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Un crimen no organizado - Capítulo 34

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  3. Capítulo 34 - 34 Cap 34 La Catástrofe en la Biblioteca
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34: Cap 34: La Catástrofe en la Biblioteca 34: Cap 34: La Catástrofe en la Biblioteca San Solano era una ciudad caótica, pero si había un lugar que siempre mantenía la calma, era la biblioteca municipal.

Un santuario de silencio, un refugio para los amantes de la lectura… hasta que Jacinto, Fernando y Josefina entraron en escena.

Todo comenzó porque Josefina quería un libro de cocina.

—Estoy harta de comer pizza congelada —declaró con determinación, arrastrando a sus dos compañeros al edificio.

Jacinto arrugó el ceño.

—¿Para qué aprender a cocinar si la pizza ya viene lista?

Fernando suspiró.

—Déjala, al menos alguien en este grupo quiere mejorar su vida.

Apenas cruzaron la puerta, una sensación extraña los invadió.

Era un sitio demasiado tranquilo.

—Siento que si respiro muy fuerte, alguien me va a lanzar un diccionario en la cabeza —murmuró Fernando.

Josefina ignoró el comentario y se dirigió a los estantes, mientras Jacinto y Fernando exploraban por su cuenta.

El primer problema apareció casi de inmediato.

Un hombre mayor, con lentes gruesos y una mirada de águila, surgió de la nada.

—Aquí no se habla en voz alta.

Fernando pegó un salto.

—¡¿De dónde salió este tipo?!

El bibliotecario lo miró con frialdad.

—Silencio absoluto.

Aquí estamos en un santuario del conocimiento.

Jacinto asintió con aire solemne.

—No se preocupe, señor, seremos como sombras.

(Spoiler: no lo serían).

Josefina estaba ocupada rebuscando en la sección de cocina cuando un sonido inhóspito interrumpió la paz de la biblioteca.

—¡Mira, una máquina de café!

—exclamó Fernando con entusiasmo.

Jacinto sonrió.

—Esto es lo mejor que nos ha pasado hoy.

Fernando sacó una taza de papel y presionó el botón.

Pero en el momento en que iba a darle un sorbo, Jacinto le dio un codazo sin querer.

El café salió volando y aterrizó directamente sobre un libro.

No cualquier libro.

Un libro antiguo, con tapas de cuero, páginas amarillentas y probablemente más valioso que todo el mobiliario de la biblioteca.

Fernando palideció.

—Dime que esto no acaba de pasar.

Jacinto intentó limpiar el desastre con la manga de su chaqueta.

Error fatal.

El café se esparció aún más, y la tinta de las letras empezó a correrse.

Justo en ese momento, Josefina llegó y vio la escena.

—¿Qué hicieron ahora?

Fernando, incapaz de procesar lo ocurrido, solo señaló el libro arruinado.

—Jacinto… destruyó la historia.

Jacinto miró a su alrededor y susurró: —Ok, escóndanlo.

Josefina lo fulminó con la mirada.

—¡¿Qué?!

—¡Mételo entre los libros normales y vámonos antes de que nos descubran!

Pero antes de que pudieran hacer algo, el bibliotecario apareció de nuevo, oliendo el aire como un sabueso entrenado.

—¿ESO ES… CAFÉ?

El hombre vio el libro empapado y quedó en shock.

Su rostro pasó de blanco a rojo en menos de un segundo.

—Ustedes… ¡HAN PROFANADO LA SABIDURÍA!

Toda la biblioteca se volvió a mirarlos.

Un grupo de ancianos los fulminaba con la mirada.

Un estudiante levantó la vista de sus apuntes y murmuró: —No van a salir vivos de aquí.

Josefina agarró a sus compañeros de los brazos.

—¡CORRAN!

Los tres salieron disparados, esquivando estantes y saltando sobre sillas.

El bibliotecario persiguió a Jacinto con un diccionario en la mano, listo para lanzarlo.

—¡REGRESEN AQUÍ, HEREJES DE LAS LETRAS!

Fernando empujó una estantería para bloquear el paso.

—¡Esto no va a detenerlo para siempre!

Jacinto vio la salida y sonrió.

—¡A la puerta, rápido!

Pero antes de que llegaran, tropezaron con un carrito de libros y salieron rodando por el suelo.

Cayeron afuera de la biblioteca, justo cuando la alarma de incendios se activó misteriosamente.

Los rociadores de agua se encendieron.

Los libros se mojaron.

El bibliotecario gritó de horror.

Los tres se levantaron y huyeron sin mirar atrás.

Horas después, se encontraban sentados en un parque, recuperando el aliento.

Josefina los miró con furia.

—Solo quería un libro de cocina.

Fernando se pasó una mano por la cara.

—Bueno… al menos sobrevivimos.

Jacinto sacó un papel del bolsillo y lo leyó en voz alta.

—”Estimados Jacinto, Fernando y Josefina: han sido vetados de la Biblioteca Municipal de por vida.

Atentamente, la dirección.” Silencio absoluto.

Josefina cerró los ojos con frustración.

—O sea que ahora no tengo libro… y ustedes arruinaron el único lugar tranquilo de esta ciudad.

Jacinto se encogió de hombros.

—Tranquila, siempre podemos buscar un tutorial en internet.

Fernando asintió.

—O pedir pizza otra vez.

Josefina los fulminó con la mirada.

—Ustedes… son unos idiotas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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