Un crimen no organizado - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 Cap 12 La visita de Peluca Ramírez
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12: Cap 12: La visita de Peluca Ramírez 12: Cap 12: La visita de Peluca Ramírez Jacinto, Fernando y Josefina estaban al borde del colapso.
El tiempo se agotaba, la impresora seguía sin imprimir billetes decentes y, lo peor de todo, Peluca Ramírez llegaría en cualquier momento.
En ese pequeño apartamento, la tensión era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo de mantequilla.
Fernando miraba fijamente la impresora, como si estuviera esperando que por arte de magia escupiera un billete legítimo.
Josefina se paseaba por la habitación, murmurando maldiciones en voz baja.
Jacinto, como siempre, intentaba parecer tranquilo, aunque por dentro estaba a punto de sufrir un infarto.
—A ver, recapitulemos —dijo Josefina, frotándose las sienes—.
No tenemos billetes buenos, Peluca viene en cualquier momento y nuestra única opción es convencerlo de que sus propios billetes son los falsos.
Fernando soltó una carcajada nerviosa.
—¡Es un plan suicida!
¡Ese tipo nos va a hacer picadillo!
Jacinto le dio unas palmaditas en la espalda.
—Por eso debemos hacerlo con mucha confianza.
La clave es la seguridad.
Josefina cruzó los brazos.
—¿Y qué pasa si Peluca no se cree el cuento?
Jacinto se encogió de hombros.
—Entonces será un placer haberlos conocido.
Toc, toc, toc.
Los tres se quedaron congelados.
La mirada de terror de Fernando se reflejaba en la de Josefina.
Jacinto tragó saliva.
—Bueno… llegó la hora.
Fernando se acercó a la puerta con pasos temblorosos.
Abrió lentamente… y ahí estaba Peluca Ramírez.
Un hombre alto, de mirada afilada y una cicatriz en la ceja.
Vestía un traje blanco con una camisa roja, como si fuera un villano de telenovela.
Detrás de él, dos tipos musculosos con cara de pocos amigos.
—¡Mis artistas favoritos!
—dijo Peluca, entrando sin esperar invitación—.
¿Dónde están los billetes?
Josefina disimuló el pánico.
—Ehh… Bueno, Peluca… hay algo que debemos contarte.
Peluca levantó una ceja.
—¿Qué?
¿Ya se gastaron la plata antes de dármela?
Los dos matones rieron como si alguien hubiera contado el mejor chiste del año.
Fernando tragó saliva.
—No, no, para nada… Es solo que… verás… hay un problema técnico.
Peluca entrecerró los ojos.
—¿Problema técnico?
Jacinto tomó la palabra, intentando sonar confiado.
—Sí, sí… un problema muy serio.
Tus billetes son falsos.
El silencio en la habitación fue sepulcral.
Fernando y Josefina lo miraron con absoluto terror.
Peluca parpadeó, procesando lo que acababa de escuchar.
—¿Perdón?
Jacinto asintió como si estuviera explicando algo muy lógico.
—Sí, verás… nosotros imprimimos nuestros billetes y cuando los comparamos con los tuyos… notamos que los tuyos son los falsos.
Uno de los matones se rió entre dientes.
—¡Jefe, estos tipos tienen agallas!
Peluca no sonrió.
—¿Me estás diciendo que llevo años moviendo billetes falsos sin darme cuenta?
Jacinto levantó un dedo.
—Exacto.
Y, afortunadamente, nosotros lo descubrimos a tiempo.
Josefina apretó los puños, esperando que no los mataran en ese instante.
Peluca se quedó en silencio.
Luego, se llevó una mano a la barbilla.
—Eso es… interesante.
Fernando casi se desmaya.
—¿Lo es?
Peluca asintió.
—Sí.
Porque si es cierto que mis billetes son falsos… significa que hay alguien más en la ciudad fabricándolos mejor que yo.
Josefina intentó seguir el juego.
—Eh… sí, sí.
Eso es lo que creemos.
Peluca la miró fijamente.
—¿Y tienen pruebas?
Jacinto se giró hacia Fernando.
—¡Enséñale la prueba, Fernando!
Fernando parpadeó confundido.
—¿Qué prueba?
Jacinto le dio un codazo.
—¡La prueba, la que imprimimos!
Fernando entendió que Jacinto estaba improvisando y, con manos temblorosas, sacó uno de los billetes mal hechos.
Peluca tomó el billete con curiosidad.
—Hmm… la cara de este billete está… borrosa.
Jacinto asintió.
—Exacto.
Porque lo hicimos con tinta especial para detectar falsificaciones.
Josefina puso cara de incredulidad.
Peluca miró el billete otra vez.
—Así que… este billete que imprimieron ustedes es real, ¿y los míos son los falsos?
Fernando asintió frenéticamente.
—¡Sí!
¡Es exactamente lo que queríamos decir!
Peluca se quedó en silencio, pensativo.
Jacinto intentó empujar la idea un poco más.
—Lo mejor sería que nos des más tiempo para investigar esto… y descubrir quién está saboteando tu negocio.
Los dos matones miraron a Peluca, esperando su reacción.
Después de unos segundos, Peluca sonrió.
—Bueno, bueno… parece que me contrataron a tres pequeños Sherlock Holmes.
Jacinto, Fernando y Josefina sonrieron nerviosos.
—Exactamente… Peluca guardó el billete en su bolsillo.
—Está bien.
Tienen dos semanas para darme una respuesta.
Los tres asintieron frenéticamente.
—¡Sí, sí, claro, dos semanas es perfecto!
Peluca chasqueó los dedos y sus matones lo siguieron hasta la puerta.
Antes de salir, se giró y los miró con una sonrisa afilada.
—Pero cuidado… si me están mintiendo, van a desear que sus billetes falsos los hubieran llevado a la cárcel en vez de a mí.
El grupo tragó saliva al unísono.
Peluca se marchó y la puerta se cerró.
El silencio en la habitación duró unos segundos antes de que Fernando se dejara caer de espaldas en el suelo.
—¡Hemos nacido de nuevo!
Josefina se apoyó contra la pared, jadeando.
—¿Alguien más sintió que su alma abandonaba el cuerpo?
Jacinto sonrió triunfante.
—¡Les dije que la clave era la confianza!
Josefina lo fulminó con la mirada.
—¡Casi nos matan, Jacinto!
Fernando levantó una mano.
—Bueno, al menos ganamos dos semanas… Los tres se quedaron en silencio.
Después de unos segundos, Josefina suspiró.
—¿Y qué demonios vamos a hacer en dos semanas?
Jacinto se encogió de hombros.
—Buena pregunta.
Pero primero… ¿quién quiere panqueques?
Fernando y Josefina lo miraron como si quisieran asesinarlo ahí mismo.
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