Un Dios De La Muerte Como Ningún Otro En Animé World - Capítulo 17
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Capítulo 17: 16. hora del escape, destino interrumpido.
Salto de tiempo: 2 años.
Isla Creta.
Dos años se deslizaron como arenas en el reloj de la vida, transformando sutilmente el paisaje y las voluntades. En la escarpada isla de Creta, en lo profundo de las montañas de rocas centenarias, abrazadas por una vegetación exuberante donde los cipreses se alzaban como guardianes silenciosos y el murmullo del viento se mezclaba con el canto de las cigarras, se alzaba una imponente edificación. No era una simple cueva, sino una estructura rocosa antigua, cincelada por la mano de la naturaleza y quizás por una sabiduría olvidada, que se asemejaba a un templo primordial, su entrada una fauce oscura que prometía secretos y poder.
Bajo el dintel de piedra, erosionado por incontables amaneceres, se congregaban ahora varias figuras, sus siluetas recortadas contra la penumbra del interior. Conversaban en tonos bajos, sus voces una mezcla de reverencia y expectación. Eran seres de la naturaleza y del panteón menor: ninfas del bosque, sus cabellos entrelazados con hojas de roble y flores silvestres, sus pieles de tonos verdes y marrones; ninfas de río, con cabellos que fluían como el agua y pieles tan pálidas como la luna reflejada en un arroyo; e incluso algunos Dioses y diosas menores, sus auras divinas brillando sutilmente. Había faunos de cascos hendidos, dríades de ojos sabios y silvanos con risas estruendosas, todos unidos por un propósito común. Todos parecían estar esperando a alguien, sus ojos fijos en la boca de la cueva, una mezcla de esperanza y nerviosismo flotando en el aire.
TAP TAP TAP. TAP TAP TAP.
En un determinado momento, de las profundidades de la cueva, resonó un conjunto rítmico de pasos, el eco de botas firmes sobre la piedra, que crecía en intensidad. No eran pasos apresurados, sino medidos, con una deliberación que anunciaba una presencia importante.
Cuando la figura finalmente emergio de la penumbra a la luz difusa de la entrada, lo primero que se pudo distinguir fue la elegante figura de Rea, la reina de los dioses griegos. Su porte era el de una soberana, cada movimiento una lección de gracia y dignidad, y su rostro, aunque marcado por años de dolor y disimulo, irradiaba una renovada determinación. Llevaba un vestido de lino blanco inmaculado, adornado con sutiles bordados que evocaban las espigas de trigo maduro, un símbolo de su conexión con la fertilidad y la vida. Con la cabeza alta, se dirigió con una mezcla de reverencia y profunda familiaridad hacia dos mujeres que la esperaban.
Una de ellas era una figura colosal, su estatura superando con facilidad los dos metros y medio, con un cabello que era un manto de verde oscuro y profundo, salpicado con destellos de tierra y follaje. Su vestido, de un blanco puro, estaba adornado con intrincados motivos dorados que parecían ramificaciones y raíces.
Era la mismísima Madre Gaia, la Primordial de la Tierra, cuya presencia hacía que el suelo bajo sus pies pareciera vibrar con emoción ante su presencia.
La segunda mujer era Metis, la diosa de la sabiduría y el consejo. Su apariencia era la de una joven de deslumbrante belleza, vestida con un largo y fluido vestido de color verde oscuro que se ceñía a su esbelta figura. Su cabello azul oscuro, que caía en cascadas sedosas, enmarcaba un rostro atractivo y refinado, y sus ojos color verde lima brillaban con una inteligencia aguda y una calma inquebrantable.
Rea se acercó a ellas, el susurro de su vestido sobre la piedra. “Madre Gaia, Diosa Metis, estoy encantada de que hayan venido”, dijo Rea en tono de profundo agradecimiento, su voz temblaba ligeramente con la emoción contenida.
“Estoy profundamente agradecida por la ayuda que me han brindado en estos tiempos aciagos”.
“Rea, mi querida niña, es un placer ayudarte”, dijo la Madre Gaia con su voz profunda y reconfortante. Sus manos, grandes y fuertes, se extendieron para tomar las de Rea. “Velo porque puedas rescatar a tus hijos y recuperar a tu familia. Mi corazón anhela ver la justicia en este ciclo interminable, y la liberación de mis nietos de las entrañas de Kronos”.
La siguiente en dar un paso al frente y hablar fue Metis. Con una ligera inclinación de cabeza, su voz clara y melódica, dijo: “Saludos, Diosa Rea. Estoy encantada de poder ayudarte a ti y a Lord Zeus a lograr sus objetivos”.
Mientras hablaba, su mano se deslizó discretamente en su túnica, y de ella extrajo un pequeño frasco de cristal tallado. El líquido en su interior era de un color ámbar oscuro, denso y opaco, con diminutas partículas doradas que flotaban y brillaban como polvo estelar, dándole un aspecto tan enigmático como prometedor. “He preparado la poción que me pediste”, concluyó, ofreciendo el frasco a Rea.
Rea tomó el frasco con manos temblorosas, su mirada fija en el líquido, una mezcla de esperanza y una pizca de terror en sus ojos. “¿Este brebaje puede cumplir con lo que te pedí?”, preguntó, su voz apenas un susurro, cargada de ansiedad y expectación.
“Sí, Lady Rea”, Metis asintió, su voz firme y confiada. “Esta poción fue hecha personalmente por la diosa Hécate, una bruja formidable, según nuestras necesidades actuales. Ha sido imbuidada con la magia más potente de la emesis y el debilitamiento. Al ingerirla, esta poción puede hacer vomitar a cualquiera que la beba de manera fulminante, además de inducir a la víctima en un estado de profunda debilidad, aturdimiento y postración. Con ella, es un hecho que serás capaz de salvar a tus hijos de la prisión gástrica de Kronos”.
“Perfecto, no podemos retrasarlo por más tiempo”, Rea sonaba impaciente, una chispa de fuego renovado en sus ojos. Su paciencia se había agotado hacía años.
“Estoy ansiosa de conocer a mis niños después de tantos años, de verlos libres y a salvo. La espera ha sido un tormento incesante”.
Mientras las tres mujeres estaban ensartadas en su acalorada charla, sus voces llenas de la urgencia del momento, desde la entrada de la cueva se escucharon sonidos de pasos, ahora más definidos y enérgicos, el preludio de una presencia joven y poderosa.
