Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Un Dios De La Muerte Como Ningún Otro En Animé World - Capítulo 20

  1. Inicio
  2. Un Dios De La Muerte Como Ningún Otro En Animé World
  3. Capítulo 20 - Capítulo 20: 19.
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 20: 19.

Salto de tiempo, al día siguiente.

Al amanecer del día siguiente en la isla desconocida, el cielo se tiñó de suaves naranjas y rosados. Los primeros rayos del sol se deslizaron sobre el horizonte, iluminando las aguas cristalinas de las playas. La isla despertaba con el canto de pájaros exóticos y el suave murmullo de las olas, un contraste pacífico con la tormenta que había sido la noche anterior.

Sin embargo, en un extremo recóndito de la isla, lejos de la casa y de donde mis hermanos aún dormían, se podían ver leves destellos de luz intermitentes, acompañados de un zumbido constante.

¡Shhhk!

“¡Jajaja!”

En una escena peculiar, pero que ya me resultaba extrañamente familiar, se podía ver cómo un rayo de energía caliente, un láser concentrado, quemaba la superficie de la arena de la playa, convirtiendo los granos de arena en cristales de vidrio fundido que relucían efímeramente bajo el sol naciente.

La persona que disparaba el láser era, naturalmente, yo, Hades. Me encontraba parado en la parte más alta de una pequeña colina adyacente al mar, mi mirada fija en la playa como si fuera un campo de pruebas personal.

En mi mano izquierda, en vez de encontrar un brazo hecho de carne, piel y hueso, se encontraba una extraña extremidad mecánica con la forma de un cañón futurista. La piel y los músculos se habían retraído, dando paso a metal y energía palpable. En la parte superior, se podía ver un cañón de barril, cual estaba girando lentamente mientras salía una pequeña nube de vapor caliente de la boca del cañón, indicando su uso reciente.

Este era el resultado de haber estudiado durante una noche entera los planos del rifle Twin Buster. Aunque tuve muchas complicaciones al inicio por no comprender la mayoría de los componentes internos del arma, que eran tecnología de punta de otro mundo, sí fui capaz de recrear el mecanismo del cañón hasta cierto punto. Gracias a la increíble capacidad del Camino Asura de mi Rinnegan, que me permitía manipular mi propio cuerpo y crear armamento mecánico a voluntad, después de horas y horas de experimentación, fui capaz de recrear un cañón láser funcional.

Claro, este cañón estaba lejos de tener la potencia del verdadero Twin Buster original, que era capaz de aniquilar naves espaciales y bases enteras. Sin embargo, este seguía siendo un gran añadido a mi armamento, sobre todo porque descubrí que este cañón no solo podía ser alimentado por Chakra, sino que también podía concentrar mi poder divino y dispararlo a través del cañón como una ráfaga de energía concentrada, de un poder mucho más devastador.

Todavía no lo había probado a máxima potencia. Principalmente porque no sabía si la magnitud de un ataque desatado a su máximo poder llamaría la atención no deseada, algo que en nuestra situación de fugitivos no podíamos permitirnos. Además, aún tenía dudas en cuanto a la cantidad de energía que liberaba y el coste que tendría para mis propias reservas si lo usaba sin control.

Había estado probándolo contra objetivos simples, cortando árboles como mantequilla y pulverizando rocas que encontraba en las cercanías. Incluso había probado el cañón combinado con los seis brazos robóticos que puedo crear a través del Camino Asura, lo que multiplicaba mi potencia de fuego y versatilidad en combate. Realmente me había divertido encontrando los distintos métodos para utilizar mi nuevo cañón, una alegría que solo un genio militar o un científico loco podría comprender.

“Bien, ahora el lanzallamas”, murmuré para mí, mi atención cambiando de un método de destrucción a otro.

Al instante, el cañón de mi brazo izquierdo se transformó, el metal reconfigurándose con un zumbido, y se convirtió en un lanzallamas. Luego, empecé a concentrar chakra de fuego (Katon) en el interior del lanzallamas, causando que la temperatura circundante se elevara varios grados, el aire vibrando con el calor incipiente. Pero no me detuve allí. También añadí el cambio de naturaleza elemental del viento (Fūton) al cañón, causando que las llamas pasaran de un naranja amarillento a un amarillo con toques blancos intensos, su calor volviéndose mucho más abrasador.

Luego, con una exhalación, disparé.

¡FWOOOOSH!

Un enorme vórtice de llamas, un torbellino de fuego blanco y amarillo, salió disparado de la boca del cañón en mi brazo. Las llamas no solo quemaron la arena en la costa, derritiéndola instantáneamente en vidrio brillante, sino que siguieron avanzando hasta impactar en la superficie del agua de mar, causando que esta se evaporara a una gran velocidad, levantando columnas de vapor que se alzaron hacia el cielo.

“¡Qué genial!”, no pude evitar sonreír al ver cómo el vapor de agua se elevaba a gran altura mientras mi ataque de fuego evaporaba el agua y quemaba la arena y rocas hasta derretirlas, dejando una cicatriz vitrificada en la orilla. La potencia era asombrosa, y el control, impecable.

Las llamas que componían el ataque del lanzallamas de Hades no eran normales. Estas eran las llamas del elemento Quemar (Shakuton), una variante del elemento fuego increíblemente potente, que fue condensado gracias a mi nueva habilidad obtenida del gacha: “Transformaciones de naturalezas combinadas de Chakra”.

Esta era posiblemente la habilidad más útil que había obtenido hasta ahora. Después de todo, aunque mi Rinnegan me permitía aprender a controlar todas las naturalezas elementales del chakra de forma innata, esto no incluía a las naturalezas elementales avanzadas que se componen de más de un elemento. Hades todavía recordaba que le tomó una semana entera solo para aprender a condensar el elemento Lava a través de la combinación del elemento Tierra y Fuego, y luego tuvo que entrenar durante otro mes solo para aprender a controlarlo y utilizarlo con efectividad.

Pero ahora no había necesidad de pasar por ese agotador proceso. Cuando se tiene la capacidad de fusionar los elementos con tan solo un pensamiento, la curva de aprendizaje se aceleraba exponencialmente. Podía sentir las afinidades elementales en mi cuerpo y combinarlas de forma casi intuitiva.

