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Un Dios De La Muerte Como Ningún Otro En Animé World - Capítulo 18

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Capítulo 18: 17.

POV Hades.

El ambiente en el salón principal del Templo de Otris no era tenso, era gélido, irrespirable. La piedra de mármol y oro que antes resplandecía ahora estaba rota y humeante, salpicada con el líquido vital de Kronos.

En el centro de esta devastación, el mismísimo Rey de los Titanes yacía en el suelo, su cuerpo divino lacerado, el abdomen desgarrado en un festín de órganos expuestos. Kronos estaba confundido, la visión del joven frente a él se mezclaba con el dolor punzante de su herida.

Estaba enojado, una furia antigua burbujeaba en su interior, pero sobre todo, ¡estaba muy adolorido! No entendía cómo es que estos hijos suyos, a quienes había devorado uno por uno, habían logrado escapar de su estómago. Era prácticamente una prisión a prueba de escape, una subdimensión estable que había invertido muchos recursos y energía en crear. La ira y el asombro lo carcomían.

Mirando a Hades, quien se alzaba triunfante frente a ellos, su figura esbelta pero imponente en medio del caos, ninguno de los Titanes restantes se atrevió a hacer un movimiento apresurado. La prudencia se impuso a su ira.

Bueno, Atlas, el Titán de la Fuerza, lo intentó. Sus músculos se tensaron, y una furia ciega se encendió en sus ojos, dispuesto a cargar contra el insolente dios.

Pero Crío, el Titán de las Constelaciones, más frío y calculador, lo detuvo con un brazo firme, su mirada advirtiéndole de la locura de un ataque precipitado.

Las miradas de los Titanes eran precavidas, no solo hacia Hades, que exudaba un aura que les hacía saber que su fuerza no era nada débil, sino bastante fuerte y desconocida.

Pero la principal razón de su cautela era la lanza dorada que Hades sostenía en sus manos. Gungnir, recién recuperada, brillaba con una luz sobrenatural, el poder que exudaba esa lanza no era en absoluto normal. Era algo que nunca habían sentido, una energía divina y mágica tan densa que incluso los hacía sentir amenazados en lo más profundo de su ser.

No estaban completamente seguros de poder lidiar con ese niño ahora, sobre todo con el más fuerte de ellos, Kronos, estando herido de muerte y visiblemente debilitado. Y ellos mismos estaban lastimados, sus cuerpos habían sido afectados por la explosión de poder divino que había desgarrado a su Rey. Su propia fuerza estaba mermada.

Ceo, el Titán de la Inteligencia, lanzó una mirada rápida y significativa a Hiperión, el Titán de las Estrellas. Este último, con un brillo en sus ojos que denotaba su vasta observación, inmediatamente entendió el mensaje: cautela, estrategia y tiempo.

“¿Quiénes son ustedes? ¿Cómo tienes el atrevimiento de atacar al Rey de los dioses?”, Hiperión, con voz resonante que intentaba sonar autoritaria a pesar de su inquietud, lanzó la pregunta. Ya tenía una idea de quiénes eran estas personas. Estaba muy claro al ver que habían aparecido después de que el estómago de Kronos explotara: eran los hijos que habían sido devorados.

Pero necesitaba hacer tiempo hasta que llegaran los refuerzos.

Era más que posible que Jápeto, el Titán del Mortal y de la Artesanía, ya se hubiera dado cuenta de la anterior explosión y estuviera en camino con los demás Titanes que no habían estado presentes en el banquete.

Entonces, teniendo la ventaja del número, podrían lidiar fácilmente con estos pequeños dioses, sin importar su poder.

Sobre todo con el que sostenía la lanza, el joven dios de cabello negro y ojos púrpuras. Aunque Hiperión nunca lo admitiría, podía sentir que ese joven dios podría ser igual o incluso más fuerte que él en ese momento. En su estado actual, no tenía la confianza de vencerlo sin poner en riesgo su propia vida.

Mientras los hermanos Titanes y los guardias del salón -aquellos que habían logrado ponerse en pie y no habían sido arrojados contra las columnas derrumbadas- se preparaban para cualquier movimiento por parte de los dioses intrusos, Hades, impasible, estaba mirando una por una a las figuras en el salón. Sus ojos Rinnegan escaneaban a cada uno, evaluando su poder.

Los guardias no eran nada destacables, sus auras divinas apenas eran notables en comparación con la suya. Ni siquiera necesitaba considerarlos como una amenaza. Los más fuertes no llegaban a las 6000 unidades de poder, como diría cierto saiyajín “meros insectos”.

Pero los seis Titanes que tenía en frente, incluso en su estado debilitado, eran un tema completamente diferente. Su aura se expandía a medida que Hades los analizaba, los números apareciendo en su visión, mostrando la información de los enemigos que tenía en frente.

