Transmigrados como Saiyajin a... ¿¡Invincible!? - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 Qasar al-Zill
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7: Qasar al-Zill 7: Qasar al-Zill —¡Nngh, Aah sí, justo ahí!— gimió Rafael audiblemente, permitiéndose caer en la relajación absoluta.
Leonardo, avergonzado, sonrojado y tímido, se mantuvo en silencio y con el cuerpo tenso, rígido como una tabla, mientras se hundía en la suave sensación del cuerpo femenino.
Resultó que dentro de la tienda enorme de campaña había una bañera llena hasta el borde con fresca y limpia agua, perfecta para una ducha anhelada por ambos chicos.
Mejor aún, o peor según la perspectiva, había tres acompañantes silenciosas.
Mujeres encadenadas a barras de hierro, sin vestidura alguna, con marcas visibles de obvio abuso y miradas medio temerosas, medio resignadas a un destino incierto.
Y lo más importante de todo, había dinero.
Una pequeña montaña de efectivo en verde, la moneda internacional, joyas preciosas claramente robadas y un montón de discos con pornografía de todo tipo.
Basado en las portadas, Rafael dedujo que quien quiera que fuese el jefe le gustaba practicar el bondage con estas pobres mujeres.
Ahora sí que se sintió a gusto con la masacre que él y Leonardo cometieron.
Liberadas y vestidas, alimentadas y en general tratadas con decencia, las mujeres rápidamente se sintieron afectivas con ambos chicos, llegando al punto de prepararles la cena y el desayuno, y ahora dedicándose a limpiar sus cuerpos debidamente.
Por motivos de salud, Leonardo y Rafael tomaron los cadáveres y los echaron fuera del campamento, lo que terminó con sus cuerpos ya apestosos oliendo fatal.
Entre insinuaciones no verbales y empujones, fueron llevados a la bañera y ahora disfrutaban del trato que todo hombre merecía experimentar.
—Hmmm, creo que empiezo a ver las ventajas de la transmigración~ — canturreó Rafael, feliz por primera vez desde su lamentable muerte.
—Si tú lo dices…— Leonardo asintió lentamente, luchando entre la sensación de las uñas en su cuero cabelludo y las amargas experiencias que estas mujeres debieron sufrir para terminar en este agujero.
Concluida la mejor ducha de sus vidas hasta el momento, los chicos indicaron a las mujeres con dificultad su intención de largarse de ese infierno arenoso, a lo que ellas correspondieron con silenciosa eficiencia, equipando un par de vehículos, llenándolos con gasolina y empacando los suministros restantes.
A petición de Leonardo, los camellos fueron liberados un tercer Buggy fue preparado, a fin de llevarse consigo a los perros sobrevivientes.
No tenía la indiferencia como para abandonarlos en un desierto.
Lamentablemente, sólo dos de las chicas sabían conducir, por lo que fue su misión arreglárselas como pudo en el buggy lleno de perros.
Partieron al atardecer, luego de un par de horas de prácticas de conducción con palos atados a los pies por parte de Leonardo, y unas últimas verificaciones físicas de Rafael antes de entrar a la civilización.
No sabían lo que les esperaba, pero ninguno estuvo dispuesto a desaprovechar esta nueva oportunidad de vida, ni el potencial que aguardaba en su interior.
– – – – – – – – – – – – – – – – – – – – – Qasar Al-Zill representaba todo lo malo e ingenioso de la sociedad.
Oculta entre imponentes dunas de más de cien metros de alto, rodeada por una cordillera propia de arena inamovible y construida sobre un inmenso paraíso acuático subterráneo, el lugar una vez descubierto por una poderosa y ahora desmembrada organización criminal se convirtió en el hogar de miles de peligrosos y codiciosos hombres y mujeres.
Alimentados con mano de obra traficada de diferentes zonas del mundo, constantemente visitada por criminales y organizaciones, grupos mercenarios, terroristas y pandillas menores que buscan un respiro de la implacable persecución en el mundo más allá de las arenas, Qasar Al-Zill es un hervidero de problemas a punto de suceder.
Es la presencia de sus Señores lo único que evita tales desastres.
Al menos, evitan que escalen demasiado.
Gobernada por cuatro monstruos de diferente naturaleza, la Ciudad se ha mantenido a flote la última década e incluso consiguieron evadir la detección de la molesta ADG gracias a sus bien pagados científicos locos, quienes también fueron responsables de extraer y explotar el agua enterrada bajo la capa de arena.
Prosperar en un lugar así requiere de agallas, sangre fría y muy buen manejo de recursos, tanto humanos como materiales.
La Sheikh Amira se consideraba lo suficientemente capaz como para intentarlo.
Su piel morena y suave se deslizó fuera de las sábanas, cuidando sus movimientos para no despertar al acompañante de su cama.
El cabello negro y espeso cayó como una cascada de enredaderas sobre sus hombros y espalda, desprendiendo los restos del olor a frutas que tan vívidamente exudaba la noche anterior.