De la entrada de la cueva emergió la figura de un hombre de aspecto feroz, casi salvaje, pero con una belleza innegable que parecía tallada por los relámpagos. Su rostro, enmarcado por facciones hermosas y afiladas, irradiaba una confianza casi imprudente. Sus ojos, de un azul eléctrico brillante, parecían concentrar la furia de una tormenta y la inmensidad del cielo, y su cabello, de un blanco brillante que contrastaba con su piel ligeramente bronceada, caía en una melena densa y salvaje que realzaba su apariencia. Su aura era innegable, una mezcla de juventud, poder y una arrogancia que era casi palpable.
Este hombre, que no era otro que Zeus, se dirigió hacia las tres mujeres, caminando con un porte de suficiencia y confianza, cada paso resonando con la certeza de su propio poder.
Al pararse firmemente frente a las figuras de las tres diosas, Zeus les dedicó un saludo que era una mezcla de respeto filial y una chispa de coqueteo.
“Saludos, madre”, saludó a Rea primero, su voz profunda y resonante, aunque con un matiz de familiaridad cariñosa. Luego se giró hacia la mujer más alta, Gea, sus ojos brillantes con una admiración apenas velada. “Lady Gea, me complace tenerla hoy aquí presente, su presencia ilumina este humilde santuario”. Mientras la saludaba, sus ojos no pudieron evitar deslizarse por el prominente escote de la Primordial, una mirada fugaz de apreciación que se apresuró a desviar con una sonrisa traviesa.
Por último, se giró para mirar a la diosa más joven, Metis, esbozó una sonrisa genuina, y una profunda calidez iluminó su rostro. “Metis, amor mío, estoy feliz de verte aquí. Tu presencia es un bálsamo para mi espíritu”. Sin más preámbulos, Zeus se acercó a Metis, la abrazó con fuerza y le robó un beso apasionado en los labios que Metis, sonrojada pero complacida, correspondió con igual fervor.
Los dos habrían seguido con su contacto íntimo, perdidos en el momento, si no fuera porque la Diosa Rea, con un carraspeo autoritario que resonó con la fuerza de un rayo contenido, los llamó la atención.
“Ejem, Zeus”, Rea interrumpió, su semblante serio, aunque una pequeña sonrisa de diversión se insinuó por un instante en sus labios antes de que la urgencia de su misión eclipsara cualquier afecto. “Me alegro de que te estés relacionando bien con Metis, pero este no es el momento para eso. El destino de tus hermanos aguarda”.
Rea se acercó, su voz bajando a un tono más conspirativo, pero lleno de una emoción contenida, el peso de años de sufrimiento en sus palabras. “Zeus, después de tanto tiempo, ya has crecido y aprendido a controlar tu poder, alcanzando una madurez formidable. Finalmente, ha llegado el momento de que te embarques en la misión crucial para salvar a tus hermanos de la prisión de Kronos”.
(Si… claro…”Prisión”)
“La oportunidad que estábamos esperando finalmente llegó”, dijo Rea en un tono que era a la vez sabio y lleno de la emoción de la victoria cercana, un brillo de venganza en sus ojos.
“Dentro de cinco días, el Monte Otris dará comienzo a la celebración anual de los Titanes. Es un evento de gran importancia, un día de jolgorio y festín. Como cada año, este día los Titanes y los dioses de toda Grecia se reúnen para celebrar la derrota de Urano a manos de sus hijos. Será el momento de mayor vulnerabilidad de Kronos, este estará demasiado sumergido en su propia gloria y en las festividades cómo para ser cauteloso”.
“Entiendo, madre. ¿Entonces qué tengo que hacer exactamente? ¿Cómo encaja esto en el rescate?”, preguntó Zeus, con una mezcla de seriedad y una leve impaciencia, sus ojos azul eléctrico buscando claridad en el plan.
“Lo que tienes que hacer es presentarle a Kronos esta poción”, dijo Rea, alzando el frasco con el líquido mágico, que centelleaba en la luz tenue de la cueva. La expresión de Zeus se tensó, una comprensión escalofriante comenzando a formarse.
“Al hacer que se la beba, causará que vomite, no solo vomitara con fuerza, sino que también caerá en un estado de profunda debilidad y aturdimiento, vaciando así su estómago de todo lo que ha consumido. En ese momento, podrás rescatar a tus hermanos de su interior, libres y a salvo”, explicó Rea, su voz bajando a un susurro lleno de la esperanza que había atesorado durante milenios. Al escuchar las palabras de Rea, Zeus no pudo evitar sudar frío, un escalofrío de pavor y una pizca de náusea ante la macabra tarea.
Glup- Su garganta se contrajo, el trago amargo de la realidad golpeándolo.
“Oh, pero no te preocupes, mi valiente hijo, no irás solo”, Rea lo tranquilizó, percibiendo su leve vacilación. “Irás junto a Metis, ella será tu guía y tu compañera. Para pasar desapercibidos, irás disfrazado bajo la identidad de Alfeo, uno de los hijos de Océano”.
“Entiendo, madre. Prometo cumplir con tus expectativas y traer a salvo a mis hermanos. Nada me lo impedirá, ni el poder de Kronos ni la voluntad de este mundo podrán detenerme”, prometió Zeus en tono alto, su voz resonando con una renovada determinación y una pizca de su característica arrogancia, atrayendo las miradas de los seres reunidos en la cueva.
“En ese caso, es mejor que partamos de inmediato”, dijo Metis, mirando a su pareja con una mezcla de preocupación y resolución, su mano buscando la de Zeus para un agarre firme. Luego se giró hacia Rea y Gaia, una profunda reverencia en su gesto.
“Volveremos lo más pronto posible, una vez cumplida nuestra misión. Que los vientos nos sean favorables y el destino nos sonría”. Con esas palabras dichas, y un último intercambio de miradas cargadas de esperanza y advertencia, ambas partes se despidieron. Zeus y Metis, con la poción en su poder y la misión en sus hombros, dieron inicio a su travesía, adentrándose en el mundo exterior con un propósito inquebrantable.
Salto de tiempo: 7 días.
Monte Otris.
La majestuosa montaña de los dioses Titanes se encontraba en un estado de euforia, vibrante con la energía de la celebración anual. Sus calles, que serpenteaban por las laderas, estaban adornadas con llamativas decoraciones.
guirnaldas de laurel entrelazadas con cintas de seda de colores, estandartes bordados con los símbolos de los Titanes ondeaban al viento, y altares temporales se alzaban repletos de ofrendas. Se podían ver multitudes de seres celebrando en sus calles, sus risas y cantos formando una sinfonía festiva que resonaba por todo el monte. El aroma del vino dulce, la carne asada y las especias exóticas flotaba en el aire, invitando a la alegría.
