Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 Prueba De Límites
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5: Prueba De Límites 5: Prueba De Límites Hassan los estaba llevando a una trampa.
No era ningún secreto para ambos chicos, dadas las miradas maliciosas que les dirigía de vez en cuando, o el hecho de que se comportara tan obedientemente durante buena parte del trayecto.
Posiblemente irían al campamento de sus amigos, los desalmados hijos de perra que no dudaron en disparar contra niños en medio del desierto.
Probablemente los verían incluso antes de llegar y los emboscarían.
Definitivamente no habría buenos tipos allí.
Rafael y Leonardo discutieron sus opciones en las siguientes horas de viaje, sin importarles que Hassan pudiese oírles ya que dudaban que los entendiera.
Sin comunicación adecuada, estaban sujetos a lo que el hombre de aspecto traicionero tuviese en mente como su destino.
No encontraron mapa alguno entre los cadáveres, ni en el propio vehículo.
El mismo trasto tampoco contaba con GPS.
La pregunta que se hicieron no fue a dónde los llevaría Hassan, sino qué harían ellos cuando llegasen.
—¿Cuánta fuerza tenemos exactamente?— inquirió Rafael con el ceño fruncido, intentando estimar una cantidad o comparar con algo.
—Podría levantar un hombre adulto con un solo brazo, si la arena no me desequilibrase— señaló Leonardo, recordando su hazaña de tomar uno de los cadáveres por el chaleco y moverlo sin mucha dificultad.
—En términos de impacto, podemos romper los huesos de la cara y las piernas, y provocar hemorragias al golpear en el pecho.
—¿Velocidad?— continuó Rafael, tomando nota mental y comparando con su propia experiencia.
—No estoy seguro de nuestra reacción, pero definitivamente no podemos esquivar balas.
En carrera…
Más rápido que un adulto en esta molesta arena sin duda, pero no alcanzaríamos este buggy.
—Y resistencia…— insinuó Leonardo, llevándose una mano a la frente donde aún había un agujero en su piel quemada.
La sangre había dejado de salir, y el dolor de cabeza aún se sentía levemente, pero dudaba que el daño se extendiera al cráneo propiamente dicho.
—Las balas no pueden penetrar nuestra piel del todo, pero duele como el carajo— se quejó Rafael con una mueca, pasando sus dedos sobre los arañazos en sus brazos y torso.
—Hmmm, estoy seguro que tenemos una edad cercana a la de Gokú al inicio del anime.
¿Por qué parecemos más débiles que él?— Leonardo murmuró, intentando recordar el recorrido del Saiya-jin más roto de la historia.
—¡Duh, porque no somos él imbécil!— Rafael puso los ojos en blanco, pero Leonardo se negó a aceptar esa explicación.
Kakaroto era un clase baja entre su gente.
No era la vara de medir adecuada para los Saiya-jin promedio.
¿Qué los diferenciaba entonces?
¿Eran ellos de clase Súper Baja o algo así?
—Tal vez sea la cola— soltó Rafael de repente.
—Quizás sea buena idea cortarla en cuanto podamos.
Leonardo hizo una mueca.
Parecía tan fácil en el anime, pero esa cola ahora era una parte de su cuerpo.
No había llegado al punto de sentirse apegado a esa cosa, pero no le sentaba bien la idea de mutilarse a sí mismo.
Pensar en ello le hizo recordar un aspecto crítico.
Se levantó la camisa sudada y apestosa que quitó a uno de los cadáveres y dejó salir su cola, balanceándola ante Rafael.
—Sujétala.
Veamos si sufrimos de esa debilidad también— dijo con expresión seria.
Rafael lo miró de manera extraña, echándose hacia atrás.
—Incluso sin ser mexicano, esa es una petición cuestionable.
—No eres mexicano y esto es importante.
¡Toma la maldita cola!— instó Leonardo con fastidio.
Rafael suspiró y estuvo a punto de agarrar la cola de su amigo…
Cosa que seguía sonando mal en su cabeza, pero entonces recordó algo incluso más crítico.
—¡No!— exclamó horrorizado.
—¡Esa cosa debe tener mierda todavía, no la tocaré!
