡GHAAARR!!
El rugido no fue profundo y gutural, sino simplemente poderoso.
Un puño, del tamaño de un oso o superior, se estrelló contra Leonardo con una fuerza titánica, enviándolo a estrellarse contra una pequeña cadena montañosa de hielo.
La sangre brotó de sus orificios faciales, todos ellos.
Atravesó la prístina formación gélida, dejando un agujero de un extremo a otro.
¡Imperdonable!
¡Pútridas alimañas de la tierra, lamentarán el día en que sus ancestros se reprodujeron!
Vorekh despotricaba, ruidosa y furiosa, perturbando al único capaz de «escucharla».
Leonardo plantó sus manos el hielo, dejando surcos con sus dedos hasta detener el impulso.
Inmediatamente después, se deslizó a un lado para evadir otra embestida de los monstruos más pequeños, cuya velocidad de movimiento no era ninguna broma.
La criatura mayor hacía temblar los alrededores, y se movía incluso más rápido que los demás pese al tamaño.
—¡Cállate Vorekh, si vas a estar jodiendo entonces vete a la mierda de mí!— reprendió Leonardo con fastidio.
Volvió a esquivar un pisotón de otro monstruo, esta vez sujetándole de la pierna en lugar de atacar.
Tiró con fuerza, desequilibrando a su oponente.
Giró sobre sus pies varias veces hasta arrojar al bruto contra su hermano mayor.
El más grande, sorprendentemente, atrapó al bicho y lo dejó en el suelo con cuidado.
¡¡TÚ SERÁS EL PRIMERO!!
La declaración ominosa fue también la más intensa, haciendo que Leonardo trastabillara y no lograse esquivar un puñetazo, si bien más débil que el del gigante, igualmente demoledor justo en la cara.
Rodó y rebotó sobre el duro hielo como una pelota, desorientado por la maldita Vorekh y con un dolor insoportable en la nariz.
Terminó por atravesar uno de los centros de monitoreo de la base, luego otro que parecía ser un comedor, y finalmente terminó incrustado en el parabrisas de un vehículo.
Algo definitivamente debió agitársele mucho, porque sintió vibraciones en todo el cuerpo.
Después asumió que King Calvo Kong venía a rematarlo, porque las vibraciones se convirtieron en temblores.
Le tomó unos segundos darse cuenta que ni uno solo de los monstruos estaba moviéndose.
Era la puta cámara la que temblaba.
– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – —¿¡Qué está pasando ahí dentro!?— rugió Dobrynya, volviéndose a los que monitoreaban el enfrentamiento dentro de la cámara.
Los temblores podían sentirse hasta aquí, y por alguna razón los Descendientes ya no atacaban al espécimen Saiya-Man.
—Comandante, quizás debamos evacuar a todos— propuso Poludnitsa, más relajada que cuando estaba cerca de aquellos monstruos.
Sin embargo, Moroz no respondió.
Ella esperó pacientemente, dejándole analizar la situación.
Pero seguía sin responder después de diez segundos.
—¿Comandante?
Poludnitsa frunció el ceño.
Rodeó al hombre para asegurarse que todo estuviera bien, y lo encontró con una expresión de incredulidad que nunca antes le había visto.
Un hilo de sangre le salía de la nariz, ojos abiertos de par en par, boca entreabierta como en un jadeo que no concretó.
—¡Comandante Moroz!— llamó más fuerte para llamar la atención de los demás.
Pero, al mismo tiempo, alguien más chilló con sorpresa y mucho más alto que Poludnitsa.
Sus palabras también exigían mucha más atención.
—¡¡E-EL KAIJU ESTÁ DESPERTANDO!!
Inmediatamente después, el traje de contención de Moroz explotó bruscamente, y su cuerpo expulsó una intensa helada que envolvió a Poludnitsa de pies a cabeza.
La mujer no alcanzó a comprender las palabras superpuestas a las suyas propias.
De haberlo hecho, al menos sabría por qué su Comandante perdió el control y le arrebató la vida.
Mientras tanto, dentro de la cámara, Leonardo se incorporaba visiblemente conmocionado por el golpe anterior.
Las lágrimas se le escapaban y nublaban su vista.
—…Y ahora qué carajo es…— murmuró, un poco disgustado con esta base loca.
Las grietas se extendían como telarañas gigantescas allí donde predominaba el hielo, y sus agresivos atacantes observaban como estúpidos.
Leonardo asumió que los rusos intentaban echarle la caverna encima.
Seguro se asustaron por su dominante demostración de poder.
Nuevamente alzó el vuelo, buscando al Deadpool pirata para irse a la mierda.
Los monstruos ciertamente valían la pena, pero precisamente por eso no podía quedarse.
En cualquier caso, sólo necesitaba ayudarlos a escapar más tarde y asegurarse buenos compañeros de entrenamiento en cuanto se reuniera con Rafael.
Sin embargo, al ganar altitud pudo vislumbrar el origen de la conmoción.
No le gustaba a dónde se dirigía el asunto.
Camuflada entre las demás formaciones comunes de hielo, mucho más al centro de la caverna, y rodeada por maquinaria de todo tipo, había una montaña que estaba partiéndose y sacudiéndose más violentamente que todo lo demás.
Sus sospechas se confirmaron cuando una mano colosal perforó el hielo desde dentro hacia afuera.
—…Sí, no gracias— Leonardo se rió entre dientes, olvidándose de Koshchey y despegando a toda velocidad a la compuerta más cercana.
Su última experiencia con un bicho gigante terminó en una semana de carrera entre túneles, cenas de ciempiés crudos y una ciudad arrasada que de alguna forma resultó en otra ciudad arrasada días después.
Pero mientras aceleraba para embestir la barrera, una intensa ola de frío viajó dos veces más rápido que él por el suelo, y cubrió la zona por la que planeaba escapar de escarcha con varios metros de grosor.
Su fuerza, lejos aún de la clase 100, le sería insuficiente.
Preparó Ki en sus manos entonces, pero su sentido de peligro chilló y tuvo que dispararse a un lado.
Un instante después, otra ola de escarcha pasó volando en su posición anterior, gélida más allá de lo físicamente posible.
Leonardo se volvió al origen de estos fenómenos.
Elevándose a unos treinta metros de altura, exhibiendo un cuerpo robusto y marcado por cicatrices y heridas visibles que no sanaban, de pelaje plateado sobre sus gruesas extremidades, y tetas de alguna forma musculosas que delataban su sexo, estaba el monstruo madre que emergió de ese témpano/montaña.
Una corona de cuernos medio rotos se alzaba sobre su cabeza, y una parpadeante llama azul que no desprendía calor danzaba débilmente en medio.
Leonardo.
Resonó la «voz» de Vorekh nuevamente, más calmada que antes, pero también más…
Presente.
—…
Vorekh, mi estimada.
¿Esa no serás tú, verdad?
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