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Un Dios De La Muerte Como Ningún Otro En Animé World - Capítulo 15

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Capítulo 15: 14. el sello del caos eterno.

POV Hades.

Hades se encontraba inmóvil, erguido en medio de la densa arboleda de su bosque de Mokuton. Los árboles y plantas, creados por su propia voluntad y ahora revitalizados por la incansable labor de Deméter, vibraban con una energía sutil pero palpable. Sus ojos estaban cerrados, y delante de él, un grueso palo de madera se alzaba, firmemente conectado al suelo, sirviendo como un punto de anclaje, un canal para la vasta energía que lo rodeaba.

Estaba intentando el Modo Sabio.

La teoría era sencilla, la ejecución, un abismo de complejidad. Necesitaba absorber la energía natural que impregnaba este peculiar entorno del estómago de Cronos y fusionarla perfectamente con su propio chakra físico y espiritual. El riesgo era inmenso, desequilibra la mezcla y te conviertes en una estatua de piedra, o peor, en un monstruo de carne y roca.

Hades sentía la “naturaleza” del vientre de Cronos pulsando a su alrededor, la vitalidad de la carne, el murmullo de los jugos gástricos, la extraña luminosidad de las formaciones orgánicas, era una energía diferente a la del mundo shinobi que conocía, pero no menos potente. La clave estaba en sintonizar con ella, en dejar que fluyera a través de él sin consumirlo.

El palo de madera en el suelo era una conexión. A través de él, podía sentir las venas de chakra que recorrían los árboles de Mokuton de Deméter, amplificando la energía natural que emanaba de ellos. Su respiración era lenta y controlada, su mente, un lago en calma, observando cada fluctuación en el flujo de energía. Poco a poco, una sensación de inmensidad comenzó a invadirlo, como si el propio universo se expandiera dentro de él. Sus sentidos se agudizaron, cada sonido, cada aroma del bosque se volvía intensamente claro. La presión en su cuerpo, se intensificaba, resonando con la abrumadora energía que ahora buscaba absorber y equilibrar.

A medida que pasaba el tiempo, Hades se mantuvo en su posición, inmóvil como una estatua tallada en la quietud del bosque, su concentración era absoluta, en su mente se había formado un túnel mental que lo aislaba del mundo exterior, mientras la energía natural se arremolinaba a su alrededor, intentando fusionarse con su propio chakra.

Sin embargo, el equilibrio era una bestia caprichosa, en un punto, una grieta minúscula apareció en la piel de su mano derecha, justo donde los nudillos se tensaban alrededor del palo de madera, no la sintió, al estar tan absorto en el proceso de equilibrar las energías en su cuerpo.

Poco después, otra grieta se formó en su mejilla, y luego en su frente. La piel comenzó a secarse y a estirarse de una manera antinatural, como si la humedad estuviera siendo succionada de su cuerpo.

El proceso de absorción de energía natural era más agresivo de lo que había anticipado en este entorno único. La “vitalidad” de kronos no se mezclaba tan dócilmente como el chakra natural del bosque, esta era una energía cruda, elemental, que amenazaba con petrificarlo si no lograba un equilibrio perfecto.

El chakra natural superaba a su chakra físico, y la transformación de su cuerpo era la señal de que estaba absorbiendo demasiada energía natural, desequilibrando la energía natural con su energía física y mental, por lo que su cuerpo puede correr el riesgo de convertirse en parte del propio entorno, un riesgo bastante conocido del Modo Sabio.

Hades gimió, no era un sonido de rendición, sino de pura y cruda agonía, un dolor seco y desgarrador se extendió por su piel, la advertencia inconfundible de que algo estaba terriblemente mal

Las grietas que habían comenzado a formarse en su rostro y manos ahora se sentían como si estuvieran a punto de partirlo, la oleada de energía natural, ese torrente de poder salvaje, lo estaba abrumando, amenazando con petrificarlo, convirtiéndolo en una extensión inerte del paisaje orgánico que lo rodeaba.

Pero Hades no era de los que se rendían con facilidad, su mente, a pesar del dolor, permaneció aguda, una fortaleza inquebrantable en medio de la tormenta energética, con una resolución férrea, concentró toda su voluntad en una única meta, detener la absorción descontrolada,

Era como intentar detener un torrente de agua furioso con las propias manos, no era una tarea fácil sobre todo sin una guía, Hades sabe que necesitaba encontrar la cantidad correcta de energía natural, sin que ésta terminara superando su energía corporal y lo terminé abrumando.

Con un esfuerzo titánico, Hades comenzó a disminuir la entrada de energía natural, tirando de las riendas de la inmensa fuerza que amenazaba con consumirlo, era un acto de puro control, una hazaña peligrosa que requería un balance entre el poder interno y el externo. Poco a poco, muy lentamente, la sensación de sequedad empezó a ceder.

Las grietas en su piel dejaron de extenderse, y un temblor, más de agotamiento que de dolor, recorrió su cuerpo, pero ahora la amenaza de la petrificación retrocedía.

Hades se concentraba en estabilizar el flujo, el dolor de las grietas disminuyendo lentamente. Justo cuando pensó que había encontrado el equilibrio, un nuevo problema surgió, sutil al principio, pero rápidamente alarmante. La sensación de la energía natural fluyendo hacia su cuerpo comenzó a disminuir. No se detuvo por completo, pero la cantidad era insuficiente. Era como intentar llenar un enorme recipiente con un grifo que apenas gotea.

Las grietas en su piel, que habían empezado a sanar, volvieron a aparecer. Esta vez, no por un exceso, sino por una carencia. Su cuerpo estaba en un estado intermedio, demandando una cantidad constante de energía natural que el entorno, a pesar de su vitalidad, no podía proveer al ritmo necesario para el Modo Sabio. El bosque de Mokuton de Deméter era denso, sí, pero la energía natural de Cronos no era tan abundante o “pura” como la de un ecosistema terrestre normal. No podía saturar el ambiente lo suficiente.

