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Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 51

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Capítulo 51: Incursión: Primera Tormenta (2)

No fue difícil para la ADG darse cuenta que el fenómeno estaba lejos de ser natural. Había intención detrás del movimiento.

Allí donde azotó, los efectos fueron incoherentes. Su propia extensión se pasaba todas las leyes físicas por el culo metafórico.

Reducidas, la onda sonora y de choque ya cubrían más de la mitad del planeta y no mostraban signos de detenerse. La pérdida de intensidad fue aleatoria, no gradual.

—¡Quiero a los Guardianes en ese maldito arenero, de inmediato!— gruñó Cecil.

Lo que sea que sea esto, comenzó en Rub al-Khali, específicamente la zona central, donde una vez se escondió cierta ciudad de ratas.

Se volvió a su subordinado con expresión severa. —Iré a charlar con esa mujer, podría saber algo o incluso ser responsable. Busca a los mocosos y envíame su ubicación— dijo antes de desaparecer del lugar en un destello de luz.

—¡Ya lo oyeron!— ladró Donald al personal encargado de los satélites. —¡Busquen a los Saiya-Men!

En el resto del mundo, la situación fue mucho más caótica debido a la falta de información.

El fenómeno viajó a velocidad constante. Poco a poco, poblado tras poblado, ciudad a ciudad, país a país, desconcertó y lastimó a miles, cientos de miles y después millones de personas.

Para cuando cruzó a Europa y Asia, apenas tenía la fuerza para hacer tropezar a la gente. Un susto para la mayoría, la causa de un desafortunado accidente para otros.

Una mujer en labor de parto, un obrero mal pagado a decenas de metros de altura y sin correas, un motociclista en una curva, un cirujano en plena operación, un hombre afeitando su barba con una hoja o un cocinero cortando vegetales.

Cualquiera en situaciones semejantes, muchas cotidianas incluso, se llevaría una desagradable sorpresa en el momento menos oportuno.

Chozas derribadas, pisos inestables viniéndose abajo, tuberías desatendidas cediendo, avalanchas de rocas y nieve, inundaciones. La vida silvestre se encontró con los mismos problemas.

Los mares se agitaron, las profundidades protestaron. Resultaba sorprendente la cantidad de desastres desatados por un simple empujón.

Donald Ferguson permaneció estático en su lugar, recibiendo toda clase de informes durante más de una hora.

Ya había notificado a Immortal y los Guardianes, pero la búsqueda de Leonardo y Rafael estaba siendo un problema. Así había sido siempre.

Los dos chicos se movían demasiado. A veces aparecían en África, a veces en Medio Oriente, a veces en Asia, e incluso fueron, por alguna razón, a pelearse con un Kaiju a la Antártida.

Su patrón, si es que existía uno, era el más errático e imposible de rastrear para la Agencia.

Sin posesiones, propiedades, amigos o familiares conocidos para tomar en cuenta, mantenerlos vigilados fue, es, y probablemente seguirá siendo, uno de los desafíos más grandes para la ADG.

– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – –

—Un fenómeno imposible está perturbando el planeta. Se originó en el mismo agujero del que te sacamos. ¿Tienes algo que decir al respecto?— habían sido las palabras del mortal.

Engreído, misterioso, hinchado de arrogancia por las patéticas construcciones que él pensaba que lo protegían.

Zill se negó a dirigirle la palabra al pequeño hombre. No era la primera vez que lo veía, y sospechaba que no sería la última.

Cadenas de energía inagotable la inmovilizaban, luces que emitían un calor extraño la bañaban constantemente, y densos muros de metal tan pesados como montañas la encerraban.

Creaciones mortales patéticas, pero mierda si eran difíciles de destruir. Zill jamás lo admitiría, por supuesto.

Su caparazón material imitó lo que los mortales llamaban una mueca de fastidio, una de sus tantas expresiones sin palabras que aprendió a lo largo de los años.

Se aseguró de dejar claros sus sentimientos de disgusto y molestia.

—…

El mortal se le quedó mirando, su expresión pétrea.

Zill resopló, desviando la mirada. No tenía nada que decirle a este ser diminuto e insignificante.

—Creemos que Leonardo y Rafael están involucrados. Y que trabajan contigo— soltó Cecil.

—¡Hmph, no tengo nada que ver con esos petulantes mocosos!— siseó la mujer, su indignación provocando que los patrones en espiral de su cuerpo brillasen intensamente.

Sólo pensar en los infantes que le dieron la espalda en el momento crítico le hacía querer destripar algo. Jamás olvidó aquella ignominia.

—Entonces explícame qué está sucediendo— exigió el hombre con tono plano y aburrido.

Sin embargo, Zill se enfurruñó al oír los nombres de sus más odiados enemigos, murmurando maldiciones en lenguas desconocidas.

La paciencia del Director de la ADG estaba agotándose. Hizo un gesto con la mano, y una descarga de energía bañó a la mujer.

—¡NNGH! ¡Basta, yo no sé de qué estás hablando!— gimió ella, retorciéndose.

Cecil ordenó que se detuviera la descarga y miró fríamente a la cosa con forma de mujer.

—¡Y-yo no sé nada, no he hecho nada desde que me trajeron aquí!— se defendió.

El puño de Cecil golpeó el cristal que los separaban con fuerza. —¡Entonces dime quién es el responsable!— gruñó.

—¡Te dije que no sé!— gimoteó ella, y lágrimas de energía dorada empaparon sus mejillas.

Cecil no compró el acto y salió del lugar con expresión severa.

—Quiero que refuercen toda la prisión. La onda de choque nos alcanzará en unas horas y no quiero una desagradable sorpresa cuando la toque— ordenó al alcaide mientras caminaba.

