Un Dios De La Muerte Como Ningún Otro En Animé World - Capítulo 16
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Capítulo 16: 15.
Salto de tiempo cuatro años.
En la vasta extensión de las oscuras profundidades del estómago de Kronos, donde las paredes orgánicas pulsaban con una luz tenue y el aire era denso y cálido, se alzaba ahora una estructura monumental.
No era una creación de madera o carne, sino una colosal estructura de piedra, un estadio de combate forjado puramente de piedra y tierra. Sus paredes de tierra compactada se elevaban en gradas concéntricas, capaces de albergar a una audiencia de cientos de personas. El aire vibraba con una tensión silenciosa, un preludio a la explosión de poder que estaba a punto de desatarse.
Dentro de la arena circular, hecha del mismo material endurecido y pulido, se podían divisar dos siluetas moviéndose a una velocidad vertiginosa, apenas un desenfoque para el ojo mortal, mientras rodeaban a una única figura en el centro.
Una de las siluetas pertenecía a un hombre joven, alto y de complexión corpulenta, con un cabello negro azabache que le llegaba hasta la espalda, atado en una cola de caballo baja. Vestía ropas de artes marciales de color negro, simples pero resistentes, sujetas por un cinturón de cuero oscuro que acentuaba su poderosa cintura.
En sus manos sostenía un arma formidable: un tridente de guerra. No era el típico tridente de hierro; este estaba forjado de un cristal marino oscuro y opaco, casi negro, que absorbía la luz en lugar de reflejarla, dándole un aspecto abisal y misterioso. Tres puntas afiladas como navajas emergían de una empuñadura robusta, adornada con patrones que evocaban el fulgor de una tormenta eléctrica lejana. (Tridente de Minecraft)
Cuando era blandido, un hilo de energía invisible, se extendía desde su base, una conexión inquebrantable con su portador. Este hilo no era solo un lazo; era un conducto, permitiendo que el arma regresara a la mano de su dueño con un tirón imperceptible de su voluntad, sin importar la distancia o el obstáculo. Este era la última incorporación a la familia de los hermanos olímpicos, Poseidón, el Dios del Mar.
La segunda figura, de baja estatura y cabello negro azabache amarrado en dos coletas que rebotaban con cada movimiento, era la ya conocida Hestia. Vestida con un uniforme de karate de un rojo vibrante, sus movimientos eran fluidos y letales. En sus manos se podían ver dos guanteletes de color dorado que crepitaban con energía mágica, pequeños rayos de luz danzando sobre su superficie, como si contuvieran una tormenta en miniatura.
Ambas personas continuaron moviéndose velozmente en círculos, sus miradas firmemente puestas en la figura vestida de morado que permanecía en el centro de la arena. Era un hombre de aspecto joven, con un cuerpo delgado pero fuerte y musculoso, esculpido por incontables horas de entrenamiento. Su cabello negro era corto, recién cortado, y donde deberían estar sus ojos, tenía puesta una gruesa venda negra que nublaba por completo su vista. A pesar de su ceguera aparente, su postura era de una calma absoluta, una columna inquebrantable en el ojo de la tormenta. Este era el mismísimo Hades, el Dios del Inframundo.
Mientras las figuras en la arena de combate seguían moviéndose en un torbellino de velocidad, a lo lejos, en las gradas de tierra, se podían ver las figuras de dos mujeres mirando el espectáculo. Eran Deméter, con su aura de vida y calma, y Hera, observando con una mezcla de curiosidad y la familiar altivez que Hades conocía tan bien. Su presencia añadía un toque de solemnidad a este entrenamiento.
De vuelta en la arena, el zumbido de Hestia y Poseidón se intensificó. Seguían dando vueltas a velocidades asombrosas alrededor de la figura inmóvil de Hades, la tensión acumulándose con cada segundo que pasaba. El aire crepitaba con la energía de sus movimientos, levantando pequeñas nubes de polvo de tierra que se disipaban tan rápido como se formaban.
Entonces, Hestia rompió el silencio con un grito agudo y lleno de energía: “¡Ahora, Poseidón!”
Con esa señal, las dos figuras se abalanzaron sobre Hades, con una sincronización perfecta.
Hestia, su pequeña figura envuelta en un aura naranja vibrante, con pequeños rayos crepitando a su alrededor como una tormenta contenida, se lanzó a gran velocidad. El suelo de tierra bajo sus pies se rompió en pequeñas explosiones con cada zancada, pulverizándose bajo la pura fuerza de su impulso.
Dobló su brazo, preparando un golpe que prometía ser devastador, su puño recubierto con la energía acumulada del One For All, una habilidad que había dominado hasta límites insospechados en estos años. No era solo fuerza bruta; era una oleada explosiva de poder concentrado, capaz de aplastar cualquier obstáculo.