Hades intentó compensar, forzando la absorción, pero el resultado era el mismo. Las grietas se extendían, y la sensación de su cuerpo luchando por mantener una forma coherente se hizo insoportable. Después de varios intentos desesperados por ajustar el flujo, el dolor era demasiado. Con un gruñido de frustración y derrota momentánea, Hades soltó el palo de madera, y la conexión con la energía natural se rompió abruptamente. Las grietas en su piel, aunque dolorosas, cesaron su avance.

Hades solo pudo mirar sus manos con una mezcla de impotencia y frustración. Las grietas en su piel, un mapa doloroso de su intento fallido, comenzaron a sanar, desapareciendo a una velocidad visible a simple vista gracias a su inmensa vitalidad divina.

Con un suspiro, caminó hacia una de las bancas hechas de madera, tallada con la misma maestría que un artesano experto. Se sentó, recargando el peso de su cuerpo en el respaldo, y levantó la cabeza para admirar la bella vista de los árboles que lo rodeaban.

A diferencia de los árboles Mokuton normales que él mismo creaba, los árboles de este jardín tenían colores más vivos y sus hojas eran de un verde brillante, casi irreal. A pesar de las condiciones ambientales únicas dentro del vientre de kronos, estos árboles se habían mantenido fuertes y sanos, era un contraste sorprendente, ya que incluso los árboles que él mismo creaba con su Mokuton puro comenzaban a deteriorarse después de un tiempo, razón por la cual tenía que inyectarles su energía Mokuton cada cierto periodo para mantenerlos, la evidencia era clara, la influencia de Deméter había hecho algo especial con la vegetación de este lugar.

Hades bajó la mirada, en sus ojos el brillo de la frustración se hace visible momentáneamente, recorrió con la vista la gran diversidad de plantas y flores que cubrían el suelo del jardín de Deméter, Desde el simple pasto que crecía entre las grietas de la madera hasta las más elaboradas flores bioluminiscentes que se abrían en cascadas de color, Hades podía sentir la energía vital, una pulsación constante que emanaba de cada una de ellas.

“Esto es… la energía natural no es suficiente”, murmuró para sí mismo, la decepción en su voz apenas fue perceptible, la flor que Deméter había cultivado, con su rastro de chakra, había sido un destello de esperanza. Le había hecho creer que este entorno inusual, el vientre de Kronos, podría ser su campo de entrenamiento perfecto para el Modo Sabio. Pero la realidad era más obstinada.

No era solo que la cantidad de energía natural fuera bastante escasa, un caudal débil en comparación con los vastos y turbulentos ríos de energía que había visto en los reinos de la naturaleza de Naruto. Esto causaba que, incluso con su inmensa paciencia y concentración, tuviera que prolongar sus intentos de fusión a solo unos pocos minutos al día. Cualquier intento más largo resultaba en las dolorosas grietas en su piel, una señal clara de que su cuerpo luchaba por compensar la falta de energía externa.

Pero el problema iba más allá de la cantidad. La misma energía vital que sentía emanar de las paredes de carne de Kronos y de las plantas de Deméter era muy diferente a la energía chakra que él conocía, no era la misma “energía natural” del mundo de Naruto, esa fuerza universal que los animales sabios absorbían sin esfuerzo para lograr hazañas increíbles.

Esta energía en el estómago de Kronos era extremadamente diferente a lo que se supone que debe ser era más cruda, más… alienígena, por así decirlo, sin duda era la energía de la vida misma, sí, pero no la energía que su cuerpo estaba diseñado para fusionar directamente con su propio chakra, eso era un requisito obligatorio para poder condensar el chakra sabio.

La epifanía de la flor de Deméter había sido real, pero incompleta. La flor podía contener chakra, incluso crecer con él, pero eso no significaba que el ambiente produjera chakra natural en la densidad y cualidad necesarias para lograr el Modo Sabio, es como tener un campo lleno de baterías recargables, pero sin una fuente de energía adecuada para llenarlas.

Las plantas modificadas requerían un tipo específico de “combustible” para generar energía natural adecuada, y el estómago de Kronos, por más vivo que estuviera, no lo proveía en la forma correcta.

Hades asintió para sí mismo, la frustración dando paso a la claridad. La contemplación del jardín de Deméter y el análisis de la flor especial le habían revelado la verdad. No era una simple escasez de energía lo que frustraba su intento de Modo Sabio, sino una contaminación fundamental.

La razón por la que las plantas no podían generar la energía natural correcta era debido a que la energía vital del estómago de Kronos se mezclaba con la energía ambiental que estas absorbían.

Era como si la fuerza bruta del Titán, su propia esencia vital y divina, estuviera corrompiendo o alterando la pureza del chakra natural que las plantas intentaban producir, el resultado era un chakra natural que no era el “combustible” compatible que su cuerpo necesitaba para fusionar el chakra Sabio. Era diferente al que debería producir una planta común en el mundo shinobi.

Esto significaba que, por muy denso que hiciera el bosque, o por muchas plantas que Deméter cultivara, mientras estuvieran dentro de Kronos, el chakra natural que generaran siempre tendría esta “impureza” o “alteración” que lo hacía incompatible con la técnica del Sabio, era un problema de calidad, no solo de cantidad.

Hades se reclinó en la banca de madera, la comprensión de su problema con el Modo Sabio grabada en su mente. La energía de Kronos no era compatible; estaba “contaminada”. Su mirada se perdió en el dosel de hojas vibrantes del jardín de Deméter, y su mente viajó miles de kilómetros, a un mundo que conocía por fragmentos de historias y cómics: el mundo de Naruto.

Comenzó a reflexionar sobre los tres lugares sagrados de ese mundo, aquellos santuarios legendarios de donde provenía la energía natural más pura y potente, los únicos sitios donde el Modo Sabio podía ser dominado.