Ahora tenía acceso a una mayor gama de ataques elementales que antes eran una quimera. Ya podía imaginarme utilizando elementos como el Hielo (Agua + Viento), el Vapor (Agua + Fuego), la Goma o la Arena de Hierro (ambos variantes de Tierra), el Papel, los Cristales, o incluso los ataques de Electromagnetismo. Y el más poderoso que podía imaginar, el elemento Polvo (Tierra + Viento + Fuego), una técnica de desintegración a nivel molecular que solo unos pocos habían dominado.

El propósito actual de Hades, ahora que la base de sus poderes elementales se había expandido, era dominar todas y cada una de las posibles combinaciones de los cinco elementos básicos del chakra. E incluso las que no pertenecen a los cinco elementos, como el elemento Oscuridad y el elemento Velocidad (sí, existían, y no dudaba de que el Sistema los pondría a mi disposición en algún momento). Solo era cuestión de tiempo y práctica, y de la energía necesaria para experimentar.

La mañana en la isla se convirtió en un campo de entrenamiento personal. Cada explosión de chakra, cada chispa de poder divino, era un paso más hacia el dominio absoluto. Los gritos de las gaviotas sobre el mar, el murmullo de las olas, todo era el telón de fondo de mi forja personal.

———————————————————————–

Isla Creta.

El amanecer sobre la Isla de Creta, un santuario ancestral forjado por la propia voluntad de la tierra, nunca había parecido tan desolado, a pesar de su inmaculada belleza. Los primeros rayos del sol dorado se derramaban con lentitud agonizante sobre los olivos centenarios, sus hojas plateadas goteando el rocío de una noche de angustia. La luz naciente teñía las majestuosas montañas del Dicta de un suave púrpura, que ascendía lentamente antes de que el brillo blanco e implacable del día se impusiera, revelando cada detalle de la perfección natural de la isla, una perfección que hoy solo servía para acentuar la imperfección de su alma.

El aire, normalmente perfumado con hierbas aromáticas, lavanda silvestre y el salado aliento del mar, hoy se sentía pesado, como si la misma atmósfera se negara a respirar con libertad. Estaba cargado de una desesperación densa, una melancolía que se negaba a disiparse con la luz de la aurora, envolviéndolo todo en un manto de pena.

Rea, la Titánide de la Maternidad, la Fluyente, deambulaba sin rumbo por los jardines del escondite secreto de la isla. Este lugar, una gruta bendecida con manantiales cristalinos y fresca umbría, había sido su único y efímero consuelo durante años, el refugio donde había alimentado la esperanza de una rebelión. Pero ahora, cada paso sobre la hierba húmeda se sentía como un peso aplastante en su alma, un recordatorio del fracaso que la carcomía.

Sus túnicas blancas, tejidas con la pureza de las nubes y el blanco de la espuma marina, una vez símbolo de su inocencia y su fe, ahora se sentían como un sudario. Estaban impecables, sí, pero incapaces de limpiar la mancha de su reciente y abrumador fracaso. Era una mancha no de suciedad, sino de culpa, de impotencia.

Sus ojos, hinchados y enrojecidos por el llanto incesante de la noche, buscaban sin cesar en el horizonte, como si la vasta extensión del Egeo, azul y aparentemente infinito, pudiera revelarle la verdad de lo que había ocurrido en la lejana Montaña Otris. Con cada ola que rompía en la orilla, parecía escuchar el eco de los gritos que había sentido a lo lejos. Pero el mar solo reflejaba la indiferencia del cielo, el mismo cielo que había sido testigo de su angustia, de la inmensa traición de Kronos, y de su aplastante impotencia.

Había pasado solo un día desde que Zeus y Metis habían regresado de su desastrosa misión, apenas veinticuatro horas que se sentían como una eternidad de tormento a los ojos de la diosa Rea. Cada minuto era un suspiro, cada hora una losa de plomo sobre su corazón.

Zeus, su hijo más joven, la chispa de su rebelión, la esperanza que había alimentado en secreto durante tanto tiempo, y Metis, la sabia y astuta Oceánide que había sido la tutora de su hijo y su confidente en su desesperado intento de desafiar a Kronos, habían logrado escapar del territorio de los Titanes y regresar a salvo. O bueno, regresar vivos. Esa era la única certeza en medio de la niebla de su dolor.

Ambos se encontraban ahora en una de las grutas cercanas, envueltos en el delicado vapor de los manantiales curativos. Un grupo de Ninfas de agua dulce, con sus cabellos como juncos y sus voces como el murmullo de un arroyo, los atendían con una ternura infinita. Sus habilidades curativas se aplicaban diligentemente, tratando de aliviar las profundas heridas y los numerosos raspones que se les habían infligido durante su escape desesperado de la masacre en Otris.

Pero Rea sabía que las heridas físicas eran lo de menos. Esos meros arañazos y quemaduras se desvanecerían con el tiempo. Las heridas mentales, el horror de lo que habían presenciado y la carga del fracaso, eran mucho más profundas, talladas en el alma misma. Y esas, ni siquiera la magia más potente de las Ninfas podía sanarlas. Eran cicatrices que llevarían por siempre.

“Madre…”

La voz de Zeus, aunque aún temblorosa, la hizo girar. Su tono era una mezcla de reverencia y una profunda tristeza que le partía el corazón. Estaba de pie en la entrada de la gruta, apoyado precariamente en el marco de piedra, su tez pálida como la luna y un vendaje improvisado que cubría su brazo y espalda, manchado aquí y allá con el tenue rastro de sangre.

Sus ojos, normalmente vibrantes con la energía de la juventud, ahora estaban sombríos, nublados por el cansancio. Pero a pesar de todo, aún ardían con la chispa inquebrantable de su voluntad, un fuego que Rea conocía bien, pues era el mismo que la había impulsado a protegerlo de su padre.

Metis, su mano apoyada con suavidad en la espalda de Zeus, parecía más entera físicamente, sus cabellos azules y su piel sin manchas aparentes. Sin embargo, su expresión era de una profunda tristeza, sus ojos reflejaban el mismo dolor y el mismo peso que Rea sentía.

Rea se les acercó, con su corazón encogiéndose al verlos tan vulnerables, tan jóvenes y a la vez tan rotos. La esperanza que se les había representado en forma de oportunidad de liberación ahora le parecía una burla cruel del destino. La alegría de tener a Zeus a su lado, vivo y respirando libremente, se mezclaba con la punzada constante de la pérdida de sus otros hijos, una agonía que la ahogaba.