En el corazón del camino principal que ascendía hacia la cima, se podían ver dos figuras, caminando entre la multitud, que, aunque intentaban mezclarse, poseían una cualidad intrínseca que las hacía destacar de alguna manera, una chispa divina que no podía ser completamente enmascarada.
Una de ellas era una mujer de belleza etérea, vestida con un fluido vestido de color azul claro, adornado con hermosas joyas y conchas marinas que brillaban con cada movimiento. Su largo cabello negro azabache caía en cascada por su espalda, y su gracia natural la hacía resaltar entre la masa de celebrantes. Esta era Metis, su disfraz impecable.
A su lado, un hombre apuesto de cabello negro azabache, un contraste llamativo con su verdadero cabello blanco, vestía una túnica de color blanco inmaculado, de corte sencillo pero elegante. Su porte era el de un noble menor, confiado pero discreto. Este era Zeus, astutamente disfrazado como Alfeo, uno de los hijos de Océano.
Ellos, junto con muchos otros individuos que acudían a la celebración desde todos los rincones del mundo griego, se encontraban en camino al templo principal en la cima de la montaña. Era el lugar de reunión para presentar sus obsequios a los Titanes, un gesto de lealtad y respeto.
Al pasar por la bulliciosa ciudad, Zeus no pudo evitar maravillarse por la espectacular vista que tenía enfrente.
Sus ojos, aunque ocultos tras el disfraz, absorbían cada detalle. Miró los puestos que ofrecían todo tipo de manjares raros y exóticos, desde frutas luminescentes hasta vinos de néctar fermentado, de los cuales emanaban aromas tentadores que prometían deleites divinos.
En la plaza central, se podían ver exhibiciones de animales mágicos raros, como grifos emplumados y unicornios de cuerno iridiscente, para el entretenimiento de la gente, sus movimientos y plumajes exóticos capturando la atención de los transeúntes.
Pero lo que realmente llamó su atención fue un grupo de ninfas que, con sus cuerpos ágiles y movimientos sugerentes, danzaban al ritmo de flautas y tambores, para el deleite de un grupo de dioses masculinos que las observaban con éxtasis, sus rostros iluminados por el jolgorio.
Zeus, cautivado por el espectáculo y la vibrante atmósfera, habría seguido admirando la vista y el ambiente festivo de no ser por el repentino llamado de Metis, quien susurraba sus palabras en voz baja, con un tono de urgencia que cortó a través del bullicio.
“¡Zeus!”, el nombre apenas un soplo contra su oído. De inmediato, Zeus volteó su mirada hacia Metis, su expresión volviendo a la seriedad, la distracción disipada por la gravedad de la misión.
“Recuerda que tienes que presentarte como Alfeo”, Metis le susurró lo que tenía que hacer, su aliento cálido contra su piel, sus ojos color verde lima llenos de una preocupación apenas velada. “No tienes que preocuparte por ser reconocido; Alfeo es uno de los hijos menos conocidos de mi padre, rara vez sale del territorio de nuestra madre Tetis. Tu disfraz es impecable, pero la cautela es nuestro mejor curso de acción”.
“Comprendido”, Zeus asintió, asimilando la información y el papel crucial que debía interpretar.
“Necesitas presentarte como el enviado de nuestro padre Océano, enviado para presentar respeto a Kronos y los demás Titanes”, Metis siguió con su explicación, su voz aún baja y tensa, cada palabra una instrucción vital. “Entonces, debes darle a Kronos la jarra de vino con la pócima mágica, mezclada cuidadosamente para que parezca una ofrenda más. Recuerda que tu identidad no debería ser reconocida por nadie, por lo que puedes estar tranquilo, pero debes actuar con la mayor naturalidad”, dijo ella con un dejo de preocupación en su voz, a pesar de sus palabras tranquilizadoras.
Al escuchar esas palabras, Zeus infló su pecho y dibujó una sonrisa de confianza, su arrogancia innata aflorando. Sus ojos, a pesar de la seriedad de la misión, brillaban con la certeza de su propio poder.
“Tranquila, Metis, tengo todo bajo control. Ya verás cómo todo saldrá bien, soy el mejor para este tipo de cosas”, Zeus no estaba realmente asustado; su confianza, o quizás su desmedida arrogancia juvenil, le decía que él podía cumplir fácilmente con esta misión, que era casi una formalidad.
Y en el peor de los casos, si algo saliera mal -una posibilidad que su orgullo se negaba a contemplar seriamente-, podría huir rápidamente con Metis gracias a uno de los artefactos que le dio su divina abuela Gaia, un talismán de escape instantáneo que garantizaba un salida segura en caso de necesitarlo.
“No tienes que estar tan paranoica, te aseguro que para el final de este día estaremos de camino a la isla, junto con mis hermanos, entonces…”, comenzó Zeus, con una sonrisa de suficiencia, intentando alzar los ánimos de Metis con su habitual bravuconería.
¡Boom!
Zeus, que estaba dándole una charla para alzar los ánimos a Metis, se vio abruptamente interrumpido. Una repentina y ensordecedora explosión, mucho más allá de un trueno festivo, sacudió el Monte Otris hasta sus cimientos. La onda de choque se sintió como un puñetazo en el pecho, y un pilar de humo y escombros se elevó en la distancia, proveniente de la dirección del templo del consejo de los Titanes, el epicentro de la celebración. El suelo tembló violentamente bajo sus pies, y las risas y cantos en las calles se detuvieron abruptamente, reemplazadas por gritos de pánico, murmullos de confusión y el sonido de objetos cayendo. Los festejos se transformaron en caos en un instante.
Zeus y Metis se quedaron inmóviles por un segundo, sus miradas cruzándose, la confianza de Zeus momentáneamente borrada por la sorpresa. La explosión no era parte del plan.
.
Un tiempo atrás.
Estómago de Kronos.
POV Hades.
En el insondable abismo del estómago de Kronos, donde la penumbra perpetua era apenas rota por los reflejos bioluminiscentes de los tejidos carnosos que lo rodeaban, Hades se encontraba en un estado de total concentración. Su cuerpo levitaba ingrávido en medio del aire, suspendido como un dios meditante, las piernas cruzadas en una perfecta posición de loto, su figura un punto de calma en el caos orgánico que lo envolvía. La atmósfera era pesada, húmeda y con un peculiar olor a bilis y carne, un recordatorio constante de su prisión.
