Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 46
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46: Kaiju Vorekh 46: Kaiju Vorekh Vorekh estaba indignada.
Herida.
Sintió la traición apuñalando su pecho, como la que una vez partió su corona.
Eso la enfureció.
Ahora que se erguía una vez más, y su mente, cuerpo y espíritu eran uno solo, podía percibir todo lo que la rodeaba.
Constructos de diseños alienígenas, criaturas similares a Leonardo, y el motivo por el que salió de su profundo sueño en la forma de repulsivas abominaciones que llevaban su sangre.
Había mucho que Vorekh no comprendía.
No porque fuera estúpida, sino porque eran conceptos inexistentes e irrelevantes en su tiempo.
Cuando habló con Leonardo, ella no escuchó palabras como él lo entendía.
Ella recibió ideas abstractas sobre las cosas que él daba por hecho.
Es por ello que Vorekh detectó los engaños y las verdades a medias.
Lo dejó pasar.
La deshonestidad le asqueaba, pero no era ajena a tal acto.
Cuando las abominaciones que llevaban su sangre sin permiso despertaron, Vorekh las sintió.
Nunca tuvo hijos, así que le tomó tiempo reconocer la extraña similitud entre sus esencias.
Fui humillante.
Fue una transgresión de la mano de entidades que no conocía, pero que, según las ideas de Leonardo, eran incluso inferiores a él mismo.
De ahí su indignación.
Increpó al Saiyajin, quien le había ocultado su motivación para estar aquí.
Él la rechazó groseramente.
Decidida entonces a abordar el asunto, rompió su estado de sueño eterno definitivamente y activó sus sentidos a plena capacidad.
Detectó el entorno, a las criaturas que invadieron su lugar de descanso.
Encontró uno peculiar, similar y diferente a las abominaciones.
Vorekh había detectado al Comandante Moroz.
Llevaba una minúscula parte de su sangre, pero no era su descendencia.
Usó su rasgo único e invadió a la criatura.
Ella no le había mentido a Leonardo cuando dijo que podría obtener todas las respuestas si así lo necesitaba.
Se adentró en Moroz, aturdiéndolo por la intrusión agresiva.
De él obtuvo los conceptos abstractos que la enfurecieron.
Investigación, genes, experimentos.
Los llamaban Descendientes porque de ella obtuvieron el material genético.
Los hicieron desde cero, porque al mezclar su divino linaje con el débil cuerpo humano sólo obtenían muerte.
Moroz fue la excepción.
Fue un milagro, el único humano en resistir la sangre de Vorekh, y además adquirir parte de sus habilidades.
Imperdonable.
Debían morir.
Esta especie patética y atrevida conocería su lugar, y aprenderían a no jugar con cosas tan por encima de ellos.
Y aunque había adquirido cierto interés por la criatura Leonardo, su parentesco con los humanos, las sospechas de Moroz sobre sus intenciones y las mentiras que le escupió a la cara lo convirtieron en alguien en quien no podía confiar.
Recogió aire en sus maltrechos pulmones, hinchándolos a la fuerza aún contra el dolor que le provocaba.
Miró con desprecio a las abominaciones, tan quietas y con ojos brillantes, mirándola con sentimientos confusos.
Sus instintos les gritaban que se sometieran, que la siguieran.
Ella era su madre.
¡No!
Vorekh rugió, avanzando como una calamidad andante mientras los vapores glaciales bañaban a los monstruos más cercanos.
Púas gigantescas se formaron en el aire, y partieron a la mitad a las abominaciones antes de congelar los pedazos en menos de dos segundos.
El ataque, debilitado debido a la mala condición de Vorekh, barrió la mitad de la caverna y destruyó todas las construcciones humanas en esa sección, dejándola como un páramo mucho más gélido y oscuro.
Sin dar un segundo de respiro, dio un salto que casi la hizo tocar el techo de roca y escarcha, atrapando a los dos monstruos con alas en sus manos y aplastándolos con un apretón casual.
Aterrizó pesadamente, levantando fragmentos de hielo como una tormenta de cuchillas.
Resopló con burla, viendo al más crecido de los monstruos emerger del bosque de púas con cinco de sus hermanos a cuestas.
Los había protegido con su propio cuerpo, ahora sangrante y perforado en múltiples lugares.
Débiles, patéticos, asquerosos.
No son mis hijos.
Declaró fríamente, asegurándose de transmitir el desprecio que sentía a las abominaciones.
—¡Oye, deja de matar a mis monstruos!— ladró Leonardo, emergiendo de la capa oscura y fría con bolas de luz en sus manos.
Vorekh expuso los colmillos.
Tensó su masivo cuerpo y cargó contra Leonardo y las abominaciones.
El pequeño Saiyajin no alteró su rumbo, dispuesto a un choque frontal que perdería.
Vorekh analizó rápidamente la acumulación de energía en sus manos, pero no sintió amenaza alguna.
Las fauces del Kaiju se abrieron de par en par, expulsando una densa nube de vapor congelante.
Leonardo ajustó su postura, y se propulsó hacia arriba justo a tiempo para evitar la nube de muerte instantánea.
El ataque de Vorekh siguió de largo, pasando por encima de los temerosos Descendientes y atravesando las capas de hielo, concreto y roca que aislaban esta cámara del resto de Zaslon-9.
Una cordillera de casi kilómetro y medio se formó bajo tierra, y todo lo que había en su camino quedó destruido y congelado.
Por su parte, el ataque de energía de Leonardo se dirigió al techo.
