Un crimen no organizado - Capítulo 4
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4: Cap 4: Un escondite peor que el anterior 4: Cap 4: Un escondite peor que el anterior Tras escapar (otra vez) y dejar el club de billar convertido en un campo de batalla, Jacinto, Fernando y Josefina corrían sin rumbo fijo por las calles de San Solano.
—¡Me niego a seguir huyendo sin un plan!
—jadeó Josefina, deteniéndose de golpe.
Fernando se apoyó en un poste, tratando de recuperar el aliento.
—Por favor… dime… que este plan no involucra más trampas tontas ni distracciones absurdas.
Jacinto, con su sonrisa confiada (y completamente injustificada), levantó un dedo.
—¡No teman!
Esta vez tengo el escondite perfecto!
Josefina se cruzó de brazos.
—Si dices ‘la casa de mi tía’ o ‘el almacén abandonado de la esquina’, te juro que te dejo aquí.
—¡Nada de eso!
Vamos a escondernos en el Museo de Historia de San Solano.
Fernando y Josefina lo miraron en silencio.
—¿Un museo?
—preguntó Fernando, incrédulo—.
¿Con cámaras, guardias y un nivel de seguridad probablemente superior al de la joyería que intentamos robar?
Jacinto asintió con entusiasmo.
—Exacto.
¿Quién buscaría a criminales dentro de un museo?
Josefina cerró los ojos, tomándose un segundo para reflexionar sobre sus malas decisiones en la vida.
—No tengo fuerzas para discutir esto.
Vamos antes de que me arrepienta.
Entrada a la fuerza (y con estilo) Llegaron al museo poco después de la medianoche.
El edificio era enorme, con columnas imponentes y estatuas en la entrada que parecían juzgarlos en silencio.
—Vale, ¿cómo entramos?
—susurró Fernando.
Jacinto sacó una ganzúa de su bolsillo y sonrió.
—Déjenmelo a mí.
Josefina lo miró con sorpresa.
—¿Desde cuándo sabes abrir cerraduras?
—Desde que me quedé encerrado en el baño de un bar y tuve que improvisar.
—Qué inspirador… —murmuró Fernando.
Después de varios intentos, la puerta se abrió con un leve clic, y los tres entraron sin hacer ruido.
El interior del museo era enorme, con salas oscuras llenas de exhibiciones antiguas.
—Perfecto —susurró Jacinto—.
Nos escondemos en la sala de exposiciones y esperamos a que pase el peligro.
—Porque, claro, los museos nunca tienen guardias nocturnos ni alarmas —ironizó Josefina.
—¡Chist!
Confíen en el proceso.
Se escabulleron por los pasillos, esquivando estatuas y vitrinas llenas de reliquias históricas.
Todo iba relativamente bien… hasta que Fernando tropezó con un pedestal y golpeó una armadura medieval, haciendo que se tambaleara peligrosamente.
—¡No, no, no, no!
—susurró desesperado, tratando de estabilizarla.
Pero era tarde.
La armadura cayó al suelo con un estruendoso ¡CLANG!
que resonó en todo el museo.
Silencio absoluto.
—…Quizás nadie lo oyó —dijo Jacinto con esperanza.
Una sirena ensordecedora comenzó a sonar.
—Bien, Jacinto.
Gran escondite —gruñó Josefina.
Los detectives (por fin) hacen su trabajo A unas cuadras de distancia, en la patrulla de Adolfo y Juanjo, el sonido de la alarma del museo interrumpió su tranquila conversación sobre qué sabor de galletas era mejor para acompañar el café.
Adolfo enderezó la espalda.
—¿Eso es… el museo?
Juanjo revisó la radio.
—Sí.
Llamada de emergencia, parece que alguien entró.
Se miraron.
—¿Nuestros sospechosos?
—preguntó Adolfo.
—Adolfo… ¿qué clase de criminal intenta esconderse en un museo en mitad de la noche?
Adolfo sonrió.
