Uma Musume: Serie-Darklines - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 CAP 06 — II Refugio antiaéreo color rosa
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4: CAP 06 — II: “Refugio antiaéreo color rosa” 4: CAP 06 — II: “Refugio antiaéreo color rosa” Cali caminó por los pasillos de Tracen como si alguien le hubiera prendido fuego a su sombra.
Su respiración seguía irregular.
El pulso, aunque intentaba controlarlo con técnicas de respiración aprendidas en el mundo subterráneo, seguía marcando un ritmo que no tenía nada que ver con el trote y todo que ver con el instinto de supervivencia.
—A este paso, no voy a necesitar que me despidan.
Me va a dar un paro cardíaco antes del fin de trimestre —murmuró, pasándose una mano por el cabello, que ya estaba bastante desordenado.
El recuerdo del encaje negro y la voz aterciopelada de Dober susurrándole al oído lo asaltó de nuevo.
Cerró los ojos con fuerza y sacudió la cabeza, como si pudiera espantar la imagen a base de movimiento físico.
No funcionó.
Peor aún, su mano izquierda todavía conservaba la memoria táctil de la presión, del calor, del límite estricto de la tela que ambos habían decidido cruzar en esa guerra muda de voluntades.
—Peligro.
Peligro extremo —se dijo a sí mismo, girando bruscamente en el siguiente pasillo para huir hacia la zona de entrenamiento exterior—.
Necesito desintoxicación urgente.
Necesito algo simple.
Algo que no planee asesinarme, chantajearme o dominarme mentalmente.
Necesitaba un escudo.
Un escudo con orejas rosas y una cabeza deliciosamente vacía.
A lo lejos, en el óvalo de césped destinado a los entrenamientos ligeros, divisó exactamente lo que buscaba.
Una mancha rosada que corría dando brincos más propios de un conejo que de un caballo de carreras, ignorando por completo cualquier tipo de biomecánica, eficiencia o lógica deportiva.
—¡Urara!
—gritó Cali, acercándose casi con desesperación.
La chica caballo se detuvo de golpe.
Sus orejas se pararon rectas como antenas y una sonrisa enorme, brillante y carente de cualquier tipo de doble intención, apareció en su rostro.
—¡Yaaaaaiiii!
¡Entrenador!
—Urara agitó ambas manos en el aire y corrió hacia él, tropezando ligeramente con sus propios pies antes de llegar a frenar justo a tiempo—.
¡Mire, mire!
¡Hoy corrí tres vueltas sin caerme en la curva grande!
Cali la miró.
Miró su sonrisa impecable.
Miró sus ojos que no ocultaban veneno, ni amenazas de redes sociales, ni juegos de poder con prendas interiores.
Solo había felicidad genuina porque había logrado no caerse en una curva.
Cali exhaló una bocanada de aire tembloroso, sintiendo que por fin los hombros le bajaban un par de centímetros.
El mundo volvía a tener sentido.
Un sentido torpe, ilógico y destinado al último lugar en las carreras, pero seguro.
—Eres un milagro de la simpleza, Urara —dijo él, apoyando una mano en su cabeza y revolviéndole el cabello con una mezcla de afecto genuino y alivio profundo—.
Nunca cambies.
Si algún día aprendes a usar el sarcasmo, creo que renunciaré a la vida.
Urara parpadeó, ladeando la cabeza con una clara expresión de no entender absolutamente nada.
—¿Sar-cas-mo?
¿Eso es un tipo de helado nuevo?
¡Urara quiere probar!
Cali dejó escapar una risa.
Su primera risa real en las últimas dos horas.
—No.
No es helado.
Pero si sigues corriendo sin caerte en las curvas, te compraré todos los helados que quieras.
—¡Yaaaaaiiii!
¡Entrenador es el mejor!
El joven entrenador caminó hacia la banca de madera cercana a la pista y se dejó caer pesadamente.
Se estiró, apoyando los brazos en el respaldo y dejando que la brisa de la tarde le enfriara un poco el rostro, que todavía sentía caliente por el encuentro en la sala de masajes.
Urara lo siguió y se sentó a su lado, balanceando los pies en el aire porque no llegaban al suelo.
De pronto, ella dejó de balancearse.
Arrugó un poco la nariz y se inclinó hacia Cali, olfateando el aire a su alrededor.
Cali se tensó al instante.
(Oh, no.
El aceite.
El perfume.
