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Un Dios De La Muerte Como Ningún Otro En Animé World - Capítulo 31

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Capítulo 31: 28. ojos que miran en la oscuridad. part.1

El sol de la mañana pintaba el cielo con suaves tonos naranjas y amarillos, mientras los primeros rayos del día se derramaban sobre el mundo, disipando la bruma marina.

En esta cálida y húmeda mañana, la figura de Hades se alzaba imponente. Su estatura ahora rozaba los dos metros, cortesía de los nuevos cuernos que habían surgido tras el despertar de su nuevo poder de titán, evidenciándolo con dos característicos cuernos de está raza.

Su cabello corto y oscuro se mecía al ritmo de la brisa salada, y los destellos dorados del amanecer iluminaban su joven y atractivo rostro, otorgándole un aire de renovada vitalidad.

Vestía un pantalón de chándal negro y una camiseta sin mangas de un azul cian intenso. Sus zapatillas deportivas pisaban con firmeza la superficie rocosa de un barranco, ubicado en uno de los extremos de la isla Chrissis.

Habían pasado dos días desde aquella conversación en la que tejió su elaborada “verdad” para su familia. Y uno entero desde que logró estabilizar el flujo de su poder divino, recuperando por completo el control sobre su fuerza y su apariencia saludable. Intentó salir de la cueva donde lo tenían internado poco después de que su sistema le confirmó que el “cuerpo de jugador” había completado su proceso de estabilización. Pero, al parecer, ni siquiera su recuperación total logró convencer a su madre y hermanas, quienes seguían viéndolo como alguien en un estado “delicado”.

Por ello, a pesar de sentirse completamente sano, tuvo que pasar una noche más dentro de la cueva, mientras un dios especializado en hierbas medicinales lo examinaba con excesiva minuciosidad.

No le agradó la idea; desde su perspectiva, era una completa pérdida de tiempo. Pero aún así, prefería eso a ser prácticamente profanado por las manos demasiado curiosas de las ninfas que lo atendieron en la ocasión anterior. Hades aún no superaba lo libidinosos que podían llegar a ser los dioses griegos. No importaba si eran hombres, mujeres, o algo intermedio: todos se entregaban con descaro a los placeres carnales, sin reparar en si su compañero era otro dios, un animal… o incluso un objeto inanimado.

Lo más extraño era que, al parecer, de la unión entre la esencia divina y ciertos objetos inertes nacían especies de espíritus. Sí, espíritus. Así de absurdo era este mundo: donde la lujuria y el poder podían dar vida a entidades completamente inesperadas.

Pero pensándolo bien, eso no resultaba tan increíble si se tenía en cuenta que, para los dioses, el amor no era más que un instinto salvaje de reproducción. En el caso de las diosas, dejar descendencia en el mundo; en el caso de los dioses, una inagotable búsqueda de placer, sin importar el medio ni el destinatario.

En ese sentido, Hades era una anomalía. Gracias al sistema que lo acompañaba desde su llegada a este mundo, podía mantener la cabeza fría y controlar sus impulsos. Era capaz de ignorar conscientemente esos deseos, lo cual ya era una hazaña. Ser un dios virgen a su edad era, sin duda, algo extraordinariamente raro.

Por ejemplo, Zeus había tenido su primera experiencia sexual a los pocos meses de nacer, en la misma isla de Creta. Su hermano menor, Poseidón, tampoco se quedó atrás: perdió la virginidad apenas llegó a la isla, aunque Hades nunca tuvo claro si fue con una arpía o una sirena. Solo recordaba que se trataba de una criatura con rasgos animales, y jamás se atrevió a preguntarle directamente.

Pero eso no le preocupaba. Mientras los demás pasaban sus días entregados al ocio y la lujuria, él dedicaba cada segundo al entrenamiento, al cultivo de su poder y mente. Muchos dioses pensaban que estaba loco, que sus esfuerzos no tenían sentido, pues en esa era divina el concepto de “entrenar” era casi inexistente.

Sin embargo, Hades sabía que, en el futuro, cuando se coronara como uno de los seres más poderosos del universo de DxD, él sería quien se reiría desde lo alto. Disfrutaría los frutos de su disciplina, mientras los demás seguían atrapados en su arrogancia.

Pero por ahora, el futuro gobernante del Inframundo tenía otras prioridades.

Pov Hades

“Bueno… esto no podría ser más raro”, murmuré, observando con atención la superficie de la piel de mi brazo.

Después de que mi madre finalmente me permitió salir del “internamiento médico”, me dirigí de inmediato a Chrissis, con la intención de probar mis nuevas habilidades. Naturalmente, la primera prueba debía ser una de resistencia.

Saqué de mi inventario una cuchilla pequeña, que a simple vista no parecía peligrosa. Pero esta no era una cuchilla común. Su empuñadura estaba hecha de Vainita L9, un metal reforzado con carbono y cromo industrial, mientras que la hoja era de acero ZDP-189 a escala nanométrica, recubierta con una capa endurecida de polvo de diamante BC8. Una verdadera joya letal.

Yo, mejor que nadie, sabía lo aterradora que podía ser esta pequeña belleza. Era capaz de atravesar sin esfuerzo una barra de acero sólido, sin perder filo ni mostrar señales de desgaste.

La obtuve con un cupón de Gacha de bronce. Su origen era un mundo donde los humanos habían conquistado las estrellas. ¿Y por qué necesitaría una civilización espacial un arma tan letal como esta? Fácil: por los malditos insectos mutantes gigantes que habitaban ese mundo. Criaturas del tamaño de automóviles… o incluso más grandes.

No sabía mucho sobre ese universo, pero una cosa era clara: no era ni débil ni sencillo. Si habían creado un arma así, era porque realmente lo necesitaban. Y lo más impresionante es que esta cuchilla era capaz de herir incluso a un dios… siempre y cuando el dios no reforzara su cuerpo con magia. Lo confirmé personalmente en una ocasión anterior.

Con mi mano derecha sujeté el cuchillo con fuerza y lo apunté hacia mi brazo izquierdo. Detuve conscientemente el flujo de energía mágica y chakra que recorría mi piel, carne y venas, dejando el brazo completamente vulnerable. Inhalé profundamente, levantando el cuchillo.

“Fuuu… esto va a doler”.

Con los dientes apretados, bajé la cuchilla en un movimiento veloz y certero, apuntando directamente al túnel carpiano, justo donde la mano se une con el brazo.

“¡Cortar!”

Pero, para mi sorpresa, la hoja no logró atravesar la piel. De hecho, ni siquiera dejó un rasguño.

“¡Maaaadre mía!”, exclamé con asombro.

Lo más impactante no fue que la cuchilla no cortara mi piel, sino cómo mi cuerpo reaccionó al impacto.

“No pude evitar estar emocionado y confundido al mismo tiempo”, pensé mientras examinaba mi brazo con detenimiento. La luz del sol se reflejaba en aquellas pequeñas placas como si fueran diminutos espejos iridiscentes, apenas visibles a simple vista si no sabías que estaban ahí. Había descubierto una nueva capacidad en mi cuerpo, una que hasta hace unos minutos desconocía por completo.

Honestamente, no sabía demasiado sobre las características biológicas de la raza de los titanes de The Owl House, más allá de que son seres inmensamente gigantescos y poderosos, prácticamente fuentes vivientes de magia en estado puro. Eran, en todos los sentidos, como un reactor arcano que respiraba, caminaba y aplastaba montañas.

Pero sin duda alguna, este rasgo de las escamas camufladas era un regalo inesperado y bienvenido. Sentía cómo se adaptaban a la superficie de mi piel, endureciéndola y dándole un matiz metálico casi imperceptible. Estas diminutas estructuras podían incrementar la resistencia de mi cuerpo hasta límites insospechados, y lo único que me faltaba era aprender a activarlas de forma consciente. Por ahora, parecía que aparecían como una reacción automática, un reflejo defensivo de mi organismo ante cualquier amenaza que pudiera comprometer su integridad.

Y no es que antes mi cuerpo fuera débil. Incluso sin la intervención del sistema, como dios mi físico ya estaba en un nivel muy por encima de cualquier estándar mortal. Los dioses, en general, suelen poseer una fuerza abrumadora; incluso los considerados “débiles” son capaces de levantar varias docenas de toneladas sin aparente esfuerzo.

Un buen ejemplo de esto es Hera. A pesar de ser considerada la menos fuerte de los seis hermanos, su fuerza es más que respetable. Recuerdo claramente la ocasión en que le obsequié un conjunto de cajas hechas con mokuton, repletas de joyas y accesorios de moda obtenidos del Gacha. Mi intención era ayudarle a transportarlas hasta su habitación, pero antes siquiera de ofrecerme, ella ya había cargado varias de ellas, apiladas una sobre otra, como si fueran simples cajas de cartón. Entre todas, calculé que pesaban entre cuatro y cinco toneladas combinadas, más que una excavadora o un elefante africano casi adulto. Aquella imagen se quedó grabada en mi mente: la diosa caminando con la gracia de una reina, mientras cargaba un peso que habría destrozado a cualquier mortal.