{Ceo}

{Dios de la Inteligencia – Dios de la Estrella Polar}

{Nivel de potencia: 23.800 – debilitado – 19.700}

{Crío}

{Dios de las Constelaciones}

{Nivel de potencia: 24.400 – debilitado – 21.060}

{Hiperión}

{Dios de las Estrellas – Dios de la Observación}

{Nivel de potencia: 27.800 – debilitado – 24.000}

{Atlas}

{Dios de la Fuerza}

{Nivel de potencia: 27.000 – debilitado – 26.000}

Pero el que realmente dejó a Hades una gran impresión fue el Titán que yacía en el suelo, su cuerpo destrozado, pero su poder aún formidable.

{Kronos}

{Dios del Tiempo – Dios de la Agricultura – Rey de los Dioses}

{Nivel de potencia: 34.100 – debilitado – 27.900}

Aunque estaba herido de muerte y su aura lo hacía parecer visiblemente debilitado, su fuerza no era para tomarse a la ligera. A pesar de los órganos expuestos y la sangre brotando, el número no disminuía como Hades esperaba.

Y lo que preocupaba a Hades era el hecho de que su cuerpo se estaba curando a una velocidad visiblemente rápida, su poder divino trabajando frenéticamente para regenerarse. No tardaría mucho tiempo en volver a ser una amenaza.

Con su fuerza actual, Hades estaba seguro de que moriría si peleara solo contra todos ellos e solo en ese estado de recuperación.

Después de todo, el nivel de potencia de un individuo no determinaba su capacidad de combate absoluto, y la experiencia de los Titanes era vasta. Además, no estaba seguro de poder pelear a su máximo nivel y proteger a sus hermanos al mismo tiempo. Esa era la clave.

Por lo que, por ahora, su mejor curso de acción era escapar.

La misión era “escapar”, no “derrotar a los Titanes”.

“¡Oye! ¿Me estás escuchando?”, Hiperión, al ver que Hades lo estaba ignorando y lo analizaba como si fuera un mero espécimen, no pudo evitar sentirse profundamente ofendido. Su paciencia se agotaba.

“¡Mocoso, responde mi pregunta!”, dijo, su voz resonando con un enojo que se había encendido. “¿Quién demonios eres, insolente?”

Finalmente, Hades volteó la mirada hacia el Titán, sus ojos púrpura fijos en los de Hiperión, una sonrisa juguetona comenzó a formarse en sus labios.

“¿Yo? ¿Quieres saber quién soy?”, dijo Hades en un tono que, a pesar de su seriedad, tenía una pizca de teatralidad. La Gungnir en su mano vibraba sutilmente. “Entonces escúchame bien, porque solo lo diré una vez”.

Estas palabras llamaron la atención de todos en la sala. El resto de los Titanes, los guardias, incluso Kronos en su agonía, se tensaron, esperando una revelación grandiosa, el nombre de un dios olvidado o una nueva deidad.

El silencio en el salón roto solo por los gemidos de dolor de Kronos.

“Yo soy el hijo de la noche”, Hades comenzó, su voz grave, su mirada intensa, construyendo el momento. “¡Yo soy la venganza! ¡Yo soy… Batman!”

“……”

“……”

“……”

“…..”

Un silencio atónito llenó el salón. Un silencio pesado, tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Nadie dijo nada, las palabras de Hades flotando en el aire como una broma pesada que nadie entendía.

A excepción de Hestia. La joven diosa, que segundos antes había estado tensa, soltó una risa ahogada, y luego otra, y otra, hasta que no pudo contenerse más.

Se estaba muriendo de risa, sus mejillas enrojecidas, rodando por el suelo mientras se sujetaba el estómago, las lágrimas asomando en sus ojos.

Poseidón, en cambio, desvió la mirada con una vergüenza palpable, llevando una mano a su frente, deseando que la tierra se lo tragara.

Ninguna de las demás personas en la sala, ni Titanes ni guardias, entendió las palabras de Hades. Para ellos la referencia era incomprensible.

Uno de los dioses menores que servía como guardia, un joven inexperto con la lanza rota en la mano, no pudo evitar preguntar en voz alta, su voz temblorosa: “¿Bat-quién? ¿Un demonio murciélago?”

Los Titanes no estaban mejor.

Ceo, el inteligente, frunció el ceño en profunda confusión.

Atlas, el fuerte, solo lo miró con una expresión vacía. No sabían si lo que había dicho Hades era verdad o si solo se estaba burlando de ellos con una burla tan críptica que solo él entendía.

Incluso el propio Kronos, aún en el piso, su cuerpo intentando regenerarse, no pudo evitar quedarse perplejo, sus ojos dilatados por la sorpresa, preguntándose cuándo había tenido un hijo que se llamara ‘Batman’.

