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Un crimen no organizado - Capítulo 30

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  3. Capítulo 30 - 30 Cap 30 El Gran Escape del Zoológico de San Solano
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30: Cap 30: El Gran Escape del Zoológico de San Solano 30: Cap 30: El Gran Escape del Zoológico de San Solano El Zoológico de San Solano, un lugar donde las familias disfrutaban de un día tranquilo observando animales exóticos, se convirtió en un campo de batalla cuando un grupo de monos escapó de su jaula y sembró el caos en la ciudad.

Como era de esperarse, los culpables eran Jacinto, Fernando y Josefina.

Y todo empezó con una simple broma.

— Todo por culpa de un parecido razonable Era una mañana soleada, ideal para un paseo por el zoológico.

Pero cuando Jacinto, Fernando y Josefina estaban juntos, cualquier plan inocente terminaba en desastre.

—Oye, Jacinto —dijo Fernando, con su típica sonrisa burlona—, ¿alguna vez te han dicho que te pareces a un mono?

Jacinto frunció el ceño y cruzó los brazos.

—¿Perdón?

Josefina, anticipando el desastre, intentó detener la conversación.

—Fernando, no empieces… —¡Es que es cierto!

Mira ese chimpancé de ahí —señaló a un mono que los observaba con una expresión extrañamente familiar—.

¡Tienen la misma cara de “no sé qué está pasando, pero igual finjo que mando”!

Jacinto bufó indignado.

—¡¿Me estás comparando con un mono?!

—No con cualquiera.

Con ese en particular.

El chimpancé, como si entendiera lo que pasaba, giró la cabeza y observó a Jacinto con la misma expresión de incredulidad.

Jacinto, herido en su orgullo, decidió demostrar que podía dominar a los primates.

—¡Apuesto a que puedo hacer que ese mono haga lo que yo quiera!

Josefina puso los ojos en blanco.

—Por favor, no hagas una estupidez… Pero ya era tarde.

Jacinto tomó un plátano de un puesto de comida y se lo mostró al mono.

—¡Ey, amigo!

¿Quieres esto?

El chimpancé pareció interesarse.

Se acercó a la reja y extendió la mano.

Fernando rió.

—¡Mira, tu hermano te entiende!

Jacinto, molesto, decidió ir un paso más allá.

Vio que el cuidador de los monos había dejado sus llaves sobre un banco y las tomó discretamente.

—¡Voy a demostrarte que hasta puedo hacer que me dé la mano como un caballero!

Click.

La jaula se abrió.

Josefina se puso pálida.

—Jacinto… Dime que no hiciste lo que creo que hiciste.

Pero antes de que pudiera responder, el mono se lanzó hacia la puerta… y la dejó abierta para sus amigos.

En cuestión de segundos, diez chimpancés estaban corriendo libres por el zoológico.

— Caos en el zoológico Los visitantes gritaban y corrían en todas direcciones mientras los monos se adueñaban del lugar.

Uno robó un carrito de helados y lo empujó colina abajo, mientras otro se subía a un coche de golf y empezaba a tocar la bocina sin parar.

—¡Esto es un desastre!

—gritó Josefina, agarrándose la cabeza.

—¡Corre, Jacinto, corre!

—gritó Fernando, viendo cómo un chimpancé lo señalaba con una mirada vengativa.

Jacinto intentó cerrar la jaula, pero los monos eran más listos.

Uno le tiró una cáscara de plátano en la cara y otro le robó la gorra.

—¡ME ESTÁN HUMILLANDO!

—gritó Jacinto.

—No, Jacinto.

Te están haciendo justicia.

Josefina sacó su teléfono y marcó a la comisaría.

—¡Necesitamos refuerzos!

— Los inspectores entran en acción Patricia y Adolfo llegaron al zoológico con caras de incredulidad.

—Dime que esto es una broma —dijo Adolfo, viendo cómo un mono tomaba control del micrófono de la entrada y empezaba a gritar incoherencias.

Patricia sacó su libreta.

—Muy bien, tenemos un caso de evasión animal con alteración del orden público.

—¿Sabes lo que eso significa?

—¡Sí!

¡Que me voy a subir a un cochecito de golf para perseguir monos!

Adolfo intentó detenerla, pero Patricia ya estaba arrancando el coche y persiguiendo a los chimpancés como si estuviera en una persecución de película de acción.

—¡DETÉNGANSE, CRIMINALES PELUDOS!

Los monos saltaban por todos lados, esquivándola con agilidad.

Uno incluso le lanzó una caja de palomitas a la cara.

—¡ESTO ES GUERRA!

Adolfo se llevó las manos a la cara.

—Voy a fingir que no la conozco.

Mientras tanto, Fernando, Josefina y Jacinto intentaban atraer a los monos de vuelta a su jaula.

—¡Dales plátanos!

—gritó Josefina.

—¡No funciona!

¡Ahora quieren nachos y refresco!

—respondió Jacinto.

Al final, Patricia logró atrapar al líder de los chimpancés usando una bolsa llena de churros como carnada.

Los demás lo siguieron y entraron en la jaula de nuevo.

Click.

Jaula cerrada.

Caso resuelto.

Ramírez llegó en ese momento, con su clásica cara de “no sé por qué sigo trabajando aquí”.

—¿Alguien me puede explicar qué pasó?

Jacinto levantó la mano tímidamente.

—Fue culpa de Fernando.

Fernando protestó.

—¡¿MI CULPA?!

¡TÚ ABRISTE LA JAULA!

Patricia tomó su libreta.

—Voy a escribir un informe muy detallado.

Adolfo suspiró.

—Con tal de que no menciones un “tigre en celo” otra vez… Los monos observaron desde su jaula, probablemente burlándose de ellos en su idioma simiesco.

San Solano tenía muchos criminales.

Pero, definitivamente, nadie esperaba que los siguientes en la lista fueran un grupo de chimpancés vengativos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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