La resistencia de los dioses tampoco se queda atrás. Hace unas semanas, durante una infiltración junto a Poseidón en Otris, dejamos a los titanes un “regalo” en la bóveda del tesoro: una bomba que no solo provocó una explosión devastadora, sino que cubrió toda la montaña con un bautismo de fuego nuclear. El estruendo hizo temblar la tierra y, sin embargo, ningún dios murió realmente. Hubo heridos graves, sí, muchos. Pero sobrevivieron tanto a la onda expansiva como a la radiación, cosa impensable para cualquier criatura no divina.

Las noticias que recibí después (gracias a un grupo de aves que, en realidad, eran familiares de mi madre) confirmaron que la imponente montaña de los titanes había perdido gran parte de su altura, reducida en un cuarto de su tamaño original. Los templos quedaron hechos escombros y la ciudad a sus pies fue arrasada por el fuego y la metralla. Personalmente, lo consideré un excelente día para la posteridad. Lo curioso es que, oficialmente, la autoría del ataque quedó en manos de “una entidad desconocida”. Puede que mi mensaje nunca llegara a Kronos… o puede que les avergonzara admitir que no solo escapé de ellos dos veces, sino que ambas veces me burlé descaradamente en sus narices, dejando un rastro de destrucción detrás.

No es que me considere un psicópata o un pirómano. Simplemente disfruto del arte de las explosiones y de incomodar a quienes me desagradan. Pero dejando de lado esos pensamientos tan… entrañables, era momento de concentrarme en lo que tenía enfrente.

“¡Muy bien, entonces comencemos!”, exclamé, cruzando los dedos en forma de “X” mientras realizaba un sello de manos. “¡Jutsu de Múltiples Clones de Sombra!”

Como si la técnica hubiera estado esperando mi orden, un centenar de nubes de humo brotaron alrededor de mí, revelando múltiples figuras idénticas, todas con la misma mirada determinada.

“¡Muy bien, señores, es momento de convertir esta isla en un laboratorio de pruebas! ¿Ya saben lo que deben hacer?”, pregunté, dejando que mi voz se expandiera por el claro.

“¡Claro, jefazo, usted tranquilo y nosotros nerviosos! ¡Déjelo todo en nuestras manos!”, respondió uno de los clones del frente, con una sonrisa confiada y un pulgar levantado.

“¡Muy bien, entonces no perdamos más el tiempo, este proyecto comienza ahora!”, grité levantando un puño, sintiendo el eco de mi propia determinación en las voces que me rodeaban.

“¡¡¡Siiii!!!”, rugieron al unísono, alzando el brazo en señal de guerra antes de dispersarse.

Los vi ponerse en marcha como un enjambre perfectamente coordinado. Algunos comenzaron a moldear la tierra con jutsus elementales, otros a invocar corrientes de agua para despejar árboles y arrastrar escombros. Poco a poco, el terreno irregular se transformaba en una gran explanada lisa, ideal para lo que estaba por venir. Cada movimiento era preciso; las raíces eran arrancadas de cuajo, las piedras más grandes se desplazaban como si fueran simples guijarros.

La brisa marina traía consigo el aroma salado del océano y el sonido lejano de las olas golpeando contra la costa, pero el aire aquí estaba impregnado del polvo levantado por la obra improvisada. Mis clones trabajaban con la energía frenética de un ejército que sabía exactamente qué hacer y cómo hacerlo.

Pronto aquella isla pacífica comenzó a transformarse en un campo de pruebas digno de un dios con aire de científico loco y ganas de experimentar.

POV General – Salto temporal: media hora después

El cielo, teñido de un gris suave por las nubes dispersas, se extendía sin obstáculos sobre una vasta planicie de tierra árida. El viento recorría el lugar con un murmullo seco, levantando pequeñas columnas de polvo que parecían girar de forma perezosa antes de volver a asentarse. En medio de ese terreno desolado, se alzaba una plataforma cuadrada perfectamente delimitada, hecha de bloques de adoquín. Sus dimensiones eran considerables: cuarenta metros de lado, lo suficiente como para destacar en medio del vacío.

Esa construcción era el resultado de una idea un tanto peculiar, y, admitámoslo, innecesariamente creativa, de uno de los clones de Hades: replicar, de la manera más fiel posible, la icónica plataforma del Torneo de Cell en Dragon Ball.

Claro que, por limitaciones de material y tiempo, el resultado final no era una copia exacta.

En lugar de mármol impecable, la superficie estaba compuesta de adoquines grises y firmes; en lugar de un marco perfectamente pulido, cuatro pilares cuadrados se elevaban en las esquinas, hechos de la misma piedra, alcanzando varios metros de altura como si custodiaban el escenario.

En el centro de la plataforma, Hades permanecía de pie, con una postura relajada pero expectante. Sus brazos descansaban a los lados, aunque cualquiera que lo conociera podría notar en su mirada un brillo particular: ese destello que aparecía cada vez que se preparaba para poner a prueba los límites de su fuerza. La primera fase de sus experimentos era simple en concepto, aunque monumental en ejecución: una prueba de fuerza bruta.

Durante los últimos días había reflexionado sobre distintas formas de comprobar sus nuevas capacidades físicas. Algunas ideas eran ingeniosas, otras absurdas, y unas cuantas directamente impracticables. Al final, decidió optar por algo tan clásico como efectivo: levantar peso, pero no cualquier peso… uno que solo él podría considerar manejable.

Sobre su cabeza flotaban tres de sus clones, cada uno ocupado en una tarea específica. El primero, haciendo uso del elemento polvo y de la técnica de la roca ligera, sostenía la base de una colosal estructura cúbica compuesta únicamente de bloques de adoquín o “cobblestone”, para los más familiarizados con la estética de los videojuegos. El segundo manipulaba un baúl que se abría y cerraba de forma continua, entregando al tercero una cantidad constante de bloques en miniatura. Este último, sin perder el ritmo, encajaba esos bloques en la estructura principal; tan pronto como un bloque diminuto tocaba otro, recuperaba instantáneamente sus dimensiones reales de un metro cúbico.

Era una escena extraña, casi irreal: objetos y mecánicas propias de un videojuego manifestándose en el mundo físico con total naturalidad. Pero para Hades, aquello ya no era motivo de asombro; había vivido y visto lo suficiente como para que lo imposible le resultara casi rutinario.

La meta era construir un cubo perfecto de 20 metros por lado, formado por otros cubos de un metro cúbico cada uno. Eso equivalía a 8,000 bloques individuales de piedra, y si cada uno pesaba unas 2.4 toneladas, el total rondaría unas abrumadoras 19,200 toneladas métricas. La idea era simple: dejar caer esa mole directamente sobre Hades y ver si podía sostenerla.

Este no sería su primer desafío de este tipo. Tiempo atrás, cuando se encontraba en el estómago de Kronos, había comprobado que su fuerza máxima de levantamiento llegaba a los 152 bloques, unas 364.8 toneladas métricas. Más recientemente, había superado ese récord con 183 bloques, alcanzando las 439.2 toneladas. Pero en ambos casos lo había hecho usando únicamente fuerza física pura, sin recurrir a magia ni a potenciadores externos.

Hoy, en cambio, la historia sería distinta. Esta vez planeaba combinar su fuerza natural con un flujo constante de energía mágica, potenciando su musculatura hasta niveles que nunca había probado.

No esperaba alcanzar las hazañas de personajes como Hulk o Superman, cuyas versiones más extremas podían mover continentes, cargar ciudades o incluso trasladar sistemas solares enteros. Pero sí quería saber en qué punto exacto de esa escala imposible se encontraba él.

Desde su recuperación, había descubierto algo curioso: su cuerpo reaccionaba de forma muy distinta a la energía mágica. Antes, reforzar su cuerpo con magia multiplicaba su fuerza por 4 o 6, permitiéndole superar la marca de las mil toneladas con cierta facilidad. Ahora, en cambio, la magia fluía por su organismo con la naturalidad del aire que respiraba, como si fuera parte integral de su fisiología.

El cambio estaba ligado a su nuevo corazón, un órgano que, más que bombear sangre, parecía diseñado para absorber la energía natural del entorno y transformarla en magia pura. Esa energía, curiosamente, se asemejaba más a la del mundo de High School DxD que a la que conoció en The Owl House, aunque esto no le preocupaba: significaba que tenía una segunda fuente de poder mágico además de su núcleo divino.

