Un crimen no organizado - Capítulo 35
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35: Cap 35: El Desastre en el Museo 35: Cap 35: El Desastre en el Museo Después del escándalo en la biblioteca, donde casi provocan una revuelta de jubilados enojados, Jacinto, Fernando y Josefina hicieron un pacto: evitar cualquier sitio donde se requiriera silencio, respeto o un mínimo de civilización.
Duraron exactamente dos días antes de romperlo.
—Hoy haremos algo cultural —anunció Josefina con firmeza, cruzándose de brazos frente a sus dos compañeros.
Jacinto frunció el ceño.
—¿Cultural?
¿Como ir a un bar con música en vivo?
—No —dijo Josefina, fulminándolo con la mirada—.
¡Vamos al museo!
Fernando, que estaba recostado en el sofá con la misma energía de una ameba, levantó una ceja.
—¿Seguro que nos dejarán entrar?
Después de lo de la biblioteca, estoy casi convencido de que tenemos prohibida la educación.
—No es una opción.
Vamos.
Sin otra alternativa, los arrastró al Museo de Historia de San Solano.
— EL MUSEO…Y EL INICIO DEL DESASTRE Nada más cruzar la puerta, se encontraron con un guía turístico que tenía la misma energía que una tortuga deprimida.
—Bienvenidos al museo… Esta es la sala de arte precolombino… No toquen nada… —dijo con la emoción de un robot sin batería.
Jacinto se aburrió en cinco segundos.
—¿Cuándo empiezan las cosas interesantes?
Josefina le dio un codazo.
—¡Cállate y presta atención!
Pero Jacinto ya había desconectado el cerebro.
Mientras Josefina intentaba seguir la explicación, Fernando se fijó en una enorme estatua de piedra en medio de la sala.
—Mira esto, Jacinto.
Se parece a ti cuando te despiertas.
Jacinto se cruzó de brazos.
—¿Estás diciendo que tengo el rostro de una escultura antigua?
Fernando asintió.
—Vieja, desgastada y con la expresión de alguien que no ha dormido en siglos.
Jacinto lo fulminó con la mirada.
—Voy a ignorar eso porque no tengo pruebas para contradecirte.
En ese momento, Josefina los vio junto a la estatua y su instinto le gritó que algo iba a salir mal.
—¡Ni se les ocurra tocar nada!
Jacinto, con una sonrisa de autosuficiencia, apoyó la mano en la estatua y dijo: —Josefina, por favor, somos personas civilizadas… Justo en ese instante, la estatua se inclinó ligeramente.
El grupo se quedó en silencio.
El guía turístico también lo vio y por primera vez en su vida expresó emoción.
—¡¿QUÉ HAN HECHO?!
La estatua comenzó a inclinarse más y más, hasta que finalmente se desplomó con un estruendo ensordecedor.
El museo entero tembló.
El polvo se levantó.
El guía gritó.
Jacinto, Fernando y Josefina se quedaron congelados.
—Jacinto… —susurró Fernando—.
Creo que acabas de cometer el crimen arqueológico del siglo.
Josefina, con los ojos fuera de sus órbitas, tiró de ellos.
—¡CORRAMOS ANTES DE QUE NOS METAN EN PRISIÓN!
Los tres salieron disparados, esquivando estantes y saltando sobre bancos de madera.
—¡DETÉNGANLOS!
¡HAN MATADO A UN TESORO HISTÓRICO!
—gritó el director del museo, con la cara roja de furia.
Fernando, intentando huir, resbaló y chocó contra una armadura medieval, que cayó sobre otro guardia.
Josefina se tapó la cara de la vergüenza mientras corría.
Jacinto vio una puerta trasera entreabierta.
—¡Por aquí!
Fernando saltó por encima de un banco.
Josefina se deslizó debajo de una cuerda de seguridad.
Jacinto, confiado, intentó hacer lo mismo… y tropezó.
Rodó por el suelo, golpeó una vitrina de cristal y activó una alarma.
Sonido ensordecedor.
Los visitantes del museo entraron en pánico.
Un guardia trató de agarrar a Jacinto, pero este se escabulló entre un grupo de turistas japoneses.
Fernando y Josefina ya estaban afuera, esperándolo.
Cuando finalmente lograron escapar, se escondieron en un callejón cercano.
—Bien… —dijo Fernando, intentando respirar—.
¿Cuántos lugares nos han prohibido la entrada hasta ahora?
Josefina sacó una lista de su bolso.
—A ver… la biblioteca, el cine, la heladería de Don Pedro, el parque de diversiones y ahora el museo.
Jacinto se encogió de hombros.
—Vamos bien, solo nos falta la alcaldía y habremos conquistado San Solano.
Josefina le lanzó una mirada asesina.
—Si dices una palabra más, te juro que serás una estatua más en este museo.
Fernando suspiró.
—Bueno, al menos aprendimos algo hoy.
Jacinto arqueó una ceja.
—¿Sí?
¿Y qué aprendimos?
Fernando sonrió.
—Que las estatuas caen más fácil de lo que parecen.
Josefina se cubrió la cara de la desesperación.
—Los odio.
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