Los párpados de Leonardo temblaron y le exigió entregar su cola para la prueba entonces, a lo que Rafael también se negó por cuestiones de honor y hombría.
Mientras ambos discutían y Leonardo se abalanzaba sobre Rafael para tomar su cola a la fuerza, cosa que seguía sonando terriblemente mal, el rebautizado sin su consentimiento como Hassan fingió no escuchar ni ver nada, conduciendo obedientemente.
No entendía un carajo de lo que los infantes absurdamente fuertes discutían, pero la paciencia le recompensaría dentro de poco.
Hassan consideró que ambos mocosos sólo tenían músculo, no cerebro.
No ocultó muy bien sus intenciones porque no lo vio necesario.
Llevaría a los mocosos con su jefe, y él decidiría si matarlos o adoptarlos.
En cualquier caso, él saldría de esta de una forma u otra.
– – – – – – – – – – – – – – – – – – – El sol casi volvía a su punto más alto, lo que marcaría las primeras veinticuatro horas de vida de Leonardo y Rafael en sus nuevas vidas.
Horas que fueron menos que ideales, considerando el calor abrasador, la arena pegada a sus cuerpos, el hambre que apenas y fue calmada con galletas y raciones poco deliciosas y un par de botellas de agua.
Lo único bueno de su experiencia vino de la mano de un susto tremendo, así como la repulsión que les provocó arrebatar una vida humana por primera vez.
Incluso saber que eran escoria no lo hizo más fácil.
Sin embargo, ambos comprendieron que era inevitable matar.
No estaban en sus hogares, protegidos por sus familias, en un entorno conocido.
Ni siquiera sabían si estaban en el mismo planeta, línea de tiempo o realidad.
Fue por eso que, a pesar de las dudas, el sudor en sus frentes, la respiración agitada y el revoltijo de sus estómagos, no le quitaron los ojos encima a Hassan cuando éste empezó a desacelerar poco a poco, pero de manera perceptible.
Estando detrás de él, no fue difícil estudiar su lenguaje corporal.
Parecía ligeramente ansioso, expectante.
Algo estaba a punto de pasar, y esa fue señal suficiente para ambos chicos.
—Las dunas…
Podría haber vigías o algo así— advirtió Leonardo en un susurro, intentando imaginar con lógica lo que un grupo de mercenarios del desierto podrían hacer en términos de seguridad.
Rafael asintió, preparándose mental y físicamente para este acto.
Golpear fuertemente a un tipo que intenta matarte con la adrenalina bombeando tu sistema era una cosa, pero asesinar premeditadamente, con la cabeza fría, era otra muy diferente.
Y siendo él quién era, se ofreció a dar este primer paso para evitarle a Leonardo posibles traumas futuros.
El Buggy rodeó una inmensa duna y Leonardo divisó parte de una estructura desde su posición.
Hizo un gesto a Rafael y el chico se movió con precisión, frialdad y no poca inseguridad y duda.
Tomando a Hassan completamente desprevenido, el chico sujetó su cabeza y su mentón, empleando su monstruosa fuerza en un tirón único y cruel.
¡Crack!
Resonó el chasquido húmedo en los oídos de ambos transmigrantes, a la vez que el rostro sorprendido de Hassan los miraba incrédulamente, torcido casi 180 grados.
—¡Salta!— ordenó Rafael, intentando quitarse de encima la sensación fría que descendía por su espalda y se hundía en su estómago.
Abandonaron el Buggy a su suerte, ya descontrolado por los espasmos de Hassan.
Sin querer dedicarle otro segundo de duda al asunto, emprendieron una carrera cuesta arriba por la duna, alcanzando la cima en cuestión de unos segundos gracias a su mucho mejor velocidad de carrera.
Lo que encontraron era de esperar.
Escondido entre tres enormes dunas de tamaño similar había un campamento, con tiendas y hogueras humeantes, perros, camellos y algunos vehículos.
Un par de decenas de hombres se alertaron por un llamado desde la posición en que el buggy se estrelló y se volcó.
Sacaron sus armas y corrieron al lugar, momento que Rafael y Leonardo esperaban.
—¡Rápido y contundente!— recordó Rafael.
Leonardo asintió y ambos saltaron.
No planeaban dejar sobrevivientes esta vez.
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