El linaje titánico que corría ahora por sus venas le permitía manipular glifos con la misma facilidad con la que otros respiran. Estos símbolos antiguos no eran simples dibujos, sino representaciones fundamentales de las leyes mágicas del universo, un sistema tan primitivo y puro que precedía incluso a la magia salvaje de las brujas de las Islas Hirvientes.

Hades cerró su puño con fuerza, sintiendo cómo la energía se acumulaba en sus músculos. Estaba listo.

“¡Todo listo!” gritó el clon que había colocado el último bloque.

El clon que sostenía la mole de piedra buscó la señal de Hades. Este, con una sonrisa ancha y genuina, asintió.

“¡Déjalo caer!”

El clon obedeció, disipándose en humo blanco. La colosal estructura de piedra se precipitó desde más de diez metros de altura, proyectando su sombra sobre Hades como si fuera una nube sólida.

El impacto fue brutal. Un estruendo reverberó por toda la planicie, acompañado de un temblor que sacudió la plataforma.

Hades flexionó las piernas y atrapó el bloque con ambas manos. Por un instante, la presión fue real, pero en seguida notó que el peso no era tan aplastante como esperaba.

“Esto… no es tan pesado” murmuró, casi divertido.

Enderezó la espalda y comenzó a hacer repeticiones de sentadillas, levantando y bajando la mole de piedra como si se tratara de un simple ejercicio. Solo cuando sintió un ligero entumecimiento en los músculos decidió terminar. Con un movimiento rápido, lanzó el bloque hacia el horizonte.

El proyectil de adoquín recorrió cientos de metros antes de impactar contra el suelo, levantando una nube de polvo, el impacto contra el suelo seco dejó un cráter que habría hecho pensar a cualquiera que allí había caído un meteorito.

El temblor resultante fue la confirmación final: el experimento había sido un éxito.

Hades sonrió. Esto apenas era el comienzo.

“Aplauso, aplauso, aplauso, aplauso, aplauso…”

Cuando Hades se dio la vuelta, el aire se llenó con un eco metálico de palmadas, como si un estadio entero celebrara una victoria. No eran simples aplausos; tenían ese ritmo exagerado y casi burlón que solo sus clones podían dar, como si estuvieran compitiendo entre ellos para ver quién aplaudía más fuerte. Algunos todavía flotaban en el aire, aplaudiendo vigorosamente como si estuvieran en un concierto de rock, mientras que otros, que se habían dispersado por toda la isla, habían regresado solo para unirse a la ovación.

Hades, fiel a su papel de “estrella” del espectáculo, no desperdició la oportunidad. Alzó ambas manos haciendo la señal de la paz, y sin pensarlo demasiado, adoptó una pose al puro estilo JoJo’s, flexionando los músculos con una exageración casi caricaturesca… y sin embargo, extrañamente impresionante. Había algo en la forma en que el sol se reflejaba sobre la tensión de sus músculos y la seguridad en su sonrisa que hacía que incluso esa ridícula postura pareciera digna de un póster épico.

“Bueno… a lo que sigue”, dijo con tono relajado, aunque en sus ojos brillaba esa chispa de emoción anticipada.

“¡Prueba de velocidad!”, grité desde el otro extremo de la isla. Mi voz retumbó en el aire como un disparo de salida, viajando a través del espacio abierto hasta llegar a él.

Me encontraba en el punto más occidental de Chrissi, en un claro perfectamente recto que se extendía por tres kilómetros exactos. Este camino no existía de manera natural; había sido cuidadosamente “esculpido” para esta ocasión. Montañas pequeñas, arroyos y hasta grupos de árboles habían sido eliminados o desplazados para que nada interfiriera. El resultado era una pista limpia, de tierra compacta, tan recta como una flecha, que atravesaba el corazón de la isla.

Pero la pista no terminaba ahí. A otros cuatro kilómetros más allá, sumando en total casi siete kilómetros de recorrido, un clon esperaba junto a una máquina imponente y completamente fuera de lugar en un entorno natural. No era un radar de tráfico común, sino un dispositivo militar de última generación, diseñado originalmente para medir la velocidad de naves espaciales en entornos hostiles. Tenía una estructura negra con detalles plateados, y múltiples lentes de cámara dispuestos como los ojos de una araña mecánica, junto con sensores láser y antenas de alta frecuencia.

En uno de sus laterales, grabadas con un acabado dorado brillante, se encontraban las letras: SSF∆X5. Debajo, en una tipografía cursiva y elegante, podía leerse el nombre de su fabricante: Federación Estelar de Planetas.

Ese aparato era una maravilla tecnológica: podía medir la presión atmosférica, velocidad relativa respecto al aire circundante, influencia de factores ambientales y el tiempo exacto de desplazamiento… todo con una precisión absurda. Incluso podía compensar variaciones de temperatura, altitud y turbulencia en el aire. En otras palabras: no importaba cuán rápido fuera Hades, el SSF∆X5 lo registraría con exactitud.

El clon asignado como “operador” estaba detrás del panel principal, con la vista fija en una pantalla holográfica llena de datos fluctuantes. En su otra mano sostenía un pequeño cronómetro manual, más por tradición que por necesidad. Levantó un radiocomunicador del tamaño de una baraja y presionó el botón lateral.

Un par de segundos de estática pasaron antes de que mi voz emergiera desde el dispositivo.

“Shhhhhh… Aquí el Señor de la Noche. Te escucho fuerte y claro, Ojo de Halcón.”

“Perfecto. Estoy terminando los últimos ajustes, y empezamos.”

El clon manipuló el panel con movimientos seguros, aunque cualquiera que lo viera sabría que no tenía la más mínima idea de ingeniería futurista. Por suerte, el sistema estaba autorizado y diseñado para ser operado incluso por personal sin experiencia… o, en este caso, por un clon. Activó los parámetros de medición: kilómetros por hora, millas por hora, fuerza del viento, captura por cámaras de alta velocidad, radar de seguimiento, análisis de vibración del suelo… cada función fue llevada al límite de su configuración máxima para no perder ni una fracción de segundo en los cálculos.

Con un suave zumbido, la máquina comenzó su secuencia de calibración. Los sensores láser barrían la pista en franjas de luz casi imperceptibles, mientras el software ajustaba las lecturas. Finalmente, un mensaje apareció en la pantalla: Calibración completada. Precisión máxima asegurada.

El clon sonrió, tomó el radio y habló con un dejo de entusiasmo.

“Listo. Ya está todo preparado. Comenzamos a tu señal.”

“Jajaja… perfecto” respondí desde mi posición en el punto de salida.

“Entonces no perdamos tiempo. Recuerda iniciar el cronómetro.”

Me agaché en posición de salida, apoyando la punta de mis dedos en la tierra y flexionando las piernas como resortes tensos. El clon sugirió a través del radio.

“Empecemos con algo suave… nada de magia, nada de chakra. Solo potencia física pura.”

No respondí, pero mi sonrisa lo dijo todo.

“Bien… empezaré la cuenta regresiva.”

“Diez… Nueve… Ocho…”

El mundo a mi alrededor pareció ralentizarse. Mis pupilas se dilataron y cada detalle se volvió hipernítido: el temblor casi invisible en una hoja cercana, las motas de polvo flotando en la luz del sol, la vibración tenue del suelo bajo mis pies.

“Cuatro… Tres… Dos… Uno…”

¡Crash!

El suelo se agrietó bajo la brutal fuerza de mis piernas. El impulso inicial fue tan violento que el aire estalló en un boom sónico instantáneo, seguido de una onda expansiva que levantó polvo y tierra a varios metros de distancia. A partir de ahí, el paisaje se volvió una mancha borrosa a mis costados; mis pasos dejaban huellas profundas y perfectamente marcadas, como si fueran las mordidas de una bestia invisible sobre el suelo.

En apenas un parpadeo, la línea de meta estaba frente a mí. Hundí los talones y derrapé violentamente, dejando dos surcos paralelos en la tierra hasta que logré detenerme.

Me incorporé, respirando de forma controlada, y avancé trotando hacia el clon.

“Bueno… ¿qué tal lo hice? Sentí cómo el aire se rompía contra mi cuerpo varias veces”

El clon no dijo nada. Solo se apartó, dejando a la vista la pantalla de resultados.

[Tiempo: 0.4697 segundos. Velocidad relativa: 14,989,622.9 m/s. Kmh: 53,960,000. Mph: 33,530,000.1. Observación: ~5.0023% de la velocidad de la luz.]

Me quedé mirando la cifra… y simplemente me congelé. Mis músculos no respondieron, como si el propio tiempo se hubiera detenido junto conmigo. Parpadeé una vez, luego otra, buscando en vano que el número cambiara, que hubiera sido un error del sistema o algún fallo temporal. Pero no… la pantalla seguía marcando exactamente lo mismo. Abrí la boca, pero ninguna palabra salió; era como si mi cerebro intentara procesar algo que escapaba a toda lógica.