Por otra parte, el ahora nombrado Poseidón se manifestó a las espaldas de Hades con una rapidez asombrosa, su tridente de cristal marino listo. Apuntó con las tres puntas afiladas, preparándose para apuñalar a Hades ante cualquier intento de esquivar a Hestia, cubriendo la retirada y asegurando que su hermano no tuviera escapatoria.
Cuando el golpe de Hestia, un impacto de energía naranja que distorsionaba el aire, estaba a punto de impactar contra el pecho de Hades, este reaccionó. No se movió hacia atrás, ni hacia los lados de forma convencional. En un movimiento que desafiaba la anatomía humana, Hades dobló su cuerpo hacia un lado en un ángulo antinatural, casi dislocándose la columna, con una fluidez que recordaba al agua misma.
La técnica no solo le permitió esquivar el puñetazo de Hestia por apenas milímetros, sino que también desequilibró el potente ataque de su hermana, que silbó inofensivamente en el aire. El impacto de su golpe, sin objetivo, creó una onda de choque que barrió la arena.
Pero el asalto no terminó ahí. Cuando el ataque de Hestia falló, Poseidón, con la precisión de un depredador, se abalanzó, girando su tridente con una rapidez cegadora, el cristal marino negro brillando como una sombra. El arma trazó un arco letal, listo para golpear a Hades en un punto vulnerable mientras aún estaba inclinado.
Pero una vez más, Hades logró esquivar el repentino ataque. Se agachó en el último instante, su cuerpo deslizándose por debajo de la trayectoria mortal del tridente. Cuando las puntas afiladas pasaron por encima de su cabeza, rozando el aire, Hades aprovechó la proximidad. Su mano derecha se extendió con la velocidad de una serpiente, agarrando firmemente el mango del tridente. Al mismo tiempo, sus pies se movieron con una precisión relámpago, bloqueando el movimiento de Poseidón, impidiendo que su hermano se alejara o ajustara su posición.
Utilizando el impulso de su propio cuerpo y la fuerza de Poseidón, Hades lo lanzó por encima de sus hombros en una técnica de judo impecable. Poseidón, sorprendido por la velocidad y la técnica de su hermano, no pudo reaccionar a tiempo. Su cuerpo corpulento se estrelló contra el piso de tierra del estadio con un impacto sordo que levantó una nube de polvo. El tridente, que Hades aún sostenía, se desconectó de su mano, y el hilo invisible de energía lo jaló de regreso a Poseidón, que lo atrapó con un gruñido mientras se recuperaba del golpe.
Hestia, que había superado a Hades en su embate, se detuvo abruptamente a unos metros, girando sobre sus talones. Sus ojos, ahora enfocados, observaban a su hermano en el suelo. “¿Estás bien, Poseidón?”, preguntó, su aura aún crepitando.
Poseidón, sacudiéndose el polvo de sus ropas y frotándose el hombro, se levantó con un gruñido. “Estoy bien, Hestia. No lo pierdas de vista”, su voz era grave, teñida de respeto y una pizca de frustración. “Se mueve como una sombra, incluso con ésa venda puesta”.
Desde las gradas, Deméter se rió suavemente. “Incluso sin la capacidad de ver, Hades sigue siendo muy hábil. ¡Cómo era de esperar el hermano mayor es el mejor!”. Hera, sin embargo, solo observaba con una mirada de fría evaluación, su mentón ligeramente elevado. “No se esperaba menos del entrenamiento de Hades, de lo contrario sería decepcionante”, pensó, aunque no dijo nada.
Hades permaneció inmóvil en el centro. No había emitido un sonido, sus sentidos agudizados percibían cada movimiento de sus hermanos, cada cambio en el aire, cada vibración en la tierra. Sabía que sus ataques no eran de fuerza plena, sino de precisión, buscando una apertura. Era una prueba, y él era el examinador.
Poseidón, con un destello de determinación en sus ojos, giró su tridente. El cristal oscuro pareció absorber aún más la luz, y una energía eléctrica sutil comenzó a acumularse a su alrededor, pequeñas chispas azules danzando en el aire. Hestia se puso en posición de combate, sus guanteletes brillando con un resplandor más intenso. El aire a su alrededor comenzó a distorsionarse, y la temperatura comenzó a subir, un indicio de el repentino aumento de poder.
“Su turno”, pensó Hades. Este era el verdadero comienzo del desafío. Su objetivo no era simplemente evitar los golpes, sino perfeccionar su capacidad de reacción, su conciencia espacial, su percepción de las intenciones a través del chakra, una habilidad en la que recientemente había desarrollado recientemente el aumento sensorial por medio de chakra.