Si uno lograra perforar la envoltura de oscuridad que lo rodeaba, y mirar su rostro -más específicamente, sus ojos-, se vería que estos no eran del color negro azabache que solían ser. En su lugar, brillaban con un penetrante color púrpura grisáceo, un tono que parecía absorber y reflejar la propia oscuridad del entorno. Y en sus pupilas, un extraño y complejo patrón de ondas concéntricas se extendía a lo largo de los globos oculares, como un estanque de energía infinita. Este era el Rinnegan, un dojutsu de leyenda, el pináculo de los dojutsus del mundo ninja.
A su alrededor, flotaban varias esferas giratorias, cada una zumbando con una energía contenida. Estos eran Rasengan, pero no los comunes; eran composiciones elementales puras. Un Rasengan giraba con poderosas cuchillas de viento, silbando con una furia contenida, compuestas de energía Fūton. Otro, de un azul translúcido, era puramente de energía Suiton, goteando humedad en el aire estancado. Más allá, uno de un color terroso, hecho puramente de roca y grava, giraba lentamente, su superficie áspera y formidable. Cerca, un Rasengan incandescente, de un rojo anaranjado brillante, estaba hecho de pura lava fundida, su calor irradiando incluso a esa distancia. Y así, muchos otros Rasengan de elementos diversos, cada uno una esfera de poder concentrado, giraban alrededor del cuerpo de Hades, creando una vista única, como cuerpos celestiales orbitando una estrella en miniatura.
Pero lo más sorprendente y aterrador era el masivo cuerpo rocoso de cientos de metros de diámetro que flotaba debajo de Hades, una isla de piedra suspendida en el vacío. Parecía estar siendo sostenido en el aire por una fuerza mayor a la de la gravedad misma, una mano invisible que lo mantenía en perfecta ingravidez. Este era el Tengai Shinsei, también conocida como la técnica de Devastación Planetaria, una de las técnicas más poderosas que obtuvo después de despertar el Rinnegan. Desde hacía poco más de un año, Hades finalmente había despertado el Rinnegan, los ojos del Sabio de los Seis Caminos.
Un legendario dojutsu perteneciente al clan Ōtsutsuki, que le permite al usuario realizar hazañas de gran magnitud de poder, casi divinas. Hades había estado entrenando sus nuevas habilidades sin descanso desde que sus ojos se abrieron, dominando cada faceta de este poder ancestral.
Con el pasar del tiempo, se había familiarizado con todas ellas, explorando sus límites y su versatilidad:
Los Seis Caminos (Rikudō): Una habilidad que se deriva del poder del Rinnegan y que le permite canalizar su poder a través de seis cuerpos diferentes que controlaba de forma remota, cada uno funcionando como una extensión de su propia voluntad. Hades había comprendido la profundidad estratégica de esta habilidad. Aprendió que cada camino le otorgaba una habilidad única y poderosa:
Camino Deva (Tendō): Esta habilidad le permite al usuario manipular fuerzas atractivas y repulsivas a gran escala. Sus técnicas más destacadas son el Shinra Tensei (Empuje Todopoderoso), capaz de repeler todo a su alrededor, y el Chibaku Tensei (Devastación Planetaria), con la que podía crear cuerpos celestes masivos. Hades había estado experimentando con la creación de asteroides, imaginando el impacto que tendrían.
Camino Asura (Shuradō): Este camino permite al usuario modificar su propio cuerpo a voluntad para crear armamento mecánico, transformando sus extremidades en misiles, cañones de chakra, brazos adicionales con garras, o incluso armas cortantes capaces de perforar cualquier defensa. Una habilidad ideal para el combate directo.
Camino Humano (Ningendō): Con este camino, el usuario puede extraer el alma de una persona con solo tocarla, pudiendo sondear toda su información, recuerdos y pensamientos, y también tiene la capacidad de eliminar las almas que extrae en el proceso. Una habilidad terrorífica para la interrogación y el asesinato discreto.
Camino Animal (Chikushōdō): Este camino permite invocar y controlar a criaturas y animales gigantes, los cuales se controlan a través de implantes de receptores de chakra invisibles. También podía invocar a los otros Caminos del Rinnegan y compartir la visión con las criaturas invocadas, creando un ejército versátil.
Camino Preta (Gakidō): Este camino permite al usuario absorber cualquier tipo de ninjutsu y chakra, incluyendo el chakra de la naturaleza, volviéndolo invulnerable a muchos ataques. Y, según la investigación de Hades, pudo confirmar que, hasta cierto punto, también podía absorber energías mágicas y divinas, una capacidad que lo hacía casi imparable contra los dioses griegos.
Camino Naraka (Jigokudō): Este camino tiene dos habilidades principales. La primera es la invocación del “Rey del Infierno” (una cabeza gigante y demoníaca que se manifestaba de la tierra), que podía interrogar a las personas para determinar si estaban mintiendo, devorando sus lenguas si mentían. La segunda es la capacidad de restaurar y curar a los otros cuerpos de los otros Caminos, así como resucitar los cuerpos destruidos, una habilidad de soporte inestimable.
Además de estos seis caminos comunes, Hades también poseía una técnica única conocida como Camino Exterior (Gedō). Esta habilidad le permitía controlar a otros seis cuerpos simultáneamente, canalizar su chakra a través de ellos y usar técnicas ha gran escala, como el Gedō: Rinne Tensei no Jutsu (Samsara del Cielo del Camino Exterior), que le permitía revivir a los muertos, aunque al costo de su propia fuerza vital. Esta es considerada la habilidad más importante y sagrada del Rinnegan, un poder que desafía la muerte misma.
Estas habilidades, tanto en conjunto como de manera individual, le ofrecieron a Hades una gama amplísima de opciones a la hora de combatir, de manipular el entorno y de la estrategia, e incluso le dieron la opción de distribuir su inmenso poder entre seis cuerpos para una mejor versatilidad en el combate. Aunque Hades ni siquiera había probado personalmente esta capacidad de despliegue del Rinnegan, la tenía muy en cuenta para el futuro. Quizás, en el futuro, podría crear sus “Seis Caminos del Hades”, sus propias extensiones divinas.
