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Uma Musume: Serie-Darklines - Capítulo 7

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  3. Capítulo 7 - 7 CAP 07 La Curiosidad Mató al Gato y Al Caballo lo Hizo Pegamento
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7: CAP 07: “La Curiosidad Mató al Gato, y Al Caballo lo Hizo Pegamento” 7: CAP 07: “La Curiosidad Mató al Gato, y Al Caballo lo Hizo Pegamento” La sala de recuperación de Tracen estaba en un silencio absoluto, pero para Cali se sentía como el interior de una bomba a punto de estallar.

El reloj de pared marcaba la hora exacta.

McQueen no se hizo esperar.

Entró con su habitual porte impecable, la barbilla en alto y una toalla pequeña perfectamente doblada entre las manos.

Pero había algo distinto en su mirada hoy; una determinación afilada que había reemplazado a la sutil vergüenza de su primera sesión.

—Buen día, entrenador Cali —saludó, cerrando la puerta detrás de ella—.

Confío en que recuerde nuestra última conversación en el pasillo.

Cali dejó la tablilla sobre la mesa auxiliar y exhaló lentamente.

—Señorita Mejiro.

Imposible olvidarla.

Aunque debo advertirle que el nivel de intensidad clínica que usted… solicita, requiere maniobras que no son precisamente un paseo por el parque.

—No he venido a pasear —respondió ella, tajante, avanzando hacia la camilla—.

He venido a recibir el mismo estándar de exigencia que al parecer reserva para otras atletas.

McQueen se quitó la chaqueta exterior con movimientos medidos, revelando su atuendo de entrenamiento ajustado.

No iba a retroceder.

Su orgullo, encendido por ese aroma íntimo y celoso que había captado días atrás, le exigía descubrir exactamente qué era lo que Cali hacía a puerta cerrada para desarmar a alguien tan hostil como Dober Cali asintió, rindiéndose a la gravedad de la situación.

—De acuerdo.

–Mmm, parece que siguió las recomendaciones.

–Hoy el problema no es su abdomen, es la transferencia de fuerza en el tren inferior.

Cuádriceps y bíceps femoral.

Cadena anterior y posterior.

Él se acercó al extremo inferior de la camilla.

—Para hacer un amasado completo en la circunferencia del muslo y liberar la tensión profunda, necesito un acceso total.

Recuéstese boca arriba y levante las piernas.

McQueen parpadeó, perdiendo por una fracción de segundo su máscara de serenidad.

—¿Levantar las piernas?

¿Hacia arriba?

—Flexionadas hacia su propio pecho, sosteniendo el peso mientras yo trabajo desde abajo y los laterales —explicó él, con voz puramente técnica—.

Es una posición vulnerable.

Expuesta.

Si su elegancia no se lo permite, podemos hacer algo más superficial.

Esa fue la palabra mágica.

Superficial.

McQueen apretó los labios, subió a la camilla y se recostó.

Con un movimiento rápido y rígido, elevó las piernas hacia arriba, flexionando las rodillas y abriendo ligeramente el compás para permitirle el espacio de trabajo.

Era una postura tremendamente incómoda para alguien de su estatus.

Sentía el aire frío de la sala, la total pérdida de su barrera defensiva y la mirada de Cali evaluando la tensión de sus músculos.

Cali se sentó en el banco rodante, acercándose justo al centro de su campo visual.

—Respire —ordenó.

Aplicó las manos directamente sobre el tercio medio de sus muslos.

No hubo presión suave de inicio.

Cali fue directo al amasado profundo, utilizando las palmas y los pulgares para rodear la circunferencia completa de la pierna de McQueen, apretando el cuádriceps y tirando del bíceps femoral al mismo tiempo.

McQueen soltó un jadeo ahogado en el primer segundo.

—¡Ah…!

Entrenador… —Dijo que quería la misma intensidad.

Esto es lo que rompe la resistencia.

Sus manos subieron un poco más, acercándose a la zona proximal, donde el muslo se unía con la cadera.

La fricción comenzó a generar un calor inmediato.

Un calor que subió desde la piel de sus piernas y se instaló directamente en el bajo vientre de la joven Mejiro.