Amira echó una mirada de reojo al hombre de prominente panza que atendió con sus servicios de primera clase, frunciendo suavemente los labios por el disgusto.
Acalló las quejas internas y salió de la habitación, desprovista de prenda alguna.
La vergüenza era un mal del que ya no sufría y cualquiera la viese sólo debería sentir agradecimiento por tal bendición.
El edificio de roca que llamaba su cuartel y hogar estaba tenuemente iluminado, habitaciones amplias y finas ahora silenciosas, sus ocupantes agotados teniendo un placentero sueño luego de una noche de desahogo.
La Sheikh Amira era propietaria del lugar, la Ama y Dueña de uno de los prostíbulos más prominentes de este distrito.
El placer de la carne era su profesión, su don.
Y aspiraba a mucho más.
Los vigilantes que cuidaban a sus chicas le dedicaron inclinaciones de cabeza, a la vez que robaban miradas deseosas a su voluptuoso y desnudo cuerpo.
Amira se sintió halagada y sonrió con afecto, siempre agradecida por el brillo feroz en esos ojos.
La mujer comenzó su día con un placentero baño, mientras la actividad bullía de nuevo en el edificio.
Los clientes bien cuidados se retiraban con el ánimo renovado, y sus chicas limpiaban sus cuerpos en preparación para los siguientes.
Las cocineras atendían sus estómagos y los guardias intercambiaban con sus relevos.
Todo era armonioso, todo era tranquilo.
Un día más en una de las ciudades más peligrosas y crueles del mundo.
Amira había descendido a la planta para atender algunos asuntos, cuando un grupo de hombres sucios y apestosos patearon las puertas y entraron como si fueran los dueños del lugar.
—¿¡Dónde está la Dueña del Lugar!?— gritó el que los lideraba, un gorila de dos metros de altura con cuerpo blindado, musculoso y una mirada peligrosa.
Las insignias bordadas en sus pechos le indicaron quién los enviaba, y eso no le generó ningún alivio.
Caminó con paso lento, asegurándose de exhibir adecuadamente el movimiento de sus caderas y piernas largas, así como el leve rebote de sus activos frontales.
Todo para atraer la atención del hombre y calmar su temperamento.
—Caballeros, no hace falta elevar la voz a horas tan indecentes.
¿Por qué no vamos a mi oficina y charlamos allí?
Estoy segura que prefieren discutir asuntos importantes en privado— habló Amira en un perfecto Alemán, tomando ligeramente desprevenidos a los hombres de cabellera dorada.
—Lord Eimerich me ha bendecido hoy con especímenes tan masculinos como ustedes.
¿Les gustaría una copa, caballeros?— halagó y ofreció como una profesional, encantándolos con cada palabra.
Justo cuando pensó que los tenía en la palma de su mano, y al mismo tiempo maldijo para sus adentros por la brusca mañana que tendría a manos de estos matones codiciosos, las puertas a espaldas de los mismos se abrieron una vez más y rostros familiares entraron en su línea de visión.
Amira parpadeó confundida un par de veces, estudiando los rostros de las mujeres que acababan de entrar a su burdel.
Mal vestidas y ligeramente más delgadas, de mirada cansada y expectante.
Ella las reconoció.
—¿¡Hmm!?— el hombre enviado por uno de los peces gordos de Qasar Al-Zill se volvió hacia la puerta, habiendo captado el lapsus de Amira.
Dedicó una mirada fugaz a las mujeres maltrechas y los enanos que venían con ellas, todos harapientos como si fuesen mendigos.
Él sonrió al mirar más detenidamente a los chiquillos, encontrándolos muy llamativos.
Cabello oscuro, piel más o menos limpia pero sin marcas visibles y un rango de edad estimado que fue incluso más de su agrado.
Amira, que ya había salido de su momentáneo desconcierto, también se fijó en los niños que acompañaban a sus ex-empleadas.
No supo como reaccionar.
—¿Oh-hoo?
¿Qué tenemos aquí, Sheikh Amira?— comentó el hombre macizo, dándole la espalda a la anfitriona del lugar y acercándose a los niños.
El corazón de Amira se saltó un latido al hacer una errónea conexión, pensando que aquellos infantes serían los hijos de sus chicas, a quienes no había visto en varios años.
Antes de que pudiese decidir cómo actuar ante los inesperados giros de los acontecimientos, el hombre de Lord Eimerich se hincó sobre una rodilla y extendió sus manos al rostro de uno de los niños.
Esa mano fue abofeteada por el chico, y entonces el silencio cayó sobre el lugar.
—¿Leonardo, soy o este cavernícola me está mirando con lujuria?— escuchó Amira desde atrás, identificando la lengua como español.
Ella no vio lo que sucedía debido al gran marco del hombre, pero por el leve temblor de su cuerpo y las posturas tensas de sus amigos, dedujo que no estaba nada feliz con el rechazo del infante.
La mañana tranquila de Amira estaba a punto de irse al carajo.
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