Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 48
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48: El Efecto Spopovich 48: El Efecto Spopovich Otra vez.
Leonardo fue sacado de la dulce e indolora inconsciencia por culpa del frío nuevamente.
—¡…Mmmghh!..— fue el sonido que salió de su boca a medio abrir.
El estómago empezaba a rugir, la garganta a exigir líquidos, la piel y las heridas a ser lavadas.
Le tomó un rato de quejidos y evaluaciones internas notar que había un gigante observándolo desde el principio.
Él la miró, imponente pero echa mierda a un punto lamentable.
Su mandíbula inferior colgaba apenas, a la lengua le faltaba al menos la mitad, sus ojos hinchados, un brazo torcido, la corona de cuernos desaparecida, y toda la parte frontal del cuerpo, desde las patas hasta el cuello, estaba cubierta por una capa de escarcha.
Alcanzó a vislumbrar carne quemada en algunas zonas.
—…
A poco sí muy Kaiju ahora, huh— dijo con una sonrisa de satisfacción.
Los ojos apagados de Vorekh volvieron a la vida, débiles, pero con un brillo extraño que hizo estremecer al Saiyajin.
Me has derrotado.
Ningún macho lo había conseguido hasta ahora, pero me siento más cómoda sabiendo que has sido tú.
Dijo la Kaiju, enviando un tono y emociones de plenitud fuera de lugar, en opinión de Leonardo.
¿Sería esta loca una adicta a las batallas en busca de la derrota total, como aquellos condenados a muerte de Baki o el mismísimo Battle Beast de este Universo?
Eso podría explicarle a Leonardo el porqué lo atacó tan de repente.
—Sí…
Como sea, espero que no vuelva a repetirse— suspiró, aliviado de no tener que luchar de nuevo.
Ni siquiera podía levantarse sobre sus pies en este momento.
Aunque el daño físico que recibió fue alucinante a lo largo de estos días, el desgaste de batallas consecutivas sin alimento ni agua sin duda fue el infierno para Leonardo.
El Zenkai debería darle un premio doble.
Pero, mientras Leonardo cuestionaba la existencia de un posible Sistema masoquista de aumentos de poder a base de ser apaleado, Vorekh empezó a moverse con una expresión decidida y de aceptación.
Rompió la escarcha que la cubría, revelando que efectivamente todo lo que había debajo era carne quemada.
Gruñó, un sonido húmedo parecido a una tos líquida.
Aún así, logró darle la espalda a Leonardo antes de extender sus piernas y bajar el trasero como una gimnasta.
Ahora que por fin despiertas, reclama tu derecho.
—…
…
—¿Disculpa?
Imprégname, Leonardo.
—¿¡Q-qué te pasa!?— la sangre abandonó el rostro de Leonardo.
A pesar del terrible estado en el que se encontraba, se las arregló para darse la vuelta y cubrirse los ojos cuando Vorekh usó su mano para apartar las nalgas, dándole una vista no deseada de todo el paquete.
La petición era más que una locura, por no decir algo imposible.
Pero para Vorekh, el asunto era simple: ella perdió.
Proveniente de una época en la que los fuertes hacían las leyes, Vorekh siempre estuvo sujeta a una serie de actitudes que hoy en día recibirían la calificación de bárbaras.
Si un macho derrotaba a una hembra, demostraba su valía y superioridad, y por tanto, la autoridad para reclamarla y esparcir su descendencia.
Pero, si la hembra ganaba, el macho moría.
Crudo, salvaje y simple.
En un mundo de monstruos, tales batallas no tenían arreglos, ni momentos específicos.
Vorekh podría estar comiendo, durmiendo, cazando o incluso luchando contra otro oponente.
Podría estar enferma, podría estar recuperándose de una batalla anterior.
No importaba.
Si el macho con tales intenciones ganaba la pelea, entonces Vorekh tendría a sus hijos.
¿Pero cómo concluyó Vorekh que Leonardo tenía esas intenciones?
Eso fue culpa de Leonardo.
El movimiento que desequilibró a la Kaiju fue un ataque a sus geniales.
Leonardo estrelló una roca contra esa parte de Vorekh, y fragmentos se incrustaron dentro.
Más allá del insoportable dolor, Vorekh interpretó la acción como una declaración de intenciones: Leonardo luchaba por ella.
Y Leonardo ganó, así que…
¡Tómame!
—¡No!
¿¡Cómo mierda se supone que lo haga de todas formas!?
Tsk, transfórmate y embiste con todas tus fuerzas…
Sé que eres muy brusco en esa forma, pero no me molesta del todo…
—¡Aaaah, cállate!— Leonardo se llevó las manos a los oídos y se retorció en el suelo.
No estaba interesado en entrar en la gigantesca vagina de un primate, la cual podía tragárselo entero y no en doble sentido.
– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – Días más tarde, un sigiloso Rafael y un incómodo Leonardo regresaron a Grenoble, Francia.
Rafael fue el primero en infiltrarse en la ciudad que, poco a poco, Amira y las demás controlaban.