Más que un haz de luz abrasadora, fue una burbuja hinchada de Ki ardiente que explotó con la mayor potencia que podía ejercer.
Cientos de metros cúbicos de materia se sacudieron, se agrietaron y resquebrajaron, hasta que el propio hielo que Vorekh una vez formó para sostenerlo se hizo trizas.
La onda de choque empujó todo unos milímetros hacia arriba, desuniendo la tierra y provocando un derrumbe sobre la cabeza del Kaiju.
¿¡Crees que unas piedras van a salvarte!?
La presencia de Vorekh impactó nuevamente, pero Leonardo no se dejó tomar desprevenido esta vez.
La Kaiju intentó aplastarlo como a un insecto, pero él se deslizó fuera de las palmas y atacó con más ráfagas de energía, consiguiendo poco más que fastidiar al simio ya enojado.
El pecho de Vorekh se expandió una vez más, pero las insignificantes piedritas de las que se había burlado ya descendían a gran velocidad.
Vorekh no tuvo más remedio que escupir su aliento congelante hacia arriba.
Leonardo aprovechó la distracción.
Voló rápidamente hacia los monstruos, quienes por alguna maldita razón que él no entendía seguían parados en el mismo lugar.
—¿¡Qué hacen, estúpidos!?
¡Largo!— se acercó al más grande de ellos, que no llegaba ni a la mitad del tamaño de Vorekh, y le dio una poderosa patada en la mejilla.
El simio calvo trastabilló, confundido.
Miró a Leonardo con expresión de sorpresa, y después a la furiosa Vorekh que congelaba toneladas de roca y las partía con sus puños.
—¡Ella los va a matar!— exasperado, Leonardo dio una bofetada al simio que fue respondida con un puñetazo.
Esquivó sin problemas, dirigiéndole una mirada de resignación al monstruo estúpido.
Él realmente no quería dejar que estas criaturas se perdieran.
Eran fuertes, pero no abrumadores como Vorekh.
Resistentes, pero no indestructibles.
Salvajes, pero sabían cómo ajustar sus posturas para golpear y trabajaban en equipo.
Compañeros de entrenamiento perfectos.
Pero Leonardo ya no podía quedarse aquí.
No fue rival, aún trabajando en conjunto con Rafael, para el ciempiés gigante del desierto.
Enfrentarse solo a este Kaiju era un suicidio.
Reunió Ki en sus palmas y ascendió a toda velocidad, trazando un amplio arco para salir de la zona fría antes de alcanzar nuevamente el techo en decadencia.
Grietas gigantescas se habían extendido por casi toda la superficie, y se veía venir otro derrumbe más grande.
Leonardo planeaba darle un empujón.
Sin embargo, Vorekh vio su figura alejándose, y no le hizo gracia.
Formó una enorme lanza de escarcha desde su boca y la sostuvo con fuerza.
Dio un gran salto, sin importarle la lluvia de escombros congelados que chocaron contra ella duramente.
Torció su masivo cuerpo en el aire, adquiriendo una postura de lanzamiento en un casi perfecto horizontal.
La base de la lanza gélida impactó el suelo, y los ojos fríos de la Kaiju precisaron el trasero del Saiyajin.
Leonardo alcanzó el epicentro del derrumbe y se adentró en la nube de polvo y escombros todavía lentos en su caída.
Vorekh tensó su brazo y empezó su movimiento.
Cuando la energía burbujeante y comprimida salió disparada de las manos de Leonardo, la lanza de hielo salió disparada de la mano de Vorekh.
Otra gran explosión resonó en la caverna en ruinas, y la onda de choque alcanzó mayor altura, afectando gravemente los niveles superiores de la base ya maltratados.
Leonardo se giró rápidamente para salir de nuevo y evitar los escombros demasiado pesados para su fuerza de empuje, sólo para encontrarse cara a cara con una superficie rugosa, fría y sospechosamente afilada.
Por puro instinto, desató una pequeña ráfaga de Ki que destruyó el filo, pero de todas formas recibió el poderoso impacto.
El impulso lo llevó hacia arriba, contra el derrumbe que acababa de provocar.
Leonardo se abrió camino a través de las rocas sueltas, medio sueltas y no sueltas por varias decenas de metros, recibiendo un castigo doloroso en la espalda que le sacó el aire de los pulmones.
Finalmente, el tortuoso viaje finalizó con un golpe seco contra una superficie metálica.
Leonardo permaneció allí unos segundos, aturdido y con sangre escapándosele de la boca y la nariz.
El trozo de hielo le quemaba la piel, y los vapores absurdamente fríos le dificultaban la respiración debido a que toda su cara estaba enterrada en el mismo.
—…
Nngh…
M-mierda…
Leonardo no pudo evitar sonreír.
Había venido porque sentía la confianza para probar la transformación en Oozaru, y ahora un simio gigante estaba pateándole el culo.
Cuando Rafael se enterase…
No le dejaría olvidarlo nunca.
Quizás, la mala suerte sería una constante en su nueva vida.
Quizás, había gastado todos sus puntos de buen Karma o fortuna, lo que sea que usen los chinos, en su conveniente transmigración.
Quizás hoy simplemente no era su día.
Los temblores se hicieron más intensos y los alrededores apretados de Leonardo empezaron a sacudirse más y más.
Vorekh estaba desatada, y parecía estar subiendo también.
—Yo sólo quería…
Convertirme en un mono gigante— tarareó en su mente, aunque no rimó en lo absoluto.
Empezó a preguntarse dónde habría oído una canción similar, mientras el cansancio le hacía cerrar los ojos.
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