No era que jamás hubiera alcanzado velocidades cercanas a esa; de hecho, si me lo propongo, puedo desplazarme a una rapidez que iguala o incluso supera con holgura la velocidad de la luz. Pero siempre había un matiz importante: para llegar a ese punto, debía apoyarme en algún tipo de energía externa, ya fuera chakra, energía mágica o cualquier otra fuerza capaz de amplificar mis capacidades físicas más allá de lo natural.

Esto… esto era diferente.

La cifra que veía frente a mí era el resultado puro y absoluto de mi fuerza física, sin un ápice de energía adicional. Algo que, hasta este momento, yo creía completamente imposible. Con mi fuerza y constitución divina, lo máximo que había logrado en bruto era moverme a velocidades masivamente hipersónicas, tal vez entre Mach 700 y Mach 800 como mucho. Y ahora… ahora estaba viendo un salto que rozaba un umbral completamente distinto, casi absurdo.

En mi cabeza, los cálculos eran claros: antes, con una estadística de fuerza (STR) de alrededor de 1,650 unidades, podía suponer con cierta precisión mis límites físicos. Incluso tras mi último aumento hasta las 2,672 unidades, había asumido que el incremento sería moderado, quizá dos o tres veces superior a lo anterior. Y sin embargo, aquí estaba… enfrentado a una mejora que no era solo numérica, sino cualitativa. Un salto como este no podía explicarse simplemente con la diferencia de puntos de atributo.

La única explicación lógica (si es que algo así podía llamarse lógica) era el cambio profundo que había sufrido mi cuerpo después de recibir sangre de titán. Una alteración tan radical que había modificado no solo mi fuerza, sino la misma naturaleza de mi ser.

Abrí mi estado, desplazándome directamente al apartado donde aparecían mi nombre y mi raza:

[Estado]

{Nombre: Hades}

{Raza: Dios Griego / Aithyropoioi-Titán Primigenio / Colossus Sapien Arcana}

{Dios del Inframundo – Dios del Agua – Titán}

{…}

{…}

Ignoré el resto. Lo que realmente me llamaba la atención era esa línea en la que figuraba “Titán Primigenio / Colossus Sapien Arcana”. Eso… eso era nuevo. Y no era un cambio menor: que apareciera dentro de mi raza implicaba que mi fisiología divina había sido reescrita en un nivel tan profundo que ya no era el mismo ser que antes.

“Esto me está dando un dolor de cabeza…” murmuró mi voz mientras me llevaba una mano a la frente, masajeándola.

La verdad, nunca he entendido del todo el sistema de puntos de estadística. Al principio, cuando apenas tenía cinco puntos en STR, mi fuerza equivalía a la de un humano adulto promedio. Cada punto extra representaba un aumento lineal y fácil de medir. Pero a medida que mis estadísticas crecieron, la relación dejó de ser tan clara. El aumento no solo dependía de la fuerza, sino que parecía estar influenciado por todos mis otros atributos, excepto quizá la destreza {DES}. Y si en aquel entonces no entendía la lógica detrás… ahora, con estos números, menos aún.

“¿Sabes qué? Al diablo, simplemente lo disfrutaré”, me dije a mí mismo, decidiendo cortar el hilo de pensamientos que amenazaba con volverse un laberinto. Me di media vuelta y comencé a caminar de regreso hacia el punto de partida, al otro extremo de la isla.

“Avísame cuando estés listo de nuevo, esta vez utilizaremos magia”, le dije a mi clon, dándole la espalda mientras iniciaba un trote relajado.

“¡Entendido, jefe!”, respondió él con un tono levemente burlón, anotando los resultados en una libreta.

Mientras me desplazaba, me asaltó un recordatorio incómodo: no podía simplemente liberar mi poder mágico sin cuidado. El motivo era sencillo: mi dominio divino, el poder sobre la muerte, tendía a manifestarse de forma… poco amigable. El simple acto de liberar mi aura provocaba la aparición de un miasma corrosivo impregnado con mi esencia, un veneno para todo lo que respirara vida. Además, mi presencia adquiría una intensidad oscura y opresiva que perturbaba incluso a los dioses.

Ya lo había vivido antes: cuando mostré mi verdadero dominio frente a Hestia y Deméter, el resultado fue una Hestia incómoda y una Deméter… aterrada. Según sus propias palabras, por un instante dejé de parecer yo, y en mi lugar se alzó una criatura inhumana y sobrecogedora. Desde ese día, procuré ocultar ese aspecto y limitarme a manipular las sombras, un matiz de la muerte mucho más aceptable socialmente.

Me detuve un instante y alcé la mirada al cielo. Activé mi Sharingan, que giró lentamente hasta transformarse en el patrón de círculos concéntricos púrpuras del Rinnegan.

‘Tshk’. “La barrera todavía está rota”, murmuré con fastidio.

La barrera mágica que debía envolver la isla de Chrissi seguía llena de grietas, e incluso con un boquete del tamaño de un edificio en su parte superior. Era obra de Gaia, diseñada para contener cualquier fuga de energía mágica desde el interior hacia el exterior. Sin ella, cualquiera con suficiente sensibilidad podría detectar mis entrenamientos. El problema: yo no tenía los conocimientos en sellos para repararla.

“…¿Eso podría…? ¿Por qué no pensé en eso antes?”, me dije, dándome una pequeña palmada en la frente. Podía crear mi propia magia.

Tras mi regreso del mundo de The Owl House, mi mente había quedado impregnada de conocimientos sobre glifos, círculos mágicos y circuitos escritos capaces de manipular efectos arcanos. Como titán o al menos medio titán, tenía una afinidad natural para comprender y emplear este tipo de magia, algo que además estaba respaldado por un título del propio sistema:

[Maestría de Glifos Elemental: Competente]

Otorga al usuario un ingenio natural para la utilización de la magia de glifos, junto con una profunda conexión con la esencia mágica de la raza titánica y un entendimiento fundamental de su lenguaje ancestral.

[Capacidades]

Creación de Glifos Elementales Avanzados: Posibilita la formación de glifos capaces de manipular elementos como metal, electricidad, vapor, agua, tierra, naturaleza, viento, fuego e incluso fenómenos abstractos como la gravedad o el espacio.

Creación de Estado: Permite trabajar con glifos que alteran propiedades no energéticas, como el glifo de tiempo, capaz de ralentizar el flujo temporal en un área, o el glifo de silencio, que manipula la propagación del sonido.

Creación de Glifos de Transmutación: Concede entendimiento para transformar la materia en otras formas o estados (agua a vapor, roca a arena, etc.).

[Otras Capacidades]

Dibujo de Glifos en el Vacío: Control preciso de energía para formar glifos en el aire sin soporte físico.

Impresión de Glifos en el Propio Ser: Conocimiento instintivo para tatuar o grabar glifos en la piel, activables al instante y de forma permanente.

Dibujado de Glifos Invisibles: Proyección de energía mágica en forma de glifo sin representación visual, logrando conjuración inmediata.

Comprensión del Lenguaje Mágico: Interpretación de glifos como un idioma vivo, entendiendo su gramática, sintaxis y hasta su métrica poética.

Innovación: Capacidad innata para crear glifos inéditos o combinaciones nunca antes registradas.

Interpretación de Glifos: Lectura e interpretación de glifos ajenos, incluso de otros titanes.

Adaptación y Modificación: Alteración dinámica de hechizos en ejecución.

Control Mágico: Uso eficiente de energía sin desperdicio, comprendiendo la mecánica interna de los glifos.

[Aviso del sistema: “Control Mágico” se suma al dominio mágico ya existente en el anfitrión]

“Sí, sin dudas tengo todo lo que necesito” dije con cierto orgullo, pues no todos los días se obtiene acceso directo a un compendio de conocimientos ancestrales, casi prohibidos, y mucho menos sin pagar un precio.

Con una expresión confiada, tomé el dobladillo de mi camiseta y lo estiré hasta tensarlo. Luego extendí un dedo, que comenzó a irradiar un resplandor dorado con matices violáceos, señal inequívoca de una canalización de energía titánica. Mis movimientos fueron medidos y precisos; cada trazo no solo dibujaba un símbolo, sino que inscribía en el tejido mismo de la realidad una instrucción mágica.

Los glifos que tracé no eran simples figuras geométricas: eran nodos de información arcana conectados por hilos invisibles de energía, formando un conjunto funcional, o como los titanes lo llamaban, una matriz sináptica mágica. La función final: ocultar mi poder mágico y mi presencia divina, borrando mi huella energética hasta volverme indetectable.