“Zeus, hijo mío”, dijo Rea, su voz apenas un susurro, una exhalación de dolor y alivio. Se acercó y palpó su rostro con una mano temblorosa, sintiendo su temperatura, las leves raspaduras que surcaban su mejilla, el rastro de la batalla. Las Ninfas, que aún los observaban con preocupación desde el interior de la gruta, con sus ojos llenos de compasión, habían hecho todo lo posible para tratar a los jóvenes dioses. “Deberías descansar. Las Ninfas… ellas están aquí. Déjate curar, hijo. Deberías reposar y sanarte. Tu cuerpo lo necesita, y tu espíritu más.”

Zeus negó con la cabeza, una determinación férrea cruzando su rostro. “El descanso no traerá de vuelta a mis hermanos, Madre”, respondió, su voz áspera, cargada de una frustración contenida que resonaba con la suya propia. Sus ojos se oscurecieron levemente, y cada nombre que pronunciaba era un latigazo, una daga en el corazón de Rea. “Ni a Hestia, ni a Deméter, ni a Hera, ni a Poseidón, ni a Hades.” Cada nombre era una confirmación dolorosa de la misión fallida, una condena que los consumía a todos.

Metis se adelantó un poco, su voz más suave, buscando la calma en medio de la tormenta emocional, pero con una autoridad subyacente que denotaba su sabiduría. “Hicimos lo que pudimos, lady Rea. Pero la pelea en el cielo… la explosión en el templo… la tormenta… el meteorito… Toda la situación fue, incontrolable. Todo… Ocurrió de una forma que ni siquiera nosotros pudimos haber previsto. Fue una conjunción de catástrofes.”

A los ojos de ambos dioses, la imagen había sido aterradora, una pesadilla grabada a fuego en su mente, un recuerdo recurrente que los atormentaría por años. Su plan, originalmente sin fallas, meticulosamente diseñado por Gaia y Prometheus, había sido convertido en una misión casi suicida por eventos impredecibles.

Rea recordó las palabras de Prometheus y Gaia, su plan para un evento natural que se usaría como cobertura. Pero esto fue más allá de lo que ellos habían predicho. Prometheus no había predicho la caída de un meteorito colosal sobre la Montaña Otris. Por lo que era un evento natural inesperado, cuya magnitud era inmensa.

Gaia y Prometheus, aquí en Creta, habían diseñado un plan complejo: usar la celebración titán en Otris como una cubierta para que Zeus, después de infiltrarse, pudiera acercarse lo suficiente a Kronos y este pudiera liberar a sus hermanos, después de que Zeus hubiera logrado que el Titán del Tiempo consumiera la jarra de vino que contenía la poción que lo haría vomitar. El propio Zeus, con el talismán que Gaia le había dado, se suponía que lo utilizaría como medio de escape en el momento de su huida, para finalmente reunirse, aquí en Creta, con su madre.

Pero nada fue así.

Los cielos sobre Otris se oscurecieron de repente, sin previo aviso, un torbellino de nubes negras y ominosas se formó directamente sobre el templo de los Titanes. Un rayo descomunal, un pilar de luz furiosa, impactó en la cima de la montaña, seguido de una serie de explosiones atronadoras que rasgaron el aire con una violencia inaudita. La tormenta eléctrica que se desató fue tan feroz que hizo temblar la propia tierra hasta sus cimientos. Después, aquella descarga de energía, una resonancia que no era solo del cielo, sino también de alguna fuente desconocida, potente y misteriosa, resonando desde las entrañas de la montaña misma. Y entonces, el verdadero horror comenzó.

Vieron las primeras llamaradas en el cielo, los fragmentos del meteorito, aún envueltos en fuego, cayendo como lágrimas de estrellas caídas, cada uno una promesa de destrucción. El impacto principal fue un estruendo que sacudió los cimientos del mundo conocido. Una onda de choque golpeó incluso aquí en Creta, a kilómetros de distancia, haciendo que los árboles se balancearan y el suelo temblara bajo sus pies. Los dioses y Titanes se movilizaron, con Kronos a la cabeza, desatando su poder más crudo para desviar los fragmentos más grandes, evitando que la Montaña Otris, su fortaleza, fuera completamente pulverizada. Lo lograron, pero la tierra rugió en protesta, y el esfuerzo les cobró un precio invisible.

La ciudad a los pies del Monte Otris, un asentamiento vibrante de dioses menores, ninfas, sátiros y sirvientes de los Titanes, no tuvo tanta suerte. La lluvia de rocas celestiales y la furia de los rayos, que no distinguían entre amigos y enemigos, los golpearon sin piedad. Edificios enteros se derrumbaron en nubes de polvo y escombros, las calles se abrieron en grietas abismales, y los gritos de terror llenaron el aire, mezclándose con el rugido de la tormenta.

El valle en el que se ubicaba la ciudad quedó completamente arrasado por los fragmentos más grandes que los Titanes no lograron desviar, algunos de ellos del tamaño o incluso más grandes que una montaña, dejando cráteres humeantes y una devastación absoluta.

“Nosotros… nosotros estábamos en la ciudad”, dijo Zeus, su voz temblaba al recordar el caos, sus ojos reviviendo el horror. “Subimos para estar más cerca de la cima de Otris, para ejecutar el plan en el momento preciso. Nos mezclamos entre la gente, esperando el momento de dar las ofrendas. Pero luego empezó el caos… la destrucción era masiva. Un fragmento del meteorito, un peñasco del tamaño de una colina, se dirigía directamente hacia nosotros, justo cuando intentábamos alcanzar a Kronos.”

Metis continuó la historia, su voz aún teñida de asombro y terror. “El Talismán de Escape que me dio Gaia… solo podía usarse una vez para un teletransporte de emergencia. Sabemos estaba destinado para un único uso, pero era la única forma de salvarnos. Sentimos el calor de la roca a nuestras espaldas. Nos envolvimos en su luz un instante antes de que el fragmento nos aplastara. Sentí el desgarro espacial, para luego ser teletransportada llevando a Zeus conmigo. Cuando la escena cambio, estábamos aquí, en Creta, a salvo. Pero el plan… el plan de liberar a los demás… ¡se hizo añicos! No pudimos llegar a Kronos.”

