Un crimen no organizado - Capítulo 18
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18: Cap 18: El Gran Robo del Banco 18: Cap 18: El Gran Robo del Banco Después de fracasar en robar una gasolinera, un supermercado y hasta una máquina de café, Jacinto decidió que era hora de apuntar más alto.
—¡Vamos a robar un banco!
—anunció, golpeando la mesa de su bar de confianza.
Fernando se atragantó con su café.
—¡¿QUÉ?!
Josefina dejó caer la cabeza sobre la mesa.
—No, no, no… ¿Por qué me sigues arrastrando a estas locuras?
Jacinto sonrió confiado.
—¡Escuchen!
Este es el plan: Entramos disfrazados, pedimos el dinero, salimos y nos volvemos ricos.
¡Fácil!
Fernando y Josefina lo miraron como si estuviera proponiendo robar un cohete de la NASA con una cuchara.
—Claro, Jacinto, facilísimo —dijo Fernando con sarcasmo—.
¿Tienes armas?
—No.
—¿Una vía de escape?
—No.
—¿Un plan B?
—Tampoco.
Josefina se masajeó las sienes.
—Voy a fingir que todo esto es una broma.
Pero Jacinto no bromeaba.
— Misión: Robo de Banco… sin Nada Planeado Al día siguiente, el equipo llegó a la entrada del Banco de San Solano.
Jacinto llevaba un pasamontañas… en el cuello.
Fernando se puso gafas de sol… a las 11 de la mañana.
Josefina ni se molestó en disfrazarse.
—A ver si entendí —dijo Josefina—.
¿Vamos a entrar por la puerta principal?
Jacinto asintió.
—Exacto.
Sin levantar sospechas.
Fernando miró la escena.
—Jacinto… llevas un pasamontañas colgado como bufanda.
Eso ya es sospechoso.
Jacinto se lo puso correctamente.
—¿Ahora sí?
—No.
Ahora pareces un ladrón sinvergüenza.
Josefina suspiró.
—Bueno, ya que estamos aquí, veamos hasta dónde llegamos antes de que todo se arruine.
— El Robo Más Desastroso de la Historia El equipo entró al banco como si fueran clientes normales… o lo intentaron.
Jacinto se acercó al mostrador.
—¡Esto es un atraco!
La cajera, una mujer de unos 60 años, ni se inmutó.
—Ajá.
¿Y dónde está su arma, caballero?
Jacinto dudó.
—Eh… ¿vale con un tenedor?
Sacó un tenedor de plástico del bolsillo.
Fernando y Josefina querían desaparecer del universo.
—Jacinto… —susurró Fernando—.
Vamos a morir de vergüenza.
La cajera suspiró.
—Mire, joven, llevo 40 años trabajando aquí.
Una vez me intentaron robar con una pistola de agua.
Usted no es ni el peor intento.
Jacinto no se dejó intimidar.
—¡Denos el dinero o… o… llamaremos a su jefe para que le baje el sueldo!
Josefina le pegó en el hombro.
—¿Eso fue lo mejor que se te ocurrió?
La cajera apretó un botón de emergencia debajo del mostrador.
Las alarmas empezaron a sonar.
Fernando se agarró la cabeza.
—Ya está, se acabó.
Jacinto entró en pánico.
—¡Plan B!
—¡No tenemos plan B!
—gritó Josefina.
—¡Pues improvisamos!
Jacinto agarró un saco de caramelos que estaban en el mostrador y salió corriendo.
Fernando y Josefina lo siguieron.
En la calle, las sirenas de la policía ya se escuchaban.
—¡Corre, corre!
—gritó Jacinto, con su botín de caramelos en las manos.
—¡¿EN SERIO ACABAMOS DE ROBAR CARAMELOS?!
—gritó Fernando.
Josefina miró el cielo, pidiendo paciencia.
—Somos los peores criminales de la historia… — La Persecución Más Ridícula de San Solano Los inspectores Adolfo y Juanjo recibieron el aviso del atraco.
Adolfo se frotó la cara.
—Juanjo… por favor dime que no fueron ellos.
Juanjo miró la descripción de los sospechosos.
—Pasamontañas mal puesto, gafas de sol inútiles y una mujer que parece decepcionada de su vida… Sí, son ellos.
Adolfo resopló.
—Dios, ya basta.
Los inspectores encendieron la sirena y persiguieron a los ladrones más tontos del planeta.
Jacinto, Fernando y Josefina corrieron como locos, pero no tenían plan de escape.
—¡A la izquierda!
—gritó Jacinto.
—¡No, a la derecha!
—gritó Fernando.
—¡Al suelo, me rindo!
—gritó Josefina.
Pero ninguno se puso de acuerdo y chocaron contra un puesto de tacos.
Jacinto cayó dentro de una olla de salsa picante.
Fernando se estampó contra una montaña de tortillas.
Josefina terminó con un sombrero de mariachi en la cabeza.
Adolfo y Juanjo se bajaron de la patrulla, mirando la escena.
—Juanjo… ¿esto cuenta como un arresto o como una tragedia?
—No sé, Adolfo… pero me duele la cabeza de tanta estupidez.
Los inspectores esposaron a Jacinto, que todavía tenía la cara llena de salsa.
—Adolfo… no siento la lengua.
—Bien.
A ver si aprendes a cerrar la boca.
Josefina y Fernando, llenos de comida, fueron subidos a la patrulla.
Juanjo suspiró.
—Bueno, por lo menos no intentaron robar una sandía esta vez.
Adolfo asintió.
—Sí… algo de progreso han hecho.
Y así, una vez más, los criminales más desastrosos de San Solano fracasaron rotundamente.
Pero una cosa era segura… Jacinto volvería con otra idea aún peor.
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