Pero entre sus habilidades, hubo una que llamó especialmente su atención y que se había vuelto indispensable en su entrenamiento: los Clones del Limbo (Rinbo: Hengoku). Esta no es una habilidad perteneciente a alguno de los Seis Caminos, sino que es una habilidad propia y única del Rinnegan de Hades. Le permite crear clones de sí mismo, pero no clones normales o ilusiones. Los clones que Hades podía crear eran entidades cuyo cuerpos eran capaces de existir en otro plano dimensional, un reino invisible a la mayoría, y atacar desde allí, manifestándose solo en el momento del ataque.
Eran prácticamente invisibles para cualquiera que no fuera un usuario de Rinnegan, o quizás si, Hades no lo tenía muy claro, pero al menos sabía que ninguno de sus hermanos podía verlos, lo que los hacía perfectos para el espionaje o ataques sorpresa.
Desde que descubrió todas las habilidades de su Rinnegan, Hades había dedicado innumerables horas al entrenamiento de estas habilidades, empujando los límites de su chakra y su comprensión. Entrenamiento que claramente había dado sus frutos, transformándolo en una fuerza imparable. Ahora era capaz de crear un meteorito de varios cientos de metros o incluso más, gracias a sus vastas reservas de Chakra, y mantenerlo en el aire por horas o incluso un día si se lo proponía, una hazaña de poder que desafiaba la lógica.
En cuanto al progreso del entrenamiento de sus hermanos, Hestia y Poseidón, ambos habían tenido diferentes, pero notables progresos en estos años.
Hestia había progresado a grandes pasos en su uso del One For All, el poder explosivo manifestándose en sus movimientos. Ahora era capaz de saltar enormes distancias con un solo impulso, impulsarse en el aire con sus manos y pies, e incluso crear poderosas ondas de choque con sus golpes.
Con su fuerza actual, era incluso capaz de agrietar la defensa de su Susanoo en su primera forma, la forma esquelética. Puede que no sonara muy interesante para un ojo inexperto, pero Hades sabía que incluso en su forma esquelética, la defensa del Susanoo era brutal, capaz de resistir ataques que desintegrarían montañas. El potencial de Hestia era aterrador.
En cuanto a Poseidón, en lo que a poder bruto se refiere, su progreso no había sido tan exponencial como el de Hestia. Hades le había dado varios artilugios y programas de entrenamiento para aumentar sus atributos físicos más allá del nivel sobrehumano, pero su fuerza física palidecía en comparación con la de Hestia, que parecía ser más fuerte que él incluso sin el uso de su poder.
Pero en cambio, Poseidón se había vuelto un hábil guerrero de la lanza, un bailarín mortal con su tridente. Solía entrenar su estilo de lucha con las sombras de Hades, sus movimientos precisos y fluidos, un arte que dominaba con pasión. E incluso Hades le había regalado un tridente encantado, forjado con el espíritu de las profundidades marinas y el poder de Minecraft, que podía atraer a su mano con solo un pensamiento.
Aunque había algo que Hades realmente no podía entender de su hermano, y era su manía de quitarse la camiseta en medio de los entrenamientos, exhibiendo su bien formado torso.
Cada vez que lo hacía, quizás creía que se veía genial, como los protagonistas musculosos en las películas o los animes. Pero tanto Hades como sus hermanas solo les causaba diversión verlo así. A veces, Hades tenía tantas ganas de reír y quería gritarle “¡No te la vas a coger, hermano!”, pero se aguantaba las ganas para salvar la cara de su hermano y evitar la humillación.
Pero, hablando en serio, Hades estaba bastante orgulloso de la evolución de Poseidón. Tenía que admitir que al principio de la llegada de Poseidón, estaba preparado mentalmente para lidiar con la perversión de su hermanito, con la lujuria desenfrenada que a menudo se atribuía al dios del mar. Estaba listo para corregirlo, si fuera necesario, a base de patadas y sermones.
Pero nada de eso pasó. Poseidón había demostrado ser lo contrario al dios olímpico que él recordaba de las historias y animes de su vida pasada. Aunque, por supuesto, tenía algo de lujuria dentro de él -después de todo, seguía siendo un Dios griego, y la atracción era parte de su naturaleza-, este nunca había sobrepasado ningún límite con ninguna de sus hermanas, ni siquiera con Deméter, que era la más desarrollada físicamente y con una belleza madura.
Su perversión solía limitarse a leves miradas discretas a sus atributos y a uno que otro intento de llamar la atención de alguna de ellas con gestos grandilocuentes, los cuales no solían dar resultados. Pero aun así, nunca llegó al punto de enojarse o intentar forzar las cosas con alguna de ellas, manteniendo siempre el respeto. E incluso si se frustraba al ver que sus hermanas eran más cercanas con el propio Hades -su hermano mayor, super guapo y estoico-, nunca dejó que eso arruinara su relación de super brothers.
En opinión de Hades, el hermano que crio era bastante maduro, considerando su herencia divina. O quizás tenía miedo de que si llegaba a propasarse, Hades le daría una golpiza de proporciones divinas, y es que incluso Hestia, con su One For All, podría barrer el piso con él si no llegaba a medir su fuerza. Una sana dosis de miedo, quizás.
Hades seguía flotando, sus ojos Rinnegan brillando intensamente, mientras ejercía su control sobre la gigantesca roca de Tengai Shinsei. De repente, un sonido etéreo en su mente, un “Ding~” digital, llamó su atención, rompiendo su concentración.
Hades abrió su sistema mental, y su buzón de mensajes apareció ante su vista, vibrando. Había un mensaje que parpadeaba en rojo intenso, una notificación de misión.
Ding ~
[Se ha emitido una misión]
{Escapa de la prisión del Titán}
{El tiempo de escapar ha llegado. Escapa del estómago de Kronos con tus hermanos, antes de que Zeus los libere. Sé el héroe de la historia.}
{Recompensa: Cupón Plateado X 2, Cupón Dorado X 1}
{Fracaso: N/A}
Hades, al ver la misión y las lucrativas recompensas -especialmente los cupones dorados, que eran rarísimos y prometían objetos de gran valor-, no dudó ni un instante. Inmediatamente, la gigantesca masa rocosa del Tengai Shinsei se deshizo en polvo de chakra, dispersándose en el mar estomacal. Todos los Rasengan elementales que lo orbitaban se disolvieron también, sin un solo residuo.
Sin querer perder un solo instante, Hades salió disparado en el aire a toda velocidad, un borrón púrpura, rumbo a la mansión donde se encontraban sus hermanos. El tiempo era oro, y la oportunidad, irremplazable.