McQueen cerró los ojos con fuerza.

La posición, que al principio le resultaba humillante, empezó a transformarse en algo peligrosamente estimulante.

No como los masajes anteriores que recibió.

La presión profunda sobre los nervios y músculos sobrecargados liberaba endorfinas de golpe, enviando descargas eléctricas por toda su espina dorsal.

—Respire abajo, no en el pecho —murmuró Cali, sin detener el ritmo del amasado, sus pulgares hundiéndose en la cara interna del muslo.

Ella intentó obedecer, pero su respiración salía entrecortada.

La sangre le latía en los oídos.

El calor en su centro se volvía pesado, exigente, desbordando su control aristocrático.

Y entonces lo entendió.

Entendió de dónde venía ese olor.

El olor íntimo a piel acalorada, a sudor nervioso y a femineidad desbordada que había sentido en la chaqueta de Cali.

Era el resultado de este cruce exacto entre el dolor muscular y el placer de ser desarmada físicamente por alguien que no te permitía esconderte.

La mente lógica de McQueen le gritaba que debía parar.

Que era impropio.

Que un miembro de su familia no debía estar jadeando en una camilla, con las piernas elevadas ante un entrenador que la amasaba con esa intensidad.

Pero su cuerpo se negó a pronunciar la orden de alto.

En cambio, dejó caer la cabeza hacia atrás en la camilla, sus manos aferrándose a las sábanas mientras un gemido suave y genuino escapaba de sus labios.

Quería más.

Quería llegar al fondo de esa sensación que la derretía.

De por si ya estaba molesta por haber recibido un masaje inadecuado antes y mas cuando sintió el olor de Dober por ahí.

Cali notó el cambio en el tejido.

La resistencia se había roto por completo.

McQueen ya no peleaba, se estaba entregando al amasado, dejando que el calor llenara la sala, impregnando el aire con su propio aroma dulce y febril.

Y entonces, el sonido metálico del pomo de la puerta rompió la atmósfera.

Cali se congeló.

McQueen abrió los ojos de golpe, nublados por la neblina del estímulo, pero incapaz de bajar las piernas a tiempo.

La puerta se abrió.

Mejiro Dober estaba parada en el umbral, vestida nuevamente con su ropa deportiva oscura.

Había entrado sin tocar, probablemente buscando imponer su propio territorio o reclamar el tiempo que consideraba suyo.

Dober se detuvo en seco.

Sus ojos oscuros escanearon la escena.

La sala impregnada de un olor denso Cali sentado entre las piernas de McQueen.

La heredera de cabello lavanda con la cara sonrojada, jadeante, en la posición más expuesta y vulnerable imaginable.

Cali sintió que la muerte había llegado por él.

Esperaba el grito.

Esperaba el escándalo, el despido y probablemente un golpe fatal que lo enviaría de regreso al mundo subterráneo en una caja de madera.

Pero el grito nunca llegó.

Dober no apretó los puños con ira.

Sus labios se separaron ligeramente, y su respiración se enganchó.

Al ver a la siempre perfecta McQueen completamente deshecha, algo oscuro y profundamente retorcido hizo clic dentro de Dober.

Un calor que no comprendía le subió por el cuello, nublando su propio juicio.

No era indignación.

Era una fascinación posesiva y febril.

Sin apartar la vista de los dos, Dober levantó una mano hacia atrás.

Lentamente, con un chasquido que sonó ensordecedor en el silencio de la sala, corrió el pestillo de seguridad de la puerta.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES AutoresRAR ¡Producción!: Necesitamos, más sensación.

¡Mas experiencia!!

¡Más de la su esencia corrupta!

Es- estamos al límite, si seguimos, simplemente lo exorcizaremos.

¡Por la…!, correctores, denme ideas.

Mmmm; podríamos, intentar aumentarle más esperanza a la dosis…, quizás así colabore más.

Bien entonces, ¡suban la dosis!, que en vez de petróleo, le corra algodón de azúcar por las venas.

… SIGAN VIENDO…

Dejen sus comentarios, los leo mis lectores, aquí entrevistando desde el rincón oscuro de la memoria.

GUIÑO GUIÑO.

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