Primero, la Cueva Ryūchi, hogar de las serpientes sabias. Recordaba su atmósfera ominosa, su aire cargado con una energía natural salvaje y antigua, era un lugar de pruebas extremas, donde la fuerza vital de las serpientes ancianas infundía cada rincón, una energía que se sentía casi depredadora en su inmensidad.

Luego, el Monte Myōboku, el reino de los sapos sabios, este lugar era diferente, más sereno pero igualmente potente. Allí, la energía natural fluía de forma más armoniosa, casi juguetona, era un entorno donde los sapos vivían en simbiosis con la naturaleza, y esa misma simbiosis creaba una concentración de energía natural tan densa que podía ser absorbida con relativa seguridad, siempre que se tuviera la guía adecuada.

Finalmente, el Bosque Shikkotsu, el misterioso hogar de la babosa Katsuyu, de este lugar, Hades tenía menos información, solo que era tan sagrado como los otros dos y que la energía natural allí estaba ligada a la poderosa babosa sabía.

La clave, se dio cuenta Hades, no era solo la cantidad de energía natural, sino su calidad y, crucialmente, la presencia de seres que la catalizaban y la hacían “compatible”. En los tres lugares sagrados de Naruto, había seres vivos (sapos, serpientes, babosas) con una profunda conexión innata con la energía natural, que no solo la absorbían, sino que la refinaban y la hacían accesible para los humanos. La energía de Kronos era vasta, sí, pero no era “pura” para sus propósitos. Se mezclaba con la esencia misma del Titán.

Deméter, con su jardín, había logrado un efecto similar, pero a una escala minúscula. Sus plantas podían retener algo de chakra, pero no eran suficientes para generar el entorno de alta concentración y compatibilidad que él necesitaba. La energía de Kronos seguía siendo un obstáculo.

Durante la última semana, Hades había estado inmerso en un intento tras otro de dominar el Modo Sabio, utilizando el método que recordaba vagamente. Se había sentado en meditación profunda, intentando fusionar su chakra con la energía natural del entorno de Kronos. Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos incansables y su concentración férrea, no había tenido ningún avance significativo en ese aspecto. La energía del Titán simplemente no era compatible de la manera correcta.

Pero no todo era malo. A pesar del estancamiento en el Modo Sabio, el entrenamiento intensivo había forzado a sus propias reservas de chakra a crecer a pasos agigantados. Había estado expandiendo sus límites, empujando la cantidad y la calidad de su energía interna de maneras que antes no creía posibles. Su fuerza tampoco se quedaba atrás; cada célula de su cuerpo divino se adaptaba, se fortalecía.

Hades abrió su pantalla de estado, la luz azulada flotando ante sus ojos. Los números confirmaban su progreso:

Estado Actual

[Estado]

{Nombre: Hades}

{Dios del Inframundo – Dios del Agua}

{Nivel de potencia: 22.270}

{STR: 460}

{DES: 400}

{VIT: 1.190}

{MAG: 9.400}

{CHA: 35}

{KRA: 46.800}

Puntos: 142

Su ‘Nivel de potencia’ había dado un salto notable en solo una semana, sus atributos físicos, STR, DES y VIT, mostraban un crecimiento constante, haciendo de su cuerpo una fortaleza cada vez más formidable, su MAG (Magia) había superado los 9.000, y lo más impresionante era su KRA (Chakra), que había escalado a 46.800, eso era un aumento de 4.300 en un periodo extremadamente corto de tiempo, recordando al empezar con unas reservas de nivel ‘Jonin’ solo tenía unas pocas cientos de unidades estaba seguro de que ese tipo de aumento era algo con lo que él kage promedio de Naruto solo podría soñar.

Además tenía 142 Puntos disponibles, listos para ser invertidos a su antojo.

La frustración por el Modo Sabio persistía, pero ver estos números le recordaba que no estaba perdiendo el tiempo, incluso sin esa técnica, se estaba volviendo exponencialmente más fuerte, más capaz. El camino hacia su objetivo era largo, pero cada día lo acercaba más a la libertad y a la confrontación final.

Salto de tiempo.

Más tarde ese día, la luz etérea de un Mini Sol artificial que Hades había conjurado comenzaba a atenuarse ligeramente, pintando los alrededores con un resplandor más suave y cálido, anunciaba el final de la jornada de entrenamiento.

Se podía ver a Hades caminando de regreso a su hogar de madera, el suave crujido del suelo bajo sus pies resonando en el silencio relativo del vasto entorno de Kronos.

Al pasar por la entrada principal de su mansión, lo primero que sus ojos divisaron le arrancó una pequeña sonrisa. Deméter estaba allí, su figura enmarcada por el follaje de un árbol bananero de aspecto robusto y frondoso. Sus manos estaban llenas de una cosecha peculiar: plátanos de colores vibrantes, desde un azul eléctrico hasta un rosa chicle, que Hades recordaba haber conseguido del peculiar mundo de Donkey Kong. Era una vista peculiar, pero encantadora, un toque de fantasía en su ya peculiar vida.

“Hola, Deméter”, la saludó Hades con una inclinación de cabeza, el cansancio de su entrenamiento pensando ligeramente sobre él.

Ella levantó la vista al instante, su rostro resplandeciendo con una sonrisa amplia y sincera que ahuyentaba cualquier atisbo de penumbra.

“¡Hermano Hades! ¡Mira, los plátanos ya están listos! ¡Son deliciosos!”, exclamó, extendiendo un brazo con un plátano azul a medio comer para que él lo viera, su voz estaba llena de la alegría simple y contagiosa que siempre la caracterizaba, una bocanada de aire fresco en la intensidad de su día.