Al llegar, Hades aterrizó directamente en el patio principal de la mansión, el impacto suave pero audible, levantando una pequeña ráfaga de aire. Su repentina aparición llamó la atención de Deméter y Hestia, que estaban en el jardín en ese momento, una cultivando flores mágicas y la otra jugando en su consola portátil.
“Reunión. Los espero en la sala. ¡Ahora!”, fue todo lo que dijo Hades, su voz urgente y autoritaria, antes de cruzar la puerta y entrar a la casa, sin darles tiempo a reaccionar.
Ambas hermanas se miraron una a la otra, confundidas sobre la razón por la que Hades los llamó tan repentinamente, su expresión de asombro y una pizca de curiosidad. Hestia se levantó, guardando su consola, y Deméter dejó a un lado sus herramientas de jardinería.
Pero ninguna pensó durante mucho tiempo en la razón de la reunión y caminaron a paso acelerado al interior de la mansión, el misterio y la urgencia de Hades empujándolas.
Un tiempo después.
En la sala principal, un espacio amplio y con techos altos, se encontraban reunidos los cuatro hermanos: Hades de pie, con sus ojos Rinnegan aún activados y brillando sutilmente, y frente a él, Hestia, Deméter, Hera y Poseidón. Todos lo miraban de manera expectante, sus rostros una mezcla de curiosidad y una vaga inquietud, esperando saber la razón por la que los había convocado a una reunión tan repentina y urgente.
Hades, al estar ya frente a sus hermanos, no perdió el tiempo con preámbulos y fue directo al tema principal, su voz grave resonando en la sala.
“La razón por la que los he llamado aquí es porque finalmente ha llegado el momento”, dijo Hades en tono serio, su mirada penetrante recorriendo a cada uno de sus hermanos.
“¿Momento? ¿Qué momento?”, Hestia fue la primera en hablar, su voz aún con un toque de somnolencia, sin comprender a qué momento se refería su hermano. La idea de un escape aún no se había anclado en su mente.
Pero Hera, con su mente más ágil y su perspicacia innata, al escuchar las palabras de Hades y ver el brillo en sus ojos, rápidamente tuvo una idea de a qué podría estarse refiriendo. Sus ojos se abrieron ligeramente con una mezcla de sorpresa y una esperanza largamente reprimida.
“Hades, cuando dices ‘el momento’, ¿te refieres al momento de salir del estómago de nuestro pa… de Kronos?”, preguntó Hera, su voz casi un susurro, el nombre de su padre devorador aún resonando con un eco de trauma.
“Exacto”, confirmó Hades, dando un paso al frente, la confianza irradiando de él. Miró a sus hermanos uno por uno, sus ojos Rinnegan brillando con la promesa de libertad. “Después de tanto tiempo esperando y entrenando, finalmente ha llegado el momento de que salgamos de esta prisión de carne y huesos y reclamemos nuestra libertad. ¡Nuestra verdadera vida comienza ahora!”
Los dioses tuvieron reacciones diversas, cada una reflejando su personalidad. Hestia estaba visiblemente emocionada, sus ojos brillando con la alegría infantil de una aventura, al igual que Deméter, quien esbozó una sonrisa amplia, una esperanza floreciendo en su corazón. Poseidón se encontraba en un estado inquieto, sus músculos tensos, pero incapaz de contener la enorme sonrisa que se dibujó en su rostro, una mezcla de nerviosismo y euforia. Y Hera, aunque se notaba la más calmada en la superficie, su postura erguida y sus labios apretados, Hades podía sentir su euforia interna, un torbellino de emociones contenidas ante la idea de escapar de ese lugar sofocante.
“Ahora, necesito que se preparen para irnos. Tomen todas sus cosas importantes y llévenlas al jardín principal”, ordenó Hades, su voz firme y decisiva. Luego añadió, con una urgencia apenas velada: “Si no quieren dejar ninguna de sus cosas atrás, será mejor que se den prisa, porque nos iremos pronto, muy pronto”.
Al finalizar sus palabras, Hades vio cómo sus hermanos, una vez asimilada la magnitud de la orden, salieron a toda prisa hacia sus habitaciones para empezar a empacar, una ráfaga de actividad en la mansión. Los sonidos de puertas abriéndose y cerrándose, y el rápido arrastre de objetos, llenaron la casa.
Tiempo después.
Se podía ver a Hades en el patio principal, ya vacío de los otros dioses, rodeado por montañas de cajas, muebles, adornos y todo tipo de pertenencias. Sus ojos Rinnegan parpadearon, y comenzó a absorber los objetos a una velocidad asombrosa. Metía montones de cajas y objetos en su inventario dimensional, el espacio personal de su sistema, que parecía no tener límites. Electrodomésticos, ropa, juguetes, pilas de libros, comida, plantas (Deméter había insistido en llevarse sus especímenes más preciados), muebles y hasta las consolas de videojuegos. Todas las pertenencias de los hermanos dioses estaban siendo almacenadas por Hades, desapareciendo en un flash de luz púrpura.
Una vez que todas las cosas importantes estuvieron en el inventario, Hades utilizó su telequinesis para levantar a sus hermanos -que habían vuelto al patio, ansiosos y expectantes-, y con ellos levitando a su alrededor, voló a toda velocidad hacia una de las paredes más lejanas en el estómago de Kronos, más específicamente la pared donde Hades generalmente practicaba sus ataques, un lugar donde el tejido muscular era más denso y el espacio más amplio.
Desde hacía mucho tiempo, Hades había descubierto que esta pared era la que daba directamente hacia el frente del estómago de Kronos, la parte más accesible para un escape directo. Aunque la había atacado deliberadamente durante sus entrenamientos, nunca lo hizo con todo su poder para evitar que su poder se filtrara al exterior y, así, ser descubierto por su malvado padre, que podría haber sentido las vibraciones. Pero ahora, no hacía falta contenerse. La precaución había dado paso a la audacia.
Esta vez, Hades iba a derribar ese muro de carne que los separaba de su ansiada libertad, con toda la fuerza acumulada en años de espera.
Al llegar al lugar, una vasta extensión de carne rojiza y pulsante, Hades aterrizó con suavidad y directamente les pidió a sus hermanos que se colocaran a un lado, lejos del punto de impacto, para su propia seguridad.
Hades, con sus ojos Rinnegan brillando con una intensidad sobrenatural, abrió directamente su dojutsu al máximo y dijo en voz alta, su voz grave resonando en el oscuro espacio: “¡Rinbo: Hengoku!”