“Mis hijos…” El corazón de Rea se encogió aún más, un dolor punzante en su pecho. Sus hijos seguían dentro de Kronos. En medio de esa catástrofe sin precedentes, con el propio Kronos luchando por defender su Montaña, por desviar los fragmentos de un asteroide, Zeus y Metis no pudieron entrar al templo. No pudieron llegar a él. Y con la destrucción que se desató, ¿qué había pasado con Hestia, Deméter, Hera, Poseidón y Hades? ¿Estaban muertos? ¿Seguían atrapados dentro de Kronos, aplastados por las ondas de choque o por sus propias contorsiones durante la defensa? ¿O simplemente los había abandonado, sin que se dieran cuenta de la oportunidad de escape que se les había negado? La desesperación se apoderó de la diosa madre, un frío glacial invadiéndola.

“¿No pudieron… no pudieron ver a mis hijos? ¿A Hestia? ¿A Deméter? ¿A Hera? ¿A Poseidón? ¿A Hades?”, preguntó Rea, su voz se elevaba en un crescendo de angustia, cada palabra una súplica desgarradora. Las lágrimas finalmente se abrieron paso, rodando por sus mejillas sin control, un torrente inagotable de dolor. “¡Mis pequeños! Esa era la única… la última esperanza… ¡Y ellos! ¿Cómo pudieron simplemente… desaparecer? ¿Ahora qué haré sin ellos?”

“La tormenta y el impacto… fue todo tan caótico, lady Rea,” Metis respondió, sus ojos llenos de empatía y pesar, su voz suave, pero cargada de la cruel verdad. “Kronos posiblemente estaba concentrado en la defensa junto con los otros Titanes, su atención completamente dividida. Nunca hubo la oportunidad de acercarse a él. Y con la ciudad en ruinas, el aire lleno de polvo y escombros… temo que… que el impacto general de los fragmentos, o la propia liberación de poder de Kronos al defenderse, pudo haber desintegrado sus esencias dentro de él. Es la teoría más lógica, lady Rea, lo lamento mucho, pero es muy probable que eso haya pasado”

Esa respuesta destrozó a Rea más allá de lo imaginable. Mis hijos… ¿se habían desintegrado? ¿Después de todo lo que pasaron, después de mi promesa de que Zeus los salvaría? La culpa le roía el alma con garras afiladas. Era la madre que había sacrificado a sus hijos a la bestia de su marido, y la madre que había fallado miserablemente en recuperarlos. La imagen de sus rostros pequeños y vulnerables, los mismos que Kronos había devorado, se superponían con el horror de su posible aniquilación.

Entonces, la otra preocupación, la que la había estado carcomiendo desde que Zeus y Metis regresaron y el caos en su propia mente se asentó lo suficiente para notarlo. Una nueva capa de hielo se extendió sobre su corazón.

“Y Gaia…”, murmuró, con una voz apenas un susurro, una nueva ola de pánico inundándola, una preocupación que Zeus y Metis tardaron en procesar.

“Y Prometheus. No… no los encuentro. ¿Saben dónde están? No estuvieron con ustedes, ¿verdad? Ellos estaban aquí, en Creta. Los vi ayer por la mañana, justo antes de que regresaran y el desastre de Otris comenzara a manifestarse en el horizonte. Desde entonces… es como si se hubieran desvanecido de la faz de la tierra.”

La realización de que sus aliados más poderosos, sus únicos verdaderos confidentes en esta desesperada rebelión, también habían desaparecido, la golpeó con la fuerza de un rayo, uno tan inesperado como los que habían caído en Otris. Era una capa adicional de soledad, de desamparo.

Zeus y Metis intercambiaron una mirada de confusión y luego de profunda preocupación, sus rostros reflejando la misma sorpresa que Rea había sentido. Habían estado tan absortos en su propia huida y en la desesperación por la misión fallida, que no habían notado la extraña y ominosa quietud en la isla.

“¿Desaparecidos, Madre?”, preguntó Zeus, su rostro palideciendo aún más, una nueva angustia en su voz. “Pero… Gaia debía estar aquí, protegiéndonos a todos. Y Prometheus…”

Metis, con su sabiduría innata, frunció el ceño, sus ojos absortos en la distancia. “Es cierto. Su presencia era constante aquí, una vibración subterránea que siempre podía sentir. El talismán que usé era de Gaia misma, imbuido con una parte de su esencia para un único uso. Ella debía haber estado presente para cuando lo activamos. Pero… ahora que lo mencionas, lady Rea, no he sentido su aura desde que regresamos. Es como si… se hubieran ido incluso antes de que llegáramos. No hay un rastro de su energía vital en la isla.”

El aire se volvió más frío, o quizás era la premonición. Gaia no se desvanecía. Era la Madre Tierra, la esencia misma del planeta. Para que su presencia se borrara de esa manera, algo extraordinario, o terriblemente equivocado, debía haber sucedido. Y Prometheus, el vidente que había orquestado cada paso de nuestro plan, el Titán de la Previsión, no se habría ido sin dejar un mensaje, una pista, una profecía de su paradero. Su silencio era la condena más grande.

“No hay rastro de su presencia”, dijo Rea, su voz quebrada por la desesperación. “Busqué por toda la isla desde que el alba rompió. Es como si el mismo suelo los hubiera absorbido, pero sin dejar ni una huella. No hay señales de lucha, no hay perturbación en la energía de la isla. Es como si se hubieran ido… por su propia voluntad, impulsados por una fuerza que no dejó rastro alguno, o arrastrados contra su voluntad por un poder que no podemos siquiera imaginar.”

“Qué misterio más grande”, Metis asintió, con los ojos entrecerrados en pensamiento, tratando de encontrar una explicación lógica en el caos. “Debió de pasar algo realmente grave para que se vieran obligados a abandonar la isla de manera tan abrupta. Quizás se movieron a otro lugar utilizando una grieta espacial, una habilidad que solo Gaia y unos pocos como ella poseen. Pero, ¿por qué? ¿Y sin decir nada?”

La idea de que pudieran estar en otro lugar, o simplemente ocultos, era una pequeña brizna de esperanza a la que Rea todavía se aferraba con uñas y dientes, aunque racionalmente, sabía que era débil. Su madre Gaia nunca se habría ido así si no hubiera algún peligro cercano, o si ocurriera algo realmente grave que la obligara a retirarse, un peligro que superara incluso la amenaza de Kronos.