¿Acaso su memoria se estaba echando a perder por la edad o la herida?

“¡Pfff, jajajajaja!”, Hestia, que ya no podía contenerse, estalló en carcajadas, rodando por el suelo, incapaz de detenerse, sus hombros sacudiéndose con cada ataque de risa.

La tensión se rompió para ella en un momento de puro humor absurdo.

“¡’Suspiro’!”, Poseidón se sentía extremadamente avergonzado, de alguna forma, Hades había convertido una situación de vida o muerte en una broma ridícula.

Dio varios pasos hacia un lado, alejándose sutilmente, no quería que lo relacionaran con ese raro hermano suyo. Su cara estaba roja.

Hera no dijo nada, pero alzó una ceja, una expresión que valía por mil palabras, como diciendo: “¿En serio, Hades? ¿Este es el momento para tus chistes tontos?”. Su elegancia se mantuvo, pero su irritación era evidente.

Deméter, que no había entendido la broma, y viendo a su hermana Hera algo molesta, preguntó a sus hermanos con la inocencia de un niño: “¿Batman? ¿No se llamaba Hades? ¿ese es su segundo nombre?”

Kronos, aún sumido en sus pensamientos, su mente luchando por conectar los puntos, reaccionó al escuchar ese nombre, “Hades”, sus ojos, aunque nublados por el dolor, se enfocaron repentinamente en la figura frente a él.

“¡Tú!”, el grito salió de su garganta, débil pero cargado de reconocimiento y furia.

“¡Yo!”, respondió Hades, su sonrisa divertida ensanchándose, la Gungnir brillando en su mano, listo para lo que viniera.

“¡Tú eres ese niño! ¡Tú eres el primero de mis hijos, Hades!”, rugió Kronos, el reconocimiento final encendiéndose en sus ojos.

La pieza del rompecabezas había encajado, y con ella, la furia del titán estalló en su interior.

“¡Vaya!, me siento halagado de que me recuerdes”, entonces Hades dio un paso al frente, haciendo que los Titanes se tensaran. “En ese caso, déjame presentarte formalmente”.

“Mi nombre es Hades, soy el hijo mayor de la cucaracha horrenda que está a sus pies”, dijo, causando que la ira de Kronos alcanzara un nuevo pico.

“Soy el Dios de los muertos, las sombras, el agua y blablabla… listo, ahora ustedes preséntense”, dijo Hades para mirar a sus hermanos. No es que Hades tuviera un interés real en presentarse ante su padre y sus tíos, pero él les estaba preparando una sorpresa que les ayudaría a escapar.

Concentrando su chakra en sus ojos, los músculos alrededor de sus Rinnegan se tensaron casi imperceptiblemente. Efectuó la técnica Tengai Shinsei, sus ojos parpadearon con un leve, casi imperceptible, brillo morado que solo un Rinnegan podría detectar..

Sin que nadie lo supiera, a miles de metros de altura sobre la montaña divina, en las capas superiores de la atmósfera del planeta, se empezaba a formar un gigantesco cuerpo celeste hecho de roca, una sombra que aún no era visible, pero que ya proyectaba su destino.

La siguiente en presentarse fue Hestia, quien, a pesar de las risas aún burbujeando en su pecho, se enderezó, su joven rostro una mezcla de seriedad y una pizca de diversión “Mi nombre es Hestia. Soy la hija mayor y soy la diosa del fuego y la familia.” Su voz era algo burlona, pero llevaba la calidez de su dominio

El siguiente en presentarse fue Poseidón.

A pesar de la vergüenza anterior, asumió una pose digna. “Yo soy el segundo hijo varón y mi nombre es Poseidón. Soy el Dios del mar, de los terremotos, y de las tormentas.” Iba a añadir que también era el dios de los caballos, pero pensó que era innecesario, y decidió omitirlo para sonar más imponente.

La siguiente en presentarse fue Hera, quien, aunque no sabía lo que trataba de lograr Hades, no perdió la oportunidad de lucirse, una diosa de nacimiento. Se paró justo al frente de los hermanos con su característico aire de nobleza y autoritarismo, sus ojos desafiantes, a pesar de la situación”Mi nombre es Hera. Soy la tercera hermana, soy la diosa del matrimonio y la fertilidad” su voz, a pesar de su juventud, estaba llena de autoridad.

La última fue Deméter, la cual se paró detrás de Hades, casi ocultándose un poco. Tragó saliva ruidosamente, glup, mirando las miradas amenazadoras de los Titanes. Finalmente, con un poco de nerviosismo, se presentó: “Yo… mi nombre es Deméter, la diosa de la agricultura, la cosecha y la fertilidad de la tierra.” Su voz era un poco más suave, pero firme

Al terminar de presentarse, Hades volvió a hablar: “Entonces, ¿no estás feliz de ver a todos tus hijos reunidos? ¿Por qué no sonríes? ¡Este es un evento que hay que celebrar!”, dijo sacudiendo sus manos de manera dramática como si se tratará de una fiesta familiar.