Hestia fue la primera en reanudar el asalto, esta vez con una ráfaga de ataques. Se lanzó hacia Hades, su velocidad casi duplicada, convirtiéndose en una estela naranja. Sus guanteletes crepitaban con energía, y soltó una andanada de puñetazos, cada uno de ellos un mini-estallido del One For All. No eran golpes directos para herir, sino impactos para desequilibrar, para forzar a Hades a defenderse.
¡Whish! ¡Whish! ¡Whish! El aire a su alrededor gemía con la fuerza de sus golpes. Hades se movía con una fluidez asombrosa, sus brazos y torso girando y ladeándose, desviando cada puño con una precisión milimétrica. A veces, interceptaba un golpe con el antebrazo, el impacto resonando con un eco sordo, pero el impacto de los golpes se disipaba casi al instante al contacto con su piel.
Mientras tanto, Poseidón no se quedó quieto. Consciente de la presión que Hestia ejercía, aprovechó la oportunidad para lanzar su tridente. Con un movimiento rápido y potente, el arma de cristal marino zumbó al cortar el aire, una descarga eléctrica audible crepitando alrededor de sus puntas mientras volaba directamente hacia la espalda de Hades, un ataque bien colocado para ser imposible de esquivar mientras Hestia lo mantenía ocupado.
Hades, sin embargo, parecía tener sentidos más allá de la vista. Sin romper su defensa contra Hestia, su cuerpo se torció de nuevo, un giro rápido que le permitió esquivar el tridente por el más mínimo margen. El arma pasó silbando, su filo rozando el aire donde su cabeza había estado un instante antes.
Antes de que Poseidón pudiera recuperarla, Hades extendió su mano izquierda y la atrapó, su agarre firme y sin esfuerzo.
“Un poco lento”, la voz de Hades finalmente resonó en la arena, un tono tranquilo y ligeramente burlón, a pesar del vendaje que cubría sus ojos.
Con un gesto rápido, lanzó el tridente de regreso a su hermano, pero esta vez, con una fuerza y velocidad que lo hizo rotar de forma impredecible. Poseidón tuvo que concentrarse para atraparlo, la figura de Poseidón fue empujada hacia atrás por la fuerza del impacto, sus manos temblando ligeramente al absorber el impacto.
“¡No te burles, Hades! ¡Tómatelo en serio!” Hestia gruñó, su frustración palpable. Sus ataques se volvieron más agresivos, sus puños arremetiendo en un torbellino de golpes que buscaban la más mínima apertura. La energía naranja alrededor de sus guanteletes brillaba con mayor intensidad, y pequeños arcos de relámpago danzaban entre sus nudillos.
“¡Vamos, muéstranos cuánta diferencia hay entre nosotros!” Hestia siendo consciente de la diferencia me nivel entre ellos, pero queriendo ser tomada más en serio.
Hades respondió con una sonrisa juguetona, su cuerpo moviéndose en evasión ante cada intento de ofensiva. Cada movimiento era una sinfonía de anticipación y reflejos, una vez más probándose a sí mismo que la vista era solo una de las muchas maneras de percibir el mundo.
Sentía el flujo de la energía vital de Hestia, la trayectoria de sus golpes por las vibraciones en el aire, la intención detrás de cada movimiento. En su mente el espacio a su alrededor no era oscuro, sino un mapa tridimensional de presiones y energías.
Poseidón, habiendo recuperado su tridente, decidió cambiar de estrategia. No se lanzaría de nuevo a un combate cuerpo a cuerpo tan imprudentemente. En cambio, comenzó a lanzar su tridente con una fuerza y velocidad increíbles, el hilo de energía lo devolvía a su mano en un bucle continuo.
El arma volaba como un misil, buscando ángulos vulnerables, mientras él se movía en círculos, buscando una apertura. Cada vez que el tridente era lanzado, una descarga de rayos chispeaba de sus puntas, golpeando el suelo o las paredes de la arena con pequeños estruendos y dejando marcas de quemaduras.
Hades, ahora bajo un doble, intensificó sus movimientos. Esquivaba el tridente con giros de cabeza apenas perceptibles, el arma rozando su mejilla, o lo desviaba con un simple toque de su dedo, cambiando su trayectoria con una precisión asombrosa. Los rayos crepitaban a su alrededor, pero ninguno lograba tocarlo. Al mismo tiempo, continuaba con su baile evasivo contra Hestia, eludiendo sus golpes con una gracia hipnótica.
“¡Demasiado predecible, Poseidón! ¡Usa esa cabezota tuya!” Deméter gritó desde las gradas, un suave reproche en su voz.
Hera, cruzada de brazos, asintió con un gesto casi imperceptible. Hera aunque generalmente se comporta de manera vanidosa a menudo ocultaba una mente astuta, y podía ver las deficiencias en la estrategia actual de sus hermanos.
Poseidón frunció el ceño, captando el consejo. “¡Hestia, distracción de choque! ¡Yo por el aire!”