El primero que tracé fue el Glifo de Nulidad también registrado como Glifo de Silencio según el conocimiento que me transmitio el titán.

Este glifo representa un concepto metafísico: el vacío como estado absoluto. Su función es anular patrones energéticos, ya sea magia, vibraciones sónicas o emanaciones de aura. Su estructura es engañosamente simple: tres círculos concéntricos unidos por líneas quebradas, pero en su interior almacena una fórmula rúnica que cancela firmas energéticas al resonar con la “frecuencia cero” del éter.

El segundo fue el Glifo de Ilusión, un patrón básico pero versátil. Este no destruye la energía, sino que la disfraza, modulando su firma para imitar el ruido energético del entorno. Técnicamente, genera un “manto de energía ambiental” que sustituye tu aura real por un espectro neutro. Sus limitaciones son claras: magos o criaturas con una percepción mágica activa y a menos de veinte metros pueden detectar irregularidades en el patrón. Sin embargo, en Creta solo unos pocos, mi madre Rea, la primordial Gaia y el profeta Prometeo, poseen tal nivel de percepción, y ninguno merodea lo suficiente cerca como para poner a prueba mi camuflaje.

Finalmente, tracé el Glifo de Barrera, un sello defensivo que encapsula y protege los otros dos. Funciona como una membrana mágica que impide filtraciones, reforzando la duración de los glifos internos y evitando su desgaste. El principio es simple: un campo de presión arcana que actúa como una cámara aislada, blindando las fluctuaciones energéticas para que no escapen al entorno.

“Muy bien, eso es todo, con esto ya no tengo que preocuparme de llamar la atención de alguna entidad poderosa” susurré.

Cuando activé el conjunto, los tres glifos brillaron al unísono, generando un pulso que recorrió mi camiseta y proyectó una barrera translúcida alrededor de mi cuerpo. El efecto duró apenas unos segundos antes de que todo se desvaneciera a la vista, quedando solo el silencio energético que había buscado.

A ojos comunes, nada había cambiado. Pero para un sensor mágico, mi rastro había sido borrado. Ni un solo hilo de chakra, ni una chispa de energía vital escapaba de mi ser. Me había convertido, a efectos prácticos, en un vacío con forma humana.

“¡Genial, esto está mejor de lo que creí!” exclamé, observando mis manos. La sinergia entre Nulidad, Ilusión y Barrera había alcanzado un equilibrio perfecto: mi naturaleza mágica se confundía con la energía ambiental, como una gota de agua en el océano. Incluso si un dios intentara ubicarme, no hallaría más que el pulso natural del mundo a mi alrededor.

(Una pequeña pausa)

Hola a todos los queridos lectores, les escribo Hola a todos los queridos lectores, les escribo en este pequeño espacio para añadir una explicación más detallada sobre como funciona el hechizo de triple glifo perfecto, te lo añado ahora mismo como un añadido al estilo grimorio, con explicaciones técnicas utilizando la terminología arcana, manteniendo coherencia con el mundo en el mundo que se encuentra el protagonista.

Apéndice Arcano: Matriz de Ocultamiento de Triple Glifo

Nombre no oficial de la Técnica: Encubrimiento Mágico de Tres Sellos

Clasificación: Arte Mayor de Discreción Arcana (Prohibida para menores de rango Heraldo)

Nivel de Complejidad: VII sobre IX

Riesgos de Uso: Nulo para portadores de sangre titánica; riesgo de colapso de aura en usuarios no alineados.

1. Glifo de Nulidad (Anima Silentium)

Propósito Primario: Cancelación de patrones energéticos activos.

Principio de Funcionamiento: Resonancia con la “Frecuencia Cero” del éter, un estado teórico donde no existen fluctuaciones mágicas.

Geometría: Tres círculos concéntricos, unidos por líneas quebradas que interrumpen la propagación de la energía.

Fórmula Base: E(t)=0∀t>Tactivacioˊn

Origen Registrado: Era de la Fragmentación.

Usado por brujas en operaciones encubiertas para evitar rastreo mágico.

2. Glifo de Ilusión (Vestis Mirabilis)

Propósito Primario: Enmascaramiento de la firma energética.

Método: Modulación armónica del flujo mágico para imitar la radiación ambiental.

Esquema Visual: Curvas asimétricas superpuestas en patrón de onda senoidal.

Fórmula de Enmascaramiento: Eproyectada=Eentorno+Δ

Limitaciones: Ineficaz contra percepción mágica activa de grado oracular o superior a 20 metros.

3. Glifo de Barrera (Custodia Aeternum)

Propósito Primario: Aislamiento y estabilización de glifos internos.

Método: Generación de una membrana de presión arcana que encapsula los efectos activos.

Esquema Visual: Hexágono central rodeado por un círculo protector, enlazados por seis runas de anclaje.

Función Secundaria: Prevención de filtraciones energéticas.

Duración Estándar: 72 horas con un solo punto de anclaje; duración indefinida con anclaje múltiple.

4. Matriz Combinada

Cuando los tres glifos se entrelazan, forman lo que los textos titánicos llaman una “Cúpula de Ausencia”, donde no solo se borra la huella energética, sino que se impide su reconstrucción mediante técnicas de rastreo retroactivo.

Secuencia Recomendada de Activación:

Nulidad: establece el silencio energético.

Ilusión: ajusta el perfil mágico al entorno.

Barrera: fija y protege el conjunto.

Efecto Total: El portador se funde con la energía ambiental, convirtiéndose en un nodo invisible en la red mágica del mundo. Incluso los dioses requieren intervención directa en el plano físico para detectar al objetivo.

Bueno eso sería todo, muchas gracias por leer, ya puedes continuar con la historia. (⁠。⁠•̀⁠ᴗ⁠-⁠)⁠✧

(Continuando con la historia.)

Seguí caminando en línea recta hacia la línea de salida. A cada paso, el terreno mostraba las huellas de mi poder: cráteres enormes, marcas irregulares, grietas que parecían mordiscos de un titán en la corteza terrestre. Al levantar la vista, comprobé que estos hoyos se extendían hasta perderse en el horizonte, como si alguien hubiera bombardeado toda la isla con proyectiles de artillería.

Solté un largo suspiro. Era evidente que, si quería realizar una carrera decente, debía reparar todo aquello; de lo contrario, el terreno irregular me jugaría en contra.

“¡Kage no Bunshin no Jutsu!”, grité con toda la emoción de un fan de shōnen. Y sí, lo reconozco: gritar el nombre del jutsu no es estrictamente necesario, pero no hacerlo sería como comer ramen sin caldo… una traición a la esencia misma de Naruto.

Dos clones idénticos aparecieron de inmediato, levantando una ligera nube de polvo.

Uno avanzó hacia la línea de salida, mientras que el otro se desplazó velozmente hacia la meta. Apenas llegaron a sus posiciones, juntaron las manos y comenzaron a moldear chakra.

“Doton: Doryū Hekireki” (Elemento Tierra: Gran Núcleo de Tierra en Movimiento).

El suelo vibró con fuerza.

Era un ninjutsu de rango A, diseñado para manipular extensiones masivas de tierra.

Bajo el control de mis clones, los cráteres se rellenaron con bloques de tierra compacta que emergían del subsuelo, nivelándose como si una gigantesca prensa estuviera empujando desde abajo.

Era casi hipnótico ver cómo la superficie volvía a alisarse con una precisión quirúrgica: cada roca desplazada, cada grieta sellada, cada desnivel corregido hasta convertir la isla en una pista de atletismo perfecta, lisa como un espejo.

“Perfecto, con esto ya no tengo que preocuparme por tropezar. Qué listo soy”, murmuré con una sonrisa de satisfacción. Si hubiera tenido un clon cerca, me habría dado una palmada en la espalda, pero como no era el caso, me limité a autoelogiarme en silencio.

Con la pista reparada, retomé mi caminata hasta la línea de salida. Allí, recogí el radiocomunicador que había dejado en el suelo tras mi carrera anterior.

Estaba cubierto de polvo, con marcas de tierra en la carcasa, pero al menos sus circuitos internos seguían intactos. Bastaron un par de sacudidas para limpiarlo antes de pulsar el botón de transmisión.

‘Tzzzzz’. Primero, solo ruido blanco. Después, la voz despreocupada de mi clon resonó al otro lado:

“¡Holaaa! ¿Original, estás escuchando?”

“Te escucho fuerte y claro. ¿Cuándo empezamos?”, respondí sin demora, deseando iniciar cuanto antes la prueba.

“En un momento. Oye, ¿sabías que esta cosa puede medir la velocidad de salto espacial? ¡Qué locura! Me encontré con esta función por accidente. ¿No te parece que esta máquina parece sacada de Star Trek?”

