Un crimen no organizado - Capítulo 28
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28: Cap 28: La Gran Persecución 28: Cap 28: La Gran Persecución El ladrón y la huida más absurda de la historia La patrulla de Adolfo y Patricia volaba por las calles de San Solano.
—¡Dale más velocidad, Adolfo!
¡Se nos escapa!
—gritó Patricia, aferrándose al tablero como si estuviera en una montaña rusa.
—¿Quieres que vaya más rápido?
¿Más rápido tras un tipo que lleva una alcantarilla en bicicleta?
Patricia asintió con entusiasmo.
—¡Por supuesto!
¡Esto es una persecución oficial!
Adolfo rodó los ojos y pisó el acelerador, pero en ese mismo momento, el ladrón hizo algo inesperado: saltó con su bicicleta sobre un carrito de frutas.
Patricia abrió la boca de la impresión.
—¡SANTO CIELO!
¡ESTO ES COMO UNA PELÍCULA DE ACCIÓN!
Adolfo golpeó el volante.
—¡No es una película!
¡Es un idiota robando tapas de alcantarilla!
El ladrón aterrizó con una elegancia sorprendente y siguió pedaleando como si nada.
El frutero, en cambio, no tuvo tanta suerte.
—¡¡MIS MANZANAS!!
—gritó, viendo cómo sus frutas rodaban por la calle.
Patricia se asomó por la ventana.
—¡LO SENTIMOS, SEÑOR!
¡PROTEJA SUS PERAS!
El frutero le lanzó una mandarina a la patrulla, pero falló.
Mientras tanto, el ladrón giró bruscamente hacia un callejón estrecho.
Adolfo frenó en seco.
—¡No cabe la patrulla!
Patricia saltó del coche sin pensarlo.
—¡ENTONCES LO PERSEGUIMOS A PIE!
Adolfo se quedó en su asiento, parpadeando.
—¿Me estás diciendo que me baje… a correr… tras un ladrón en bicicleta?
Patricia ya estaba a mitad del callejón, gritando como una maniaca.
—¡¡SÍIIIIIIIIIIIIIIIIII!!
Adolfo suspiró y salió del coche a regañadientes.
—Si me da un infarto, que mi lápida diga: “Aquí yace Adolfo, asesinado por una alcantarilla”.
— El callejón de los gatos asesinos El callejón estaba lleno de basura, ratas y gatos con cara de pocos amigos.
—¡Oye, Adolfo!
¡Creo que ese gato me está mirando mal!
—dijo Patricia, señalando un gato negro que la observaba fijamente desde un contenedor.
—Patricia, ignora al gato.
Persigue al ladrón.
—Pero… ¡Mira esa mirada!
¡Es como si supiera que no pagué mi factura de internet este mes!
—Patricia, TE JURO QUE… El ladrón saltó sobre un basurero y subió por una escalera de emergencia.
Patricia lo señaló con emoción.
—¡MIRA, MIRA, MIRA!
¡HACE PARKOUR!
Adolfo apretó los dientes.
—No me pagan lo suficiente para esto.
Patricia intentó subir por la escalera, pero el gato negro saltó y le arañó el brazo.
—¡¡AAAH!!
¡¡GATO ASESINO!!
Adolfo la apartó y sacó su porra.
—¡LARGO, SATANÁS!
El gato saltó sobre un contenedor y los miró con cara de desprecio, como si fueran lo más patético que había visto en su vida.
Luego desapareció en la oscuridad.
Patricia jadeaba.
—Ese gato… ¡era del diablo!
Adolfo se masajeó las sienas.
—Si sobrevivimos a esto, te compro un maldito amuleto de protección.
— El techo y la trampa mortal El ladrón seguía corriendo sobre los techos con la alcantarilla en el hombro.
Patricia subió como pudo y lo siguió.
—¡TE TENEMOS!
¡NO INTENTES ESCAPAR!
El ladrón se detuvo y la miró con cara de “¿en serio crees que vas a atraparme?”.
—¡JA!
¡Si quieren atraparme, tendrán que alcanzarme!
Patricia hizo una pose heroica.
—¡Desafío aceptado!
Adolfo, que seguía en el suelo, jadeando, miró hacia arriba con desesperación.
—Patricia, NO.
Pero ya era demasiado tarde.
Patricia corrió… tropezó con una antena de televisión… y salió volando.
—¡¡WOOOOOOOOOOOOOOOOOAAAAAH!!
El ladrón también se asustó y perdió el equilibrio, cayendo al suelo.
Adolfo corrió para atraparlo.
BAM.
El ladrón cayó encima de un contenedor de basura, y la alcantarilla rodó por la calle.
Patricia cayó encima de Adolfo, aplastándolo contra el pavimento.
—¡JA!
¡TE ATRAPAMOS, BANDIDO!
Adolfo, con la cara contra el suelo, murmuró: —Patricia… si no te levantas en tres segundos, te arresto por tentativa de homicidio.
Patricia se levantó rápidamente y esposó al ladrón.
—¡Inspector Patricia Pérez, ha sido arrestado por crímenes contra la sanidad pública y por hacerme correr demasiado!
El ladrón suspiró derrotado.
—No puedo creer que me haya atrapado una loca.
Adolfo, todavía en el suelo, suspiró profundamente.
—Yo tampoco.
— Conclusión: Un trabajo bien hecho (más o menos) De vuelta en la comisaría, el comisario Ramírez miró a los dos inspectores con incredulidad.
—Déjenme ver si entendí… ¿Ustedes dos lograron atrapar al ladrón de alcantarillas porque Patricia salió volando de un techo y lo asustó?
Patricia asintió con orgullo.
—¡Exacto!
Fue una táctica completamente planeada.
Adolfo negó con la cabeza.
—NO, NO LO FUE.
Ramírez se masajeó la cara.
—No sé si ascenderlos… o despedirlos.
Patricia sonrió con inocencia.
—Bueno, mientras tanto… ¡¿Podemos arreglar la máquina de café?!
Ramírez levantó un dedo amenazante.
—Si uno de ustedes SE ATREVE a tocar esa máquina de café otra vez… los suspendo.
Adolfo levantó las manos en señal de rendición.
—Comisario, lo juro.
No me acerco a esa cosa ni aunque me paguen.
Patricia hizo un puchero.
—¿Ni un cafecito chiquito?
Ramírez se frotó las sienas.
—Suficiente por hoy.
Váyanse antes de que me arrepienta de no haberme ido de vacaciones con Juanjo.
Patricia tomó a Adolfo del brazo y lo arrastró fuera de la oficina.
—¡Vamos, compañero!
¡Un día más, un caso más resuelto!
Adolfo se dejó arrastrar con resignación.
—Sí, sí… Si sobrevivo a esta semana, haré una fiesta en mi honor.
Y así terminó el caso del ladrón de alcantarillas, con San Solano un poco más segura… y con una máquina de café que seguía maldita.
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