Hestia asintió con la cabeza, comprendiendo. Se lanzó contra Hades, no con la intención de golpearlo, sino de impactar violentamente el suelo a su alrededor. Concentró el One For All en su pie y lo estampó contra la tierra de la arena.
¡BOOOOOOM!
El estadio tembló una onda de choque se extendió por la arena, una ráfaga de aire y polvo que no solo buscaba desequilibrar a Hades, sino también oscurecer sus “sentidos” no visuales con una avalancha de estímulos.
La tierra tembló, y el aire se llenó con una nube de polvo que lo envolvió por completo. Al mismo tiempo, Poseidón, aprovechando la cortina de humo y la vibración, se impulsó con su tridente, no para atacar directamente a Hades, sino para elevarse por encima del polvo, preparándose para un ataque desde arriba, desde un ángulo que Hades no podría anticipar fácilmente desde el suelo.
El impacto de Hestia había sido potente, pero Hades, incluso dentro de la nube de polvo, no estaba desorientado. Sus sentidos amplificados por su sentido “sensorial de chakra” le permitían percibir las vibraciones del suelo, el flujo del aire, la dirección y la intensidad de las presiones, y las presencias de chakra con una claridad inalterada. Sintió a Hestia retirarse y la ascensión de Poseidón. La estrategia era clara.
Mientras el polvo comenzaba a disiparse, Hades levantó su mano, no para atacar, sino para concentrar chakra en la palma de su mano. Un tenue resplandor púrpura comenzó a formarse. Era una energía densa, tangible, lista para ser usada.
Poseidón, ahora suspendido en el aire sobre Hades, descendió en picada, su tridente apuntando directamente hacia el vendaje negro. Era un ataque de estocada rápido y potente, buscando el punto más vulnerable de su hermano, confiando en que la venda y el polvo lo hubieran cegado por completo.
Pero Hades no estaba quieto. En un movimiento sorprendente, Hades concentró su fuerza en sus piernas y saltó verticalmente con una velocidad explosiva, encontrándose a medio camino con Poseidón.
El tridente silbó, pero Hades lo desvió con un movimiento de su antebrazo, una maniobra que hizo sonar un choque metálico contra el cristal y desvió los rayos que crepitaban en las puntas.
Con una rapidez pasmosa, Hades envolvió sus piernas alrededor del cuerpo de Poseidón en un agarre de tijera aéreo, utilizándolo como punto de apoyo. Con su mano, aún brillando con el chakra púrpura, el aire comenzó a vibrar alrededor de su mano, se lanzó a golpear el costado del cuerpo corpulento de su hermano, un ataque poderoso, no con la intención de herir mortalmente, sino de recordarle su vulnerabilidad. El impacto resonó con un sonido sordo y Poseidón se tambaleó violentamente en el aire, su postura desequilibrada por la sorpresa y la fuerza.
“¡Maldición!”, exclamó Poseidón, luchando por recuperar el control, la descarga eléctrica de su tridente descontrolándose brevemente. Hestia, al ver la situación, se lanzó de nuevo, intentando una patada lateral al costado de Hades, que aún estaba suspendido en el aire.
Hades, sin embargo, desenganchó sus piernas de Poseidón con un movimiento fluido, utilizando el impulso del desequilibrio de su hermano para girar en el aire, esquivando la patada de Hestia por apenas un pelo. Aterrizó suavemente en el suelo de la arena, mientras Poseidón caía pesadamente cerca de él, su tridente rebotando al impactar contra la tierra.
“Buen intento, hermanos”, dijo Hades, una pequeña sonrisa formándose en sus labios. Su voz era tranquila, pero un matiz de satisfacción se colaba en ella. “Pero no es suficiente, todavía subestiman mis sentidos”.
Hestia y Poseidón intercambiaron miradas. La frustración era palpable en sus expresiones, pero también había un respeto creciente. Tantos años de entrenamiento incesante, y Hades, el que encima eligió no ver, seguía siendo un paso por delante. Era un desafío constante, la brecha entre ellos, aunque disminuye a medida que se fortalecían, aún era enorme.
“El entrenamiento todavía no termina, prepárate Hades”, declaró Hestia, sus guanteletes brillando con un fulgor más intenso.
Poseidón asintió, su tridente ya de nuevo en su mano, la energía eléctrica crepitando con mayor fuerza.
“Mmm, entonces no me hagas esperar” Hades se puso en posición de defensa, levantó su mano haciendo un gesto de desafío. Con la señal de inicio los hermanos se lanzaron al ataque una vez más.
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Unos días más tarde.
Sentado en el sofá grande de la sala, un mueble de diseño moderno y cómodo, con un acolchado que invitaba al descanso, se podía ver la figura de Hades.
Este se encontraba ‘mirando’ una película de robots gigantes peleando contra kaijus en una televisión de pantalla plana que dominaba una de las paredes, la luz parpadeante reflejándose en el vendaje oscuro sobre sus ojos.