Conversaron brevemente sobre las nuevas adiciones al jardín y el sorprendente crecimiento de las plantas. Deméter, como siempre, rebosaba entusiasmo por sus creaciones, compartiendo detalles sobre cómo cada nueva especie se adaptaba y florecía bajo su cuidado. Hades escuchó con atención, ofreciendo comentarios ocasionales, aunque su mente ya divagaba de nuevo hacia sus propios asuntos sin resolver, los misterios del chakra natural de Kronos y la persistente ambición de dominar el Modo Sabio.

Después de la corta pero agradable conversación, Hades asintió una última vez, ofreciéndole otra pequeña sonrisa, y siguió su camino hacia el interior de la mansión. Tenía mucho en qué pensar, y la necesidad de un baño ya era apremiante.

Más tarde ese día, el sol etéreo de Kronos comenzaba a proyectar largas sombras a través de los ventanales de madera de la mansión, tiñendo los interiores con un resplandor dorado. Hades, con el peso de su entrenamiento y la frustración del Modo Sabio aún en su mente, regresaba a sus aposentos.

Al entrar en la mansión, el eco de sus pasos resonó brevemente en el espacioso vestíbulo. Caminó hacia la sala principal, atraído por un leve murmullo proveniente de su interior, allí, encontró a una Hestia recostada, casi fundida con el inmenso sofá de felpa. Sus ojos estaban pegados a un televisor de pantalla plana, donde la imagen de un ágil Jackie Chan realizaba acrobacias imposibles en una película de antaño, Hestia comía gominolas de colores con una concentración tan intensa, sus movimientos tan mecánicos al llevarse la mano a la boca, que ni siquiera se dio cuenta de la presencia de Hades cuando este la saludó de paso con un sutil “Hola, Hestia”. Su única respuesta fue un leve fruncido de ceño, como si el sonido de sus pasos hubiera perturbado momentáneamente la inmersión en la acción.

Hades sonrió levemente. Su hermana menor era un torbellino de energía en el entrenamiento, pero en sus momentos de ocio, podía ser la persona más relajada del universo. No insistió en la interacción, permitiéndole disfrutar de su entretenimiento.

Continuó su ascenso por la gran escalera de madera, sus pasos amortiguados por las alfombras tejidas. Su destino era el baño de su habitación, su santuario privado después de sus agotadoras sesiones de ejercicio, siguió caminando por los largos pasillos del segundo piso, adornados con cuadros que Deméter había colgado, hasta que una puerta en particular, ligeramente entreabierta, llamó su atención, no era la de su baño, sino la de una habitación recién ocupada.

Un suave susurro de tela y un leve tintineo de tacones provenían del interior. Curioso, Hades se detuvo frente a la puerta, su mirada se deslizó hacia la rendija. En el interior, una joven adolescente de cabello dorado que le llegaba justo hasta los hombros, enmarcando un rostro con ojos color violeta y unas cejas afiladas que le daban una expresión de ligera altivez, se probaba un elegante vestido azul. Era su hermana más reciente, Hera.

Hera se movía con una gracia innata, girando lentamente frente a un espejo de cuerpo entero que Hades había invocado para ella. Los tacones, de una altura considerable, alargaban sus piernas mientras posaba, examinando cada ángulo de su reflejo, en la cama, un pequeño caos de distintas prendas de ropa y accesorios se esparcía, prueba de una sesión de vestuario en progreso. En el suelo, varios tipos de zapatos de mujer formaban un montículo brillante, Hera estaba completamente absorta, hipnotizada por su propia imagen, la encarnación misma de la vanidad divina.

“Hola, Hera”, saludó Hades desde la entrada, su voz amistosa y relajada.

Ella no apartó la mirada del espejo de inmediato. Su rostro permaneció inexpresivo por un momento, solo sus ojos violetas se movieron, captando el reflejo de Hades en la esquina superior del espejo.

Fue una mirada plana, una mera inspección de reojo, como si él fuera un mueble más en la habitación. No hubo una sonrisa, ni un reconocimiento verbal, solo un leve asentimiento casi imperceptible antes de que su atención volviera completamente a su propia figura, girando de nuevo para admirar la caída del vestido sobre sus caderas, era un desaire sutil, pero Hades lo notó.

Hades rodó los ojos, aunque una sonrisa se curvó en sus labios. La frialdad de Hera no lo inmutaba en lo más mínimo. “Puff, Diva”, había mascullado, y la verdad de ese pensamiento resonaba con una divertida ironía. Esa actitud, esa pose de indiferencia gélida, no era más que una fachada transparente para alguien como él, que había visto más allá de la superficie de las personas.

De hecho, la “nueva” Hera, con su comportamiento distante y noble, era casi más divertida que su yo anterior. Hades recordó cómo, hace apenas unos tres días en el tiempo lineal de Kronos (aunque en el vientre del Titán el tiempo era más bien una sugerencia), Hera había sido una niña pequeña, una chiquilla que se comportaba de manera bastante altanera y presumida.

“Jajaja”, Hades no pudo evitar reírse entre dientes, el sonido resonando suavemente en el pasillo. La imagen de la pequeña Hera, con su cara redonda y su tono imperioso exigiendo atención, era hilarante. Aquella niña regordeta y mimada era una contradicción directa de la figura esbelta y distante que acababa de ignorarlo.

Aunque ahora se comportaba de manera “fría” y “noble”, Hades sabía que solo trataba de llamar la atención, de ejercer una forma de control o superioridad que creía que le correspondía, era una etapa, una fase en la vida de una diosa inmadura atrapada en un cuerpo adolescente. No le importaba mucho, pero sin duda lo encontraba muy, muy entretenido.

Hades se detuvo en seco, el pensamiento de Hera y su vanidad desbloqueando un recuerdo repentino. “Momento…”, murmuró, la risa anterior desvaneciéndose de su rostro. Imágenes de vestidos y joyas, de colores y brillos, inundaron su mente. Cosas que no recordaba haberle dado a Hera.