“¿Qué hacemos ahora?”, preguntó Metis, su voz ahogada por la desesperación, la pregunta resonando en el silencio de la gruta. “Nosotros… nosotros somos los únicos que quedamos. El plan falló estrepitosamente, lady Rea. Kronos posiblemente ahora esté más alerta que nunca, y la ciudad a los pies de Otris en ruinas, pero los Titanes aún controlan los cielos. Y sus hijos… y ahora Gaia y Prometheus…” La mención de los hijos perdidos y los aliados desaparecidos dejó sin palabras a todos los presentes. El peso de la situación, la soledad y la inmensidad del enemigo, era abrumador.

Zeus al ver el estado de su madre, se irguió, a pesar de la situación. Se enderezó, su cuerpo aún adolorido, pero su espíritu inquebrantable. La chispa en sus ojos, la misma que se había visto en cuando partió hacia Otris, se reavivó, aunque ahora con una amargura forjada en el fuego de la derrota y la preocupación. Era un dolor que lo había hecho madurar más en un día que en toda su juventud.

“Los Titanes pagarán, Madre. Todos ellos”, dijo Zeus, su voz firme, aunque teñida de una oscura promesa. “Kronos pagará por esto, por lo que nos ha hecho. Y yo… no descansaré hasta que mi familia sea vengada. O, si aún viven… hasta que sean liberados. Y encontraré a Gaia y Prometheus. Los encontraremos, no importa cuánto tiempo o qué precio tenga que pagar.”

Sus palabras, aunque feroces, sonaban vacías a los oídos de las diosas allí presentes. ¿Venganza? ¿Cómo? Estaban heridos, solos, y sin un plan claro, su fuerza combinada no era suficiente. La Montaña Otris, aunque no destruida, había sufrido un golpe inmenso y la ciudad a sus pies era un cementerio, un testimonio de la furia que se desató. Los Titanes restantes, aunque quizás aturdidos por la furia del cielo y la herida de su Rey, no estarían quietos por mucho tiempo. Jápeto, Ceo, Crío, Hiperión… eran poderosos, y su lealtad a Kronos era inquebrantable.

“Pero, ¿cómo, hijo?”, replicó Rea, con una voz llena de escepticismo y desesperación, sus manos alzándose en un gesto de impotencia. “Somos pocos. Somos vulnerables. Los Titanes son legión. ¿Cómo los enfrentaremos? Y sin Gaia… sin Prometheus, que eran nuestra brújula… no tenemos la ventaja.”

Metis se acercó a Rea, poniendo una mano reconfortante en su hombro, su tacto una brizna de calor en la desolación. “La ventaja está en la herida del rey titán, lady Rea. Se han esparcido rumores de que Kronos está gravemente herido por la tormenta y el impacto. Eso debilitará bastante la fuerza de los Titanes, al menos por un tiempo. Y la Montaña Otris, aunque no cayó por completo, su centro de poder ha sido comprometido por el caos que desató. Esto nos dará la oportunidad de reagruparnos, de planificar de nuevo. Tenemos suficiente tiempo para crear un plan, y lo crearemos. Con tiempo, con astucia, y con la inquebrantable voluntad de Zeus.”

Rea miró a Zeus. Había madurado de golpe parecía que hace solo un día, todavía era el niño que protegió con una piedra en lugar de su cuerpo, el que fue sacado de contrabando de la boca de su padre. Pero ahora era un dios en formación, un guerrero endurecido por el peso del destino que descansaba sobre sus hombros. Su determinación era innegable, un faro de luz en la oscuridad abismal que los envolvía.

“Deberías regresar a la gruta, Zeus”, le dijo Rea, tratando de sonar más fuerte de lo que se sentía, de infundirle un poco de la fortaleza que a ella le faltaba. “Permite que las Ninfas terminen su trabajo. Necesitas tu fuerza, cada gramo de ella. Yo… yo me encargaré de pensar. Deberíamos contactar a otras divinidades que puedan estar en contra del reinado de Kronos. Urano fue cruel, sí, pero Kronos lo superó en tiranía. Seguramente hay descontentos, dioses menores y espíritus de la naturaleza que ansían un cambio, una oportunidad para derrocar al tirano.”

Zeus asintió, adoptó una pose dramática con su mirada fija en el horizonte, donde el sol se alzaba más alto. Un destello de relámpago, apenas perceptible, brilló en sus ojos, la promesa de la tormenta que algún día desataría. “Lo haré, Madre. Pero mi mente ya está en la venganza. En la libertad de mis hermanos… o en la justicia por su pérdida. No olvidaré lo que Kronos hizo.” Lo dijo con voz fuerte y clara, su juramento flotando en el aire matutino. Ni lo que me negó, añadió en su mente, una sombra de resentimiento hacia su padre que iba más allá de la simple tiranía.

Mientras Zeus regresaba a la gruta, apoyándose en Metis, la mirada de Rea volvió al vasto mar. La pérdida de sus hijos, el misterio de Gaia y Prometheus que la carcomía. La derrota era amarga, la más amarga que jamás había probado, pero la chispa de resistencia en los ojos de Zeus era real, tangible.

¿Podría ese pequeño fuego, esa obstinada determinación de su hijo, crecer hasta convertirse en un infierno capaz de quemar el reinado de Kronos? Solo el tiempo lo diría. Y el tiempo, irónicamente, era el dominio de su cruel esposo, un recordatorio constante de su enemigo.

Su corazón se encogió. El dolor era un constante recordatorio de la tarea colosal que los aguardaba. Creta era un refugio temporal, un respiro en la guerra. Pero el mundo entero era un campo de batalla. Y Rea, la madre afligida, la Titánide de la Maternidad, solo podía esperar y planificar, aferrándose con todas sus fuerzas a la tenue esperanza de que, de alguna forma, sus hijos aún pudieran estar vivos, aunque la lógica y la crueldad del destino gritaran lo contrario.

————————————————————————-

Cambio de escena.

Monte Otris.

En medio de una cadena montañosa imponente, ubicada estratégicamente entre las fronteras de Friotide y Magnesia, se alzaba majestuosa una enorme y reverenciada montaña, conocida por todos los seres divinos como el símbolo inquebrantable de la supremacía del Dios Rey de los Titanes. Esta era Otris, el hogar de los antiguos y poderosos dioses Titanes, el centro de su poder, el corazón de su dominio sobre el mundo griego.