En el sofá reclinable de al lado, Poseidón estaba recostado, los pies elevados, una imagen de comodidad absoluta mientras comía palitos de pescado empanizados recién salidos del microondas, el aroma salado llenando el aire.
En la sala no se podían encontrar las figuras de las tres hermanas por ningún lado, cada una inmersa en sus propias actividades habituales.
Deméter probablemente se encontraba trabajando en el jardín o jugando en el bosque continuo al patio trasero de la casa, su conexión con la naturaleza manteniéndola activa y contenta entre las plantas que prosperaban incluso en el entorno de Kronos.
Hera, muy posiblemente, estuviera en su habitación probándose los nuevos accesorios que Hades le regaló después de conseguirlos en el Gacha. De cualquier forma, ella es la única hermana que se preocupa tanto por su apariencia al punto de pasar días enteros en su habitación solo para probar distintas combinaciones de ropa y complementos para la belleza, buscando la perfección en cada detalle de su divina figura.
Y Hestia todavía no se había levantado; la noche anterior se la había pasado jugando con su consola portátil hasta altas horas, enfrascada en algún RPG o algo así, era más que probable que se levantara tarde.
Hades se encontraba con la cabeza echada hacia atrás, sumergido en sus pensamientos, quien sabe qué complejas reflexiones pasaban por su mente, sus ojos todavía vendados con la cinta negra que cubría su vista. Habría seguido en ese estado de introspección de no ser por la repentina voz de Poseidón.
“Hades, ¿hasta cuándo vas a seguir usando esa cosa?” preguntó Poseidón, apartando momentáneamente la vista del televisor, con una pizca de aburrimiento en su voz, claramente esperando una respuesta de Hades.
“Mm, no lo sé, probablemente unas cuantas semanas más”, dijo Hades de manera pensativa, sin inmutarse. Luego, con un claro tono de burla y una sonrisa gatuna formándose en sus labios, preguntó: “¿Por qué, acaso te molesta?”
“-.- No, no me molesta, porque te ves ridículo con ella”, respondió Poseidón con clara irritación ante la pequeña burla de Hades. “Además, ¿por qué usas una venda en primer lugar? Es… estúpido”.
“¡Haaa!” Hades de repente hizo un gesto exagerado de estar ofendido, levantándose un poco del sofá. Con una mano sosteniendo su cabello oscuro y la otra señalando dramáticamente a Poseidón, exclamó con voz teatral: “¡Tú, marinero de agua salada, te atreves a burlarte de mi estilo! ¡¿Qué vas a saber tú de la legendaria vestimenta estilo Gojo?!”
“…” Poseidón ni siquiera respondió. Solo pudo poner los ojos en blanco con resignación. La ridícula actuación de Hades era suficiente para hacerle entender que no obtendría una respuesta seria. Decidió no seguir insistiendo en el tema, ya sabiendo que este no le diría nada más. Con eso, volvió su vista al televisor nuevamente, el crujido de los palitos de pescado rompiendo el silencio.
Tap tap tap…
Se escucharon pasos perezosos provenientes de las escaleras del segundo piso. Al momento siguiente, se pudo ver la figura de Hestia bajando a paso lento y arrastrado por las escaleras.
“Buenos días ~haas~”, dijo, aún estando medio dormida, mientras se dirigía directamente hacia la cocina, su mente aún en un estado de duermevela.
Al momento siguiente, reapareció sosteniendo un vaso de vidrio vacío en su mano. Caminó hasta detenerse frente a Hades y le extendió la mano con el vaso, emitiendo un gruñido perezoso: “Mmm”.
“Todavía es muy temprano, Hestia. Primero desayuna bien”, dijo Hades con un tono suave, aunque ligeramente divertido.
Pero Hestia no se movió; en cambio, gimió con más fuerza, su pequeña figura emanando una determinación inquebrantable. “¡Mmmm!”
“Haas, bien”, cedió Hades, al ver que Hestia no iba a retroceder. Extendió su mano hacia el vaso que Hestia sostenía. Con un pensamiento, Hades activó una de sus habilidades recientemente ganadas en el Gacha, una habilidad que era a la vez curiosa y convenientemente útil: la ‘Pepsiquinesis’. Al instante siguiente, el vaso en las manos de Hestia comenzó a llenarse de un líquido negro, burbujeante y gaseoso, que burbujeaba alegremente.
Hestia comenzó a tomar con total gusto, el efervescente líquido negro satisfaciendo su antojo matutino. Antes de darse la vuelta y sentarse en el regazo de Hades, se acomodó, recostándose sobre su hermano, lista para disfrutar de la película.