Luego, la comprensión golpeó. Esas prendas eran “inútiles” en el sentido práctico, objetos decorativos que había obtenido del gacha. No le servían para su entrenamiento o su supervivencia. Pero, más importante, no deberían haber estado allí, en la habitación de Hera. Él recordaba claramente haberlos guardado. ¿Dónde? En una caja fuerte que había escondido meticulosamente en el armario de su propia habitación.

Un suspiro de exasperación mezclada con resignación escapó de sus labios. La sonrisa volvió, esta vez con un matiz de cansancio. “Pero cómo es que… ¡haa, ¿sabes qué?! No importa, si ella tanto le gustan, pues que se los quede”, finalmente dijo Hades, su voz clara en el pasillo. No valía la pena el esfuerzo de preocuparse por esos detalles. Si a Hera le gustaban y los quería, pues que se los quedara, cualquier forma no le servían de nada. Lo único que le importaba era que no hubiera tocado ninguna de sus pertenencias verdaderamente importantes o, peor aún, sus consolas de juego.

Hades exhaló un suspiro, el leve fastidio por Hera disipándose como el humo. En ese momento, sus deseos eran simples y muy claros. Lo único que anhelaba hacer ahora eran dos cosas: darse un baño caliente y, después, sumergirse en una emocionante partida de Mario Kart. El caos de los Titanes y las frustraciones del Modo Sabio podían esperar.

_________________________________________________

Cambio de escena.

La historia ahora se traslada a un reino completamente diferente.

En las capas más profundas del inframundo, más allá de lo concebible para los mortales e incluso para muchos dioses mayores, existía una dimensión primordial conocida simplemente como el Infierno.

Era un lugar de sufrimiento eterno, un crisol de llamas inextinguibles y sombras danzantes, donde la propia realidad parecía retorcerse bajo el peso del tormento.

En las profundidades abismales del Infierno, sobre una tierra de piedra negra surcada por ríos de magma incandescente, la batalla entre la luz y la oscuridad se desataba con una ferocidad cósmica. Un ejército innumerables de criaturas demoníacas los rodeaba, un coro grotesco de pesadilla: dragones escamosos cuyas sombras se retorcían en el aire caliente, humanoides deformes con miembros alargados y ojos incandescentes, y bestias que desafiaban toda lógica natural, sus formas animales corrompidas hasta la monstruosidad. Sus aullidos y graznidos llenaban el aire sulfuroso, un preludio discordante al cataclismo que se avecinaba.

En el centro de este pandemonio, el ser de luz irradiaba una calma imperturbable. De sus manos emanaban rayos de energía pura, haces de luz concentrada que incineraban al instante a las hordas demoníacas que osaban acercarse demasiado. Con un gesto majestuoso, invocó gigantescas cadenas doradas, tejidas de la propia esencia de la luz, que se extendían como serpientes divinas, aprisionando y desintegrando a las criaturas infernales con un brillo cegador. Cuando los ataques demoníacos se acercaban, barreras de energía cristalina surgían a su alrededor, escudos inquebrantables que repelían garras afiladas y alientos de fuego. Con un parpadeo, se desvanecía y reaparecía en otro punto del campo de batalla, moviéndose a través del espacio con una voluntad divina, dejando tras de sí senderos de luz pura.

Su adversario, un gigantesco demonio de piel roja escamosa, respondía con una furia apocalíptica. De sus fauces brotaban torrentes de fuego negro, llamas tan intensas que hacían temblar el espacio mismo, derritiendo la piedra y evaporando el magma en nubes de humo tóxico. Blandía una espada colosal de aspecto grotesco, su filo bañado en una llama tan oscura que devoraba la luz, dejando tras de sí un vacío de oscuridad palpable. Cada golpe de la espada liberaba ondas de choque de energía oscura que destrozaban el entorno, abriendo profundas grietas en la tierra y aniquilando a los demonios cercanos en explosiones de sombras retorcidas.

El choque entre la luz y la oscuridad era una catástrofe en cada instante. El ser de luz se materializó directamente frente al demonio, lanzando un rayo de energía pura desde la palma de su mano. El demonio rugió, interceptando el rayo con un tajo ascendente de su espada de fuego negro. El impacto resonó como el estallido de mil soles, una explosión atómica que barría el campo de batalla. Ondas de energía destructiva se expandían en todas direcciones, destrozando la materia y vaporizando a innumerables criaturas demoníacas en un instante.

El espacio mismo parecía temblar y distorsionarse, y la onda expansiva incineraba todo ser vivo a varias docenas de millas a la redonda, dejando solo cenizas y el resplandor residual de energías cósmicas en conflicto.

Sin pausa, el demonio se lanzó hacia adelante, desapareciendo en una ráfaga de fuego oscuro y reapareciendo detrás del ser de luz, su espada descendiendo con una fuerza devastadora. Pero el ser de luz ya había anticipado el movimiento, una barrera de energía resplandeciente se manifestó justo a tiempo, deteniendo la hoja incandescente con un chirrido agudo que resonó por todo el Infierno. La tierra negra se convertía en polvo, los ríos de magma se evaporaban, y el aire se cargaba con la esencia de la aniquilación, marcando cada encuentro como un evento de extinción a escala continental.

Con un grito inarticulado de furia, el demonio concentró las llamas negras en su puño libre, lanzando un golpe que distorsionó el aire, un ataque de oscuridad pura que se extendió como una plaga. La luz respondió invocando múltiples cadenas doradas que se entrelazaron, formando una red reluciente que atrapó y disipó la oleada de oscuridad.

Ambos oponentes se empujaron, el suelo bajo ellos se desmoronó, y una nueva explosión, igual de cataclísmica que la anterior, consumió el área.

La batalla en las profundidades del Infierno continuaba con una intensidad implacable, cada choque entre la luz y la oscuridad remodelando el ya desolado paisaje. El ser de luz, aunque enfrentando la furia bruta y la energía caótica de su adversario, parecía mantener una ligera ventaja, su serenidad contrastando marcadamente con la rabia palpable del demonio.

