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Un crimen no organizado - Capítulo 13

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  3. Capítulo 13 - 13 Cap 13 El arte de hacer nada
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13: Cap 13: El arte de hacer nada 13: Cap 13: El arte de hacer nada Después de la visita de Peluca Ramírez, la pandilla debería haber estado ocupada trabajando en un plan para salvar sus vidas.

Pero en lugar de eso, habían pasado los últimos tres días haciendo absolutamente nada.

Jacinto estaba acostado en el sofá con una bolsa de papas fritas en la barriga, viendo un programa de cocina en la televisión.

Fernando estaba en el suelo, mirando el techo con expresión de existencialismo profundo.

Josefina, la única con algo de sentido común, estaba al borde de un ataque de nervios.

—No puedo creer esto… —dijo, cruzada de brazos—.

¿De verdad vamos a esperar a que Peluca nos mate sin hacer nada?

Jacinto bostezó.

—Yo no diría que estamos haciendo “nada”.

Estamos reflexionando.

Fernando asintió lentamente.

—Sí… reflexión estratégica.

Josefina los miró con absoluto desprecio.

—¡Llevan tres días sin moverse de esos lugares!

Jacinto alzó un dedo.

—Falso.

Ayer me levanté para ir al baño.

—Y yo fui por una cerveza —agregó Fernando.

Josefina se frotó la cara con desesperación.

—Esto es increíble.

Nos quedan once días antes de que Peluca nos haga picadillo y ustedes están en “modo vacaciones”.

Jacinto se encogió de hombros.

—Es que… pensar en cómo falsificar dinero sin morir es estresante.

Fernando asintió con energía.

—¡Exacto!

No podemos trabajar bajo presión.

Josefina los miró boquiabierta.

—¡¿Bajo presión?!

¡Somos tres inútiles tratando de engañar a un criminal peligroso!

¡Claro que hay presión!

Jacinto suspiró y apagó la tele.

—Está bien, está bien… pongámonos serios.

Josefina se cruzó de brazos.

—Por fin.

Fernando se incorporó lentamente, como si moverse después de tanto tiempo le costara un esfuerzo sobrehumano.

—Vale… el problema es que no sabemos hacer billetes falsos.

Jacinto chasqueó los dedos.

—Entonces tenemos que aprender.

Josefina puso los ojos en blanco.

—¿Y cómo se supone que vamos a aprender?

¿Vamos a buscar un curso en YouTube?

Jacinto y Fernando se miraron… y luego miraron la computadora.

—No es mala idea —dijo Fernando.

Josefina abrió la boca para protestar, pero luego suspiró.

—¿Sabes qué?

Hazlo.

Ya nada me sorprende en esta vida.

Fernando encendió su viejo portátil y buscó: “Cómo falsificar billetes en casa”.

El resultado fue un desastre.

—Bien, la mayoría de estos videos son de dos tipos: gente enseñando a hacer billetes de juguete o documentales sobre falsificadores que terminaron en la cárcel.

Jacinto asintió.

—Opción uno no nos sirve… y la opción dos es deprimente.

Fernando siguió bajando en la página hasta que su rostro se iluminó.

—¡Aquí hay un foro de falsificadores!

Josefina entrecerró los ojos.

—Eso suena ilegal.

Jacinto se frotó las manos.

—Perfecto, entra.

Fernando hizo clic y apareció un foro titulado “El Club del Billete Perfecto”.

Jacinto y Fernando miraban la pantalla emocionados.

Josefina, en cambio, miraba con absoluto horror cómo se metían en un sitio web que claramente los iba a meter en problemas.

—Van a terminar en una lista del FBI… Jacinto la ignoró.

—A ver, aquí hay un tipo llamado “Señor Impresora” que dice que puede enseñar técnicas avanzadas.

Fernando tecleó un mensaje.

—Le preguntaré cómo hacer billetes que no parezcan papel higiénico.

Josefina se llevó las manos a la cabeza.

—Estamos condenados.

Unos minutos después… La computadora emitió un sonido de notificación.

Fernando leyó el mensaje y su rostro se puso pálido.

—El tipo dice que nos puede vender un tutorial exclusivo… por mil dólares.

Jacinto chasqueó la lengua.

—Pff, estafadores hay en todas partes.

Josefina puso cara de “te lo dije”.

—¡Por supuesto que es una estafa!

¡¿Quién en su sano juicio paga mil dólares por un tutorial ilegal?!

Fernando suspiró.

—Y peor aún… no tenemos ni un centavo.

Se quedaron en silencio.

Jacinto chasqueó los dedos.

—¡Entonces lo que necesitamos es dinero!

Josefina lo miró con incredulidad.

—Gracias, Einstein.

Fernando suspiró.

—¿Y cómo se supone que conseguimos dinero sin trabajar?

Jacinto sonrió.

—¿Y si… organizamos un evento?

Algo como… un bingo.

Josefina casi se cae de la silla.

—¿Un bingo?

Jacinto asintió.

—Sí.

La gente ama los bingos.

Cobramos entrada, ponemos premios baratos… y listo.

Fernando pareció considerarlo.

—Hmm… no es la peor idea que has tenido.

Josefina puso cara de duda.

—Bueno, considerando que la peor idea que ha tenido fue intentar robar una tienda con una máscara de payaso, esto no dice mucho.

Jacinto se rió.

—¡Fue un disfraz creativo!

—El cajero se desmayó de la impresión.

Jacinto levantó un dedo.

—Bueno, sí… pero ese es otro tema.

Volvamos al bingo.

Fernando se rascó la barbilla.

—Nosotros no tenemos un lugar para hacerlo… Jacinto sonrió.

—Pero conozco a alguien que sí.

Josefina y Fernando se miraron con sospecha.

—¿Quién?

—preguntó Josefina.

Jacinto se reclinó en el sofá con aire confiado.

—Mi tía Remedios.

Fernando parpadeó.

—¿La loca de los gatos?

—Exacto.

Josefina frunció el ceño.

—¿Y por qué ella nos prestaría su casa para un bingo ilegal?

Jacinto sonrió con picardía.

—Porque la tía Remedios ama el bingo.

Fernando y Josefina se quedaron en silencio.

Finalmente, Josefina suspiró.

—Bien… organicemos un bingo ilegal con una anciana adicta a los juegos de azar.

Fernando se encogió de hombros.

—Bueno, podría ser peor.

Jacinto asintió.

—Sí… pero prefiero no pensar en eso.

Y así, la pandilla pasó de intentar falsificar billetes… a organizar el evento del año en la casa de una señora con 14 gatos.

¿Saldrá bien?

Probablemente no.

Pero eso nunca los detuvo antes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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