Sin embargo, en esta ocasión, la montaña divina ya no parecía tan magnífica como lo era en el pasado.

La montaña se encontraba en un estado que, en las mejores palabras, era deplorable, un testimonio sombrío de una catástrofe reciente. La superficie de la imponente montaña estaba plagada de grietas profundas, como heridas abiertas en la piel de la tierra, y fragmentos de roca de todos los tamaños yacían dispersos por doquier, marcando cicatrices en lo que antes era prístino.

La ciudad que alguna vez lució brillante y rebosante de vida a los pies de la montaña, con sus templos menores y sus residencias para los sirvientes divinos, ahora no era más que un campo de escombros, una pila triste y silenciosa de ruinas.

En lo que quedaba de ella, se podía ver a multitudes de dioses menores y criaturas místicas trabajando incansablemente, guiados por la férrea voluntad de los Titanes, en una desesperada labor de reconstrucción.

Los grandes templos principales que se encontraban en la cima de la montaña, donde los Titanes celebraban sus consejos y celebraciones, estaban casi completamente destruidos, sus columnas rotas y sus techos colapsados. En la cima, donde antes se alzaba el templo principal, epicentro del poder de Kronos, ahora había un agujero enorme y humeante que parecía casi atravesar la montaña de lado a lado, una herida abierta en el corazón de Otris.

Y el valle que rodeaba a Otris no estaba mejor. Lo que alguna vez fue una bella e imponente cadena montañosa, salpicada de bosques y ríos, ahora no era más que un valle destruido, un paisaje lunar de desolación. Se podían ver enormes cráteres, algunos del tamaño de lagos, y fragmentos gigantescos de roca, algunos tan grandes como colinas, incrustados en la superficie del terreno, dejando cicatrices permanentes en la faz del mundo.

Todas estas eran las consecuencias del último ‘regalo’ que Hades les había dejado a los Titanes, una despedida furiosa que había sacudido los cimientos de su reino.

Todo este panorama de devastación era visto desde lejos por un par de figuras silenciosas que observaban desde la distancia, ocultas en la densidad de un bosque a la vez antiguo y protector. La luz del amanecer apenas se filtraba entre las copas de los árboles, proyectando largas sombras que ocultaban sus formas.

Una figura masculina y una femenina. La figura femenina, de porte majestuoso y una estatura imponente, era la desaparecida diosa primordial Gaia, la Madre Tierra misma, cuya presencia era una fuerza silenciosa y abrumadora.

A su lado, la figura más baja era un hombre alto de cabello rojo oscuro que caía hasta sus hombros, y ojos penetrantes color rubí, que parecían contemplar más allá del velo del presente. Este era el Titán Prometheus/ Prometeo, hijo del poderoso Titán Jápeto y la Oceánide Climene, el dios de la profecía, la sabiduría, la artesanía y la civilización, una mente tan afilada como su temperamento.

Ambos se encontraban en ese momento, envueltos en un silencio denso, mirando la destrucción ocurrida en el territorio Titán desde su escondite en el bosque en la lejanía. La brisa que traía el olor a ceniza y tierra quemada era un recordatorio constante de la magnitud de la catástrofe.

En ese momento, Gaia se encontraba sumida en una profunda confusión. Podía sentir la tierra bajo sus pies, y con ella, había sentido toda la conmoción que había pasado en el lugar desde la Isla de Creta, gracias a su conexión intrínseca con la esencia misma del planeta. Había sentido el estruendo de los meteoros chocar con la superficie, la furia de los relámpagos, el pánico de la ciudad. Pero no había entendido el origen de aquella violencia, ni por qué había sucedido de esa manera.

Al girar la cabeza ligeramente hacia la derecha, sus ojos primordiales pudieron ver los restos de una de las mitades del gigantesco meteorito que había sido parcialmente destruido por los Titanes, sus bordes aún humeantes, una visión que no encajaba con sus previsiones.

Tomando un respiro profundo, el aire llenando sus pulmones con el aroma del bosque y la ceniza, giró su cabeza para mirar al dios masculino que se encontraba a su lado, dirigiéndole su mirada penetrante, una que prometía pocas evasivas.

“Prometheus”, su voz, aunque tranquila en la superficie, denotaba un matiz de enojo oculto por su tono sereno. Era el tipo de calma que precede a una tormenta, una quietud peligrosa. “¿Podrías explicarme qué fue lo que pasó aquí? Esto… no fue lo que se previó.” Aunque sus palabras parecían una pregunta formulada con curiosidad, su tono de voz daba a entender que era más una exigencia inquebrantable de saber la verdad, una demanda que exigía una respuesta completa y sin rodeos.

Prometheus sintió un escalofrío recorrer su espalda, a pesar del calor del sol que ya comenzaba a elevarse. “Yo… yo no tengo totalmente en claro qué fue lo que pasó, mi señora”, comenzó, y a medida que hablaba, pequeñas gotas de sudor frío empezaron a perlarse en su frente, un signo de su genuina inquietud. No era común para el Titán de la Previsión sentirse tan desorientado. “Esta situación escapa completamente a mi previsión, a cualquier hilo del destino que pude ver.” Prometheus hizo una pausa, sus ojos escudriñando el paisaje desolado, buscando alguna anomalía que su mente pudiera procesar.

“Pero si me permite especular, lady Gaia,” continuó, su voz un poco más firme al intentar organizar sus pensamientos. “Posiblemente esto haya ocurrido por influencia de fuerzas externas. Una interferencia, quizás.” Dijo lo primero que se le vino a la cabeza, una hipótesis desesperada para explicar lo inexplicable.

Gaia ladeó la cabeza, su expresión una mezcla de duda y una irritación creciente. “¿Ah, sí? ¿Y por qué crees eso, Prometheus?”, preguntó con un tono que dejaba claro su escepticismo. Se preguntaba por qué Prometheus pensaría que lo ocurrido en el Monte Otris era causa de alguna influencia externa a los dioses griegos, algo ajeno a su propio panteón. Una idea absurda, en su opinión.

