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Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 50

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Capítulo 50: Incursión: Primera Tormenta

El sol de medio día irradió las inmensas arenas de Rub al-Khali con su esplendorosa luz, furioso e imponente sobre todo lo vivo.

El viento soplaba levemente, arrastrando arena y calor entre las dunas.

Para muchos, el ambiente sería intolerable. Para Maya Stewart ciertamente no era ideal, pero justamente por las dificultades que representaba es que este trabajo le generaría buena fortuna.

Se secó el sudor de la frente y respiró hondo, concentrándose en ese hecho. Salió de la camioneta, mucho más fresca que el exterior, despojada de su habitual vestimenta de trabajo.

Sin camisas, sin sacos, ni pantalones o tacones. Shorts, zapatos, camiseta sin mangas y un sombrero para protegerla de la intensa luz.

—…Maya, tendrás que pagarme diez veces lo acordado o ni loco salgo de la camioneta— advirtió Jerome, mirando con desconfianza el entorno más allá de las ventanas.

La mujer se volvió a él con una sonrisa pícara. —El calor es intenso y podría quitarme más ropa, pero dicen que las noches son heladas… Y yo no puedo dormir con frío~

—…Bueno— Jerome asintió solemnemente, y bajó del vehículo.

Maya se rio entre dientes y caminó un poco, mientras su compañero sacaba la cámara de la parte de atrás.

Admiró el paisaje árido hasta ubicar la vasta extensión de escombros y cráteres que una vez tuvo el nombre de Sharurah.

Equipos de reconstrucción salpicaban la zona, maquinaria pesada vomitaba humo mientras sus enormes motores rugían.

A casi una década del inesperado ataque Kaiju y su horda de insectos sobreoxigenados, la vieja ciudad finalmente empezaba a renacer.

El proceso nunca se detuvo, de manera oficial, pero el Gobierno Saudí mostró poco interés los primeros años.

El asunto quedó en el olvido y Sharurah se volvió parte de la historia. Un incidente más, un logro a medias añadido al historial de los Héroes más grandes, y un recordatorio de las amenazas que pueblan la tierra.

Sin embargo, dos años atrás, Arabia Saudita emitió un comunicado: Sharurah regresaría, más fuerte que nunca.

Las razones del cambio de opinión eran desconocidas. Quizás una maniobra política, quizás un negocio lucrativo. O ambas cosas.

A Maya le interesó la noticia. Conoció a un hombre en Estados Unidos que sobrevivió al ataque, en estas mismas arenas. Él le contó sus experiencias, con la promesa de que Maya no revelaría nada.

La historia fue ligeramente distinta a lo que el resto del mundo conocía. Como periodista independiente, Maya no pudo evitar sonreír con emoción.

—¡Mierda que quema!— Jerome se quejó, posicionándose a su lado. —¿Y bien? A dónde primero, capitana.

Maya puso los ojos en blanco. —A obtener algunas tomas de cerca, charlar con los obreros. ¿Por qué crees que traje pantaloncillos?

—Yo creí que era para mí…

—O grabas, o coges. No puedes hacer ambas cosas, Jerome— amonestó la mujer.

Jerome sonrió de manera engreída.

El dúo empezó a moverse para sacar buenas imágenes antes de acercarse más a Sharurah.

Distraídos, no notaron un fenómeno peculiar en la distancia, justo detrás de ellos.

Era como una pared, que se extendía de lado a lado hasta donde alcanzaba la vista. Y se estaba acercando.

– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – –

—Informe— ordenó Cecil Stedman nada más aparecer. Su tono era plano, su expresión pétrea. Fue interrumpido a mitad de un merecido refrigerio.

Donald se deslizó a su lado con el ceño fruncido. —Los satélites detectaron actividad inusual en Arabia. El desierto, específicamente.

—¿Otra vez? ¿Son esos malditos bichos de nuevo?— inquirió Cecil. Donald negó con la cabeza.

A su señal, uno de los operadores de las grandes pantallas mostró un mapa de la región.

—La actividad es en la superficie, Señor. Es… Una onda de choque.

La mirada aguda de Cecil se clavó en la pantalla. La simulación mostraba una extensión creciente cuyo epicentro se originó en una ubicación familiar.

Sus ojos se abrieron poco a poco y el rostro se puso pálido a medida que la marca de alcance continuaba extendiéndose en un anillo perfecto.

—¿¡Q-qué demonios!? ¿¡Nos perdimos un asteroide o algo así!?— escupió, incrédulo.