Poseidón, que estaba al lado, claramente notó la escena, pero solo soltó un ligero bufido molesto, una exhalación de resignación y envidia, antes de volver su cabeza hacia la película, pretendiendo ignorar la peculiar dinámica de sus hermanos.
Hades, ignorando la sensación del trasero de Hestia presionado contra su regazo, volvió su atención hacia sus propios pensamientos, el sonido de la película y los masticadores de pescado de Poseidón formando un telón de fondo.
El progreso de su Sharingan hacia el Rinnegan estaba bastante próximo, podía sentirlo. Probablemente, en unos pocos meses, sus ojos completarían su evolución. Una emoción contenida burbujeaba en su interior ante la perspectiva.
Durante estos últimos años, tanto sus ojos como su cuerpo habían tenido cambios notables. La cantidad y la densidad de su Chakra habían aumentado de manera dramática, un flujo constante de poder que se sentía casi ilimitado. Esto había causado que todos sus atributos se dispararan a niveles que pocos podrían soñar.
[Estado]
{Nombre: Hades}
{Dios del Inframundo – Dios del Agua}
{Nivel de potencia: 26.837}
{STR: 590}
{DES: 600}
{VIT: 1.400}
{MAG: 10.500}
{CHA: 38}
{KRA: 67.000}
Puntos: 211
No solo eso, también se había reforzado su control sobre los demás elementos. Ahora, ni siquiera necesitaba hacer movimientos obvios para controlar cualquiera de los cinco atributos elementales básicos. Solo le bastaba un pensamiento, una intención clara, para manifestarlos con una facilidad asombrosa. Podía invocar una ráfaga de viento, una columna de tierra, una corriente de agua, una bola de fuego o un rayo de electricidad con la misma facilidad con la que respiraba.
Eso junto a suconstante irritación en los ojos eran claras señales de que su Rinnegan estaba próximo a despertar y Hades no podía evitar estar emocionado. Después de todo, estos eran los llamados “ojos de dios”, las pupilas más veneradas del mundo shinobi.
No solo le darían un dominio total sobre los elementos de la naturaleza, sino que le darían acceso a un amplio arsenal de habilidades de nivel super kage e incluso superior, como los Seis Caminos del Rinnegan, los Clones del Limbo que existían en un plano dimensional invisible, y el temible Chibaku Tensei (Devastación Planetaria), una técnica capaz de crear satélites o incluso esferas de contención masivas.
Hades no podía imaginar cuán fuerte llegaría a ser una vez que sus ojos estuvieran completamente despiertos, la cúspide de su potencial. Se preguntó si con el Rinnegan finalmente podría superar la “corrupción” de la energía de Kronos y quizás, solo quizás, dominar el Modo Sabio. La perspectiva era embriagadora.
Era una lástima que no tuviera el cuerpo del sabio o el Juubi, de ser así su poder podría alcanzar con seguridad el nivel de los seis caminos.
Hades habría seguido en sus pensamientos, perdido en visiones de poder, de no ser por un repentino llamado.
“Hermano Hades, ¿puedo hacerte una pregunta?” La voz dulce, aunque aún un poco adormilada, pertenecía a Hestia, la cual volteó su cabeza para ver directamente a Hades, sus ojos curiosos fijos en la venda.
“He, sí, ¿en qué puedo ayudarte?” respondió Hades con total calma, aunque su mente ya estaba volviendo de sus divagaciones.
“Es que, hace un tiempo nos dijiste que tenías una forma de sacarnos de aquí”, la voz de Hestia denotaba su duda e inseguridad, la preocupación apenas velada. “Quisiera saber cuándo sería ese momento… si es que puedes decírnoslo”.
Esas palabras llamaron la atención de Poseidón, que volteó la mirada desde un costado, con clara curiosidad ante la respuesta de Hades, esperando que el hermano mayor les diera una respuesta esperanzadora.
Hades no respondió inmediatamente. Llevó una mano a su mentón, el pensamiento de la estrategia ya formulada girando en su mente. “Bueno, si no sucede nada inesperado, quizás en los próximos dos o tres años”, respondió Hades, no muy seguro de cuándo llegaría el momento correcto de ejecutar su plan. Ya tenía una estrategia en mente, pero necesitaba esperar hasta después del nacimiento de Zeus, el último de sus hermanos, para ejecutarla.
“Mmm”, Hestia al tener su respuesta, asimiló la información sin insistir más en el tema. No era un ‘ahora mismo’, pero era una fecha. Con esa respuesta, Los tres hermanos devolvieron su atención a la pantalla, la película de robots y kaijus retomando su papel como distracción.
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Monte Otris.
En los aposentos de la diosa reina Rea, una habitación de un lujo sobrio, tejida con los colores terrosos de la naturaleza y la solemnidad de un palacio titánico, se podía ver la figura de la mismísima reina de los dioses griegos. Esta se encontraba en un estado de profunda inquietud, su rostro pálido y sus manos temblorosas, por lo que iba a hacer a continuación. El peso de su decisión, de su engaño, la aplastaba.