Me quedé en silencio un instante, procesando la pregunta. Y sí, no era tan descabellado. La mayoría de los objetos que obtenía del gacha del sistema provenían de mundos aleatorios, muchos de ellos desconocidos incluso para mí.

¿Por qué no una máquina de medición interespacial? Sin embargo, esa reflexión me llevó a cuestionamientos más profundos.

Después de todo, era inevitable pensar en la naturaleza de mi existencia: ¿cómo funcionaba realmente el sistema? ¿De dónde provenían los objetos que obtenía? ¿Quién lo había creado? Y lo más inquietante… ¿tenía un propósito oculto?

Al final, esas eran preguntas comunes entre los reencarnados. Todos ellos -ya fueran arrastrados a un mundo de fantasía contra su voluntad o recreados en la piel de algún personaje ficticio suyo- compartían la misma duda existencial.

Y la mayoría terminaba desconfiando de sus sistemas, sospechando de un plan mayor oculto.

Pero yo… yo no tenía ese problema. Mi sistema era claro: entretenimiento. Esa era su función. Mi papel, básicamente, era divertir a la entidad que me había reencarnado… y probablemente a sus amigos. Nada más, nada menos.

“Sí, definitivamente fui muy afortunado. No solo me dieron una segunda oportunidad de vivir, sino que también obtuve un sistema increíble, genial y todopoderoso.”

[Gracias, Anfitrión, yo también aprecio mucho su compañía.]

La pantalla del sistema apareció de repente frente a mí.

Parpadeé dos veces, ligeramente sorprendido.

No era común que el sistema hablara por iniciativa propia; por lo general, permanecía en silencio, respondiendo solo a preguntas directas o a mis comandos de voz.

Sin embargo, en contadas ocasiones rompía la monotonía con frases como esa, casi humanas.

“Oye, sistema… no puedo evitar preguntarme. ¿Eres sensible? ¿Puedes pensar por ti mismo?”

Hubo dos segundos de silencio absoluto antes de recibir respuesta.

[No, el sistema no posee consciencia ni libre albedrío. Sin embargo, fui diseñado con miles de capas de caracterización, creadas para adaptarse al comportamiento y necesidades de cualquier anfitrión. Esta explicación es lo más resumida posible; si la ampliara, existe una alta probabilidad de que el anfitrión no comprenda.]

Me quedé en blanco unos segundos. ¿Me había llamado tonto mi propio sistema? “¿Sistema, crees que no soy lo bastante inteligente para entender tu existencia?”

[Negativo. El anfitrión posee facultades mentales plenas. Pero incluso así, mi naturaleza excede el entendimiento de cualquier ser de tercera dimensión, e incluso de planos superiores como la treintava dimensión. Mi existencia proviene directamente del mundo de los creadores. No es algo que pueda explicarse de manera que usted lo entienda.]

Tragué saliva. La voz del sistema era tan calmada y neutra como siempre, pero el peso de sus palabras me recordó lo pequeño que era. No era de extrañar, considerando que me permite descargar archivos de personajes como The One Above All o The Presence, grandes jefes en sus respectivas realidades.

Ese pensamiento siempre me golpeaba de la misma forma: como si yo, a pesar de mis logros y mi divinidad, aún fuese un niño que juega con juguetes demasiado grandes para sus manos. Lo curioso era que el sistema nunca sonaba intimidante; su tono era casi terapéutico, pero justo por eso me hacía sentir lo diminuto que era en comparación con lo que realmente existía allá afuera.

Hablando de realidades, me surgió una pregunta que me carcomía desde hacía tiempo.

“Sistema, ¿puedo hacerte una pregunta?”

[Estoy a sus órdenes, anfitrión, puede preguntar lo que quiera]

“¿En el sistema existe una función que me permita viajar entre mundos?”

[…No, el sistema no posee la capacidad de viajar de manera directa a otros planos existenciales o realidades]

“Haaaaw, y yo que quería viajar a Marvel MCU y conocer a Tony papasito Stark… Espera, ¿sistema, dijiste directa?”

[Así es, anfitrión, el sistema tiene la capacidad de conectarse con múltiples realidades de manera simultánea, pero esta conexión solo se aplica bajo condiciones específicas. Por ejemplo, el sistema pudo crear una conexión bilateral estable con el mundo shinobi gracias al objeto ‘Pergamino de Invocación al Azar’]

Abrí mucho los ojos. Me quedé callado durante unos segundos, procesando lo que había escuchado.

“Entonces, ¿lo que me estás diciendo es que solo puedes crear conexiones con otros mundos bajo ciertas condiciones específicas, y que la razón por la que pude realizar ese contrato con la Maestra Katsuyu es porque al obtener el pergamino de invocación se cumplieron dichas condiciones para formar un vínculo con el mundo ninja?”

[Precisamente, la principal función de dicha conexión establecida con el mundo ninja le permite al anfitrión realizar las siguientes acciones: invocar a su bestia de chakra contratada (la babosa sabia Katsuyu), generar un enlace psíquico con su bestia contratada que trascienda la barrera entre dimensiones, y el poder realizar la invocación inversa]

Me llevé la mano al mentón, pensativo.

“Mmmh, bueno, eso explica muchas cosas. Al menos ya sé cómo es que puedo invocar a la Maestra Katsuyu desde el mundo de Naruto. De ser así, existe la posibilidad de que en el futuro pueda conseguir algún objeto que me permita viajar entre dimensiones para conocer otros mundos”.

En mi mente ya empezaban a brotar ideas. Cada “mundo” era un cofre cerrado lleno de tesoros, esperando a ser abierto, pero necesitaba la llave adecuada, y el sistema me acababa de confirmar que esas llaves existían.

“Bueno, al menos ya no tenía que preocuparme por… ¡momento!”. Mi cabeza se giró rígidamente en dirección a la pantalla del sistema. “Sistema… ¿dijiste que puedo realizar la invocación inversa?”

[Afirmativo, el anfitrión puede ejercer todas las funciones de la invocación ninja]

“¿Incluso estando en otro mundo?”, volví a preguntar, solo para estar seguro.

[Así es, gracias a que el anfitrión consiguió un artefacto del gacha que cumple con las condiciones requeridas, el sistema pudo establecer una conexión estable con el mundo shinobi, y no se preocupe, tanto el espacio-tiempo como las dimensiones no son un impedimento para realizar la invocación. Lo mismo aplica para la invocación inversa]

Ese dato me cimbró por dentro. No era una simple mecánica del sistema: era una puerta abierta, un atajo directo hacia otro universo. Y no hablo de una simple visita turística, sino de un acceso estable, algo tan raro como peligroso.

Me puse a reflexionar: en teoría, con la invocación inversa, podría aparecer en medio de la Villa Oculta de la Hoja sin previo aviso, o incluso en el pantano donde Katsuyu solía residir. Y si eso era posible, entonces las puertas hacia mundos como Bleach, One Piece o incluso el MCU también podrían abrirse con la condición adecuada.

Mi respiración se aceleró, no de miedo, sino de emoción pura.

Eso significaba que tenía una entrada a un mundo en un universo completamente diferente. Uno que definitivamente quería visitar, no solo por una curiosidad infantil y fanática al ser un devoto de la franquicia de Naruto, sino porque en ese mundo tendría acceso a muchos recursos que me serían de mucha utilidad. Ninjutsus, técnicas de sellado, objetos poderosos, bestias con cola… Un arsenal que solo un idiota desaprovecharía.

Además, había algo más: ese mundo estaba lleno de conceptos y energías diferentes al mío. Si lograba analizarlas y adaptarlas, mis capacidades crecerían de formas impensables.

En cuanto a mi seguridad, seamos sinceros: a excepción del Sabio de los Seis Caminos, la diosa conejo Kaguya o alguno de los miembros del clan Ōtsutsuki, ningún otro ser en ese mundo podría llegar a representar una verdadera amenaza para mí.

Hashirama Senju era respetado como el primer Hokage y temido como el Dios de los Shinobi, gracias a su dominio del Elemento Madera y sus absurdas reservas de Chakra. ¿Y adivina qué? Yo poseo no solo el Kekkei Genkai del Elemento Madera, sino también el Elemento Polvo, el Elemento Hielo, el Elemento Lava y el Elemento Quemar. Eso, sumado a mis reservas de Chakra, las cuales superan al menos cuatro veces y media las del propio Hashirama, me convierten en un ser que ni siquiera entra en la escala de poder de un súper Kage.

Incluso me atrevería a decir que, si utilizo mi Modo Sabio, lograría entrar en el nivel de los Seis Caminos. Tal vez no al nivel de Madara Uchiha de los Seis Caminos (ese loco era un monstruo con esteroides) pero sí creo que sería superior al de Obito Uchiha en ese mismo estado.

