Un crimen no organizado - Capítulo 20
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20: Cap 20: Un Golpe de Genios 20: Cap 20: Un Golpe de Genios Después de 19 intentos fallidos, arrestos ridículos y planes que parecían sacados de un manual de Cómo No Ser un Criminal, Jacinto, Fernando y Josefina decidieron que su próximo golpe sería el definitivo.
—¡Es hora de pensar en grande!
—anunció Jacinto con orgullo, de pie sobre una silla.
Fernando sorbió su café con desgano.
—¿Más grande que intentar robar una joyería sin máscaras?
Josefina se cruzó de brazos.
—O más grande que secuestrar a un panadero con una manta transparente.
Jacinto ignoró sus comentarios y extendió un enorme mapa sobre la mesa.
—¡Muchachos, esta vez vamos a hacer historia!
Josefina miró el mapa con escepticismo.
—Jacinto… esto es un mantel con manchas de salsa.
—¡Eso no importa!
—exclamó él—.
¡Lo importante es el plan!
Fernando se rascó la cabeza.
—Bueno, dispara.
Jacinto sacó una linterna y la encendió como si estuviera a punto de revelar un gran secreto.
—Muchachos… vamos a robar el banco de San Solano.
Hubo un largo silencio.
Josefina parpadeó.
—…¿Perdón?
Fernando lo miró con el ceño fruncido.
—Jacinto, ¿tú tienes fiebre o te golpeaste la cabeza muy fuerte hoy?
—¡No, no, en serio!
—Jacinto golpeó la mesa—.
¡Si lo pensamos bien, tiene sentido!
Llevamos meses practicando el crimen.
¡Este es el siguiente paso lógico!
Josefina lo miró con incredulidad.
—El siguiente paso lógico era conseguir un empleo, pero supongo que estamos demasiado lejos de ese camino.
Fernando suspiró.
—Está bien, Jacinto.
¿Cómo piensas robar un banco?
¿Con un cortauñas y un globo?
Jacinto sacó un papel arrugado con un esquema ridículo.
—¡No!
Escuchen, aquí está el plan: 1.
Entramos disfrazados para que nadie nos reconozca.
2.
Fernando hackea las cámaras de seguridad (aunque su laptop apenas enciende).
3.
Josefina vigila la entrada.
4.
Yo me encargo de entrar a la bóveda y sacar el dinero.
Josefina levantó una ceja.
—¿Y cómo planeas abrir la bóveda?
Jacinto sonrió con confianza.
—¡Con este destornillador!
Hubo otro silencio incómodo.
Fernando dejó su café lentamente.
—Jacinto… por favor dime que estás bromeando.
Jacinto parecía completamente convencido.
—¡No subestimen la magia de un buen destornillador!
Josefina suspiró profundamente.
—Esto va a terminar en la cárcel.
Otra vez.
— Misión: Robo Bancario (pero sin recursos ni habilidades) Al día siguiente, el “equipo” llegó al banco disfrazado de la forma más ridícula posible.
Jacinto llevaba un bigote falso tan grande que parecía sacado de una película del oeste.
Fernando usaba gafas de sol y una gorra con la palabra “INOCENTE” escrita en ella.
Josefina llevaba un abrigo gigante y una peluca que claramente había sido sacada de un disfraz de payaso.
Entraron al banco intentando actuar natural.
—Buenas tardes, señor —dijo el guardia de seguridad, mirando a Jacinto con sospecha.
—Eh… sí, buenas tardes… mi nombre es… eh… ¡Don Bigotón!
Fernando cerró los ojos con desesperación.
—Jacinto… El guardia los miró fijamente.
—Ajá… ¿y qué los trae por aquí?
—Eh… ¡vamos a abrir una cuenta bancaria!
—improvisó Josefina.
Fernando y Jacinto la miraron confundidos.
—¿Qué?
Josefina les pisó el pie para que siguieran la mentira.
—Sí, sí, queremos una cuenta para… eh… nuestros ahorros.
El guardia los observó con una mezcla de curiosidad y sospecha.
—Entiendo… ¿y por qué traen guantes en pleno verano?
Jacinto sudaba.
—Eh… ¡somos… alérgicos al… aire!
Fernando se llevó una mano a la cara.
—Dios, ¿por qué sigo aquí?
El guardia se encogió de hombros.
—Bueno, pueden hablar con la cajera.
El trío se acercó lentamente al mostrador.
—Hola, queremos abrir una cuenta —dijo Josefina con la mejor sonrisa falsa que pudo poner.
La cajera les entregó unos formularios de inscripción.
Jacinto los miró confundido.
—¿Eh?
No, no, mejor denos el dinero directamente.
Hubo un silencio incómodo.
La cajera parpadeó.
—¿Perdón?
Fernando pateó la espinilla de Jacinto.
—¡No le haga caso, él es nuevo en esto de los bancos!
Jacinto intentó corregirse.
—Sí, sí… eh… lo que quise decir es… queremos ver la bóveda.
El guardia cruzó los brazos.
—Ajá… ¿y por qué querrían hacer eso?
Jacinto pensó rápido.
—Eh… ¡Porque estamos escribiendo un libro sobre seguridad bancaria!
El guardia los miró fijamente.
—Ya veo… ¿y cómo se llama su libro?
Jacinto se quedó en blanco.
—Eh… Cómo robar un banco en tres sencillos pasos.
Hubo otro silencio tenso.
Fernando y Josefina querían morir en ese momento.
—¡Corre!
—gritó Jacinto de repente, y salió disparado hacia la salida.
Fernando y Josefina tuvieron que seguirlo.
Pero antes de que pudieran escapar… —¡ALTO AHÍ!
Los inspectores Adolfo y Juanjo estaban en la puerta, con cara de “ya estamos hartos de ustedes”.
Adolfo suspiró profundamente.
—Déjame adivinar… ¿Intentaban robar el banco?
Juanjo asintió.
—Con disfraces horribles y sin armas.
Fernando levantó la mano.
—Quiero aclarar que yo no quería venir.
Josefina cruzó los brazos.
—Yo tampoco.
Adolfo los ignoró.
—Jacinto, ¿cuántas veces hemos hablado de esto?
Jacinto suspiró.
—Eh… muchas.
—¿Y qué te hemos dicho?
—Que no sirvo para el crimen.
—¿Y qué hiciste?
—Intentar robar un banco.
—Correcto.
Juanjo sacó las esposas.
—Vámonos, Don Bigotón.
Jacinto bajó la cabeza.
—Sí, sí… — Conclusión: Otra Derrota para los Peores Criminales de la Historia Fernando y Josefina fueron liberados con una advertencia.
Jacinto, como siempre, terminó en la comisaría.
Y mientras se sentaba en la celda, reflexionó sobre su vida.
—Tal vez… el crimen no es lo mío.
El guardia se rio.
—¿En serio?
¿Apenas te diste cuenta?
Pero mientras miraba por la ventana… una nueva idea criminal empezaba a formarse en su cabeza.
Porque si algo era seguro, era que Jacinto jamás aprendería.
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