Kronos no pudo evitar gruñir con furia, su dolor se mezclaba con la ira.

Miró a su hijo mayor con ojos inyectados en sangre. “¿Cuál es tu propósito al hacer esto, Hades? ¿Acaso piensas en revelarte contra mí, en arrebatarme el trono que tanto codicias?” Terminó con un tono amenazante, su voz ronca por el dolor y la furia.

“¿He? ¡Hooo, sí, el trono!”, Hades puso su mano en el mentón y fingió reflexionar profundamente, burlándose descaradamente. “Todavía me resulta increíble que alguien sea capaz de devorar a su propia familia por una posición como esa, ¡un puesto tan efímero!”

“A decir verdad, no me interesa en absoluto la posición de Rey Dios”, Hades se encogió de hombros con una mirada divertida, genuina diversión en sus ojos.

Pero al instante siguiente, su rostro cambió. Su mirada se volvió gélida, amenazante, sus ojos Rinnegan brillando con una intensidad que no era divertida en absoluto, sino puramente vengativa. Se dirigió directamente a su padre. “Pero lo que tú nos hiciste es imperdonable, Kronos.”

“No solo le negaste la libertad a tus hijos por culpa de tu estúpida paranoia, la misma que te llevó a derrocar a tu propio padre”, le replicó Hades en tono acusatorio, su voz aumentando en volumen, resonando en el salón destrozado. “¡Sino que nos devoraste siendo malditos bebés! ¡Que clase de bestia, qué clase de monstruo sería capaz de hacer eso! ¡Nos condenaste a una existencia de oscuridad y encierro!”

El grito final de Hades, cargado de años de resentimiento, hizo que el rostro de Kronos se pusiera aún más feo, su piel se tensó por la ira y el dolor, y apretó sus puños con fuerza, sus uñas hundiéndose en la carne.

En ese momento, realmente quería acabar con ese irrespetuoso hijo suyo, desmembrarlo pedazo a pedazo.

Si su cuerpo no estuviera tan dañado, ya habría convocado su guadaña y se habría abalanzado sobre los jóvenes dioses, ahogando su insolencia en sangre.

“Pero bueno”, el rostro de Hades finalmente se calmó, su expresión volviendo a la frialdad calculada, aunque la sonrisa persistía.

“Lo único que tengo que decirte es que voy a matarte. Para tu suerte, padre, no será hoy, ni aquí. Pero que sepas que en algún momento, cuando menos lo esperes, volveré por ti, y entonces el tiempo de la venganza será completo”.

El cuerpo de Hades empezó a flotar en el aire, las fuerzas de la gravedad lo elevaban suavemente. Los clones del Limbo que sujetaban a sus hermanos también se elevaron junto con él, sus figuras fantasmales elevándose junto con la de Hades.

“Hasta entonces, vive con eso y reflexiona sobre tu situación, ¡chao!”

Antes de que nadie más pudiera decir algo, o antes de que los Titanes pudieran reaccionar al desafío y la promesa de muerte, los cinco hermanos atravesaron el techo destruido del templo, una apertura forjada por la explosión anterior, y salieron disparados hacia el cielo a gran velocidad.

“¡Deténganlos!”, se escuchó el grito desesperado de Kronos, su voz ronca por la rabia y el dolor. “¡Ninguno de ellos tiene permitido irse de aquí con vida! ¡Que nadie escape!”

El primero en reaccionar fue Hiperión. No solo por ser el que se encontraba en el mejor estado físico de los Titanes -su dominio sobre la luz y el fuego le había permitido mitigar parte del impacto-, sino porque de todos sus hermanos, él era el más rápido y el único que tenía la capacidad innata de volar a altas velocidades.

Rápidamente, rodeó su cuerpo con energía divina, un aura dorada que lo envolvió por completo hasta quedar completamente envuelto en una luz cegadora, tan intensa como el sol mismo.

Entonces, salió disparado hacia el cielo, una flecha de luz en dirección a las figuras en ascenso de los hermanos, su mente ya calculando la trayectoria.

Tenía que derribarlos antes de que pudieran alejarse más del Monte Otris, antes de que desaparecieran en el vasto cielo.

Por lo que concentró gran parte de su energía divina en sus manos, cargándola hasta que sus palmas brillaron como pequeños soles, y las apuntó en dirección de los dioses que huían.

Flash – un poderoso pilar de luz solar, con un diámetro de más de 20 metros, tan abrasador como el mismísimo sol, salió disparado desde sus manos, apuntando directamente a las figuras que se alejaban en el cielo, una flecha de energía que buscaba incinerar.