El sexo y las drogas verdaderamente son las herramientas para poner de rodillas una comunidad.
A diferencia de las ocasiones anteriores, no voló despreocupadamente hacia el burdel.
De hecho, no voló.
Usó dinero y buenos samaritanos para llegar en automóvil desde las fronteras con el Principado de Mónaco.
Tenía que cubrir su rastro adecuadamente.
Al llegar a Grenoble, se escabulló por la ciudad durante todo un día y una noche, siempre mirando a sus espaldas.
Esperó a la hora pico para finalmente dirigirse al burdel de Amira.
Leonardo llegó a la ciudad en ese momento, inconsciente de las tramas de su amigo.
Aterrizó en la azotea del burdel, asustando a algunos vigilantes en el proceso.
Ignoró sus armas, apuntadas contra él primero, y también sus súplicas de perdón al reconocerlo después.
Caminó desnudo, apestoso y maltrecho a la oficina de Amira, encontrándose con las chicas principales rodeando a Rafael, quien yacía postrado en el suelo como un niño castigado.
—Hola.
Veo que se divierten aquí, pero quiero un baño.
Ahora.
—¡Leonardo!— Amat, Halima y Lulu saltaron sobre él, apretujándolo como un peluche.
Rafael intentó escabullirse, pero Amira le sujetó de la oreja con una expresión desaprobadora.
—¿Dónde estuviste todo este tiempo?
—¿Por qué no viniste antes?
—¿Tenías que preocuparnos así?
Las preguntas lo bombardearon, y las manos acariciaron sus heridas.
—Es una larga historia, pero puedo contarla en el baño.
En serio, no soporto mi olor y tengo demasiada hambre— dijo, poniendo fin al interrogatorio.
—¡Exacto!
¡Preparen el baño, mujeres!— exigió Rafael.
Amira le dio un fuerte tirón en la oreja.
Para el anochecer, Leonardo estaba limpio y bien alimentado, asaltado por unas ganas de dormir enloquecedoras.
Sin embargo, mientras Amat y Halima preparaban su cama, Rafael lo raptó furtivamente y lo llevó a la azotea.
—Tenemos que largarnos un tiempo— dijo con solemnidad.
Leonardo resopló, frotándose los ojos.
—Sí, ya lo habíamos planeado.
¿Para eso me molestas?
—No, estúpido.
Me refiero a que debemos evitar ser vistos en esta ciudad, y si es posible, en este país.
Amira y las demás podrían salir lastimadas por nuestra culpa.
—…¿Qué hiciste?— inquirió Leonardo, mirando a su amigo con sospecha.
—¿Qué crees?
Me topé con tipos problemáticos, mucho— soltó Rafael con fastidio.
—Resulta que visité el Principado de Mónaco, buscándote por cierto, y arruiné un movimiento de la organización a la que el viejito Dragón chino pertenece.
¿Te acuerdas?
El que me dijiste que contrató a Battle Beast— explicó, tejiendo como pudo el orden de los acontecimientos.
—¿El señor Liu?
Él no contrató a Battle Beast, imbécil— corrigió Leonardo.
—¡No importa!
Ese fósil definitivamente ya sabe de nosotros, y si seguimos yendo y viniendo de aquí, las chicas van a pasar un mal rato.
—Hm, eso es cierto…
—Además, los medios nos echan la culpa por la masacre de la familia Grimaldi— añadió Rafael casualmente.
—¿Y esos quiénes mierda son?— preguntó Leonardo.
—¡Los Príncipes del Principado!— Rafael lo miró como si fuera estúpido.
Él no lo sabía hasta que los asesinos de la Orden que capturó e interrogó se lo dijeron, pero detalles.
—Una familia importante…
Supongo que fue la Orden, y tú simplemente estuviste en el momento y lugar equivocados— resumió Leonardo tras un momento de consideración.
—Sí bueno, es que ataqué el Palacio de esa gente.
Aunque no entiendo por qué los Guardias no salieron a aclarar el asunto.
—…
—…
¿Qué?
—Nada, Rafael.
Está bien, mañana partiremos.
De todas formas, quería adelantar un poco nuestro viaje y ver si podíamos ir a Estados Unidos dentro de, no sé, unos tres años o algo así.
Fue el turno de Rafael para mirar a Leonardo con sospecha.
—¿Y esas ganas de ir a América?
Atom Eve sigue siendo unos años menor que nosotros.
Te quiero, Leonardo, pero no permitiré que recorras la senda de la loliconería— advirtió con una mueca de desprecio.
—Rafael, eres el tipo de Transmigrante que embarazaría a su nueva hermana y nueva madre.
No necesito que me cuides, sino que yo debo cuidarte a ti.
—Es justo— Rafael alzó las manos en derrota.
—¿Pero, por qué a Estados Unidos?
Leonardo suspiró para sus adentros.
Miró hacia el Oeste, a algún punto que Rafael no podía imaginar.
—Quiero buscar a los Mauler.
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