La onda de choque alcanzó Ubaylah, los restos de Sharurah, incluso Salalah en Omán. Seguía sin detenerse.

—Esa es la cosa, Señor— dijo Donald, desconcertado pero no alarmado como debería.

Otra de las pantallas cambió a una imagen en vivo sobre el desierto. Cecil buscó desesperadamente una nube en forma de hongo, una bola de fuego titánica o un cráter ardiente. Pero no había nada de eso.

Sólo arena y polvo, como una tormenta enorme.

—Donald… Explica qué mierda es esto.

Nadie le respondió al Director de la ADG.

Mientras tanto, las consecuencias del fenómeno no tardaron en hacerse notar en las zonas aledañas al origen.

Si bien no hubo una explosión masiva o un impacto cataclísmico, la onda de choque era bastante real.

Un único y poderoso trueno ensordecedor sacudió la Península Arábiga. Las dunas a miles de kilómetros explotaron en diferentes direcciones, sin un patrón coherente, aplanando el majestuoso Rub al-Khali. De ahí la tormenta que dificultaba la vista satelital.

En Las ciudades, las ventanas explotaron, los muros más viejos se tambalearon, las personas y los animales quedaron aturdidos, antes de ser empujados con fuerza.

En el aire, las aves fueron desorientadas y cayeron miserablemente a una muerte espantosa. Los pocos aviones, drones, y helicópteros que estaban en pleno vuelo vieron sus sistemas fallando por un instante.

La onda sonora viajó rampante hasta ser escuchada en Etiopía, Somalia y Egypto.

Bajo tierra, el problema dio un salto de escala.

Poco después de la poderosa onda de choque, siguió un terremoto de magnitud 8.0 que se sintió en todo el Cuerno de África, provocando marejadas en el Mar Rojo y el Golfo de Aden.

– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – –

—¡He tomado posesión de la Espada Divina!— rugió un joven a los cielos, rodeado por guerreros derrotados y bañado en una miríada de luces rojas.

Su capa roja como la sangre ondeaba suavemente, sus guantes blancos goteaban líquido vital. Bajó la hoja lentamente, apuntándola a las guardianas de este santuario.

—¡Sométanse, y entreguen sus cuerpos al nuevo Señor, reconocido por el Cielo y la Tierra, portador de la Llama Fénix Trascendental Titánica Abrasadora del Quinto Reino Psíquico Antiguo!

—…

El silencio cayó sobre la arena de duelo, miradas confundidas taladrando al que soltó semejantes chorradas.

Incluso las luces rojas que lo bañaban parpadearon, o quizás fue un efecto óptico.

—¿Te burlas de nosotros, occidental?— escupió una de las mujeres. Se incorporó con visible dificultad, disgustada.

El portador de la Espada Divina cambió su actitud súbitamente. El aire a su alrededor se volvió frío.

—¿Te parece que juego, niña tonta?— inquirió, su tono gélido enviando una sacudida a la joven de finos rasgos.

—Lunático. Eres un Lunático— murmuró ella, convenciéndose. Sólo alguien mal de la cabeza atacaría este lugar, o un ignorante absoluto.

Pero, siendo quien era el occidental, la joven belleza dudaba que este último fuera el caso.

—Sí bueno, el viejo empezó, ¿Sabes? Cada tanto envía locos a acosarme y necesita que lo pongan en su lugar. Además, me debe una compensación por daños emocionales.

Tras sus palabras, uno de los muros de piedra que daban al interior del complejo explotó, y una figura similar al portador de la Espada Divina emergió con una olla enorme cargada de joyas.

—Listo— dijo el occidental, vestido de gris y dorado. —Vámonos de aquí, no me gusta la comida china.

—¿De verdad? ¡Pero si comiste esa porquería armenia!

—¡La anciana lo cocinó con amabilidad!

—¿Y si una vieja China te ofrece perro asado con amabilidad?

—Eres una mierda andante. Larguémonos ya, o llegaremos tarde a la ceremonia de Bamingui.

Mientras dos de los criminales más buscados en todo el mundo discutían casualmente, las demás mujeres se incorporaron y rodearon a los idiotas.

Adquirieron posturas de combate, y una de ellas hizo un gesto con la mano.

A la señal, las docenas de tiradores que apuntaban al portador de la Espada Divina apretaron los gatillos.

Proyectiles capaces de perforar blindaje pesado volaron en un parpadeo. Sin embargo, no golpearon nada.