Hades, naturalmente, se dio cuenta de esto gracias a la visión de su Rinnegan y a la premonición de sus clones del Limbo.

Sin dudar, voló hacia atrás, colocándose justo frente al ataque, asegurándose de cubrir la retirada de sus hermanos con su propio cuerpo.

Cuando el ataque se acercó lo suficiente, un pilar de luz que venía a incinerarlo, Hades extendió las manos hacia adelante con una calma absoluta y utilizó el Camino Preta, la habilidad de absorción de chakra.

Cuando el pilar de luz solar estaba por impactar el cuerpo de Hades, la energía colosal chocó con una barrera invisible, una pared de chakra puro que se manifestó en el aire.

¡Bum!

La barrera logró detener el rayo de luz, absorbiendo su impacto con una fuerza inmensa. La energía liberada por la fricción de la absorción y la colisión creó una explosión secundaria y un destello cegador que se logró ver desde la ciudad, a los pies de la montaña, y a kilómetros a la redonda.

Deslumbró a todos los habitantes en el Monte Otris, los cuales tuvieron que cerrar sus ojos y cubrirse para evitar ser deslumbrados por la intensidad abrumadora de la luz, que era como un segundo sol.

Hades apretó los dientes, sintiendo la inmensa presión de la energía, puso toda su concentración en expandir la barrera de absorción.

A medida que pasaban los segundos y el rayo de energía seguía impactando contra la barrera, este empezó a disiparse, su potencia disminuyendo. La energía divina residual, una vez convertida en chakra, era inmediatamente absorbida por Hades en el proceso, alimentando su propia reserva, un banquete de poder.

Hiperión, desde la distancia, logró ver esta escena, sus ojos brillando con incredulidad. No podía creer que uno de sus ataques más fuertes, un pilar de luz solar que podía rivalizar con las estrellas, pudiera ser absorbido así como si nada. Sabía que ese ataque podía fácilmente atravesar montañas y borrar islas enteras cuando se utilizaba a plena potencia, y este joven dios lo había detenido. El asombro se mezclaba con la ira.

Hiperión apretó los dientes de frustración, su aura dorada parpadeando con su ira contenida.

Estaba a punto de lanzarse nuevamente.

Pero tuvo que detenerse.

Hades, de repente, convocó a sus manos la lanza Gungnir, y sin dudarlo esté empezó a cargar su energía divina en ella, una concentración rápida y violenta.

Y sin previo aviso, la arrojó con una fuerza increíble en dirección del Titán del sol, una decisión que sorprendió incluso a sus propios hermanos.

La lanza, rodeada por una densa energía dorada y arcos eléctricos crepitantes, viajó a una gran velocidad, rompiendo varias docenas de veces la barrera del sonido en el proceso, dejando una estela de aire perturbado a su paso.

Hiperión, utilizando cada gramo de energía y su vasta experiencia en combate, movió su cuerpo hacia un lado en el último instante, logrando esquivar el impacto directo de la lanza, que habría significado su aniquilación.

Un suspiro de alivio se le escapó.

Pero entonces, se dio cuenta. La lanza no lo estaba apuntando a él.

El objetivo era otro.

En el salón destrozado donde se encontraban los Titanes restantes, Kronos ya se encontraba recuperándose a un ritmo alarmante.

Jápeto no solo había traído a más guardias, que ahora se desplegaban defensivamente, sino también a varios dioses especializados en la medicina, sanadores divinos que trataban el cuerpo de Kronos, vertiendo néctares y ambrosía sobre sus heridas. El Rey Titán, a pesar del dolor y el destrozo, ya podía pararse sobre sus pies, aunque con ayuda de algunos guardias. Su fuerza estaba regresando.

De repente, todos en la sala levantaron la mirada hacia el cielo, una premonición de peligro.

Entonces vieron el destello de luz rodeado de relámpagos de Gungnir, la lanza divina de Hades, dirigiéndose directamente hacia ellos, o más específicamente, hacia el propio Kronos, como una flecha que prometia la muerte.

Kronos, sin tiempo para pensar ni para que sus sanadores terminaran su trabajo, rápidamente convocó su guadaña. El arma, de apariencia amenazante, con un cuerpo hecho de metales oscuros como la noche, apareció directamente en su mano derecha, un símbolo de su poder sobre el tiempo y la siega.

Entonces, viendo su poder divino hacia el arma, azotó la punta de la guadaña contra el suelo con una fuerza que hizo temblar lo que quedaba del templo. En ese momento, una burbuja transparente de energía temporal y espacial envolvió a todos los que se encontraban a su alrededor: los Titanes, los sanadores y los guardias cercanos.