El demonio escarlata, frustrado por la resistencia de su enemigo, rugió, liberando una nueva oleada de fuego negro que se expandió como una ola de aniquilación. Las llamas, imbuidas de una oscuridad palpable, devoraban la escasa luz residual del Infierno, dejando tras de sí un vacío amenazante, el ser de luz respondió con una danza etérea, desvaneciéndose en múltiples imágenes brillantes que danzaban alrededor del torrente de fuego, evitando el impacto directo con una agilidad sobrenatural.

Mientras las llamas negras seguían su curso, incinerando a más de las grotescas criaturas demoníacas que se interponían en su camino, el ser de luz aprovechó la oportunidad para contraatacar.

De sus manos surgieron lanzas de luz pura, proyectiles incandescentes que se movían a velocidades imposibles. Cada lanza impactaba contra el cuerpo escamoso del demonio con la fuerza de un meteoro, dejando tras de sí cicatrices brillantes que humeaban con energía divina. El demonio gritó de dolor y furia, su piel ennegreciéndose brevemente en los puntos de impacto antes de que su propia energía infernal comenzara a reparar el daño.

Blandió su espada de llama negra con una furia redoblada, sus tajos dejando estelas de oscuridad cortante que buscaban desgarrar la forma luminosa de su oponente.

El ser de luz se vio obligado a recurrir a sus barreras de energía con mayor frecuencia. Escudos de luz cristalina aparecían y desaparecían en un instante, interceptando los golpes devastadores de la espada negra con un choque que hacía temblar los cimientos del Infierno. En un momento crítico, la espada logró atravesar una de las barreras, arañando el brazo del ser de luz.

Aunque la herida no era profunda, una leve emanación de oscuridad ondeó alrededor del punto de contacto, una corrupción que la luz pareció repeler con un esfuerzo visible, manifestado en un aumento momentáneo del brillo de su halo.

La respuesta del ser de luz fue inmediata y contundente, invocó una intrincada red de cadenas doradas con extraños símbolos brillando con intensidad, que se abalanzaron sobre el demonio con una inteligencia casi consciente. Las cadenas se enroscaron alrededor de sus extremidades, de sus alas de dragón, apretando con una fuerza imparable. El demonio luchó con todas sus fuerzas, su musculatura escamosa tensándose hasta el límite, pero el agarre de las cadenas de luz era inquebrantable. Mientras estaba inmovilizado, el ser de luz concentró una poderosa descarga de energía en el centro de su pecho, un haz de luz tan brillante que eclipsó momentáneamente las llamas del Infierno.

El impacto fue catastrófico, el demonio aulló de agonía, su cuerpo convulsionándose bajo la intensa energía divina. La carne alrededor del punto de impacto se quemó hasta quedar ennegrecida, y una grieta brillante comenzó a extenderse por su pecho, sin embargo, la resistencia del demonio era tenaz. Con un esfuerzo sobrehumano, logró liberar una explosión de energía oscura desde su interior, forzando la ruptura de algunas de las cadenas doradas y alejando al ser de luz con una onda de choque violenta.

Ambos contendientes se encontraban ahora a una distancia considerable, jadeando por el esfuerzo, aunque la respiración del ser de luz era más una manifestación de su ser energético que una necesidad fisiológica, el paisaje a su alrededor era un testimonio de su poder, cráteres humeantes, extensiones de roca fundida y los restos carbonizados de innumerables demonios.

El ser de luz elevó sus manos, y el halo sobre su cabeza brilló con una intensidad aún mayor, sus cinco puntas lanzando rayos de luz concentrada hacia el cielo infernal. Era una acumulación de poder, una preparación para un ataque de magnitud divina. El demonio, sintiendo el peligro inminente, rugió de nuevo, y la llama negra que rodeaba su espada creció hasta proporciones grotescas, ondulando con una energía oscura y destructiva que hacía vibrar el propio aire del Infierno.

Con un grito silencioso, el ser de luz liberó su ataque. Un torrente de energía pura descendió del halo, un haz de luz tan vasto y poderoso que parecía capaz de purificar el Infierno entero. El demonio se lanzó hacia adelante, su espada de llama negra preparada para interceptar la luz divina en una colisión de fuerzas cósmicas que amenazaba con desgarrar la propia realidad. Cómo sí el destino del mundo, al menos por ese instante, pendía del filo de esa confrontación.

La culminación del cataclismo se manifestó en una explosión final que devoró el ya devastado paisaje del Infierno. La colisión del torrente de luz divina y la espada de llama negra fue un punto de singularidad, una detonación que superó todas las anteriores. El aire se desgarró, la piedra negra se pulverizó en micropartículas, y las reverberaciones sísmicas se extendieron hasta los confines mismos de la dimensión, silenciando por un instante incluso los lamentos de los condenados.

Al instante siguiente, la figura del demonio, ahora conocido como Satanás, fue disparada hacia el suelo como un meteoro carmesí, impactando con una fuerza tal que abrió un nuevo cráter en la piedra negra. Su cuerpo estaba en un estado terrible, más una masa magullada y destrozada que la imponente forma que una vez fue. A través de las abrasadoras heridas que surcaban su piel escamosa, se podían vislumbrar fragmentos de hueso blanco y, en algunos puntos, el brillo húmedo de órganos expuestos, palpitando débilmente bajo la luz infernal. Un hilillo de sangre negra y viscosa se escurría de sus fauces.

Intentó levantarse, sus músculos temblaban con el esfuerzo, pero antes de que pudiera erguirse por completo, una lanza de luz, esbelta y brillante como un rayo concentrado, se materializó en el aire y atravesó su brazo herido, clavándolo al suelo con una precisión implacable. El dolor fue agudo, una agonía punzante que le recordó su derrota.