Durante estos últimos años, la relación con su marido Kronos había estado empeorando constantemente. Con cada hijo que devoraba, poco a poco el amor y el cariño que esta le tenía se fue apagando, hasta solo quedarle angustia, desesperación y un profundo resentimiento hacia su marido. La figura de Kronos, antes un amante y un compañero, se había transformado en la de un tirano paranoico, un monstruo devorador de esperanza.
Desde el nacimiento de su primer hijo, el rey de los dioses de la segunda generación había estado devorando a su descendencia uno tras otro, sin siquiera darle tiempo a Rea para familiarizarse con sus pequeños. Apenas un atisbo de sus sonrisas infantiles, un instante de sus pequeños dedos, y eran arrebatados, consumidos por la voracidad de su padre.
eso la estaba destrozando por dentro, cada pérdida una puñalada en su ya maltrecho corazón. Pero no fue hasta el nacimiento de su sexto hijo, el pequeño Zeus, que algo finalmente se rompió dentro de ella. La desesperación la impulsó a actuar.
Corrió desesperada a los brazos de su madre, la Diosa Gaia, la Tierra misma, la cual la recibió con un abrazo en Consuelo. Rogó por una forma de salvar a sus hijos, por una manera de detener la locura de Kronos.
Por suerte, al parecer a su madre tampoco le había gustado el comportamiento que Kronos había estado adoptando durante algún tiempo. La paranoia de su hijo/nieto y el ciclo interminable de los crímenes de los padres sobre los hijos debían terminar. Por lo que accedió a ayudarla.
Rea salió de su habitación, caminando hacia su patio privado. Se agachó y recogió una roca del suelo, una piedra de tamaño considerable, lisa y grisácea. Regresó al interior y la envolvió cuidadosamente en una manta suave y blanca, simulando el arrullo de un bebé. Llevando la roca en brazos como si fuera la criatura más preciada, caminó hasta su tocador. Extendió una mano detrás del espejo, en un compartimento oculto, para sacar algo.
Cuando retiró su mano, lo que sacó fue un pequeño frasco de barro con un tapón hecho de madera seca. Rápidamente destapó el frasco y comenzó a verter el líquido brillante sobre la roca que llevaba en brazos. Tan pronto como el líquido se regó por toda su superficie, la roca empezó a ser rodeada por una extraña niebla mágica, translúcida y chispeante, que se arremolinaba y brillaba a su alrededor.
Cuando la niebla se disipó, la Roca había cambiado. Ya no era una roca gris e inerte; ahora parecía la figura de un pequeño bebé, sus contornos suaves y delicados, plácidamente dormido en los brazos de Rea, tan convincente que por un instante, incluso Rea sintió una punzada de esperanza que no era suya.
¡Pum!
Cuando Rea estaba revisando la figura del niño en búsqueda de algún defecto, asegurándose de la perfección de la ilusión, la puerta se abrió de manera bruta y repentina, golpeando la pared con un estruendo que hizo temblar la habitación.
La figura que abrió la puerta fue naturalmente el mismísimo rey de los dioses, Kronos. Cuando lo vio entrar, Rea no pudo evitar bajar la cabeza, sintiéndose pequeña e intimidada por la imponente apariencia de su marido.
Desde hacía una década, su comportamiento había empezado a cambiar. Ya no era el hombre cariñoso y amable del que ella se había enamorado, el Titán benevolente que había liberado a sus hermanos. Ahora mantenía constantemente un porte autoritario y amenazador hacia todo el que se le cruzara, ya fuera con sus súbditos, sus hermanos, o incluso ella, su propia esposa. Su presencia llenaba la habitación, una opresión palpable.
Siempre mantenía una actitud seria y amenazante, siempre demostrando su autoridad y exigiendo respeto a quien sea que se le cruzara, como si fuera un viejo cascarrabias, un tirano cuyo único placer era el control. Sumado a su reciente cambio de apariencia que lo hacía parecer físicamente más viejo de lo que realmente era, su piel se había arrugado un poco, su barba se había vuelto más canosa, y sus ojos, antes tan expresivos, ahora eran cuencas profundas de desconfianza. Todo esto lo hacía ver mucho más amenazante. Casi… como su padre, Urano.
Kronos se acercó a paso lento pero firme hacia la figura de Rea, el crujido de sus sandalias sobre el mármol resonando en el silencio. Detrás de él, lo seguían dos ninfas que servían como sus sirvientas personales, encargadas de ayudarlo en caso… de cualquier posible malestar repentino.
Parándose firmemente frente a Rea, Kronos articuló unas simples palabras, su voz profunda y resonante: “Entrega al bebé, Rea”.