—Exactamente el tipo de idiotas que estamos persiguiendo.
Encendieron las sirenas y aceleraron hacia el museo.
Un escape (poco) organizado Jacinto, Fernando y Josefina corrían por los pasillos, esquivando estatuas y vitrinas mientras las alarmas seguían sonando.
—¡Plan B!
¡Plan B!
—gritó Fernando.
—¿Cuál era el plan B?
—preguntó Josefina.
—No sé, ¡pero necesitamos uno!
Jacinto miró a su alrededor desesperado y de pronto vio un cartel que decía “Salida de Emergencia”.
—¡Por aquí!
Se dirigieron a la puerta de emergencia y la empujaron con todas sus fuerzas… solo para descubrir que estaba cerrada con llave.
—¡Perfecto!
—se quejó Josefina—.
Genial, Jacinto.
¡Gran plan!
—No me grites, ¡que estoy estresado!
Antes de que pudieran encontrar otra salida, una linterna iluminó su posición.
—¡ALTO AHÍ!
Se giraron y vieron a un guardia de seguridad mirándolos con el ceño fruncido.
—Oh… —murmuró Fernando.
El guardia sacó su radio.
—Aquí Martínez, confirmo intrusos en el museo.
—¡CORRAN!
—gritó Jacinto por segunda vez en la noche.
Salieron disparados por otro pasillo, con el guardia persiguiéndolos.
Justo cuando doblaron una esquina, escucharon otro sonido preocupante: ¡Las sirenas de la policía deteniéndose frente al museo!
—Estamos acabados —susurró Fernando.
—¡No tan rápido!
—dijo Jacinto—.
¡Todavía nos queda una última carta!
Josefina lo miró con absoluta incredulidad.
—Si dices ‘confiemos en mi instinto’, te juro que te dejo aquí.
—No, no.
Confíen en mi improvisación.
—…Eso no me hace sentir mejor.
El plan desesperado Jacinto se detuvo frente a una vitrina con maniquíes vestidos con ropa de época.
—¡Nos escondemos aquí!
—¿Nos disfrazamos de maniquíes?
—preguntó Fernando—.
¿Ese es tu plan?!
—¿Tienes una mejor idea?
Josefina suspiró.
—Ugh… no, lamentablemente.
A toda prisa, se pusieron las capas y sombreros de la exhibición y se quedaron completamente inmóviles.
Justo a tiempo.
Adolfo y Juanjo entraron corriendo, seguidos del guardia.
—¡Estoy seguro de que vinieron por aquí!
—dijo el guardia.
Los detectives miraron alrededor.
Vieron la sala llena de maniquíes con ropa histórica.
Adolfo frunció el ceño.
—Mmm… algo no me cuadra… Caminó lentamente entre los maniquíes, observándolos con atención.
—Este museo tiene una exposición interesante —comentó Juanjo, tocando uno de los maniquíes.
Jacinto sintió el sudor recorriendo su frente mientras Juanjo se acercaba a él.
—¡Ay, mira!
—dijo Juanjo de repente—.
¡Qué bien hecha está esta figura!
¡Parece una persona de verdad!
Se acercó aún más, a punto de tocarle la cara a Jacinto.
El sudor caía a chorros.
—Bueno, nada por aquí —interrumpió Adolfo, alejándose—.
Sigamos buscando.
Juanjo encogió los hombros y lo siguió.
Cuando por fin salieron de la sala, Jacinto, Fernando y Josefina exhalaron aliviados.
—No puedo creer que eso haya funcionado… —susurró Fernando.
—Bueno, lo importante es que estamos a salvo —dijo Jacinto con una sonrisa.
Justo en ese momento, una luz se encendió detrás de ellos.
—Ejem… Se giraron lentamente… y vieron al guardia, mirándolos con una sonrisa triunfal.
—¿Creían que me iban a engañar tan fácil?
—…¿Plan C?
—murmuró Josefina.
—¡CORRAN!
—gritó Jacinto por tercera vez en la noche.
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