Cuando levantó la vista, escupiendo un rastro de sangre y bilis, la figura imponente del ser de luz se encontraba de pie frente a él. Su presencia era tan serena y majestuosa como siempre, el halo sobre su cabeza brillando con una intensidad inmutable, a pesar de la batalla que acababa de terminar.

“Ríndete, Satanás”, la figura de luz habló con una voz etérea, profunda como un eco del cosmos, pero impregnada de una autoridad innegable que resonaba en cada rincón del Infierno. “No tiene caso seguir peleando, no te dejaré realizar tus absurdas ambiciones. Esta batalla ha llegado a su fin y tu derrota es absoluta”.

Una risa áspera y gutural brotó del pecho herido del demonio, una burla nacida del desprecio y la locura. “Jejeje, ¿rendirme? Eso jamás pasará, Yahweh”, espetó el demonio, su mirada de odio fijo en la figura de luz. Había pronunciado el nombre de su adversario, el de aquel conocido como Yahweh, el dios de la luz.

“Mi destino es destruir este y todos los mundos, y sumergir a todo ser vivo en la desesperación eterna”, declaró Satanás, su voz, aunque débil, resonaba con una convicción fanática. Sus ojos inyectados en sangre brillaban con una promesa de aniquilación. “Y eso es algo que ni tú, ni ninguno de esos autoproclamados dioses podrá evitar. Mi llegada es inevitable, mi triunfo, el fin de toda esperanza”.

Intentó mover el brazo, pero la lanza de luz lo mantenía clavado. “Sin importar cuántas veces me maten, yo siempre resurgiré de las cenizas. Me levantaré de la nada misma, y me alzaré como el gobernante de todos los mundos, el arquitecto de su perdición”. Exclamó en un éxtasis enfermizo, sin importarle que su peor enemigo estuviera frente a él, victorioso. No sería la primera vez que era derrotado, e incluso asesinado. Había muerto innumerables veces a manos de Yahweh y otros seres celestiales, pero siempre había un hecho definitivo: él siempre volvía, renaciendo de la oscuridad y el caos.

“Adelante, Yahweh, termina de una vez”, dijo finalmente, su voz teñida de un desafío mordaz, mientras miraba con desprecio a los ojos impasibles de la figura de luz. Su espíritu no se doblegaba, incluso cuando su cuerpo yacía quebrado.

La figura de luz no dijo nada. Permaneció completamente inmutable ante el discurso desafiante y desesperado del demonio, su rostro inexpresivo, como un espejo de la eternidad. Una pausa se cernió sobre el campo de batalla, solo rota por el crepitar lejano de las llamas y los gemidos de los demonios moribundos. Finalmente, Yahweh decidió hablar, su voz etérea resonando con una gravedad que parecía sopesar el destino.

“Realmente ya no sé qué hacer contigo, Satanás. Durante miles de años te he dado múltiples oportunidades de enmendarte, de cuando menos considerar el camino que no sea el caos y la destrucción”, la voz de Yahweh tomó un tono más serio, con un dejo de tristeza casi imperceptible, un lamento por un camino nunca tomado. “Pero sigues sin cambiar tus ideales, sin importar cuántas oportunidades te dé para redimirte, para ver la futilidad de tu ira”. Su tono se volvió completamente serio, perdiendo cualquier rastro de pesar. “Tu obstinación es tu propia condena”.

“Eres demasiado peligroso para ser dejado libre, y lo sabes. Tu mera existencia es una amenaza constante para la armonía del cosmos. Incluso ser asesinado solo prolongaría tu inevitable regreso, tu resurgimiento en el ciclo interminable de conflicto”. Yahweh observó a Satanás con una mirada que parecía ver más allá de su forma física, hacia la esencia misma de su ser. “Y el universo no puede permitirse ese riesgo, no más”.

“Por lo que esta vez he preparado algo más para ti”, sentenció Yahweh.

Con esas palabras, el halo sobre la cabeza de Yahweh brilló con una intensidad cegadora. Un gigantesco círculo mágico, intrincadamente grabado con símbolos arcanos que parecían danzar con luz, se extendió sobre la superficie del Infierno, abarcando kilómetros a la redonda. En el cielo, y a los alrededores de las dos figuras, cientos de círculos mágicos más pequeños surgieron de la nada, como estrellas fugaces inversas, de los cuales brotaron cadenas blancas de aspecto fantasmal, etéreas y sin embargo palpables, que pulsaban con una energía divina.

Antes de que Satanás pudiera realizar cualquier acción, antes de que su mente pudiera siquiera concebir una defensa, las cadenas se lanzaron hacia su cuerpo con una velocidad cegadora, un enjambre de luz que lo envolvió por completo. Al entrar en contacto con su cuerpo, Satanás sintió un dolor incomprensible, una agonía que no era física, sino de su propia alma. Su esencia misma era desgarrada y atada por las innumerables cadenas, como si millones de agujas de luz atravesaran su ser.

Intentó desesperadamente arrancar las cadenas que lo rodeaban, sus músculos se tensaron, su furia se desató en vanos intentos de liberación. Pero sin importar lo que hiciera, era incapaz de deshacerse de ellas. Se sentían como si estuvieran tejidas del propio tiempo y espacio. A medida que pasaban los instantes, Satanás pudo sentir cómo su poder, ese vasto y terrible poder que hacía temblar mundos, poco a poco era suprimido por un efecto de sellado ineludible. Sus alas de dragón se encogieron, sus cuernos se retrajeron, y el aura de destrucción que lo envolvía se desvaneció.

Satanás vio con horror e impotencia cómo su cuerpo era privado de su poder y reducido a un estado de debilidad impensable. Su forma colosal, la de una montaña de carne y fuego, comenzó a encogerse. La piel escamosa se suavizó, los músculos disminuyeron, hasta que llegó a medir no más que la altura de un humano por encima del promedio. Se sentía impotente, despojado de su gloria, pero no pudo hacer nada para evitarlo. La voz de Yahweh, ahora tan clara como un eco, resonaba en su mente: “Los sellos que puse en tu cuerpo suprimen la mayoría de tu fuerza”.