Al instante siguiente, una luz lo bañó de pies a cabeza y desapareció de la prisión subterránea, reubicándose en el Pentágono nuevamente.

Por su parte, el llanto de Zill cesó abruptamente. La mujer frunció el ceño con disgusto, preguntándose a qué rayos venía todo eso.

La maquinaria humana traqueteó y su jaula se movió, apartándola del cristal y su última interacción verdadera tras siete años de aislamiento.

Muy por encima de su cabeza, los preparativos para impedir su hipotético escape comenzaron.

– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – –

Darkwing sobrevoló las inmensas arenas saudíes por segunda vez en su vida. Ahora más que nunca, dependía de los Sistemas de Navegación para orientarse.

No vio ciudades desde que cruzó al Cuadrante propiamente dicho. No porque haya elegido una ruta particular para evitarlas, sino porque estaban ocultas bajo un manto de polvo de varias docenas de metros.

Era la tormenta de arena más grande de la que el hombre jamás haya sido testigo.

—Esto no tiene sentido. ¿No debería haber caído ya todo este polvo?— señaló Red Rush.

Darkwing estuvo de acuerdo con la observación. No había fuertes vientos para justificar el fenómeno.

War Woman, que escuchaba en silencio el intercambio, abrió los ojos y fijó su atención hacia la cabina, más allá del cristal.

—Algo no se siente bien— advirtió al grupo.

—Green Ghost, investiga— ordenó Immortal. Confiaba en el juicio de su compañera, y él mismo empezaba a sospechar de la situación.

El Jet redujo su velocidad y el Héroe de Verde se volvió intangible, atravesando el vehículo y descendiendo a la nube de polvo.

La visibilidad seguía siendo espantosa, sino peor que desde arriba. Sólo el rugido de los motores del Jet le permitió ubicarse.

Sin embargo, había otra serie de sonidos que captaron su atención. Crujidos, en su mayoría, imposibles de escuchar desde el interior de la aeronave.

De repente, una formación de roca enorme se apareció ante Green Ghost, lo que lo tomó por sorpresa.

La atravesó sin dificultad, pero no cambiaba el hecho de que se había topado con el objeto a al menos 15 metros de altura. ¿Casualidad?

La respuesta vino en la forma de un jeep, de cabeza por lo que pudo apreciar en ese breve instante. Le siguió un camello, pataleando desesperadamente, después un montón de mochilas ensangrentadas y restos humanos flotantes.

Ascendió rápidamente y penetró en el Jet, perturbado. —Uh, c-creo que ya sé por qué el polvo no ha bajado— dijo, sin saber cómo explicar lo que presenció.

—Yo también— se adelantó Darkwing. Inmediatamente después, el Jet se inclinó bruscamente para evadir un enorme trozo de roca que salió de la nada. —¡Sujétense!— gruñó el vigilante de Midnight City.

Ante la aeronave, escombros el doble de su masa emergían de la nube de polvo, obligándola a evadirlos en el último segundo.

A la velocidad a la que viajaban, superior a los mil kilómetros por hora debido a la inspección de Green Ghost, el impacto sería malo para ellos.

—¡Sígueme!— llamó Immortal antes de salir del Jet. War Woman agarró su maza fuertemente y fue tras él.

Darkwing abrió fuego para pulverizar lo que se le venía de frente, mientras sus colegas se encargaban de los ataques a los flancos.

Las rocas ya no sólo flotaban, sino que salían disparadas contra ellos.

Cuando el número de proyectiles aumentó, Darkwing intentó ganar más altitud. Pero no pudo.

—¡Llévanos más alto!— Red Rush empezó a preocuparse. —¡Ngh, eso hago, pero la nave no responde!— señaló el vigilante.

Desde afuera, Immortal voló hasta posicionarse debajo del Jet y empujó hacia arriba. Lo encontró desconcertantemente más pesado de lo que recordaba.

No, no era más pesado. Estaba descendiendo.

El choque de fuerzas lo ganaba Immortal, pero sólo consiguió doblar el metal. Sus dos manos eran como una daga en la carne del Jet.

—¡Salgan de ahí!

La estructura crujió, los motores fallaron y el cristal frente a Darkwing se agrietó.

Green Ghost tomó a sus dos compañeros y los sacó de allí. Poco después, la presión aplastó el vehículo hasta volverlo una bola de metal.

—…Era nuevo— Darkwing entrecerró los ojos bajo la máscara.

War Woman los alcanzó, maza en mano y postura agresiva, mirando en todas direcciones. —¿Localizaste al enemigo, Darkwing?— preguntó.

El vigilante negó con la cabeza.

Las rocas habían dejado de volar, pero seguían sin ver nada, y ahora ni siquiera podían orientarse para llegar a Qasar al-Zill.

—Hm… ¿Dónde se metió Immortal?— Red Rush señaló la ausencia de su líder.

—¡HYAAAH!

Todos se volvieron a la misma dirección en cuanto oyeron el rugido. Una explosión de arena y polvo reveló la figura de Immortal, saliendo despedido hacia arriba a gran velocidad.

El punto del que emergió también fue afectado, abriéndose como una burbuja que acababa de reventar.

El epicentro quedó despejado, un anillo, o más bien agujero, en medio de la tormenta de arena flotante.

Y de pie sobre la superficie ahora limpia, un hombre completamente desnudo, similar en apariencia al propio Immortal, pero con ojos de un dorado brillante sin pupilas, y patrones en espiral danzantes a lo largo de su cuerpo, como galaxias doradas que se mueven.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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