Y justo cuando Gungnir estaba por impactar contra sus objetivos, estos desaparecieron del lugar en un parpadeo de luz, teletransportándose a otro sitio, y aparecieron directamente en la plaza de la ciudad, justo en medio de un escenario donde varias ninfas estaban bailando momentos antes, ahora dispersas por el pánico.

¡Booooom!

Al instante de que la lanza chocara contra el suelo del templo, se escuchó una inmensa explosión que sacudió toda la montaña con una ferocidad inaudita, un rugido que hizo temblar el cosmos.

El terremoto no solo se sintió en la cima de la montaña, donde el templo fue reducido a escombros definitivos, sino también en la ciudad y las partes más bajas de esta, las casas temblaron y las rocas rodaron. Una gigantesca nube de humo y polvo, cargada con la energía residual de la explosión divina, se levantó con el impacto, oscureciendo el cielo y expandiéndose por el valle.

Los habitantes de la ciudad, a los pies del Monte Otris, entraron en pánico y empezaron a correr como pollos sin cabeza, sus gritos de terror llenando el aire.

No solo por el aterrador ataque que impactó la cima de la montaña, sino por la aterradora onda de poder divino que se expandió a partir de dicho impacto, llevando consigo una aterradora ráfaga de arcos de electricidad que crepitaban y destruían todo a los alrededores, incluso llegando hasta la ciudad, destruyendo varios edificios y causando incendios.

Zeus y Metis, que se encontraban en medio del caos, tuvieron que salir despavoridos hacia abajo, intentando salir de la zona de desastre evitando los escombros que caían del cielo, los rayos que golpeaban la tierra.

Zeus se encontraba bastante alterado y algo asustado, su máscara de confianza completamente rota. Por los eventos repentinos, nada en esta misión ocurrió como debería haberlo hecho. Todo era un desastre incontrolable: esas aterradoras auras que podía sentir en el cielo, el repentino ataque de luz que destruyó los templos en la cima de la montaña, y la aterradora tormenta de rayos que ahora estaban destruyendo la ciudad a su alrededor.

Y el temor de Zeus solo se convirtió en terror cuando pudo ver uno de los rayos de energía divina, desprendido del impacto de Gungnir, impactar a un dios menor que estaba corriendo a su lado. El rayo quemó directamente su cuerpo hasta que solo quedaron cenizas, fue una desaparición instantánea.

“¡Quiero irme a casa!”, gritó Zeus con pequeñas lágrimas en sus ojos, el pánico infantil aflorando, pensando que sería mejor estar en su hogar en la Isla Creta, siendo mimado y consentido por las musas del bosque, lejos de todo este caos.

que corría a su lado, no estaba mejor. Estaba confundida y asustada, su mente analítica incapaz de procesar la magnitud del desastre. No se suponía que nada de esto sucediera ese día. El profeta Prometeo había dicho que lograrían cumplir su misión con éxito y regresarían a la Isla Creta victoriosos con los hermanos de Zeus. ¿Acaso ese tipo los había engañado? ¿O será que sobreestimaron al Dios profeta y su capacidad de ver el futuro?

Metis no lo sabía y tampoco le importaba en ese momento. Lo único que quería era escapar del desastre que había detrás de ellos, sobrevivir a la locura.

Por lo que, rápidamente, tomó la mano de Zeus, su agarre firme y tranquilizador. Luego, metió la mano en su túnica sacando un talismán de piedra con varios grabados místicos en su superficie, un artefacto de escape de emergencia.

Estaba a punto de romper el talismán, recitando las palabras, cuando de repente, el cielo se oscureció de forma antinatural, creando una sombra que no solo cubrió a la ciudad sino directamente toda la montaña y el valle en el que se encontraba. El aire se volvió frío, denso.

Metis y Zeus, en su confusión, levantaron su vista hacia el cielo, y entonces sus ojos casi se salieron de sus cuencas debido a la sorpresa y el miedo.

No solo ellos. Todos los habitantes del Monte Otris, ya fueran dioses, sátiros, ninfas, espíritus, o humanos divinos, no pudieron evitar quedar paralizados al mirar hacia el cielo. El pánico se convirtió en un terror mudo, colectivo.

Incluso el mismísimo Rey de los Dioses y los Titanes, que habían aparecido en otra zona de la montaña tras la teletransportación de Kronos, no pudieron evitar quedarse paralizados por lo que estaban viendo, su rabia y su dolor se olvidaron momentáneamente ante su. visión.

Entre las nubes, que se habían arremolinado para formar una gran abertura, una gigantesca sombra se cernía sobre ellos, proyectando una oscuridad ominosa. Y cuando las nubes se separaron finalmente, lo vieron.