“…”, Los hermanos que estaban a un lado, tensos y expectantes, esperaron que pasara algo visible, pero no ocurrió nada. No hubo un destello de luz, ni una figura material. Solo el silencio y la pulsación rítmica del estómago.
Pero desde la perspectiva de Hades, en una dimensión superpuesta e invisible, cuatro figuras habían aparecido a su alrededor. Estos eran los clones del Limbo, entidades fantasmales pero corpóreas. Un grupo de clones cuyos cuerpos existían en una dimensión diferente a la de Hades, pero que estaban conectados a esta dimensión por su poder, capaces de interactuar físicamente.
Cuando las figuras aparecieron, cada uno de estos clones se movió sigilosamente junto a uno de los hermanos de Hades, posicionándose de tal forma que podrían reaccionar y apartar o defender a los jóvenes dioses ante cualquier tipo de peligro inminente. Eran guardianes invisibles, listos para la acción.
“¿Y bien, qué es lo que vamos a hacer aquí?”, preguntó Hera con algo de impaciencia en su voz, su pie golpeando el suelo. Realmente no le gustaba estar expuesta al ambiente del estómago de Kronos, el aire denso y el olor a ácidos gástricos la incomodaban profundamente.
“Ten paciencia, hermana. De seguro nuestro hermano mayor ya tiene preparado un método para nuestro escape”, le replicó Poseidón, con una tranquilidad inusual, teniendo completa confianza en que su hermano mayor, Hades, lograría liberarlos como se los había prometido. Su fe en Hades era inquebrantable.
Deméter, mirando el estado de irritación de su hermana, dedicó unas palabras suaves intentando calmarla. “Vamos, Hera, ten más fe en el hermano Hades. Hasta ahora, nunca ha faltado a su palabra. Es el más inteligente de nosotros”. Terminó por ponerle una mano en el hombro en señal de apoyo, lo cual pareció calmar el estado de ánimo de Hera, aunque su ceño seguía ligeramente fruncido.
“Solo digo”, continuó Hera, su voz un poco más suave. “Que si realmente tuviera una forma de sacarnos de aquí, ¿no debería haberlo hecho hace mucho tiempo? Esto es…” Su voz se apagó, pero la implicación estaba clara: un escape repentino se sentía como una improvisación.
“¿Cómo saber siquiera si funcionará?”, susurró, la duda carcomiéndola.
Al llegar frente a la amplia pared de carne negra, una barrera orgánica de proporciones colosales, Hades detuvo sus pasos. El aire alrededor de él se hizo denso, cargado de chakra.
Tomó una inhalación profunda, el aire viciado del estómago de Kronos llenando sus pulmones, seguida de una larga exhalación, liberando la tensión. Después, dirigió su vista hacia su panel de estado, la pantalla del sistema holográfica que solo él podía ver.
[Estado]
{Nombre: Hades}
{Dios del Inframundo – Dios del Agua}
{Nivel de potencia: 28.967}
{STR: 691}
{DES: 700}
{VIT: 1.500}
{MAG: 12.300}
{CHA: 38}
{KRA: 80.000}
Puntos: 355
A continuación, Hades decidió distribuir todos sus puntos acumulados en los atributos de Fuerza (STR), Destreza (DES) y Vitalidad (VIT). Si quería que su escape saliera perfecto, necesitaba hasta la última pizca de fuerza y resistencia que pudiera conseguir. Un suspiro de energía recorrió su cuerpo.
{Nivel de potencia: 28.867} -> {29.393} (Un aumento significativo de casi 500 puntos)
{STR: 691} + 110 -> {801}
{DES: 700} + 95 -> {795}
{VIT: 1.500} + 150 -> {1650}
Puntos: 0 (Todos los puntos gastados, ni uno solo desperdiciado)
Con esto, Hades finalmente se quedó sin puntos, pero al instante pudo sentir el ligero pero perceptible aumento en su fuerza. Cada músculo de su cuerpo se tensó con energía, sus sentidos se agudizaron, su vitalidad se disparó. Estaba en su pico.
Ya estando preparado, con una voluntad férrea, invocó su lanza Gungnir a su mano derecha. El arma divina se materializó en un destello de luz, su punta afilada y su mango grabado con símbolos antiguos. Extendió un pie hacia atrás y plantó el otro pie firmemente hacia adelante, sus músculos tensos, adoptando una posición perfecta para el lanzamiento de su lanza.
Hades empezó a dirigir toda su energía mágica disponible hacia la lanza, una marea de poder oscuro y abrumador que se concentraba principalmente en su punta. Al hacer esto, Gungnir empezó a ser rodeado por una capa arremolinada de poder mágico y divino, el cuerpo de la lanza resplandeciendo en brillantes luces de colores: púrpuras, azules eléctricos y negros profundos danzando alrededor de su acero. El espacio del estómago de Kronos empezó a distorsionarse sutilmente, sus dimensiones pareciendo fluctuar en presencia del arma divina y la inmensa energía concentrada. Los tejidos carnosos a su alrededor se tensaron, como si sintieran la amenaza inminente.
Hades, con una concentración absoluta, poniendo todas sus fuerzas en su brazo y en su voluntad, arrojó la lanza directamente hacia la pared de carne negra, el punto exacto donde había estado entrenando durante años.
No hubo onda de choque audible al principio, no hubo resistencia inmediata. La lanza atravesó directamente la superficie del estómago del titán como si fuera mantequilla, como si la carne más gruesa fuera tan frágil como el aire, dejando detrás de sí un rastro de destrucción, una perforación perfecta y limpia. Atravesó la pared de carne muscular, luego la mucosa húmeda, después la submucosa densa, luego la capa muscular que protegía el estómago y, finalmente, la piel externa del Titán rompiendo la Barrera de la dimensión artificial.
¡¡¡AUGE!!!
Un estallido ensordecedor, de una magnitud apocalíptica, rompió el silencio.
Se encendió una brillante luz enceguecedora, de un blanco tan puro y brillante que cegó la vista de Hades y sus hermanos por un instante, obligándolos a cerrar los ojos.
La presión de la explosión los lanzó hacia atrás, incluso a los clones del Limbo, que protegieron a los hermanos con sus cuerpos invisibles. La prisión de carne de Kronos se desgarró en un cataclismo.
Punto de vista: Monte Otris.
Templo principal.
