Un crimen no organizado - Capítulo 3
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3: Cap 3: Un refugio improvisado(y un problema mayor) 3: Cap 3: Un refugio improvisado(y un problema mayor) Después de su fuga poco sutil de la pizzería, Jacinto, Fernando y Josefina corrían sin rumbo fijo por las calles de San Solano.
Sus pasos resonaban en los callejones vacíos mientras intentaban recuperar el aliento.
—¡No puedo creer que gritaste ‘CORRAN’ como un lunático!
—le espetó Josefina a Jacinto mientras se apoyaba contra una pared.
—¡Fue instinto de supervivencia!
—se defendió Jacinto, doblado en dos por la fatiga—.
Además, funcionó, ¿no?
—Sí, claro —ironizó Fernando—.
Ahora los dos detectives más incompetentes de la ciudad saben que existimos y que algo estamos ocultando.
¡Brillante!
—Lo importante es que estamos libres… por ahora —dijo Jacinto, intentando sonar optimista.
Josefina suspiró y miró alrededor.
Estaban en un barrio antiguo, con edificios de ladrillo, calles mal iluminadas y un fuerte olor a humedad.
No era el mejor lugar para esconderse, pero tampoco tenían muchas opciones.
—Necesitamos un sitio donde pensar con calma —dijo Josefina—.
¿Alguien conoce algún lugar seguro?
Jacinto sonrió con orgullo.
—¡Por supuesto!
Tengo un contacto que nos puede ayudar.
Josefina y Fernando se miraron con desconfianza.
—¿Cómo de confiable es tu contacto?
—preguntó Fernando con el escepticismo de quien ha vivido demasiadas experiencias con Jacinto.
Jacinto se encogió de hombros.
—Digamos que… no ha estado en prisión recientemente.
—Perfecto, ya estoy tranquila —murmuró Josefina, rodando los ojos.
Sin más alternativas, siguieron a Jacinto a través de un laberinto de calles hasta llegar a un edificio antiguo con un cartel oxidado que decía: “El Refugio del Gato — Club Social y Billar” —Un club de billar… —murmuró Fernando—.
¿Esto es un escondite o una trampa?
Jacinto golpeó la puerta tres veces con un ritmo peculiar.
Tras unos segundos, se escucharon pasos y una mirilla se deslizó, revelando dos ojos sospechosos.
—¿Contraseña?
—preguntó la voz grave desde el otro lado.
Jacinto sonrió con confianza.
—”Las bolas ocho siempre traen mala suerte”.
Hubo una pausa antes de que la puerta se abriera con un rechinido.
Del otro lado estaba un hombre alto y robusto, con un bigote grueso y una camiseta sin mangas que dejaba ver un tatuaje de un gato con gafas de sol.
—Jacinto… ¿otra vez?
—¡Claro, Rufino!
Sabes que siempre vuelvo a los mejores lugares.
Rufino los dejó pasar con un suspiro.
El interior del club de billar era oscuro, con un fuerte olor a tabaco y música de fondo que sonaba como si viniera de una radio vieja.
Varias mesas de billar estaban ocupadas por tipos que parecían haber nacido con un cigarro en la boca y un taco en la mano.
—No me traigas problemas, Jacinto —advirtió Rufino.
—¿Yo?
¡Jamás!
Josefina y Fernando miraron alrededor con preocupación.
—Me da la impresión de que todos aquí han estado en la cárcel al menos una vez —susurró Fernando.
—O están en libertad condicional —añadió Josefina.
Se sentaron en una mesa apartada mientras Jacinto pedía unas cervezas.
Finalmente, Josefina decidió poner orden.
—Bien, hagamos un repaso —dijo, con tono de jefa cansada—.
Intentamos robar una joyería, Jacinto cegó una cámara de seguridad como un idiota, nos persiguió un perro, nos escondimos en la peor pizzería posible, y ahora estamos en un club de billar lleno de matones.
¿Cómo vamos a salir de esta?
Jacinto se rascó la barba con aire pensativo.
—Bueno, técnicamente, aún no nos han atrapado.
Fernando apoyó la cabeza en la mesa.
—Eso no es un plan, Jacinto.
En ese momento, la televisión del club cambió de canal automáticamente a las noticias.
Y allí, nuevamente, apareció la imagen de la joyería.
—¡Noticia de último minuto!
—anunció la presentadora—.
La policía investiga a tres sospechosos de un intento de robo en la joyería ‘Brillante Destino’.
Aunque los delincuentes escaparon, hay un dato curioso en el caso… Los tres se quedaron paralizados.
—Según fuentes policiales, los sospechosos no lograron llevarse absolutamente nada.
Sin embargo, el dueño de la joyería ha descubierto que, en lugar de robar algo, los intrusos dejaron atrás una cartera con identificación… ¡perteneciente a un tal Jacinto M.!
Fernando y Josefina se giraron lentamente hacia Jacinto, quien sonrió incómodo.
—Ehh… sorpresa.
Josefina se llevó las manos a la cara.
—¿Quieres decirme que en lugar de robar algo, DEJASTE UNA PISTA?
—Bueno, mira, lo importante es que… —¡Nos van a atrapar!
—gritó Fernando, agarrándose la cabeza—.
¡Esto es un desastre absoluto!
Antes de que pudieran continuar la discusión, la puerta del club se abrió de golpe y dos figuras familiares entraron.
—¡Adolfo, mira esto!
—dijo Juanjo—.
Un club de billar lleno de sospechosos.
¿A que aquí encontramos algo interesante?
Adolfo sonrió con emoción.
—Mi instinto dice que estamos cerca… Jacinto, Josefina y Fernando se encogieron en sus asientos.
—¡Nos encontraron!
—susurró Fernando.
—Cálmense, tengo un plan —dijo Jacinto.
Josefina lo miró con el ceño fruncido.
—Por favor, que no incluya cegarnos con una linterna.
—No, no… esta vez es perfecto.
Se puso de pie, respiró hondo, y luego gritó: —¡Tramposos en el billar!
Todos los clientes del club se giraron con furia.
Rufino frunció el ceño y miró a los detectives con sospecha.
—¿Tramposos, eh?
Adolfo y Juanjo intercambiaron miradas.
—Ehh… no, esperen… —intentó decir Juanjo.
Pero ya era tarde.
En cuestión de segundos, el club entero entró en caos.
Jugadores de billar gritaban, sillas volaban, un tipo lanzaba bolas de billar como si fueran proyectiles, y Rufino agarraba a Adolfo por el cuello de la camisa.
Aprovechando el desorden, Jacinto, Fernando y Josefina se escabulleron por la puerta trasera y salieron corriendo nuevamente a la noche.
—¡Bien hecho, Jacinto!
—dijo Fernando mientras corrían—.
Aunque, técnicamente, acabamos de provocar una pelea de bar.
—¡Eso es solo un daño colateral!
—respondió Jacinto con una sonrisa.
Josefina suspiró.
—Espero que tengas otro escondite, porque nos queda poco tiempo antes de que esos dos nos encuentren otra vez.
Jacinto sonrió con orgullo.
—¡No se preocupen, amigos!
Tengo un último as bajo la manga… Josefina y Fernando se miraron.
—Estamos muertos —dijeron al unísono.
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