Un meteorito. No, era más que eso. Una inmensa roca de dimensiones apocalípticas se dirigía directamente hacia la montaña divina, una masa de muerte suspendida en el cielo.

Su tamaño era aterrador, teniendo un diámetro que fácilmente superaba los 3.000 metros, una inmensa montaña voladora. Y se dirigía hacia ellos a una velocidad a la que difícilmente podrían escapar del impacto directo. No, incluso los más rápidos y poderosos ni siquiera lograrían evitar la onda de impacto colosal cuando esa cosa tocara el suelo. Sería el fin de Otris.

Hiperión, que estaba en el cielo, observando todo desde las alturas, pudo ver esta escena con más claridad. Su mirada era incrédula, y no pudo evitar mirar en dirección hacia el joven dios con el que hacía un momento estaba peleando.

Pero cuando desvió la mirada, él ya se había ido, desvaneciéndose en el aire, luego de recuperar su lanza. Cómo sí solo fuera un fantasma, la presencia de Hades se había esfumado.

Entonces, Hiperión recordó. Su esposa y sus hijos todavía se encontraban en la montaña, entre la población civil.

Un terror helado lo atravesó. Por lo que rápidamente reunió todo su poder divino hacia su cuerpo, un brillo dorado más intenso que antes, y salió disparado a gran velocidad hacia el Monte Otris en una carrera contra el tiempo.

En uno de los jardines del palacio del Titán Ceo, un lugar que había sido un remanso de paz antes del caos, se encontraban las figuras de los dioses Titanes.

Habían aparecido allí después de que Kronos utilizara su poder sobre el tiempo para desfasarlos a ese lugar, un escape por los pelos de Gungnir.

En ese momento, Kronos se encontraba extremadamente enojado, su rostro contraído por la furia, pero por sobre todo, se encontraba extremadamente asustado. El terror había eclipsado su orgullo.

Ahora estaba seguro de que el niño al que la profecía de su padre, Urano, se refería, ese que lo destronaría, era Hades, no solo por el increíble poder que poseía su cuerpo a pesar de ser un Dios joven, un poder que desafiaba la lógica, sino porque él podía verlo.

Esa inmensa roca que se dirigía a aplastarlos tenía la misma firma de energía, similar a la huella que dejaba la presencia de ese niño, ésta era su obra, una declaración de guerra.

Kronos no sabía cómo ni cuándo Hades pudo hacer un ataque tan aterrador como este, que podría ser capaz de destruir su montaña, pero si estaba seguro de una cosa.

“¡Ese niño… tiene que morir a cualquier coste! ¡No puedo permitir que viva un segundo más!”, con esas palabras, Kronos empezó a extraer toda la energía de su núcleo divino, una acción desesperada que lo debilitaría aún más, pero que era necesaria para la supervivencia.

“Kronos! No puedes acceder a tu forma divina en tu estado actual, tus heridas se agravarán hasta un punto crítico. ¡Podrías desintegrarte!”, Ceo, que estaba a su lado, sintiendo el peligro, sabía lo que iba a hacer e intentó detenerlo, su voz llena de alarma.

“¿Y qué quieres que haga, Ceo?”, Kronos rugió, una furia impotente. “¡No podemos dejar que esa cosa se estrelle contra la montaña! De ser así, todo lo que hemos ganado, todo por lo que luchamos, desaparecerá. ¡Nuestra era terminará en un instante!”

En ese momento, los demás Titanes se miraron entre sí, sus rostros reflejando la misma desesperación y determinación. Y entonces, adquirieron una mirada de resolución. No abandonarían todo lo que habían conseguido con su esfuerzo, el dominio de Grecia, no sin pelear. Lucharía hasta el último aliento.

Entonces, uno por uno, los cuerpos de los Titanes se encendieron en resplandores de luz de distintos colores, sus auras expandiéndose. El tamaño de sus cuerpos aumentó: 8 metros, 15 metros, 20 metros… siguieron creciendo hasta que sus cuerpos fueron más altos que una pequeña montaña, transformándose en sus verdaderas formas divinas, colosos de poder.

cada uno invocó su armamento divino. Ceo convocó unos guantes de plata divina y una espada que brillaba con la luz de las estrellas.

Crío invocó un arco dorado y un carcaj de flechas que crepitaban de energía mágica.

Atlas, con un rugido, invocó una gigantesca roca atada a una cadena, y cuando la sujetó, la roca empezó a brillar con una aterradora energía divina proveniente de ella, lista para ser usada.

Y Kronos, el más herido, pero el más decidido, sujetó firmemente su Hoz/Guadaña con ambas manos, concentrando toda su energía divina en la hoja del arma, que brilló con un aura de tiempo y muerte.

Luego, blandiéndola con una furia inaudita, lanzó un corte devastador en dirección al meteorito que se cernía sobre ellos.

