Un crimen no organizado - Capítulo 33
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- Capítulo 33 - 33 Cap 33 El Secuestro del Camión de Helados
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33: Cap 33: El Secuestro del Camión de Helados 33: Cap 33: El Secuestro del Camión de Helados San Solano tenía una larga lista de crímenes absurdos, pero lo que ocurrió aquel día se llevó el premio a la estupidez absoluta.
Todo comenzó porque Jacinto, Fernando y Josefina tenían antojo de helado.
Sí, así de simple.
Y de alguna manera, eso terminó en un secuestro accidental de un camión de helados, una persecución policial y una crisis diplomática con un grupo de niños furiosos.
— Misión 1: El Origen del Problema (O Cómo Todo Se Fue al Demonio) El sol pegaba con fuerza sobre San Solano.
Jacinto, sudando a mares, miró a sus compañeros con desesperación.
—Necesitamos un helado ya mismo.
—Podemos ir a una tienda —sugirió Josefina.
—¡No hay tiempo para eso!
—exclamó Fernando—.
¡Mira mi frente, ya está derritiéndose!
En ese preciso momento, apareció la solución a sus problemas: Un camión de helados dobló la esquina, tocando su campanita como un ángel bajado del cielo.
Jacinto saltó de alegría.
—¡AHÍ ESTÁ!
Los tres corrieron hacia el camión como si hubieran visto agua en medio del desierto.
Pero había un problema.
El conductor del camión estaba discutiendo con un policía de tránsito.
—Señor, su licencia está vencida desde 2003.
—¡Pero eso no significa que no pueda vender helados!
—Significa que no puede conducir el camión, señor.
Jacinto frunció el ceño.
—Si el tipo no puede manejar… ¿eso significa que el camión está abandonado?
Fernando levantó una ceja.
—Jacinto, lo que estás sugiriendo suena ilegal.
—¡No, no, no!
No lo estamos robando… lo estamos… reubicando temporalmente.
Josefina suspiró.
—Esto va a terminar mal.
Y, efectivamente, terminó de la peor manera posible.
— Misión 2: Secuestrando un Camión de Helados Sin Querer Mientras el policía y el conductor discutían, Jacinto vio la oportunidad perfecta.
—Solo vamos a tomar tres helados y nos vamos, ¿ok?
Subieron al camión con la delicadeza de un elefante en una cristalería.
Fernando, emocionado, abrió el congelador.
—¡Hay de fresa, de chocolate, de limón…!
Josefina revisó el tablero del camión.
—Oigan… ¿por qué el motor está encendido?
Jacinto se encogió de hombros.
—No sé, pero eso nos facilita las cosas.
Y entonces sucedió lo peor.
Fernando, el genio de la informática, sin querer, metió el pie en el acelerador.
El camión se disparó hacia adelante.
—¡NOS ESTAMOS MOVIENDO!
—gritó Josefina.
—¡¿QUIÉN ESTÁ MANEJANDO?!
—chilló Fernando.
Jacinto miró el volante.
—Creo que técnicamente soy yo… El conductor del camión y el policía los vieron partir a toda velocidad.
—¡MI CAMIÓN!
—gritó el heladero.
—¡ALTO AHÍ!
—gritó el policía, sacando su radio—.
Tenemos un 10-32… ¡ROBO DE CAMIÓN DE HELADOS!
— Misión 3: La Persecución Más Absurda de San Solano El camión zigzagueaba por la ciudad, derrapando en cada esquina.
—¡¿CÓMO DIABLOS SE MANEJA ESTO?!
—gritó Jacinto, girando el volante como si estuviera en un videojuego.
—¡NO SE TE OCURRA CHOCAR!
—chilló Josefina, aferrándose al asiento.
Varias patrullas de policía comenzaron a seguirlos.
—¡DETÉNGANSE AHORA MISMO!
Fernando miró por el espejo retrovisor.
—Tenemos como… cinco patrullas detrás.
Jacinto tragó saliva.
—O sea que, técnicamente, ahora somos fugitivos.
Josefina se agarró la cabeza.
—¡Todo esto por un helado!
En ese momento, Jacinto intentó girar, pero presionó la bocina sin querer.
El sonido fue una versión horrorosa de “La Cucaracha”.
Los policías frenaron en seco.
—¿Qué demonios…?
Aprovechando la confusión, Jacinto dobló por un callejón estrecho.
El camión pasó por los pelos, dejando a la policía atrás.
—¡JA!
¡ESTAMOS A SALVO!
—gritó Fernando.
—No exactamente… —susurró Josefina, señalando al frente.
Jacinto levantó la vista.
Y ahí estaban.
Un grupo de niños.
Furiosos.
Con palos, piedras y una pancarta que decía “DEVUÉLVANNOS NUESTROS HELADOS”.
— Misión 4: La Rebelión Infantil Los niños rodearon el camión.
Uno de ellos, un niño pecoso de unos ocho años, golpeó la puerta con un bate de plástico.
—¡BAJEN DEL CAMIÓN Y NADIE SALDRÁ HERIDO!
Jacinto sudó frío.
—Estamos en serios problemas.
Fernando trató de razonar con ellos.
—Chicos… entiendan, fue un accidente.
—¡QUEREMOS HELADO!
—gritó una niña con coletas.
La turba avanzó.
—¡HAY QUE HACER ALGO!
—gritó Josefina.
Jacinto pensó rápido.
—¡REPÁRTANLOS!
Abrieron las compuertas del camión y lanzaron helados en todas direcciones.
Los niños gritaron de emoción y se abalanzaron sobre el botín.
Fernando se limpió el sudor de la frente.
—Sobrevivimos… Pero justo cuando pensaban que todo estaba bajo control, apareció el heladero, acompañado por la policía.
El oficial los señaló con el dedo.
—¡ESTÁN ARRESTADOS!
Jacinto intentó razonar.
—Señor agente… técnicamente ya devolvimos los helados.
El policía miró a los niños, todos felices comiendo helado.
El heladero sollozó.
—Se lo comieron… se comieron mi inventario entero… —Bien… —suspiró el policía—.
No los arrestaré… pero les toca pagar los helados.
Jacinto miró a sus compañeros.
—¿Cuánto cuesta cada uno?
—Dos dólares.
Fernando hizo cálculos mentales.
—Había como… ¿300 helados?
Josefina palideció.
—Eso es 600 dólares.
Jacinto trató de sonreír.
—Ehh… ¿aceptan pagos a plazos?
El heladero le lanzó un cono vacío en la cara.
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