¿La diferencia? Aunque no posea el cuerpo sabio de los Seis Caminos ni el monstruoso Chakra del Jubi, sí tengo un cuerpo divino que supera por mucho a cualquiera en ese mundo (Might Guy de las Ocho Puertas Abiertas no cuenta).

Y eso sin mencionar mis vastas reservas de poder mágico y divino, energías incomprensibles para los ninjas.

En pocas palabras, a menos que el Sabio de los Seis Caminos reviva, que Kaguya Ōtsutsuki se libere de su sello en la luna o que los miembros del clan Ōtsutsuki lleguen al mundo ninja antes de tiempo, no le temo a nada ni a nadie.

Otros factores como dioses menores, demonios o técnicas prohibidas tampoco me intimidan. Por el contrario, me producen curiosidad. ¿Qué tan real sería el dios Jashin? ¿Qué tanto poder tenía Moryō, el demonio del chakra oscuro? Me daban ganas de investigarlos, diseccionarlos, descubrir sus orígenes… pero hasta allí. Mi poder general ya se encuentra por encima del de ellos en todos los aspectos.

Incluso las Parcas del Shiki Fūjin no representaban una amenaza. ¿El porqué? Simple: como dios, y sobre todo como dios de la muerte, mi alma es excepcionalmente fuerte. Con mi dominio sobre el concepto de la muerte, estoy convencido de que podría someter a cualquiera de los dioses de la muerte de ese mundo, y si no, al menos negociar de tú a tú con ellos.

Mientras cavilaba sobre todo esto, una voz me sacó de mis pensamientos.

“Hey, disculpa la tardanza, me entretuve un buen rato, podemos continuar con la prueba de velocidad cuando gustes”.

“Eso es perfecto, podemos iniciar de inmediato”, respondí, acomodando mi cuerpo en posición de carrera.

Dejé nuevamente el pequeño radio en el suelo a una distancia prudente, lo suficientemente cerca como para escucharla, pero no lo suficiente como para que se viera afectada por mi carrera.

‘Tzzzzz’. La estática se coló por un instante. Después de unos seis segundos, la voz de mi clon sonó desde la radio.

“Bueno, lo que haremos ahora será repetir la carrera en línea recta, pero esta vez utilizando energía mágica para generar un impulso y mejorar tu cuerpo… ¡intenta no destruir la isla!”.

No pude evitar soltar una carcajada. Ese comentario era mitad broma, mitad advertencia. Y lo peor de todo era que tenía razón: si liberaba descuidadamente mi magia, la isla de Chrissi podría convertirse en polvo.

“Empezaré a contar desde el diez hasta el uno nuevamente… diez… nueve…”.

El conteo empezó y yo ya estaba concentrando poder. Con un simple pensamiento, mi magia comenzó a circular como torrentes de lava líquida dentro de mis venas. Mi cuerpo se endureció, se revitalizó, cada fibra de mis músculos se llenó de energía como un resorte a punto de liberarse.

Pero no me quedé allí. Me concentré en mi núcleo divino. Hice que mi poder sobre la muerte se manifestara como una niebla negra y tenue que recubrió mi cuerpo. Su propósito era claro: reducir la resistencia del aire. Y funcionaba tan bien que incluso podía escuchar el susurro agudo del viento siendo desgarrado a mi alrededor antes de moverme.

“¡Tres… dos… uno… A CORRER!”

En el instante en que la voz de mi clon dio la orden, me lancé hacia adelante. El suelo explotó bajo mis pies, levantando una nube de polvo y rocas que se dispersó violentamente.

Esta vez, la sensación fue distinta.

El mundo se deformó ante mis ojos. Era como si el tiempo se hubiera quebrado en cámara lenta, y yo, en medio de esa paradoja, pudiera verlo todo con claridad. Cada mota de polvo en suspensión, cada hoja que caía, cada grieta en la tierra que se formaba a mi paso… todo se grababa en mi mente con nitidez absurda.

El aire no me frenaba, lo cortaba como si fuese papel. El espacio parecía ondularse bajo la presión de mi magia, y cada pisada era como el golpe de un martillo divino sobre el suelo, hundiéndolo varios centímetros.

Podía ver cómo la fricción del aire se incendiaba en pequeños destellos, como brasas que explotaban y se apagaban en la nada. El cielo, el mar, la tierra, todo se volvía una franja distorsionada de colores que se alargaban en la periferia de mi visión.

Era una experiencia sobrecogedora. Si abría la boca, corría el riesgo de que el viento me arrancara la mandíbula, así que me limité a cerrar los labios con fuerza mientras el resto de mi cuerpo se deleitaba con aquella brutalidad de sensaciones.

Y, antes de darme cuenta, había llegado a la meta.

Clavé mi energía mágica en el suelo como anclas, frenando en seco, levantando ondas de choque que barrieron el polvo circundante. El silencio posterior fue tan absoluto que solo podía escuchar mi propia respiración agitada y el retumbar lejano de lo que acababa de destrozar en mi camino.

Aún recuperándome del impulso, aspiré profundamente. El olor a ozono impregnaba el aire, producto de la fricción y de la descarga mágica que había dejado a mi paso. Mis pulmones ardían, aunque no era cansancio real, sino la sensación de haber hecho algo que mi cuerpo todavía no terminaba de asimilar. La tierra bajo mis pies todavía vibraba, como si el mismo espacio no supiera cómo reaccionar ante lo que acababa de ocurrir.

El silencio apenas duró un instante. Justo a mi costado se escuchó la voz de mi clon, cargada de emoción y de un matiz de satisfacción profesional, como si estuviera comentando el resultado de un experimento exitoso.

“Bueno… debo admitirlo, eso fue increíble. Pero antes de darte mis impresiones personales, déjame mostrarte los resultados exactos.”

Un chisporroteo de energía recorrió el aire y el sonido de teclas invisibles resonó de fondo, como si mi copia estuviera organizando datos en una terminal mágica que solo él podía ver.

“[Tiempo: 0.0007689 milisegundos.

Velocidad relativa: 389,730,195.4 metros por segundo.

Kmh: 1,403,028,703.

Mph: 871,795,016.

Observación: ~1,3 veces la velocidad de la luz ‘FLT’.

Categoría: Sub-relativista+]”

Me quedé helado por unos segundos. Mis labios se entreabrieron, pero no salió palabra alguna. El aire en mis pulmones se sintió pesado, como si incluso mi cuerpo se resistiera a creerlo.

“¿Sub-relativista…?”, murmuré al fin, todavía incrédulo.

“Así es”, contestó mi clon con naturalidad, como si estuviera recitando el clima de la mañana. “Acabas de cruzar el umbral en el que tu velocidad ya no se mide solo en términos humanos o divinos corrientes, sino en relación directa con la velocidad de la luz. Eso significa que entraste oficialmente en la categoría sub-relativista, y créeme, Hades, eso es algo que muy pocos seres en cualquier realidad pueden reclamar sin el uso de artefactos externos, fisuras dimensionales o manipulaciones espacio-temporales.”

Me crucé de brazos, intentando asimilar lo que acababa de escuchar. El aire frío golpeó mi rostro, pero mi mente hervía.

“Entonces… ¿qué fue exactamente lo que me permitió llegar a eso? No lo entiendo, no usé todo mi poder, solo reforcé el cuerpo con magia.”

“Y ahí está el truco”, dijo el clon, su tono pasando a uno más didáctico. Incluso sacó unas gafas de lectura de quién sabe dónde y se las colocó con fingida solemnidad, como un profesor a punto de iniciar cátedra. “No es solo reforzar el cuerpo. La magia titánica que empleas trabaja sobre tres factores clave: la estructura física, el flujo energético y la interacción con el entorno. Déjame desglosarlo.”

Se aclaró la garganta, y mientras hablaba, el aire a su alrededor proyectaba hologramas de números y diagramas mágicos que daban soporte visual a cada palabra.

“Primero, según los datos recopilados por los escáneres y las cámaras, reforzaste tus fibras musculares con magia pura. Eso hizo que la contracción muscular se volviera prácticamente instantánea, como si cada célula estuviera cargada con miles de kilovatios de electricidad divina. El resultado: una potencia explosiva tan descomunal que tus músculos no solo obedecieron, sino que superaron la barrera natural de reacción.”

“Segundo, regulaste tu núcleo divino para liberar energía de forma uniforme, ¿verdad?” -asentí en silencio ante su pregunta-. “Bueno, al hacerlo redujiste casi por completo el desgaste y la fatiga. Cada pisada se tradujo en un impulso óptimo sin pérdida de fuerza, sin fugas, sin dispersión. En términos simples: tu eficiencia muscular y energética estuvo rozando el 100%. Honestamente, ni siquiera un Wally West alimentado con Guepardex alcanzaría una consistencia así en condiciones normales.”

