Un crimen no organizado - Capítulo 32
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32: Cap 32: Guerra en el Zoológico 32: Cap 32: Guerra en el Zoológico San Solano tenía muchas cosas cuestionables: calles llenas de baches, semáforos que funcionaban cuando querían y una comisaría donde los policías pasaban más tiempo peleando con la máquina de café que resolviendo crímenes.
Pero lo que nadie podía negar era que su zoológico era una de las atracciones más importantes de la ciudad.
Por eso, cuando Jacinto, Fernando y Josefina fueron condenados a trabajos comunitarios ahí, el desastre estaba asegurado.
Todo empezó porque Fernando dijo que Jacinto se parecía a uno de los chimpancés.
Jacinto, ofendido, trató de demostrar que era más inteligente que un mono.
Y como era de esperarse, falló rotundamente.
Lo que nadie vio venir fue que, por culpa de su discusión, terminarían liberando a un grupo de chimpancés y casi siendo devorados por los leones.
Pero vayamos por partes.
— Misión 1: La Rebelión de los Monos El día empezó con Jacinto, Fernando y Josefina llevando cajas de bananas a la zona de los primates.
—Oye, Jacinto, te pareces mucho a ese chimpancé de allá —dijo Fernando, señalando a un mono que los miraba con una ceja levantada.
Jacinto resopló.
—¡Yo no me parezco a ese bicho!
—Sí, sí te pareces —insistió Fernando—.
La misma expresión de “no sé qué está pasando pero lo intento disimular”.
—¡Te apuesto a que puedo hacer algo que este mono no puede hacer!
—dijo Jacinto, hinchando el pecho.
—¡Ja!
Acepto la apuesta —respondió Fernando—.
Veamos quién es más listo.
Jacinto miró alrededor y vio una escoba apoyada en la valla de los chimpancés.
—¡Voy a demostrar que soy más inteligente que ellos!
Y como siempre, Jacinto hizo lo peor que podía hacer en ese momento: se acercó demasiado a la jaula, tropezó con su propio pie y cayó sobre el panel de control.
Se escuchó un “CLANK”.
—Por favor, dime que no hiciste lo que creo que hiciste —susurró Josefina.
Pero sí.
La jaula de los chimpancés se abrió completamente.
En menos de tres segundos, los monos salieron disparados como balas de cañón, trepando postes, robando comida y lanzando cáscaras de plátano a todo el que se cruzaban.
—¡NOS VAN A MATAR!
—gritó Fernando.
—¡CORRAN!
—chilló Josefina.
Jacinto intentó presionar el botón de cierre, pero un chimpancé se lo arrebató y se puso a jugar con él.
—¡Dame eso, maldito mono!
El chimpancé huyó con el botón y, por si fuera poco, le sacó la lengua a Jacinto antes de desaparecer entre los árboles.
El director del zoológico llegó corriendo, con la cara roja de furia.
—¡¿QUÉ HICIERON?!
—Fue Jacinto —dijeron Fernando y Josefina al mismo tiempo.
Los chimpancés corrían como locos por todo el zoológico, asustando a los visitantes y robando cualquier cosa brillante que encontraban.
Uno de ellos se puso un sombrero de turista y empezó a tomar fotos con una cámara robada.
Otro se robó las llaves de un carrito de golf y salió manejando como si estuviera en una película de acción.
El director se llevó las manos a la cabeza.
—Voy a perder mi trabajo… —Bueno… al menos no hemos soltado a los leones —dijo Fernando, tratando de ser optimista.
Pero habló demasiado pronto.
— Misión 2: El Desastre con los Leones Después del incidente con los chimpancés, los obligaron a hacer limpieza en la jaula de los leones como castigo.
—No puede ser tan difícil —dijo Jacinto, entrando con una escoba.
Josefina lo miró como si fuera un idiota.
—Sí, porque limpiar la jaula de uno de los depredadores más peligrosos del planeta es un paseo en el parque.
Fernando agarró la manguera con manos temblorosas.
—Solo asegurémonos de que la puerta esté bien cerrada… Jacinto resbaló con una cáscara de plátano y cayó sobre la palanca de seguridad.
“CLANK”.
Josefina lo miró fijamente.
—Dime que no acabas de abrir la puerta de los leones.
Jacinto se puso pálido.
—Ehhh… Dos enormes leones asomaron la cabeza desde el otro lado de la jaula.
—ESTAMOS MUERTOS —gritó Fernando.
Josefina agarró la manguera y la apuntó a los leones.
—¡Ni un paso más!
Uno de los leones gruñó.
Fernando levantó las manos.
—Vale, vale, sin agua… entendido… Jacinto se arrastró hasta la palanca y la jaló con todas sus fuerzas.
La puerta se cerró justo a tiempo, dejando a los leones del otro lado.
Los tres se quedaron jadeando en el suelo, mientras los leones los miraban con cara de “¿qué les pasa a estos idiotas?”.
El director apareció en la puerta en ese mismo instante.
—¡¿QUÉ HICIERON AHORA?!
—Casi nos comen los leones… —dijo Jacinto con una sonrisa nerviosa.
El director cerró los ojos y respiró hondo.
—Voy.
A.
Perder.
Mi.
Trabajo.
— Misión 3: La Máquina de Café Asesina Después de la catástrofe en la jaula de los leones, los tres estaban agotados.
—Necesito un café —dijo Fernando, tambaleándose hasta la máquina del zoológico.
Pero la máquina de café tenía otros planes.
Cuando Fernando intentó presionar el botón de “expreso”, la máquina comenzó a temblar violentamente.
—Ehh… ¿por qué hace eso?
—¿Estás seguro de que es una máquina de café y no un robot asesino?
—preguntó Josefina.
De repente, la máquina explotó, lanzando café hirviendo en todas direcciones.
Jacinto gritó como un niño pequeño.
—¡ATAQUE QUÍMICO!
El director los encontró cubiertos de café, con cara de trauma absoluto.
—Ya no sé si despedirme o llamar a un exorcista.
Jacinto se limpió la cara con la manga.
—Si nos despide, perderá toda la emoción de su zoológico.
El director lo fulminó con la mirada.
—¡¡LARGO DE AQUÍ!!
— Conclusión: Nunca Más Después de ese día, los tres juraron no volver al zoológico en sus vidas.
—Bueno, al menos no terminamos en el hospital —dijo Fernando, tumbado en un banco.
Jacinto se quedó pensativo.
—Oye… ¿y si mañana intentamos montar un elefante?
Josefina le lanzó una esponja en la cara.
Y así terminó su desastrosa aventura en el zoológico de San Solano… Por ahora.
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