¡Slash!

Una enorme hoja de energía negra, tan afilada como el tiempo mismo, salió directamente de la hoja del arma en dirección hacia el meteorito en el cielo. La hoja de energía viajó a través de la atmósfera, un corte de poder puro .

¡CORTAR!

El meteorito, esa inmensa masa de roca, fue directamente dividido a la mitad en un corte perfecto, la energía de Kronos abriéndolo como una fruta.

Pero no había terminado ahí. Pronto, flechas de luz dorada de Hiperión empezaron a viajar en dirección de ambas mitades del meteorito, impactándolas y causando que su cuerpo se desprendiera en varios fragmentos de roca, más pequeños pero aún peligrosos.

que siguió después fue una batalla frenética, los dioses Titanes y otras fuerzas de dioses menores que se encontraban en la montaña, luchando por destruir las enormes rocas que caían en dirección al Monte Otris.

Atlas saltaba por la montaña, sus músculos titánicos tensos, agitaba su enorme roca encadenada y aplastaba las enormes rocas con su fuerza bruta, reduciéndolas a guijarros.

Ceo flotaba en el aire, su espada trazando arcos de luz, enviando cortes de energía que destruían cualquiera de las rocas que se acercaran peligrosamente a la ciudad.

Hiperión volaba en el cielo, un sol en miniatura, disparando rayos de luz que pulverizaban los fragmentos más grandes del meteorito en polvo estelar.

Y Crío, desde la cima de la montaña, disparaba ráfagas de flechas de luz, precisas y mortales, evitando que cualquiera de ellas impactara contra los templos menores o las áreas pobladas.

Y finalmente, Kronos, el cual se encontraba sentado en el suelo, siendo atendido por los médicos. Después de haber utilizado su forma divina y haber lanzado un ataque con todo su poder estando gravemente herido, su cuerpo se había deteriorado aún más.

Cada fibra de su ser gritaba de dolor, pero su voluntad se mantenía firme. Ya no podía sentir un dolor tan intenso en su cuerpo, no porque el dolor se hubiera ido, sino porque su mente se había acostumbrado a él, transformándolo en un zumbido constante.

Todos los Titanes estaban determinados a defender su montaña y su era.

Pero por sobre todo, todos estaban determinados a matar a ese joven dios, a Hades, que se atrevió a hacerlos sufrir de esa manera, a herir a su Rey y a desafiar su dominio.

La venganza sería suya.

Con Hades.

“¡Jajaja!”, Hades no pudo evitar reírse a carcajadas, una risa profunda y resonante que se extendía por el aire. Su mente imaginaba el caos allá abajo, lo mal que lo deberían estar pasando sus tíos y en especial, su padre con el ‘regalo’ que les había dejado.

La imagen de Kronos retorciéndose de dolor y furia le producía una inmensa satisfacción.

“¿De qué te estás riendo, hermano?”, preguntó Hestia, quien volaba a su lado, su voz aún con un eco de su propia risa anterior, pero genuinamente curiosa.

“Jajaja, oh, no es nada, Hestia. Solo me acordé de un chiste, de un viejo chiste sobre piedras”, dijo Hades, encogiéndose de hombros.

Sinceramente, a veces esperaba que los Titanes desaparecieran junto con la montaña, que ese meteorito los borrara de la existencia, existía esa posibilidad, y sería genial para el si sucediera.

Hades no tenía ningún buen sentimiento hacia ese lugar ni hacia sus habitantes.

No importa si era destruido. ¿Estaba siendo despiadado con los seres que había en la montaña? Sí. ¿Exageró con el tamaño del asteroide? Bastante

Pero sinceramente, no se preocupaba por ninguna de esas cosas. No es que fuera a causar una extinción masiva, el asteroide no tenía la suficiente altura o velocidad para eso, aunque sí una magnitud destructiva considerable, como mucho, destruiría una parte de Grecia central, alterando el paisaje y el clima, e incluso si llegaba a pasar, él y sus hermanos ya estarían muy lejos de las consecuencias del impacto, volando hacia un nuevo comienzo.

En cuanto a qué harán y a dónde irán, Hades lo dejará para después. Por ahora, solo quiere disfrutar del aire fresco en su rostro, la sensación de libertad, y el calor del sol en su piel, una sensación que había añorado por años.

Y así, los hermanos siguieron volando, en búsqueda de un lugar en cual aterrizar para poder reclamar sus cupones.

.

.

.

.

Fin.

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Estado actual del protagonista.

[Estado]

{Nombre: Hades}

{Dios del Inframundo – Dios del Agua}

{Nivel de potencia: 28.967}

{STR: 801}

{DES: 795}

{VIT: 1.650}

{MAG: 12.300}

{CHA: 38}

{KRA: 80.000}

Puntos: 0

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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