La mujer que dio la orden parpadeó una vez al momento de las detonaciones. En cuanto abrió los ojos, tenía al Gran Saiya-Man de Verde ante ella, y no en el lugar en que debía ser acribillado.

Ligeramente más bajo que ella, de complexión atlética y juvenil, a un paso de la adultez. Este joven monstruo sonrió con picardía antes de decir: —Hm, firmes— mientras una sensación de agarre presionaba su pecho.

—¡¡T-tú!!— empezó la mujer, pero el Saiya-Man desapareció de su vista. Sólo la Espada quedó atrás, cayendo audiblemente al suelo.

Rápidamente se volvió en la dirección del otro, pero ya se había ido también.

—… Hermana Lin Mei-Hui— llamó la pequeña Yu, tímida y desanimada.

Lin Mei-Hui suspiró para sus adentros, recogiendo la hoja. —Limpiemos este desastre— dijo. —Yo misma informaré al Señor Liu y asumiré la responsabilidad.

Lejos ya del Santuario entre las montañas, los responsables del ataque debatían profundamente sobre los distintos platillos que han degustado a lo largo de sus viajes.

Con cuerpos más desarrollados y un inacabable régimen de entrenamiento, así como alguna que otra paliza descomunal, Leonardo y Rafael ahora ni siquiera temían las represalias de ir y venir entre naciones a su antojo.

Sobrevolaban casi donde les daba la gana, salvo las principales potencias. Sus actividades más justicieras llevaron a una enemistad irremediable con las Naciones Unidas.

—¿Y desde cuándo tú y Bamingui son tan amigos? Creo recordar que fui yo quien lo hizo rico, y fui yo quien vengó a su padre— replicó Rafael con mirada sospechosa.

Leonardo resopló. —Le diste una bolsa de diamantes a un mendigo. Casi lo matan varias veces hasta que le eché una mano.

Rafael se quedó sin argumentos y decidió admirar el paisaje.

Aunque ya habían solucionado el problema de la ropa, y descubrieron la forma de superar la velocidad Mach 5 en un vuelo continuo sin quedarse ciegos, viajaban a baja velocidad debido al botín que llevaban entre manos.

Unos 400 kilogramos de joyería, piedras rojas, verdes, azules, cristalinas, collares, brazaletes, y lo que parecía un dildo de oro.

Sin duda, el viejo lagarto iba a sufrir un ataque. Se lo merecía.

—¿Rafael?— llamó Leonardo tras un rato de pacífico vuelo sobre las, inesperadamente, bellas tierras de Georgia.

—¿Qué?

—¿Hay migraciones en esta época, en esta región?

—Los pobres migran todo el tiempo, Leonardo.

—Hablo de las aves— aclaró Leonardo, señalando un punto a su izquierda. —Mira, son muchas.

Rafael echó una vistazo. En efecto, una densa nube de puntos negros cubría el Sureste.

Sin embargo, para sorpresa del dúo, las aves en la distancia de repente rompieron su formación. Salieron volando en direcciones diferentes, algunos chocando entre sí, otros cayendo en picada.

Más abajo de las aves, una capa de polvo se levantaba rápidamente, y los árboles se sacudían hasta perder buena parte de sus hojas.

—…¿Qué carajo es…!!

—¡Inclínate!— Rafael gruñó. Se posicionó de frente a la onda de choque y torció la muñeca, inclinando ligeramente la olla con las gemas para evitar un desastre.

Si es que el fondo de la olla resiste la presión, claro está.

Habría funcionado. El empuje compactaría las joyas y piedras contra el fondo de la olla, y aunque algunas podrían romperse, poco se caería.

Lamentablemente, ninguno de los dos, ni siquiera los analistas de la ADG en este momento, pudieron comprender la naturaleza antinatural de este fenómeno.

La onda golpeó, su potencia incapaz de mover a Rafael y Leonardo. Pero ambos sintieron una incoherencia: no fue un impacto unidireccional.

Como las dunas en gran parte de Rub al-Khali, como las aves que vieron salir despedidas a todos lados, sus joyas recién adquiridas recibieron golpes inconsistentes para los que no estaban preparadas.

—¡¡Nooo!!— chilló Rafael, viendo sus preciosos saltando fuera de su alcance hacia el río debajo de ellos, a los árboles y las montañas. —¡Recupéralas, rápido!— bramó, abandonando al desconcertado Leonardo para ir a recoger el botín.

– – – – – – – – – – – – –

Mierda que es difícil escribir cuando te cortan la putísima electricidad dos y tres veces por día.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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