El desastre de la sala.) —Entrenador… —dijo Urara, con una expresión de curiosidad inocente.
—¿Sí?
—Cali intentó mantener la voz neutral.
—Huele raro.
Cali tragó saliva.
Las chicas caballo tenían sentidos mucho más agudos que los humanos.
Si Urara empezaba a hacer preguntas sobre por qué olía a sudor nervioso y a una esencia muy específica que pertenecía a una de las herederas de la familia Mejiro, estaba frito.
—Huelo a… trabajo duro, Urara.
Es el olor del compromiso con Tracen.
Urara se acercó un poquito más, olfateando la manga de su chaqueta.
—Mmm… No huele a sudor de correr.
Huele dulce.
Pero un dulce enojado.
Como… como cuando el jarabe de fresa se quema en la sartén.
Cali la miró fijamente.
Por un segundo olvidó que estaba hablando con la estudiante con las peores calificaciones académicas de la historia reciente.
Esa descripción era aterradoramente precisa.
Dulce enojado.
Así exactamente olía Mejiro Dober.
—Es un desodorante nuevo —mintió Cali, sin dudar—.
Se llama “Peligro Inminente”.
Lo uso para mantenerme alerta.
—¡Wow!
¡Entrenador siempre usa cosas geniales!
—Urara sonrió de nuevo, perdiendo el interés en el olor con la misma rapidez con la que lo había encontrado—.
¡Oye, oye!
¡¿Hacemos el entrenamiento secreto ahora?!
El “entrenamiento secreto”.
Cali sonrió.
En realidad, el entrenamiento secreto consistía en que Urara durmiera la siesta bajo un árbol mientras él revisaba estadísticas para no levantar sospechas de que estaba descansando en horas de trabajo.
—Claro que sí —dijo Cali, señalando el gran roble al otro lado del campo, lejos de las pistas principales y, lo más importante, lejos de cualquier edificio donde pudiera haber una Mejiro escondida—.
Vamos al cuartel general.
Necesito que practiques tu “recuperación pasiva profunda” al menos por cuarenta y cinco minutos.
—¡Entendido!
¡Urara es la mejor en la recuperación profunda!
—exclamó ella, poniéndose de pie de un salto y corriendo hacia el árbol.
Cali se levantó con más lentitud, pero con el alma mucho más ligera.
Ver a Urara tropezar de nuevo con una raíz expuesta, reírse y seguir corriendo hacia el árbol era como tomarse un vaso de agua fría después de caminar por el desierto.
O, en su caso, después de caminar por un campo minado envuelto en encaje negro.
Llegó al árbol, se sentó recostando la espalda contra el tronco y observó cómo Urara se acurrucaba en el pasto a un par de metros de distancia, cerrando los ojos al instante.
En menos de un minuto, su respiración se volvió pesada y rítmica.
Cali sacó su libreta de apuntes del bolsillo interno de su chaqueta.
La abrió en la página de Dober.
Había mucho que anotar.
Tensión muscular, tiempos de recuperación, asimetría de la zancada.
Cosas técnicas.
Cosas que lo mantenían anclado a su rol de entrenador.
Pero su mano, la misma mano que todavía conservaba el fantasma táctil del encaje, dudó sobre el papel.
Finalmente, tachó con fuerza todo lo que había escrito en el encabezado de la hoja de Dober y escribió una sola línea nueva, subrayándola dos veces: No jugar con explosivos si no estás dispuesto a quemarte.
Cerró la libreta con un chasquido.
Miró hacia la pista vacía, respiró profundo y cerró los ojos, dejándose contagiar por la simpleza pura de la siesta de Urara.
Al menos por los próximos cuarenta y cinco minutos, estaba a salvo.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES AutoresRAR ¡AUDIENCIA!
Es posible, es posible desbloquear la hora 25.
“No sabía lo que hacía, todo me zumbaba” “y mis dedos…
¡khaa!” “Urgh, mis dedos temblaban…” Solo recuerdo desde que me levante; con la hoja de borrador completamente babeada, pero…
Mágicamente a las 6 am ya tenía lista la tarea del literatura.
Sin duda, fue magia, o el poder del café, y un corazón a punto de pasar las 220 pul/min.
A toda mi audiencia nunca desbloqueen la hora 25.
Dejen sus comentarios, que me fascinan lo coloridos que serán, o eso espero.
GUIÑO GUIÑO.