En el salón principal del templo más alto del monte Otris, una estructura majestuosa de mármol blanco y oro, sus columnas masivas sosteniendo techos abovedados pintados con constelaciones y mitos, se encontraban sentados cinco de los seis dioses Titanes, hijos de Gea y Urano. La atmósfera era de opulencia y poder.
A la izquierda, en tronos de ébano y plata, se encontraban el brillante Hiperión, el Titán del sol, su aura resplandeciente; y Ceo, el Titán de la inteligencia, su semblante grave. Mientras que a la derecha, en tronos de basalto oscuro, se encontraba Crio, el Titán del rebaño, su expresión robusta; y cerca de él, de pie, su figura imponente y musculosa, era el sobrino más leal de kronos el Titán de la fuerza, Atlas, condenado a sostener los cielos, pero hoy en día todavía libre para la celebración.
Y en el trono más alto y central del lugar, labrado en oro puro y obsidiana, se encontraba sentada la imponente figura de Kronos, el Rey de los Titanes. Su semblante, aunque envejecido por la paranoia y el poder, exudaba una autoridad inquebrantable, sus ojos fijos y fríos dominando el salón.
Estos estaban reunidos con el propósito de celebrar el festival anual en honor a su victoria sobre Urano, su padre, un día de júbilo y reafirmación de su poder. Y, por supuesto, para recibir regalos y felicitaciones de los visitantes de toda Grecia, mortales y divinos por igual, que acudían a rendirles homenaje.
Hasta ese momento, todo había transcurrido de manera natural. Las ofrendas se acumulaban, los cánticos de alabanza llenaban el aire y el banquete estaba en pleno apogeo.
Hasta que de repente, en el corazón del salón, justo debajo del trono de Kronos…
“Shssss”. Un extraño sonido siseante, como el de una burbuja de aire escapando, se escuchó. Imperceptible para la mayoría, pero un presagio para aquellos con sentidos divinos.
¡¡¡BOOOM!!!
Más rápido de lo que nadie pudiera reaccionar, sin previo aviso, ¡el estómago de Kronos explotó! No fue una ruptura, sino una detonación visceral. Con la explosión, la silueta de una lanza, envuelta en un brillante fulgor de luz dorada y azul eléctrico, salió disparada desde el centro de su cuerpo, seguida de una gigantesca explosión de energía divina que se manifestó como una ola de choque pura. La fuerza de la explosión destrozó todo a su paso, no solo el cuerpo del Titán.
¡Crash!
La lanza, aún pulsando con poder residual, terminó por atravesar una de las paredes masivas del templo, justo al lado de la entrada principal, perforando el mármol como si fuera papel. Generó una onda de choque secundaria que, al expandirse, terminó destruyendo la mitad del templo en el proceso, derrumbando columnas y haciendo añicos el suelo. La fuerza del impacto derribó a todos los que estaban presentes, lanzándolos por los aires como muñecos de trapo. Los gritos de los asistentes se ahogaron en el estruendo.
“¡Aaaaaarghhh!” Un grito agónico, desgarrador, se alzó por encima del caos. Todos los presentes reaccionaron al escuchar el grito de dolor, un sonido gutural que solo podía provenir de Kronos.
Y cuando miraron hacia la dirección de donde venía el grito, todos no pudieron evitar quedarse sin aliento. El festín se había convertido en una masacre.
Allí yacía Kronos en el suelo, su cuerpo titánico estaba destrozado, una herida abierta y humeante donde antes estaba su estómago. Su abdomen estaba hecho pedazos, una cavidad sangrante y humeante, y varios de sus órganos internos, grotescos y pulsantes, estaban esparcidos por el suelo como restos de un banquete fallido. El Rey Titán, el devorador de sus hijos, estaba herido de muerte, su poder mermado, su figura antaño imponente, ahora una masa de agonía.
Pero cuando los demás Titanes -Hiperión, Ceo, Crio y el imponente Atlas- estaban a punto de acudir en su ayuda, sus propios cuerpos doloridos por el impacto, algo les llamó aún más la atención. En medio del salón principal, donde antes estaba el suelo, se podían ver un grupo de figuras humanas, cinco jóvenes, los cuales estaban tirados en el suelo, emergiendo de la niebla de polvo y la luz divina. Habían estado dentro de Kronos.
Cuando el humo y el polvo se levantaron, disipándose lentamente como una cortina de teatro, pudieron ver con mayor claridad.
Las figuras eran tres mujeres jóvenes y dos hombres jóvenes. La más pequeña de ellas, una mujer con cabello negro amarrado en coletas cuya presencia emanaba una fuerza evidente.
Otra, con cabello rubio brillante, su rostro marcado por la inteligencia.
Una tercera, de cabello rubio algo rojizo y ojos amables.
Un hombre de cabello negro azabache y mirada confiada.
Y entre ellos, uno que ya empezaba a levantarse. Era un hombre alto de cabello negro, una musculatura definida y unos extraños ojos de color púrpura grisáceo, de los cuales emanaban ondas que parecía absorber la luz.
De repente, este hombre alto de cabello negro extendió una mano hacia la nada, hacia el agujero recién hecho en la pared del templo. ¡En un instante, como si fuera atraída por una fuerza invisible, la lanza que había perforado el templo voló a una velocidad increíble en dirección a la mano del hombre! Giró varias veces en el aire, sus brillos dorados destellando, hasta posarse firmemente en su mano, como si siempre hubiera pertenecido allí.
Cuando Hades finalmente se puso de pie, su figura erguida y triunfante en medio del caos, giró la cabeza, su mirada de Rinnegan recorriendo el público que tenía enfrente: los Titanes heridos y confundidos, los dioses menores aterrorizados, y los restos de un templo en ruinas. Luego, su mirada se detuvo en la figura agonizante de Kronos, tirado en el suelo, retorciéndose de dolor, su cuerpo destrozado.
En ese momento, en el rostro de Hades, no pudo evitar esbozar una enorme sonrisa, ancha y sin remordimientos. Una sonrisa que, a los ojos de los que lo miraban, poco a poco se convirtió en una sonrisa macabra, llena de una satisfacción fría y una pizca de locura divina.
“¡Hola, papito!”, exclamó Hades, su voz resonando con una burla helada en el templo en ruinas. “¿Me extrañaste~?”
.
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Fin.
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Estado actual del protagonista.
[Estado]
{Nombre: Hades}
{Dios del Inframundo – Dios del Agua}
{Nivel de potencia: 28.967}
{STR: 801}
{DES: 795}
{VIT: 1.650}
{MAG: 12.300}
{CHA: 38}
{KRA: 80.000}
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