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Uma Musume: Serie-Darklines - Capítulo 8

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  3. Capítulo 8 - 8 CAP 07 — II Doble riesgo doble encaje
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8: CAP 07 — II: “Doble riesgo, doble encaje” 8: CAP 07 — II: “Doble riesgo, doble encaje” El leve pero inconfundible clic del cerrojo hizo que la temperatura de la sala subiera diez grados de golpe.

Cali, cuyo instinto de supervivencia le gritaba que soltara a McQueen y huyera por la ventana más cercana, intentó detener el amasado y apartar las manos.

Pero McQueen, sacada de su trance por la entrada de Dober y por el cese de la presión que había estado aliviando su cuerpo de una forma casi adictiva, reaccionó antes de que su mente lógica pudiera detenerla.

Sus piernas, aún elevadas y temblorosas por el esfuerzo de la posición, se cerraron por puro instinto, atrapando los antebrazos y la cintura de Cali.

El entrenador quedó apresado en su sitio, inmovilizado por la fuerza de una corredora de élite que se negaba a dar por terminada su sesión.

—Señorita Mejiro… —Cali habló con la voz ronca, intentando no sonar como un rehén—.

Creo que ya es suficiente.

Su compañera ha llegado.

McQueen apretó los labios, mirando a Dober desde su posición expuesta.

El rubor en sus mejillas era intenso, pero su mirada había recuperado un brillo desafiante.

—Aún no ha terminado mi tiempo agendado, entrenador.

Y usted me prometió resultados completos.

Dober, que seguía de pie junto a la puerta, dejó escapar una risa corta, áspera y sorprendentemente oscura.

No estaba enojada.

O al menos, no con la ira destructiva que Cali le conocía.

Lo que había en sus ojos era un calor diferente, una competitividad territorial que no tenía nada que ver con las pistas de carreras y todo que ver con no dejarse ganar el terreno en el único lugar donde ella misma había roto sus propias reglas.

—Tú nunca aguantarías un masaje completo de este idiota, McQueen —dijo Dober, caminando hacia ellos con pasos lentos y felinos—.

Pero me sorprende verte rogar por un poco más de tiempo.

—Nadie está rogando —replicó McQueen, manteniendo la compostura de su voz a pesar de estar apresando a Cali con las piernas—.

Solo estoy asegurándome de recibir el mismo nivel de… dedicación clínica que él parece repartir sin criterio.

—Oh, créeme.

Hay mucho criterio —murmuró Dober.

Antes de que Cali pudiera siquiera intentar negociar su liberación, Dober cruzó al otro lado de la sala.

Tomó la segunda camilla, la destrabó de sus seguros y, con la fuerza propia de una Uma Musume, la arrastró con facilidad hasta pegarla completamente al costado de la camilla donde estaban McQueen y Cali.

El golpe seco del metal chocando contra el metal resonó en la habitación.

Cali miró la camilla contigua.

Miró a Dober.

Miró las piernas de McQueen que lo mantenían en el sitio.

(Androne…) pensó Cali, recordando a su contacto en el bajo mundo.

(Si sobrevivo a esto, te prometo que dejo los masajes y me dedico a desactivar bombas de verdad.

Son más seguras).

Dober no dijo nada más.

Se paró frente a la camilla que acababa de mover y, con un movimiento fluido que destilaba un desafío absoluto, tomó el dobladillo de su camiseta deportiva oscura y se la quitó pasándola por encima de su cabeza.

Cali dejó de respirar.

McQueen parpadeó, perdiendo por un segundo su fachada inquebrantable.

Esta vez, Dober no llevaba el elegante pero opaco encaje negro de la última vez.

El sujetador que revelaba bajo la luz suave de la clínica era de un encaje gris oscuro, finísimo, casi traslúcido.

Era una prenda que no dejaba absolutamente nada a la imaginación si alguien le prestaba suficiente atención.

Y si la tela se manchaba con el aceite neutro, se volvería completamente invisible.

Dober lo sabía.

Cali lo sabía.

Y McQueen lo estaba descubriendo.

Dober tiró la camiseta al suelo, ignorando deliberadamente la mirada atónita de su prima, y se giró hacia Cali.

Sus ojos oscuros ardían con esa fascinación posesiva que había reemplazado a la ira inicial.

Se subió a la camilla que había acercado y se recostó boca abajo, quedando exactamente al nivel de la cintura de Cali, a centímetros de donde McQueen todavía mantenía su agarre.

Dober extendió una mano y, con una gentileza que no le pertenecía a ella pero que usó para demostrar su punto, tomó la mano libre de Cali.

—Tu hora con ella ya casi termina —susurró Dober, guiando la mano de Cali hasta hacerla descansar sobre la curva baja de su propia espalda, justo donde la sesión anterior había terminado en un juego de poder—.

Pero hoy tienes doble turno.

Y mi glúteo medio necesita exactamente el mismo masaje que la vez pasada.

McQueen aflojó un milímetro la presión de sus piernas, atónita ante la descarada jugada de su prima, pero su orgullo le impidió soltar a Cali por completo.

Cali miró su mano derecha atrapada entre los muslos de McQueen, amasando el tejido recalentado y fragante.

Miró su mano izquierda, descansando sobre la piel de Dober, a centímetros del encaje casi transparente.

El campo minado no solo había explotado.

Las dos herederas Mejiro acababan de decidir que querían bailar juntas sobre los escombros.

Cali cerró los ojos, esbozó esa vieja y torcida sonrisa de agente arrinconado, y se rindió a la locura.

—Bien, señoritas —dijo, su voz adoptando nuevamente ese tono bajo, profesional y oscuramente dominante—.

Si ambas insisten en competir por su recuperación clínica…

más vale que tengan resistencia.

Porque yo no me detengo a la mitad.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES AutoresRAR Chamelicos…, te miran y desnudan con sus ojos, viendo cuanto pueden desplumarte, usa terno y uffff, el precio se duplica o triplica como los de sangre.

¡Ahhh!, pero vístete como cigarreto en las úuultimas, y te dan el precio justo, es más te ofrecen lo que ya pasó, lo que ya no come ni la aspiradora peluda de casa.

“¡Lleve lleve sus tomates!” A, ahh cuánto el kilo, se- señorita.

“Mira, para tí, el kilo esta 75 centavos”.

Vaya muchas gracias, aquí teng- Quiero un kilo de tomates “Brandywine Red”.

“Oh, es usted sabio señor espéreme un momento…” DISIMULAR BUSCAR…

“Aquí señor tomates rosas, venidos y llegados de Rusia”.

Mmmm, bueno, me los llevo, ¿Cuanto?.

“Porque están en oferta de extratemporada se los rebajo a 5 dólares”.

Bien, tenga.

SILENCIO …

Pero…, señorita son los mismo que me di- “Shhh; callese perr*; o a la próxima le subo el precio a sus tomates”.

Es- está bien.

No olvides dejar tu comentario, y, si puedes deja una reseña o valoración.

nos vemos en el próximo CAP.

GUIÑO GUIÑO.

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