Prometheus se tomó un momento para organizar sus palabras, buscando la forma más clara de expresar la profundidad de su desconcierto. “La razón de mi suposición se debe precisamente a lo extraño, a lo completamente anómalo de la situación,”

Prometheus giró la mirada para ver la destrucción que se alzaba donde quiera que girara su vista, desde los cráteres humeantes hasta las cimas rotas. “Usted, al igual que yo, sabemos que algo así no podría haber sucedido ese día, lady Gaia. Al menos no cuando se estaba llevando a cabo un evento bajo la guía del destino, un evento que nosotros mismos manipulamos con tanto cuidado para que ocurriera.” Su voz se hizo más grave, el peso de su conocimiento recayendo sobre él.

“Y ambos sabemos lo extremadamente difícil que es cambiar el destino, incluso para los dioses. Es una corriente poderosa, casi inmutable. A menos, por supuesto, que alguna fuerza poderosa haya intervenido desde afuera, una entidad con el poder de distorsionar los hilos del destino mismo.” Prometheus realizó una pausa, dejando que la idea se asentara en la mente de la primigenia, esperando que ella comprendiera la gravedad de su implicación. “Es un concepto inquietante, lo sé. Pero mis visiones… son un lienzo en blanco más allá de unas pocas horas. Es como si una mano invisible hubiera reescrito el futuro justo frente a mis ojos.”

“Por lo que, lo único que se me ocurre que pudo pasar,” concluyó Prometheus, “fue que algún ser poderoso, o incluso un primordial de otro reino, podría haber intervenido, siendo que solo seres de ese tipo podrían burlar al destino de forma tan radical. Solo ellos poseen el poder para ocultar sus acciones a los ojos de la previsión.” Prometheus había terminado de explicar su idea, pensando que esto calmaría a la primordial de la tierra, dándole una respuesta, por más aterradora que fuera. Pero parecía que su explicación solo la puso más histérica.

La calma que había rodeado a Gaia se rompió como un cristal. Una aura de inmenso poder, densa y furiosa, comenzó a emanar de ella, haciendo que las hojas de los árboles cercanos temblaran levemente. “¡Entonces estás diciendo que algún primordial o dios poderoso, se metió en MIS DOMINIOS sin que yo lo notara?”, dijo Gaia, su voz, aunque aún controlada, vibraba con una irritación apenas contenida, una chispa de fuego en sus ojos ancestrales. La idea de que alguno de los otros primordiales se hubiera metido en su territorio, sin que ella lo supiera, era una afrenta intolerable.

Pero rápidamente descartó la idea después de pensarlo varias veces, su furia dando paso a una lógica fría. “No, eso no hubiera sido posible. Todos los primordiales tenemos un pacto de no agresión entre nosotros. No hay forma de que alguno se atreva a cruzar esa línea sin que yo lo detecte al instante.”

“¿Un pacto?”, preguntó Prometheus, sus ojos color rubí brillando con interés genuino. Era una información que ni siquiera sus visiones le habían revelado.

Gaia hizo una pausa, le dirigió una mirada momentánea a Prometheus, una que contenía milenios de historia, antes de hablar, su tono más templado ahora que la ira inicial se disipaba. “Hace miles de años, poco después de la creación del Cosmos, cuando las primeras entidades divinas aparecimos en el mundo, todos los dioses primordiales realizamos un pacto solemne: el de no intervenir en el territorio del otro sin consentimiento mutuo, junto con una promesa de no agredirnos unos a otros. La razón era simple: una guerra divina entre primordiales… una guerra de esa magnitud posiblemente destruiría el mundo, aniquilando la creación misma. No valía la pena el riesgo.”

(Tengan en cuenta que desde la cosmología de algunas religiones o historias de fantasía, un mundo no es lo mismo que un planeta, un mundo es una dimensión independiente conectada a un planeta, éstos son dependientes de la existencia del planeta, y su existencia es autosuficiente, también están las subdimensiónes las cuales también son pequeños mundos, pero estos no son autosostenibles, por lo que se les debe dar energía para poder sostenerlos (ejemplo: la subdimensiones del rating game))

A Gaia realmente no le importaba si Prometheus lo sabía. Después de todo, no es que fuera un secreto prohibido; es solo que había sucedido hace demasiado tiempo, en una era que pocos recordaban, y casi nadie fuera de los dioses de la primera generación o seres antiguos como ella lo tenía presente en su mente.

Ella dudaba que algún primordial “extranjero” pudiera eludir su detección, fuera de los tipos verdaderamente grandes, como su creador Caos, izanagi o Yahweh, o alguno de los más poderosos de otras existencias. Pero ella lo descartó directamente, ya que ninguno de ellos ha actuado fuera de sus asuntos por eones, y por lo general ignoran lo que pasa en el mundo fuera de sus respectivos panteones, ignorando el plano terrestres.

Incluso su creador, Caos, ha estado desaparecido desde hace un tiempo y nadie sabe nada de él. Sus hermanos primordiales no suelen intervenir en los asuntos del plano terrenal y suelen pasar la mayor parte de su tiempo en sus dimensiones personales, observando.

Y sus demás hijos primordiales, ninguno de ellos ha intervenido nunca en los eventos que pasaron fuera de sus sub-dimensiones personales, ni siquiera intervinieron cuando los hijos de su hermano Urano se rebelaron contra él.

No, Gaia ya no creía que ningún otro primordial pudiera haber ingresado a su territorio sin su conocimiento. Ya que, aunque no se consideraba la primordial más fuerte, seguía siendo una de las más poderosas e importantes, la conciencia misma del planeta. Ella tenía una confianza inquebrantable en su propia fuerza y en que ningún ser más débil que ella pudiera eludir su detección por lo que lo descartó directamente. La interferencia era algo más, algo distinto.

Entonces, mientras estaba parada, reflexionando sobre la nueva y desconcertante situación, decidió extender sus sentidos más allá de lo habitual, empujando su conciencia primordial a través del tejido de la tierra misma, para averiguar lo que pasaba por sí misma, sintiendo cada roca, cada raíz, cada criatura viviente.

Después de un momento que pareció una eternidad de contemplación, Gaia dio un suspiro que no era de alivio total, pero sí de una tensión liberada. Sus ojos, que habían estado cerrados, se abrieron de nuevo, su mirada más serena que hace unos momentos. Dirigió su atención a Prometheus, que la observaba con una mezcla de ansiedad y expectación.