El dios de la luz, Yahweh, se paró a la distancia, observando el proceso. No había un signo de emoción en su rostro, ni triunfo ni pesar, solo una resolución inquebrantable. Cuando el proceso terminó, el entonces temible demonio se había reducido a solo una sombra de lo que alguna vez fue, un ser apenas capaz de mantenerse en pie.

“¡T-tú! ¡¡¿QUÉ MIERDA ME HICISTE?!!” exclamó Satanás, su voz ahora era un rugido estrangulado, despojado de su antigua resonancia. En un estallido de ira desesperada, su cuerpo, aún débil, se encendió en llamas negras, una última chispa de su antiguo poder. Se abalanzó en un ataque frenético sobre su enemigo.

¡Pum!

Pero para su sorpresa y horror, la figura de luz, Yahweh, en un movimiento seco y sin el más mínimo signo de esfuerzo, atrapó su puño envuelto en llamas. La fuerza del demonio era tan irrisoria ahora que Yahweh apenas si se inmutó.

Yahweh le dedicó una mirada profunda, una mirada que parecía penetrar en lo más hondo de su ser, y luego dijo: “He sellado tu poder. Los sellos que puse en tu cuerpo suprimen la mayoría de tu fuerza. Ya no eres la amenaza que alguna vez fuiste”.

Con esas palabras, la figura de dios se dio la vuelta, el halo sobre su cabeza brillando con un propósito final. Comenzó a elevarse lentamente hacia el cielo del Infierno, dejando a Satanás, débil y humillado, postrado en la tierra quemada. “Y esas cadenas que te ataron”, continuó Yahweh, su voz resonando en el aire mientras ascendía, “se asegurarán de que nunca vuelvas a salir del Infierno”.

“Nunca volverás a ser una amenaza para nadie.” Con eso dicho, su figura, a una gran velocidad, se elevó hacia arriba, saliendo de los confines del Infierno. Cuando llegó a las capas más profundas del Inframundo, justo sobre el portal dimensional que conectaba con el Infierno, extendió una mano hacia abajo. Con ese gesto, su aureola se iluminó con una potencia inmensa, y una masiva cúpula de luz cubrió toda la superficie del terreno de la dimensión del Infierno. Era una poderosa barrera, tejida de luz y energía divina, llena de símbolos arcanos y miles de capas de protección, que separaría el Infierno del resto del Inframundo, sellándolo para siempre.

Al ver la inminente clausura de la cúpula de luz, la desesperación y la furia se apoderaron de Satanás. Con un último rugido que apenas fue un graznido, concentró la poca energía que le quedaba, un destello moribundo de su antiguo poder, y disparó su cuerpo hacia el cielo. Era un intento desesperado, una flecha de furia que buscaba alcanzar a la figura ascendente de Yahweh antes de que la barrera de luz sellara su prisión eterna.

Se elevó con una velocidad sorprendente, rompiendo la inercia de su debilidad. Las llamas negras que aún chisporroteaban en su piel se avivaron con su voluntad, impulsándolo hacia la difusa línea donde el Infierno se encontraba con el Inframundo superior. Estaba a punto de cruzar, a un aliento de la “libertad” ilusoria que representaba la salida, cuando de repente, su cuerpo se detuvo en seco.

No fue Yahweh quien lo detuvo. Fue la propia barrera. Su alma fue jalada con una fuerza ineludible por innumerables cadenas espectrales, blancas y translúcidas, que emergían de la cúpula de luz que se cerraba. Estas no eran las cadenas físicas de antes; estas eran ataduras etéreas, diseñadas para aprisionar la esencia misma de un ser. Las cadenas se aferraron a su espíritu, desgarrando su alma con una agonía que superaba cualquier dolor físico que hubiera experimentado. Un grito desgarrador, un lamento de desesperación pura, brotó de su garganta, resonando mientras era arrastrado de nuevo hacia las profundidades que Yahweh le había asignado.

Al ver lo ocurrido, al sentir la impotencia absoluta y la traición de su propia ambición, la furia de Satanás ya no pudo ser contenida. Su cuerpo convulsionó en el suelo, y a pesar de su debilidad extrema, su voz se alzó en un alarido de odio que pareció hacer vibrar los pilares mismos del Infierno, agitando el aire sulfuroso con la vehemencia de su despecho.

“¡¡¡MALDITO SEAS, ELOHIM YAHWEH!!!” rugió, su voz, aunque quebrada y áspera por la debilidad, llevaba el peso de milenios de odio acumulado. “¡¡¡Ju-juro por mi sangre y la de mis descendientes, por la desolación de este infierno que ahora me encierra, que un día me arrastraré de entre las cenizas de esta prisión!!! ¡¡¡Me abriré paso a través de tus míseros sellos, Yahweh, y ascenderé de nuevo a los cielos que me negaste!!!”

Sus ojos ardían con una promesa de venganza que helaría la sangre de cualquier mortal. “¡¡¡Y cuando lo haga, te juro que te haré pagar, no con una muerte rápida, sino con una eternidad de agonía y sangre!!! ¡¡¡Cada lágrima que he derramado, cada fragmento de poder que me has arrebatado, cada día de esta maldita prisión, te será devuelto multiplicado por un millar!!! ¡¡¡Verás el universo arder, Yahweh, y te regocijarás en tu impotencia mientras yo lo convierto en polvo!!! ¡¡¡Recuérdalo, maldito Dios, mi regreso es inevitable y tu caída, mi gloriosa venganza!!!”

Su promesa de venganza, cargada de una malevolencia infinita, flotó en el aire, una semilla de malevolencia sembrada en la eternidad del Infierno, destinada a germinar en el tiempo.

Pero eso es historia para otro momento.

Fin.

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Dios abrahámico – Elohim yahweh – Dios sagrado – Sagrado todo poderoso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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