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Un crimen no organizado - Capítulo 27

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27: Cap 27: El Reemplazo 27: Cap 27: El Reemplazo El primer día de Patricia Pérez Adolfo llegó temprano a la comisaría, o al menos más temprano de lo que su cuerpo le permitía sin quejarse.

Llevaba dos cafés en la mano (ninguno de la máquina maldita) y un cigarro apagado en la boca.

Desde que el comisario Ramírez le anunció que Juanjo se iba de vacaciones y que tendría una nueva compañera, había estado mentalizándose para lo peor.

Nada bueno podía salir de esta situación.

Cuando entró en la oficina, lo primero que notó fue que su silla había desaparecido.

—¿Pero qué…?

Miró a su alrededor y ahí estaba: una mujer de pelo corto, chaqueta de cuero y botas pesadas, girando alegremente en su silla como una niña de cinco años en un parque de diversiones.

—¡Oh, hola!

—dijo con una sonrisa radiante—.

¡Tú debes de ser mi compañero!

Adolfo sintió que la migraña llegaba antes del primer café.

—Dime que no eres Patricia.

—¡Así es!

¡Patricia Pérez, para servirte!

Adolfo parpadeó lentamente, tratando de asimilar la energía de su nueva compañera.

—Primero… esa es mi silla.

Patricia se detuvo en seco y miró el asiento como si acabara de darse cuenta de que estaba sentada en una bomba.

—¡Uy, lo siento!

Es que estaba tan cómoda… Se levantó de inmediato y se tropezó con la mesa en el proceso, tirando varios papeles al suelo.

Adolfo suspiró.

—Bien.

Ya veo cómo va a ser esto.

Patricia recogió los papeles, sin perder su entusiasmo.

—¡Vas a ver que seremos un gran equipo!

Adolfo frunció el ceño.

—No quiero ser un gran equipo.

Quiero que Juanjo vuelva y finja que todo esto nunca pasó.

Patricia rió como si fuera un chiste.

—¡Eres tan gracioso!

—No, hablo en serio.

En ese momento, el comisario Ramírez entró en la oficina con una carpeta en la mano.

—Bien, Pérez.

Es tu primer día, así que te asignaremos un caso sencillo.

Le entregó la carpeta con la seriedad de quien maneja documentos clasificados del FBI.

Patricia la agarró como si acabara de recibir un cofre del tesoro.

—¿De qué se trata?

Ramírez bufó.

—Alguien está robando las tapas de las alcantarillas del barrio central.

Adolfo levantó una ceja.

—¿Un ladrón de alcantarillas?

¿En serio?

Ramírez asintió.

—Sí, Adolfo.

Un genio criminal que ha decidido arruinarle el día a todos los conductores de la ciudad.

Patricia miró las fotos con expresión seria.

—Hmm… Esto es más grande de lo que parece.

Adolfo suspiró.

—No, no lo es.

—¡Sí, sí lo es!

Piensa en esto… ¿Y si es una conspiración?

Adolfo parpadeó lentamente.

—¿Me estás diciendo que crees que alguien está robando alcantarillas porque… quiere controlar la ciudad desde abajo?

—¡Exacto!

Ramírez se tapó la boca para no reírse.

—Bueno, Pérez.

Investiga todas las teorías locas que quieras, pero quiero resultados.

Patricia hizo un saludo militar tan exagerado que casi se golpea la frente.

—¡Sí, señor!

Adolfo apoyó la cabeza en la mesa.

—Este va a ser el peor día de mi vida.

— La máquina de café y la paciencia de Adolfo Antes de salir a investigar, Patricia decidió que necesitaba energía.

—¡Vamos a por café!

Adolfo se estremeció.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque la máquina está maldita.

Patricia rió.

—Vamos, Adolfo.

No puede ser tan mala.

Antes de que pudiera detenerla, Patricia metió una moneda y presionó el botón de “Café solo”.

Nada.

Volvió a intentarlo.

Nada.

—Mmm… Golpeó suavemente la máquina.

La máquina hizo un sonido extraño, como si estuviera acumulando rencor.

Patricia presionó otro botón.

BAM.

La máquina vibró y comenzó a escupir vasos vacíos como si fueran proyectiles.

—¡AGÁCHATE!

—gritó Adolfo, usando su chaqueta como escudo.

Patricia se tapó la cabeza mientras los vasos volaban por toda la oficina.

Justo en ese momento, el comisario Ramírez entró y recibió un vaso directo en la cara.

Silencio.

—¿Se puede saber qué demonios están haciendo?

Patricia sonrió nerviosa.

—Solo… eh… pruebas científicas.

Ramírez suspiró.

—Salgan a investigar antes de que me arrepienta de haber contratado a alguien nuevo.

— La investigación del gran misterio de las alcantarillas Patricia y Adolfo llegaron al barrio central, donde varias alcantarillas habían desaparecido.

—Hora de la investigación —dijo Patricia, sacando una libreta con gran determinación.

Adolfo se apoyó en la patrulla y sacó un cigarro.

—Sí, sí… Diviértete.

Patricia se acercó a un anciano que estaba alimentando palomas en un banco.

—¡Buenos días, señor!

Soy la inspectora Patricia Pérez.

—Oh, hola, joven.

—¿Ha visto algo sospechoso últimamente?

El anciano se quedó pensativo.

—Pues ahora que lo dices… vi a un tipo llevándose una alcantarilla en bicicleta.

Patricia abrió los ojos como platos.

—¿Cómo demonios se lleva alguien una alcantarilla en bicicleta?

El anciano se encogió de hombros.

—Buena pregunta.

Era muy habilidoso.

Adolfo escuchó todo desde la patrulla y se frotó la cara con las manos.

—Dios mío… Esto va a ser un largo día.

Pero aún no era lo peor.

— Conclusión (O El Caos Continúa) Mientras Patricia intentaba dibujar un boceto del “sospechoso” basándose en la descripción del anciano (que básicamente era un palo con ruedas), Adolfo recibió una llamada por radio.

—Inspector Adolfo, tenemos un problema.

—¿Otro?

—El ladrón ha sido visto… huyendo con otra alcantarilla.

Adolfo sintió que su paciencia llegaba al límite.

—Patricia, súbete al coche.

—¿Por qué?

—Porque vamos a atrapar al genio criminal más ridículo que hemos visto.

Patricia sonrió emocionada.

—¡Nuestra primera persecución!

Adolfo suspiró.

—Sí… Algo así.

Arrancaron la patrulla y se dirigieron al punto donde el ladrón había sido visto.

Adolfo tenía un mal presentimiento.

Y con Patricia a su lado, sabía que las cosas solo podían empeorar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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