Un crimen no organizado - Capítulo 37
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- Capítulo 37 - 37 Cap 37 Inundación Detención y una Segunda Oportunidad
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37: Cap 37: Inundación, Detención y una Segunda Oportunidad 37: Cap 37: Inundación, Detención y una Segunda Oportunidad El coche no cayó en la fuente.
Por algún milagro de la física, el vehículo se quedó atascado en el borde, con las ruedas delanteras en el aire y las traseras firmemente plantadas en la tierra.
Silencio absoluto.
Los niños miraban boquiabiertos.
Las madres llamaban a la policía a gritos.
El policía que los perseguía frenó en seco, salió de su coche y se llevó las manos a la cabeza.
—¿Cómo demonios lograron esto?
Jacinto abrió lentamente la puerta y bajó del coche con la dignidad de un rey destronado.
—Eh… ¿examen aprobado?
Josefina se dejó caer contra el asiento, sintiendo que acababa de envejecer diez años en cinco minutos.
Fernando seguía grabando con el móvil, llorando de la risa.
—Esto es mejor que cualquier película de acción.
El oficial se acercó a Jacinto con cara de incredulidad.
—¿Tienes licencia para conducir?
—No… pero mejoré mucho en los últimos cinco minutos —respondió Jacinto con una sonrisa torpe.
—Sí, claro —bufó el oficial—.
Estás detenido.
— UN ARRESTO ANUNCIADO Veinte minutos después, en la comisaría… Jacinto estaba sentado en una silla dura, con cara de niño regañado.
Josefina y Fernando estaban junto a él, esperando que alguien viniera a darles una sentencia.
—Bueno, al menos no nos han esposado —susurró Fernando.
Josefina lo fulminó con la mirada.
—No me hagas hablar, Fernando.
En ese momento, entró el inspector Adolfo, con su habitual cara de pocos amigos.
—No puedo creer que otra vez tengamos a estos tres aquí.
Juanjo, su compañero, asomó la cabeza con una bolsa de palomitas.
—Esto va a estar bueno.
Adolfo arrojó un papel sobre la mesa.
—Jacinto, ¿quieres explicarme por qué intentaste aprender a conducir sin supervisión adecuada y terminaste en una persecución policial?
Jacinto se encogió de hombros.
—Yo diría que fue más una práctica de conducción de alto nivel.
Adolfo cerró los ojos y respiró hondo.
—Miren, lo normal sería que te retuviera hasta que alguien responsable pague la multa, pero sabemos que no tienen dinero.
—Exacto —asintió Jacinto.
—Así que… —continuó Adolfo—, en lugar de pagar la multa, ayudarás en la comisaría durante una semana.
Jacinto se iluminó de emoción.
—¿Voy a ser policía?
—No.
Vas a limpiar los baños.
Silencio.
Fernando rompió a reír.
Josefina no pudo evitar una sonrisa satisfecha.
Jacinto suspiró.
—Me lo merezco.
— EL CASTIGO DE JACINTO Al día siguiente, Jacinto empezó su castigo.
Vestido con un overol naranja y un trapeador en la mano, miraba el baño de la comisaría como si fuera un campo de batalla.
—Bien, soldado Jacinto… —murmuró para sí mismo—.
Es hora de entrar en combate.
Cuando abrió la primera puerta del baño, un hedor insoportable lo golpeó en la cara.
—Dios mío… ¿qué han hecho aquí?
Fernando apareció en la puerta con un refresco en la mano.
—¿Cómo va la vida, Jacinto?
—No hables.
Solo déjame morir en paz.
Josefina llegó poco después, pero en lugar de burlarse, traía algo en las manos.
—Toma, te traje una mascarilla.
Jacinto se la puso de inmediato y suspiró de alivio.
—Eres un ángel, Josefina.
Ella sonrió.
—Sí, sí… ahora ponte a limpiar.
Mientras Jacinto seguía con su tarea, el destino tenía otros planes.
— UN NUEVO DESASTRE Justo cuando Jacinto decidió probar suerte con el trapeador y un cubo de agua con demasiado jabón, Fernando, en su infinita torpeza, resbaló en el pasillo y, al intentar agarrarse de algo, terminó abriendo una de las tuberías.
El agua salió disparada como un géiser.
Jacinto gritó.
Fernando gritó.
Josefina gritó.
—¡CIERRA ESA COSA!
—chilló Josefina, intentando tapar la tubería con las manos.
Pero era demasiado tarde.
En cuestión de segundos, el pasillo se convirtió en un río improvisado.
Adolfo apareció en la puerta, vio el desastre y cerró los ojos con resignación.
—No quiero saberlo.
Pero Juanjo, siempre con su humor ácido, empezó a reírse.
—Bueno, al menos ya no tendrán que limpiar más.
Adolfo le dio un manotazo en la nuca.
—¡Cállate, Juanjo!
— EL GRAN FINAL(POR AHORA) Después de una tarde de caos, gritos y un intento fallido de arreglar la tubería con cinta adhesiva, el desastre finalmente se controló.
Jacinto, Fernando y Josefina fueron obligados a limpiar hasta que la comisaría volvió a la normalidad.
Cuando todo terminó, Jacinto se dejó caer en una silla, agotado.
—Voy a ser sincero… Josefina lo miró con curiosidad.
—¿Sí?
Jacinto suspiró.
—Creo que prefiero que me arresten antes que volver a limpiar un baño.
Fernando asintió con seriedad.
—O peor… aprender a conducir otra vez.
Adolfo los miró con una sonrisa maliciosa.
—Pues tengo buenas noticias.
Jacinto se tensó.
—No me digas que… —Mañana tienes tu segunda lección de conducción… conmigo.
Jacinto se levantó de golpe.
—¿¡QUÉ!?
—Exacto —dijo Adolfo, disfrutando del momento—.
Yo seré tu instructor.
Josefina sonrió ampliamente.
Fernando sacó su teléfono.
—Esto va a ser una obra de arte.
Y así, sin importar cuántos errores cometieran, el caos nunca terminaba para ellos.
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