“Y tercero,” continuó el clon con una leve sonrisa, “aplicaste un detalle muy ingenioso, probablemente de forma instintiva: esa neblina oscura de poder sobre la muerte que rodeaba tu cuerpo. Puede que no lo notaras, pero esa niebla generó un campo de baja densidad alrededor de ti, disminuyendo la resistencia del aire en más de un 80%. Lo que para otros habría sido fricción abrasadora y destrucción molecular instantánea, para ti fue apenas un susurro de viento. Sin esa reducción, te aseguro que habrías encendido la atmósfera en llamas antes de llegar a la meta.”

Me llevé la mano al mentón, rascándome una comezón invisible mientras procesaba cada palabra.

“Entonces… no solo fue fuerza bruta, sino una combinación de factores que actuaron como un sistema completo.” Lo miré nuevamente, buscando confirmar mi conclusión.

“Exacto.” El clon ajustó las gafas con teatralidad. “Y eso que no explotaste a fondo ni tu modo sabio, ni la manipulación avanzada de los elementos, ni mucho menos el potencial divino completo. Lo que acabamos de registrar, Hades, fue solo una prueba controlada. Si realmente liberaras todo, no me sorprendería que alcanzaras cómodamente el 150% de la velocidad de la luz, o incluso más.”

El lugar quedó en silencio por unos segundos, apenas roto por el eco lejano del viento que todavía huía de la trayectoria que había recorrido. Era como si la misma realidad aún se estuviera reajustando.

No pude evitar sonreír. No era una sonrisa ligera ni casual, sino amplia y peligrosa, cargada de ambición.

“1,3 veces la velocidad de la luz…” repetí en voz baja. “Si los mundos que pienso visitar tienen guerreros de clase dios dragón o seres cósmicos, yo apenas sería el calentamiento para ellos. Y aun así… todavía tengo un margen enorme de mejora antes de alcanzar mi verdadero límite.”

El clon rió suavemente, aunque pronto su tono volvió a endurecerse.

“Una cosa más, Hade, tu resistencia estructural también fue puesta a prueba mientras estuviste corriendo. Tú y yo sabemos que a esa velocidad, cualquier organismo normal se habría desintegrado en partículas por la fricción y el choque molecular incluso con la barrera de energía divina.”

Me miró con escrutinio, como si quisiera grabar sus palabras en mi mente. “Pero tu cuerpo divino lo resistió sin daños graves. Eso confirma lo que ya sospechábamos desde que obtuvimos el linaje del titán: en este momento, tu organismo existe en una liga completamente distinta a los estándares físicos mortales y divinos de este universo. Honestamente, siguiendo la escala de poder de DxD, no me sorprendería si ya hubiésemos superado en fuerza pura la categoría de Maou o incluso nos encontráramos rozando el nivel mas bajo de la clase Dios.”

Me quedé en silencio. No por incredulidad, sino porque dentro de mí comenzaba a encenderse un fuego aún más intenso, una chispa que reclamaba seguir empujando los límites.

Ese resultado definitivamente no era un final, Era apenas un inicio, y estaba dispuesto a descubrir cuales eran mis límites.

“Perfecto”, dije al fin, con voz firme, mis ojos brillando con determinación. “Sigamos con la siguiente prueba.”

Salto de tiempo 1 hora.

Hades se encontraba de pie frente al tronco de un árbol imponente, grueso y de corteza firme, un coloso vegetal que él mismo había hecho brotar mediante su chakra de mokuton. Con la paciencia de un artesano y la precisión de un escriba arcano, utilizaba su dedo como cincel vivo, trazando lentamente símbolos sobre la superficie de la madera. Cada línea que dibujaba no era un simple rasguño, sino un canal conductor de energía, un fragmento de un lenguaje que se encontraba entre lo divino y lo místico.

Sus manos se movían con fluidez, casi automáticas, como si hubieran memorizado siglos de conocimientos que en realidad no poseía conscientemente. Cada glifo que delineaba parecía latir por unos segundos, brillando tenuemente antes de apagarse y quedar grabado como una cicatriz oscura en la corteza. Lo hacía con un propósito claro: construir una matriz de ocultación lo suficientemente sólida como para permitirle realizar la siguiente prueba de su entrenamiento, la de resistencia y aguante.

Originalmente, había pensado en dejar que sus propios clones descargaran toda su furia contra él. Sin embargo, tras meditarlo, descartó aquella opción. No porque dudara de sus copias cada clon suyo de por sí era capaz de desplegar técnicas que a lo ojos de otros dioses serían devastadoras, sino porque la idea le resultaba demasiado predecible, carente de emoción.

Fue entonces cuando se le ocurrió un enfoque diferente, uno más entretenido y, en su opinión, más provechoso: dejar que alguien más se encargara de esa tarea.

Si esa persona lograba ponerlo en aprietos, no solo estaría cumpliendo con el objetivo de probar su durabilidad, sino que también obtendría algo adicional, experiencia real y el incremento en su estadística de vitalidad (VIT). Y si fallaba… bueno, al menos sus límites corporales habrían sido desafiados de manera auténtica.

Al cabo de unos minutos, Hades dio el último trazo, y el glifo final se iluminó con un brillo tenue antes de integrarse en la corteza. Dio dos pasos hacia atrás, respirando hondo y contemplando el resultado.

No muy lejos, podía ver los otros tres árboles que había preparado de manera similar. Cada uno estaba grabado con un conjunto diferente de símbolos, complejos y variados, formando en conjunto una formación cuadrada perfecta: cuatro puntos cardinales, cuatro pilares de poder, separados exactamente por 378 metros de distancia.

A simple vista parecían árboles comunes, pero cualquiera con visión mágica entendería que aquello era un entramado arcano cuidadosamente construido.

Cada árbol cumplía una función específica dentro del campo mágico delimitado que estaba formando:

Primer árbol (el pilar del silencio): grabado con glifos de ocultación de presencias, ocultación mágica, ilusión óptica y vacío. Era el encargado de cerrar el espacio, sellando por completo la emanación de energía. Dentro de ese perímetro, ni un ápice de poder divino o mágico se filtraría al exterior, como si toda la existencia quedara envuelta en un velo invisible.

Segundo árbol (el pilar del enlace): este estaba marcado con glifos de delimitación de área, conexión mágica, sellado, ilusión auditiva y comando. Su función era crucial: actuar como centro de enlace entre las otras matrices, asegurando que todas se comunicaran entre sí. Además, proveía una capa interna de protección, reforzando desde adentro hacia afuera la integridad de los otros pilares.

Tercer árbol (el pilar del ojo): contenía glifos de creación de campo mágico, censor y detección de movimientos. Aunque en apariencia era la matriz más sencilla, en realidad era vital: convertía la formación en un radar viviente, capaz de detectar movimientos a kilómetros de distancia y de percibir cualquier presencia que intentara espiar con magia. Esta idea había nacido de la preocupación de Hades tras descubrir que no solo Gaia, sino también otros dioses, poseían técnicas para observar realidades a grandes distancias.

Cuarto árbol (el pilar del sustento): grabado con símbolos de recolección de energía natural y sellado exterior. Era el corazón energético de la formación. Se encargaba de absorber la energía mágica del entorno para alimentar a los demás árboles, volviendo la matriz autosuficiente. Además, añadía una segunda capa de sellado externo: incluso si la barrera interna caía, este respaldo impediría cualquier fuga de poder o sonido hacia afuera.

Cuando terminó de inspeccionar todo, una sonrisa satisfecha se dibujó en su rostro.

“¡Jajaja, perfecto! Ahora solo queda esperar a que ella llegue”, murmuró, sacudiéndose las manos para quitar los restos de resina que aún quedaban en sus dedos.

La formación era en gran parte improvisada, y sin embargo, Hades tenía que reconocer que había quedado impecable. Era la manifestación de algo que venía con su linaje titánico: una comprensión innata de los glifos y de los lenguajes mágicos que normalmente requerirían siglos de estudio. Para cualquier otro mago, un sistema de glifos como este sería un rompecabezas inabarcable. Para él, en cambio, era casi natural, como si las runas mismas le susurraran cómo debían ser trazadas y combinadas.

Gracias a esa afinidad, podía ejecutar magia glífica incluso sin un entrenamiento formal. Cada símbolo que grababa, cada secuencia que improvisaba, tenía coherencia y una aplicación precisa. Lo que para otros habría sido un cúmulo de garabatos incoherentes, para Hades se transformaba en un sistema perfectamente funcional, un artefacto mágico vivo y respirante.

Y así, con el cuadrado místico ya delimitado, solo quedaba lo más interesante: ponerlo a prueba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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