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Uma Musume: Serie-Darklines - Capítulo 32

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  3. Capítulo 32 - 32 CAP 27 La quijada las piernas sobre la nuca y el néctar de la dama
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32: CAP 27: “La quijada, las piernas sobre la nuca y el néctar de la dama” 32: CAP 27: “La quijada, las piernas sobre la nuca y el néctar de la dama” La idea llegó con una claridad repentina.

McQueen no la analizó.

La ejecutó.

–(Jujujum) Con una sutileza que contradecía la urgencia de su cuerpo, tomó la cabeza de Cali entre sus manos y comenzó a empujar.

Despacio.

Con una presión firme pero guiada que descendía por el mapa de su propio cuerpo como si le estuviera dando instrucciones sin palabras.

Su pecho primero, donde sus labios dejaron un último contacto antes de ser retirados.

Luego su abdomen, donde su quijada rozó la piel con una calidez que hizo tensarse sus músculos.

Luego…, su cadera.

Y entonces la quijada de Cali encontró y se enganchó con el borde de su prenda inferior de encaje.

McQueen empujó un poco más.

Levantó las caderas con una fluidez natural, despegándolas del colchón el tiempo justo para que la tela cediera y descendiera por sus muslos sin resistencia, deslizándose hacia abajo y liberando lo que había estado comprimido toda la noche.

Cali se encontró con la vista.

Estaba descubierta, ya no había prenda, no habían dibujos, los patrones de encaje habían desaparecido, ella la exponía a él…, su travesura.

Un monte rosa claro, suave, completamente expuesto ante él en la penumbra ambiental de la habitación.

La intimidad más guardada de la elegante heredera Mejiro, sin filtros, ni telas, ni juegos tácticos de por medio.

La miró.

Sus ojos subieron hacia los de ella en busca de confirmación.

McQueen respondió…, con acciones.

Sus piernas se cerraron sobre su nuca con la misma fuerza con que antes habían aprisionado su cintura, sus muslos enmarcando su cabeza y acercándolo hacia ella con una presión inequívoca.

—Vamos —murmuró, la voz ronca y sin rastro de la compostura habitual—.

Hazlo ahí abajo.

Cali no necesitó más.

Su lengua recorrió toda su entrada en una sola lamida ascendente, lenta y… plana, desde el punto más bajo hasta llegar a su punto de deseo, en un trayecto continuo que no se apresuró en ningún tramo del recorrido.

McQueen se estremeció.

Más que en su primera liberación de ese día.

Más que cuando sus dedos la habían alcanzado por primera vez.

El contacto directo de su lengua sobre su intimidad más expuesta generó una sacudida que recorrió su columna vertebral de abajo hacia arriba y le llegó hasta la nuca con una violencia suave que la dejó sin palabras un segundo completo.

—U-, usa tu-, tu lengua dentro —logró articular, la voz fracturada y más urgente que nunca—.

Dentro de mí.

Cali obedeció.

Su lengua encontró su entrada y comenzó el asalto a sus paredes internas con una profundidad y una cadencia que McQueen no tenía referencia para anticipar.

Sus músculos internos respondieron al instante, contrayéndose alrededor del contacto, buscando más presión, más profundidad, más de ese calor húmedo que estaba empapando su cordura capa por capa.

La dama se retorció.

Sus caderas se movieron de un lado a otro sobre el colchón con un ímpetu que ella no controlaba, sus manos aferrándose a las sábanas y soltándolas alternadamente, su cabeza girando sobre la almohada sin encontrar una posición que le diera el alivio que su cuerpo demandaba y su mente ya no procesaba con coherencia.

–(E- es demasiaaaaadoo~!, no- tengo que…) Quiso separarse.

El instinto de preservación de su cordura activó un impulso de huida, sus manos empujando levemente los hombros de Cali, sus caderas intentando retroceder sobre el colchón, y su cola, buscaba algo, algo de lo que informar a sus manos para tomar y retirarse, del asalto que recibía su entrada.

Cali no la dejó.

Sus manos se cerraron sobre sus muslos con una fuerza que no lastimaba pero que no cedía.

Su espalda baja fue sujetada con una presión firme que la ancló al lugar.

Y su boca, en lugar de retroceder, empujó hacia adelante, hacia adentro, llevando su lengua a una profundidad que hizo a McQueen soltar un sonido que no reconoció como propio.

No pudo hacer más que…, gemir, soltando canticos dulces y arrullos que hacían mella en la habitación, y en la cordura del joven.

Un gemido, otro, otro más, encadenados sin pausa, sin la forma ordenada que habría querido, sin ninguno de los filtros que la heredera Mejiro aplicaba a todo lo demás en su vida.

Sus ruegos salían mezclados e incoherentes.

–De-, detente.

Y superpuesto con el eco un… –¡No pares!; mmmáaas.

En el mismo aliento, pidiendo simultáneamente cosas contradictorias que su cuerpo resolvía solo porque su mente había dejado de presidir.

Y entonces llegó.

Su espalda se dobló.

Se arqueó desde la base de su columna con una violencia que levantó sus caderas del colchón contra la boca de Cali, y su liberación llegó con una intensidad que superó todo lo anterior en ese día.

Un chorro espeso y dulce del néctar de la joven salió con la fuerza de una fuga repentina, salpicando el rostro del joven en una descarga que McQueen no pudo anticipar.

Pero Cali no se apartó.

No desperdició nada.

Colocó su boca directamente sobre ella y la abrió hasta que sus labios se superpusieron a los labios inferiores de McQueen, chupando y lamiendo todos sus jugos, con una atención meticulosa que recogía cada gota con la misma concentración que había puesto en mover todo su interior.

McQueen se estremeció una vez más.

–Ja, jajaja, ¡En- entre- entrenador, estoy…!

La succión directa sobre su parte inferior en ese estado de hipersensibilidad post liberación fue demasiado.

Sus muslos intentaron cerrarse sobre su cabeza y no pudieron, sus manos jalaron su cabello sin saber si querían acercarlo o alejarlo, su voz soltó un sonido largo y tembloroso que fue mitad gemido y mitad algo para lo que no existía nombre preciso.

Se desmoronó sobre el colchón.

JADEO JADEO JADEO.

Cada músculo de su cuerpo cedió en secuencia, sus piernas perdiendo su cerrojo sobre su nuca, sus brazos cayendo a los lados, su respiración llegando en oleadas profundas y trabajosas que tardaron varios segundos en encontrar un ritmo sostenible.

McQueen miró el techo del dormitorio con los ojos entreabiertos.

La luz, entre violeta y blanca lo teñía todo de un color que, pensó vagamente en algún rincón de su cerebro todavía funcional, era completamente apropiado para lo que acababa de ocurrir en esa habitación.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES AutoresRAR Hoy no hay tantas ganas de escribir, pero hay que darle.

“Miguelito!, ¿dónde está tu examen!?” Haaaa~, ¿qué vida es está?

la 9° esta vez?

“Acordamos, que estudiarías, y ni siquiera te presentaste” Los leo en el próximo Cap.

GUIÑO GUIÑO.

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