“Prometheus”, ella lo llamó, su voz ahora más relajada, aunque con un matiz de cansancio.

“Sí, lady Gaia, estoy para servirle”, respondió Prometheus, con el tono más formal y respetuoso que su estado alterado le permitió, su mente ya anticipando la siguiente tarea, sea cual sea.

“Acabo de buscar en la montaña y al parecer tenemos buenas noticias”, el tono de la diosa era más relajado y sereno que hace unos momentos. “Al parecer los niños de Rea sí lograron escapar del estómago de Kronos, ya no puedo sentirlos en su interior. Y al parecer los Titanes han dado órdenes para buscarlos en toda Grecia e incluso más allá. Eso confirma que ya no están cautivos.”

Pero su sonrisa, tan pronto como vino, se desvaneció, reemplazada por un sutil ceño fruncido. “Pero por alguna razón no puedo encontrarlos en las cercanías, Prometheus. Es como si se hubieran desvanecido sin dejar rastro, de la misma manera que nosotros lo hicimos.

Lo más probable es que se estén escondiendo, quizás temiendo ser detectados por el mismo Kronos o por mí, sin saber que soy su aliada. O tal vez se movieron a otro lugar. Pero no están en esta región.” Entonces Gaia finalmente se dio la vuelta y se preparó para irse, su forma comenzando a disolverse en una bruma terrenal. “Entonces te dejo a ti la tarea de encontrarlos. No falles nuevamente en tus visiones, ni en esta misión.”

Y con esas palabras, Gaia abrió un portal en el espacio, una grieta en la realidad que se cerró tras ella, y se retiró hacia la Isla de Creta, dejando a Prometheus solo en medio del bosque, con el eco de sus palabras y la inmensidad de la destrucción frente a él.

Prometheus, que se había quedado inmóvil en su lugar, no respondió. En ese momento, su mente estaba hecha un lío, una maraña de visiones contradictorias y la cruel realidad que se desplegaba ante sus ojos.

En el futuro que había previsto con tanta claridad, nada de esto debería haber sucedido. Se suponía que Zeus y Metis deberían haber logrado llegar sin mayores dificultades al salón principal donde se reunían los dioses para dar sus ofrendas a los Titanes. Después de eso, con su ayuda, lograrían engañar a Kronos dándole un vino mezclado con una poción que lo haría vomitar a los hermanos de Zeus. Y después, escaparían sanos y salvos a la Isla de Creta, uniéndose a Rea en la victoria.

Pero nada pasó como se suponía que sucedería. Zeus y Metis no solo no lograron rescatar a los hijos de Rea, sino que se vieron envueltos en lo que parecía ser una especie de ataque al Monte Otris. Sí, un ataque. Ni Gaia ni Prometheus creerían que un desastre natural como este sucedió de la nada, con una tormenta de rayos tan particular, y lo peor de todo es que sucedió sin que él pudiera preverlo. Sus dones habían fallado completamente.

Un posible ataque de un panteón extranjero, como había especulado para Gaia? ¿O quizás algún otro enemigo oculto que ni siquiera los primordiales conocían? Prometheus no lo sabía, pero en este momento lo que más le preocupaba era lo que ocurriría en el futuro. La razón que dio Prometheus para unirse a los dioses en contra del gobierno de los Titanes, fue que quería acabar el gobierno tiránico de los Titanes, los cuales trataban a los dioses menores y otros seres como nada más que peones consumibles sin ningún valor.

Pero Prometheus realmente tenía otras razones, mucho más personales. Hace años que había previsto la rebelión, a la que él se uniría en contra del gobierno de Kronos.

Había visto al hijo del destino, Zeus, el cual, contra todo pronóstico, se alzaría con la victoria, derrocando el poder de los Titanes y alzándose como el nuevo rey de los dioses de la tercera generación. Se suponía que así sería. Prometheus, como un dios con el dominio sobre la predicción, sabía que aunque el destino es maleable, había eventos que eran inmutables en la línea de tiempo, puntos fijos que no podían alterarse.

Y uno de ellos era la victoria de Zeus y sus hermanos. Esa era la razón principal por la que decidió unirse a la facción de los dioses por adelantado, ayudando a la diosa Rea y a sus hijos en su camino para alzarse con los nuevos gobernantes del panteón. Y después de eso, él mismo se postularía durante las elecciones para nombrar a un nuevo Rey Dios, asegurando así su posición como el consejero principal de Zeus, tomando un lugar firme en el futuro consejo de Dioses del Olimpo.

Prometheus no era tonto; por el contrario, se consideraba a sí mismo alguien bastante astuto, un maestro de la manipulación del destino. Ya había dispuesto sus servicios al que sería el futuro Rey de los dioses, asegurando que tuviera voz y voto ante el futuro gobierno de Grecia. Antes, estaba seguro de sus decisiones, tenía el futuro claro en su visión, cada paso delineado con precisión. Pero ahora, ante sus ojos, todo parecía estar borroso.

No importaba cuánto lo intentara, el futuro parecía ser una niebla espesa, moviéndose y delineándose constantemente, impidiéndole ver con claridad los eventos que sucederían. Apenas si podía ver un par de horas hacia adelante, cualquier cosa más allá de eso se le dificultaba inmensamente, y todo esto sucedía desde el día anterior, desde el momento de la catástrofe en Otris. Era una ceguera que lo aterrorizaba.

“Suspiro”, Prometheus dejó escapar un aliento pesado, el sonido de su propia resignación. “No tiene caso pensar en eso ahora.” Decidió dejar de lado sus pensamientos existenciales por el momento. Por lo menos podía consolarse con saber que los hijos de Rea lograron escapar de Kronos. La esperanza, aunque mínima, existía. Por lo que lo mejor para él ahora sería empezar a buscarlos antes de que Gaia se desespere más, y si eso pasaba, lo más probable es que descargara su frustración sobre él, y el enfado de la Madre Tierra no era algo que quisiera experimentar nuevamente. El destino podía ser incierto, pero la ira de Gaia era una constante predecible.

Fin.

_________________________________________________

Disculpen la tardanza es que no hubo energía en mi casa porque hace dos días.

En el próximo capítulo Hades conseguirá su criatura invocada.

Gracias por leer.

Por favor deja tu comentario o sugerencia.

Deja tu estrellita.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo