Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 Rápido Y Contundente
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6: Rápido Y Contundente 6: Rápido Y Contundente Si había algún rastro de duda y miedo en el corazón de Leonardo, fue rápidamente reemplazado por una agresividad que no sabía que tenía en su interior.
Esa fuerza que parecía tan fácil de alcanzar y al mismo tiempo tan esquiva como para nunca contenerla y dominarla bañó su cuerpo una vez más, dándole más poder a sus veloces pasos, tensando los músculos sin entrenar de sus extremidades.
No hacía falta ser un genio para saber que eso era el Ki, el Sistema de poder del Universo Dragon Ball.
Saberlo no lo hacía fácil de usar.
Leonardo había intentado replicar el efecto, agitar su Ki, moverlo, expulsarlo, concentrarlo.
No lo consiguió, y el agotamiento tras la batalla de anoche le impidió seguir practicando.
Decidió, tras un debate serio con Rafael, que lo mejor era no forzarlo mientras careciesen de suministros, como comida y agua.
El resto probablemente vendría en situaciones extremas.
Ambos descendieron por la duna y saltaron al campamento a toda velocidad.
La idea era acabar rápidamente con el contingente en el interior y después con los que salieron.
Por desgracia, ninguno consideró el elemento imprevisto que representaban los perros.
Los mejores amigo del hombre percibieron su presencia, o su hedor o quizás ambas cosas.
Se agitaron y comenzaron a ladrar.
Por suerte, debido al escándalo del buggy que ya había agitado a los cánidos, muchos de los hombres que quedaron no les prestaron más atención.
Leonardo apretó su puño y dio un gran salto, provocando una pequeña explosión de arena debido a la fuerza ejercida.
Trazó un arco que le hizo recorrer una docena de metros y caer al lado de un vehículo en el cual un hombre intentaba echarse una siesta.
Antes de que los perros se abalanzaran sobre él, Leonardo cargó contra el sorprendido y desconcertado hombre, estampando un puñetazo demoledor en su frente, hundiéndola con un crujido poco saludable y mandándolo a volar al otro lado de los asientos.
Vio a Rafael aterrizar en otra ubicación, tomar a un perro temerario por el hocico y balancearlo como un muñeco de trapo hasta estrellarlo contra uno de los tipos que empuñaba su arma.
Leonardo tomó nota de la táctica y cargó contra los cocineros, quienes ya empezaban a salir de su estupor y rebuscaban sus armas de fuego.
Un tipo gordo de brazos gruesos y fornidos recurrió al enorme cuchillo de carnicero que portaba para abalanzarse contra Leonardo.
Fue demasiado lento al realizar su tajo y recibió un puño en su mentón que le sacudió la cabeza hacia atrás violentamente.
Otro crujido, un cuello roto.
Leonardo se obligó a no mirarlo y continuó su avance.
Rafael había conseguido un tubo de metal de algún lado y lo estrellaba en las cabezas de los enemigos sin piedad, salpicando sangre y lo que parecían fragmentos de hueso por doquier.
El efecto sorpresa ya se había acabado y la docena de hombres restantes en el campamento los encañonaron a ambos.
Leonardo pateó el suelo y envió una ráfaga de arena a los rostros de los otros cocineros, cegándolos momentáneamente a la vez que abrían fuego.
Él se lanzó a un lado y los embistió por el flanco, sujetando al del extremo derecho por la pierna y usándolo como bate para con los demás.
Derribó al primero con el hombre desafortunado, y aplastó al segundo con la misma técnica.
Saltó entonces y dio un poderoso pisotón a la cabeza del pobre desgraciado, aplastándola más por la fuerza que por el peso.
Los gritos de rabia y el tronar de las armas comenzaron.
La veintena restante que salió pronto volvería.
Considerando sus opciones, Leonardo optó por tomar un par de pistolas y lanzarse de cabeza contra los demás.
Su fuerza le permitió evitar que las pistolas salieran volando, y su acercamiento garantizó que acertara a diferencia de Rafael.
Siendo compasivo como era, se negó a matar a alguno de los perros, eligiendo darles un toque de advertencia o empujándolos con suavidad, lo que los hizo volar por los aires.
Rafael era más sanguinario, habiendo doblado e incluso roto el trozo de metal, se encargó de los sujetos restantes con sus puños desnudos, siempre hundiendo los cráneos de sus enemigos con su fuerza masiva.
Para cuando los individuos que salieron a ver lo que pasaba con el Buggy volcado regresaron al campamento con armas preparadas y rabia manifiesta en sus rostros, los que se quedaron atrás ya habían sido aniquilados por los Saiya-jin.
Sangre empapando la arena, cuerpos caídos y retorcidos, fragmentos de hueso y sesos, y dos niños ensangrentados esperándolos con expresiones vacías.
– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – El Sol se posó en medio del cielo una vez más, marcando oficialmente el primer día de vida de Leonardo y Rafael.
La arena caliente desprendía su característico olor, el calor abrasador fastidiaba la mente y el cuerpo y el viento levantaba más arena, al igual que el día anterior.
A diferencia de su primer segundo de consciencia, ninguno estaba confundido, sediento o hambriento.
Todo lo contrario.
Descansando bajo lonas y un techo improvisado con madera sacada Dios sabe de dónde, Leonardo y Rafael terminaban de consumir la carne que los mercenarios pretendían almorzar antes de su llegada.
Jarras con agua fueron vaciadas, y toda la olla quedó vacía, su contenido devorado en menos de cinco minutos.
Los perros que no asesinó Rafael agachaban la cabeza, reconociendo tácitamente la autoridad de los desconocidos tras la refriega y un par de trozos de carne.
El dúo permaneció en silencio, contemplando el campamento salpicado de cuerpos y sangre.
Minutos después de la pelea, ambos se sintieron asqueados y volvieron a vomitar un poco, pero el efecto pasó rápidamente.
Especialmente cuando sus ojos se posaron en la comida.
Los estómagos habían tronado y el instinto de supervivencia se sobrepuso a los sentimientos.
Ahora que estaban satisfechos, la mente se les despejó y el peso de sus acciones caló más profundamente.
Ninguno se arrepintió, pero tampoco lo disfrutó.
Rafael eructó audiblemente, recostándose un momento antes de decidir su próximo paso.
Escaneó con la mirada el desolado ambiente, deseando más que nunca un aire acondicionado para completar su día perfecto.
Sus ojos se posaron en una gran tienda de campaña que, inesperadamente, permaneció intacta y de la que ningún enemigo emergió durante la batalla.
—¿Leonardo, entraste en aquella tienda para verificar que nada se nos escapase?— preguntó a su amigo, pero sólo recibió una respiración pausada y un suave susurro agudo, como un silbido.
Miró a un lado y encontró al bastardo bien metido en el reino de los sueños.
Chasqueó la lengua con fastidio y se levantó, yendo a revisar el sospechoso escondite.
Lo último que quería era un ataque sorpresa mientras cagaba o algo así.
Lo encontró sin embargo, sería muy diferente, inesperado incluso, pero definitivamente bienvenido.
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