Uma Musume: Serie-Darklines - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 CAP 06 — IV El rastro del encaje
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6: CAP 06 — IV: “El rastro del encaje” 6: CAP 06 — IV: “El rastro del encaje” Cali caminaba por el pasillo principal del edificio académico con paso rápido, todavía procesando la locura del día.
Había logrado que Urara durmiera la siesta, se había asegurado de limpiar su libreta de observaciones comprometedoras, y ahora solo quería llegar a la sala de profesores, esconderse detrás de una montaña de papeleo falso y rogar para que ninguna heredera de la familia Mejiro se cruzara en su camino.
Pero el universo, como de costumbre, no estaba interesado en concederle sus plegarias.
A unos diez metros de distancia, doblaba la esquina una figura inconfundible.
Postura impecable.
Movimientos que parecían ensayados frente a un espejo de cristal cortado.
Y ese sedoso cabello lavanda que capturaba la luz de los ventanales.
Mejiro McQueen caminaba en dirección opuesta a él, sosteniendo un pequeño cuaderno con delicadeza.
Cali frenó casi de forma imperceptible.
Su primer instinto de agente subterráneo fue buscar una ruta de escape.
¿Una ventana abierta?
¿Un ducto de ventilación?
¿Fingir un desmayo repentino?
No había tiempo.
McQueen ya lo había visto.
Y retroceder ahora sería no solo sospechoso, sino cobarde.
Y un cobarde no negocia con herederas.
Cali se compuso.
Ajustó el cuello de su chaqueta, borró cualquier rastro de nerviosismo de su rostro e invocó su mejor sonrisa de entrenador servicial.
—Señorita Mejiro —saludó Cali, reduciendo la velocidad a medida que se acercaban—.
Qué agradable coincidencia.
Espero que la tarde la encuentre tan elegante como siempre.
McQueen se detuvo a un par de pasos de distancia.
Sus ojos lo recorrieron rápidamente, desde el cabello levemente desordenado hasta los botones de la chaqueta, antes de posarse en su rostro con esa calma educada que siempre usaba como escudo.
—Entrenador Cali.
Buenas tardes.
—Su voz fue suave, perfecta—.
La coincidencia es mutua.
Iba de camino a repasar unos apuntes tácticos.
—Esa es la clase de dedicación que hace brillar el apellido Mejiro.
—Supongo —respondió McQueen, asintiendo apenas.
Cali se preparó para despedirse.
Iba a soltar un “no la entretengo más” e iba a largarse.
Pero entonces, McQueen hizo algo extraño.
Ladeó un poco la cabeza, frunciendo el ceño de forma casi imperceptible, y dio medio paso hacia él.
No era una invasión de su espacio personal, pero sí un acercamiento deliberado.
Y las Umas, como él bien sabía, no hacían nada al azar con sus sentidos.
Los delicados orificios nasales de McQueen se dilataron ligeramente.
Cali sintió que un bloque de hielo le caía por la espalda.
(El olor.
Mierda.
Urara dijo que olía a dulce enojado.) McQueen lo miró fijamente.
Sus ojos, antes calmados, de pronto adquirieron un brillo interrogante, analítico.
Había reconocido el rastro.
Y no era para menos.
Las Mejiro compartían espacios, eventos, dormitorios y costumbres.
McQueen conocía perfectamente el aroma de los perfumes y jabones de importación que usaban en su familia.
Y conocía específicamente el aroma floral seco y algo agresivo que usaba Dober.
—Entrenador —dijo McQueen, y esta vez su tono no era de protocolo.
Había una frialdad curiosa en la sílaba final—.
Siento ser descortés, pero… ¿usted utiliza alguna fragancia en particular?
Cali mantuvo la sonrisa, aunque sentía que el alma se le escapaba por los zapatos.
—¿Fragancia?
Oh.
No realmente.
Supongo que es el jabón que usan en la lavandería del personal.
¿Le resulta desagradable?
Puedo elevar una queja formal si ofende su refinado olfato.
—No ofende —replicó ella de inmediato—.
Es solo que… resulta peculiar.
—¿Peculiar?
—Sí.
—McQueen entornó los ojos, sosteniendo la mirada de Cali con una fijeza que le recordaba que ella no era ninguna ingenua—.
Es un aroma… inusual para un entrenador que acaba de venir de la pista exterior con Urara-san.
De hecho, me atrevería a decir que es un aroma que no pertenece a la lavandería del personal.
Cali sabía que estaba caminando sobre el filo de una navaja.
Si parpadeaba mal, ella lo entendería todo.
—¿Y a qué cree que pertenece, señorita Mejiro?
McQueen lo miró en silencio durante tres largos segundos.
El silencio en el pasillo se volvió espeso.
La tensión entre ambos ya no era sobre masajes abdominales ni correcciones de técnica.
Era sobre terreno compartido.
Sobre sospechas de que alguien más, alguien con su mismo apellido, estaba acaparando la atención de este extraño entrenador.
—Me recuerda a algo familiar —dijo por fin McQueen, apartando la mirada hacia el cuaderno en sus manos, como si tratara de restarle importancia—.
Un aroma que suele encontrarse en lugares mucho más… cerrados y exclusivos que una pista de entrenamiento de tierra.
—Bueno —Cali soltó una pequeña risa, apoyando las manos en la cadera para simular tranquilidad—.
Como le dije en nuestro primer encuentro, yo no entreno al talento, lo fabrico.
A veces, eso requiere mezclarse con ambientes exclusivos.
Aunque admito que, si huelo a algo extraño, probablemente sea el resultado de un choque cercano con algún producto que se derramó en la sala de recuperación hoy temprano.
Mencionó la sala de recuperación a propósito.
Era una jugada arriesgada.
Si ella conectaba “sala de recuperación” con “Dober” y el olor que él llevaba impregnado, las matemáticas iban a ser catastróficas.
McQueen apretó un poco más el cuaderno contra su pecho.
—Comprendo.
La sala de recuperación.
—Así es.
Estuve acomodando material.
—¿Solo?
—Por supuesto.
No tenía ninguna sesión agendada para esa hora.
—Mintió como un profesional.
McQueen lo evaluó una última vez.
La expresión en su rostro decía claramente que no le creía ni una sola palabra.
Pero su educación y su orgullo Mejiro le impedían hacer un interrogatorio directo en medio del pasillo.
Ella no se rebajaría a preguntar: “¿Estuviste a solas con Dober?”.
Eso sería admitir que le importaba.
—Ya veo.
—McQueen recuperó su postura recta—.
Tenga cuidado con los derrames, entrenador Cali.
Sería una lástima que un aroma tan… característico arruinara su uniforme.
Especialmente si la dueña de ese aroma resulta ser alguien que no tolera que usen sus pertenencias sin permiso.
El golpe fue sutil, pero directo a la mandíbula.
McQueen sabía que era el olor de Dober.
Y se lo estaba haciendo saber, envuelto en una amenaza muy diplomática.
—Tendré el máximo de los cuidados, señorita Mejiro.
Se lo aseguro.
—Cali hizo una reverencia casi burlona.
—Que tenga una buena tarde, entrenador.
McQueen reanudó su marcha, pasando por su lado.
El olor a lavanda y vainilla suave de la chica caballo barrió por un segundo el rastro de “dulce enojado” de Dober, creando un contraste tan fuerte.
Cuando ella estuvo a un par de metros de distancia, Cali soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Definitivamente…
—murmuró para sí mismo, secándose una gota de sudor frío de la frente—.
Tengo que pedirle al director un seguro de vida a todo riesgo.
O cambiarme de país.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES AutoresRAR PASOS PASOS…
MIRADA CONECTADA “Oyaaa, oya oya oya~” “Wow eres tan n*GrO (tus pensamientos o intensiones)”.
“No me lo dijiste…
pero, sé que lo pensaron, ¿creen que no lo sé?
“Jijiji”.
“Aunque deben de saber que soy un D**s gener*s*.” ¡Producción!, quien dejó la puerta abierta de este degenerando; vá a hacer que nos cierren el libro una vez más, tomen sus equipos guantes etc, AGÁRRENLO.
“Hmmm, mmmm, hm, no, no los mantendrán fríos por siempre, JA, jajaja”.
Abran la celda, y esta vez asegúrense de que no salga, cuidado con su piel que no los toque ni les roce.
“¡Caerán; y sus pantalones conmigo!”.
“Esperen…; solo esperen por mi salida; MI SALÍ-” GOLPE…
CERROJO APRETADO…
Bueno…, dejen sus comentarios, olviden a ese, em ¿ser amorfo?.
los veo en el próximo cap.
GUIÑO GUIÑO.