Rea, sintiendo que las lágrimas se formaban en sus ojos, quemándole la garganta, no se atrevió a mirar hacia arriba. Simplemente extendió las palmas de sus manos, temblorosas, y le entregó el “bebé” a su marido.
Kronos ni siquiera se dignó a dedicarle una segunda mirada al envoltorio. Tomó al bebé en brazos, su expresión sombría e inmutable, para luego alzarlo, acercándolo hacia su boca. De repente, de forma abrupta, su cuerpo creció en altura, su musculatura se tensó, y su mandíbula se estiró hasta que el cuerpo del “bebé” cupiera completamente en ella. Con un solo bocado, seco y brutal, se tragó completamente al bebé. No hubo masticación, solo una deglución final que selló el cruel destino de su descendencia.
Rea solo pudo bajar la mirada, sus hombros temblaban, mientras las lágrimas finalmente rodaban por sus mejillas ante esta escena que ya se había repetido en ocasiones anteriores. No dijo nada, su voz ahogada por el dolor y la culpa.
“Y…”, Kronos creyó que era adecuado decir algo para intentar consolar a su esposa, un gesto vacío nacido más de la costumbre que de la verdadera empatía. Pero al ver que esta le daba la espalda, su cuerpo encorvado, sin siquiera dignarse a mirarlo, sintió un pinchazo de lástima y arrepentimiento hacia su esposa.
La distancia entre ellos era ya insalvable. Por lo que simplemente se dio la vuelta y salió de la habitación, sus pasos resonando pesadamente, dejando que su esposa se desahogara sola, con el fantasma de su sexto hijo recién devorado.
Cuando la puerta se cerró, el sonido de su cierre final resonó como un veredicto. Rea volteó la mirada, sus ojos llenos de dolor, mirando el lugar vacío donde antes estaba su marido. Después, con lentitud, caminó hacia su balcón, los ojos perdidos en el vasto paisaje de las estrellas que brillaban en el firmamento nocturno.
“Pequeño Zeus, tú madre lamenta tener que poner esta carga sobre tus hombros”, susurró, la voz apenas audible, apenas un suspiro en el viento. “Pero por favor, rescata a tus hermanos. No dejes que la oscuridad de tu padre los consuma a todos. Sé su salvación.”
Cambio de escena: Isla Creta.
A más de 600 kilómetros del Monte Otris, en las vastas aguas del territorio del titán Océano, se podía encontrar una gigantesca isla, una masa de tierra escarpada y majestuosa, pero difícil de encontrar a simple vista, envuelta en brumas y corrientes traicioneras. Esta Isla era llamada la Isla de Creta.
En medio de esta Isla, oculta entre acantilados escarpados y vegetación densa, se podía encontrar una cueva profunda, un refugio natural tallado por el tiempo y el mar. En esta se encontraba una hermosa mujer de más de dos metros de altura, su figura esbelta y poderosa. Su piel era oscura como la leche con chocolate, resplandeciente incluso en la penumbra de la cueva, y su cabello era de un tono verde musgo con delicadas ramas y flores creciendo en él, un cabello que recordaba mucho a los campos de flores más exuberantes y vitales.
Pero lo más destacable de su apariencia eran los senos de tamaño absurdo que esta poseía, llenos y rebosantes, un símbolo de la abundancia y la maternidad.
Si mirabas bien, en sus brazos se encontraba amamantando a un pequeño bebé, sus pequeños mechones de cabello blanco brillante contrastaban con la piel oscura de la mujer.
Este era Zeus, el niño que, según la profecía, llevaría a sus hermanos a rebelarse contra el Rey Dios de la segunda generación, Kronos, convirtiéndose en la tercera generación de los Reyes Dioses del panteón griego.
O bueno, ese habría sido el caso en la ruta de destino original, la senda tejida por las Moiras y la profecía.
Pero para este punto, la rueda del destino ya no estaba destinada a seguir un rumbo predefinido. Demasiados hilos nuevos se habían entretejido en el tapiz del tiempo, guiados por una voluntad ajena a la predicción antigua, todo gracias a que cierto Dios de la muerte había tomado sus propias decisiones.
El futuro ya no era una línea, sino un vasto y desconocido mar de posibilidades.
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Fin.
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Hola a todos los lectores, muchas gracias por seguir esta historia y disculpen la tardanza es que tenía un examen ya que las vacaciones se acercan.
En el próximo capítulo Hades y sus hermanos escaparan del estómago de kronos y se dará entrada oficial a la titanomaquia.
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Estado actual del protagonista.
[Estado]
{Nombre: Hades}
{Dios del Inframundo – Dios del Agua}
{Nivel de potencia: 26.837}
{STR: 590}
{DES: 600}
{VIT: 1.400}
{MAG: 10.500}
{CHA: 38}
{KRA: 67.000}
Puntos: 211
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