Un crimen no organizado - Capítulo 31
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31: Cap 31: Un Día en el Tribunal 31: Cap 31: Un Día en el Tribunal Tras el desastroso incidente en el zoológico, la policía de San Solano no tuvo más remedio que tomar medidas.
La ciudad exigía justicia.
Y cuando la ciudad exigía justicia, alguien tenía que pagar… Así que Jacinto, Fernando y Josefina fueron citados a comparecer ante el juez.
— El Juicio Más Ridículo del Año En el Tribunal de San Solano, todo era un caos.
La gente murmuraba, los periodistas tomaban fotos y, para colmo, había un chimpancé sentado entre el público, como si fuera testigo del crimen.
—No me lo puedo creer… —susurró Josefina—.
¿Vamos a ser juzgados por liberar unos monos?
—¡Sí, y con público!
—exclamó Fernando, emocionado—.
¡Esto es mejor que un reality show!
Jacinto, por otro lado, estaba en pánico.
—¡Podemos ir a la cárcel por esto!
—Tranquilo, Jacinto.
—Josefina le dio unas palmaditas en la espalda—.
Si nos condenan, seguro nos mandan a limpiar jaulas… o peor, a convivir con los monos.
Jacinto se puso pálido.
—¡NO PUEDO VOLVER A VER A ESE MONO!
¡ME JUZGA CON SU MIRADA!
Fernando se echó a reír.
—Bueno, técnicamente, ya nos está juzgando.
Y tenía razón.
El chimpancé líder del zoológico estaba sentado en la primera fila, con cara de satisfacción.
Parecía disfrutar el espectáculo.
— El Juez Ramírez Cuando el juez entró, todos se pusieron de pie.
Y para sorpresa de nadie… era Ramírez.
—¿Por qué no me sorprende?
—murmuró Adolfo, sentado entre el público.
Patricia, a su lado, tomaba notas como si esto fuera la mejor película del mundo.
Ramírez, con su eterna cara de cansancio, se frotó las sienes y miró a los acusados.
—A ver… Jacinto, Fernando, Josefina… ¿cómo lograron convertir un paseo por el zoológico en un caso judicial?
Jacinto intentó defenderse.
—Señoría, todo comenzó cuando Fernando dijo que yo me parecía a un mono.
Ramírez cerró los ojos con frustración.
—Ya empezamos mal.
Fernando alzó la mano.
—¡Objeción!
¡Yo solo dije la verdad!
—¡No puedes objetar si no eres abogado!
—exclamó Josefina.
—Bueno, pues entonces me autoproclamo abogado defensor.
Jacinto lo miró horrorizado.
—¿¡QUÉ!?
—Tranquilo, Jacinto.
He visto muchas películas de juicios, sé exactamente qué hacer.
Josefina suspiró.
—Nos vamos a pudrir en la cárcel.
— Un Abogado Poco Convencional Fernando se puso de pie, ajustándose la chaqueta imaginaria.
—Señoría, pido que se retiren los cargos contra mis clientes.
¡Son inocentes!
Ramírez lo miró con incredulidad.
—¿Tus clientes?
—¡Sí!
Jacinto y Josefina.
¡Yo me represento solo!
Jacinto se hundió en su asiento.
—Estamos condenados… Ramírez resopló.
—Muy bien, “abogado”.
Explica por qué no deberían ir a prisión.
Fernando se aclaró la garganta y se paseó por la sala como en una película de abogados.
—Caballeros y damas del jurado… —No hay jurado.
—interrumpió Ramírez.
—Caballeros y damas imaginarios del jurado… Ramírez se masajeó las sienes.
—Que alguien traiga una aspirina.
Fernando siguió con su discurso.
—Lo que sucedió en el zoológico no fue un crimen… ¡Fue un accidente!
¡Un lamentable malentendido entre especies!
El chimpancé en la primera fila asintió, como si estuviera de acuerdo.
—Además, mis clientes fueron víctimas del sistema.
¿Por qué un zoológico deja las llaves de las jaulas tan accesibles?
¡Si no fuera por eso, nada habría pasado!
Josefina levantó una ceja.
—¿Tu defensa es culpar al zoológico?
—Exacto.
Caso cerrado.
Ramírez soltó un suspiro agotado.
—¿Algo más?
Fernando sonrió con confianza.
—Sí.
¡Llamo a un testigo clave!
—¿Quién?
Fernando se giró dramáticamente hacia la primera fila.
—¡Al chimpancé líder!
Todos en la sala se quedaron en silencio.
Jacinto se llevó las manos a la cara.
—¡Por favor, que me caiga un rayo!
Ramírez se frotó los ojos.
—Que quede registrado en actas… que este juicio ha llegado a un nuevo nivel de ridiculez.
El chimpancé saltó al estrado y empezó a hacer ruidos incomprensibles.
Fernando asintió seriamente.
—Su testimonio es claro.
Él nos perdona.
Ramírez apoyó la cabeza en el escritorio.
—…Voy a fingir que esto no está pasando.
— El Veredicto Después de una larga sesión de argumentos ridículos, testigos inusuales y un intento fallido de subornar al juez con bananas, llegó el momento del veredicto.
Ramírez miró a los acusados con el ceño fruncido.
—Les voy a dar una última oportunidad.
Los tres contuvieron la respiración.
—No van a ir a prisión… Jacinto suspiró aliviado.
—¡Gracias, su señoría!
—¡Pero van a hacer servicio comunitario en el zoológico durante un mes!
Jacinto se congeló.
—¿QUÉ?
—Sí.
Van a limpiar jaulas, alimentar animales y asegurarse de que ningún otro idiota vuelva a liberar monos.
Fernando se encogió de hombros.
—Podría ser peor.
Josefina suspiró.
—Ya estamos acostumbrados.
Adolfo y Patricia aplaudieron desde el público.
—Un final justo.
—dijo Patricia.
—No, un final justo sería que los enjaulen con los monos.
—respondió Adolfo.
El chimpancé los miró con una sonrisa burlona.
Jacinto lo señaló con furia.
—¡TÚ GANASTE ESTA VEZ, PERO VOLVERÉ!
Ramírez dio un golpe con el mazo.
—¡Caso cerrado!
Y así, San Solano evitó el juicio más absurdo de la historia… por ahora.
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