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Un Dios De La Muerte Como Ningún Otro En Animé World - Capítulo 32

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Capítulo 32: 28. ojos que miran en la oscuridad. part.2

Y no pasó mucho tiempo hasta que finalmente llegó la persona a la que esperaba.

‘Tap’, ‘tap’, ‘tap’. A la distancia se escucharon pasos veloces que se acercaban sin pausa hacia él.

El aire mismo comenzó a impregnarse de un tenue pero reconfortante calor, ese calor particular que nunca quemaba ni incomodaba, sino que transmitía la sensación de estar frente a una fogata en medio del invierno. Era un calor familiar, un calor hogareño.

Una sonrisa inevitable se dibujó en el rostro de Hades al percibir esa presencia.

“¡Hey, pequeño hámster, ya era hora de que llegaras!” exclamó, con un tono que alternaba entre cariño y burla, al ver la pequeña silueta de su hermana menor correr hacia él.

Hestia, al escuchar aquello, frunció el ceño de inmediato. ¿Qué culpa tenía ella de haber nacido con esa estatura diminuta? ¿Y qué demonios era un “hámster”? No lo sabía, pero estaba segura de que el apodo no era para nada halagador. Y más aún, estaba segura de que su hermano se estaba burlando de ella. Así que su reacción fue la única que consideró lógica en ese momento: tomó impulso en su carrera, saltó con fuerza y lanzó una feroz patada directa al rostro de Hades.

Él, por su parte, ni siquiera se impresionó. No porque el ataque fuera lento, al contrario, Hestia era rápida y explosiva. Pero Hades, en este punto, ya poseía reflejos absurdamente veloces. Con un paso suave hacia atrás, esquivó la embestida y, cuando el cuerpo de Hestia pasó a su lado, extendió una mano, atrapó su pierna en el aire y la hizo girar con elegancia y crueldad a la vez.

“¡Haaaaa!” gritó Hestia mientras perdía todo control y se estrellaba de cara contra el suelo.

Un fuerte ‘estallido’ resonó cuando su pequeño cuerpo impactó contra la tierra, levantando una polvareda que cubrió el área en cuestión de segundos.

“Mmmmmmphhh…” bramó ella, con la cara todavía pegada al piso, emitiendo ruidos ininteligibles.

Hades se cruzó de brazos, observando con calma el espectáculo.

“Mmmh… puag… ¡qué rayos te pasa, hermano mayor idiota!” exclamó finalmente Hestia al levantar su cabeza, cubierta de polvo y con la mejilla ligeramente roja. Sus brillantes ojos azules destellaron furia mientras sus puños se cerraban con fuerza.

Hades, totalmente indiferente, se encogió de hombros. Con un movimiento casual de su mano, invocó agua brillante y cristalina que cayó en forma de chorro sobre su hermana, limpiando su cuerpo y ropa al instante. Incluso la resina y la tierra que se le habían pegado desaparecieron, dejándola reluciente.

Claro que ella no apreció el gesto.

“¡Cough, cough, cough!” tosió con fuerza, estremeciéndose como un gato mojado. Sus ojos lo miraban con auténtica indignación.

“¿Qué crees que haces, Hades?” reclamó con voz entrecortada.

“¡Cómo se te ocurre hacerle eso a una hermosa señorita!” añadió, con sus mejillas encendidas, mientras gotas aún caían de su cabello.

El cuerpo de Hestia liberó calor de inmediato, evaporando el agua en cuestión de segundos, hasta que una ligera neblina danzó alrededor de ella. Adoptó una postura amenazadora, intentando intimidar a Hades… pero sus escasos 140 centímetros de estatura y su apariencia más adorable que imponente la traicionaban por completo.

Hades la miró en silencio, hasta que de pronto abrió los ojos y la boca con exageración, llevando las manos a su rostro en un gesto de falso pánico.

“¿Una hermosa señorita? ¿¡Dónde!? ¡No la veo por ninguna parte!” dijo, girando la cabeza en todas direcciones, fingiendo buscar a alguien invisible. Finalmente volvió a mirarla con fingida molestia. “Hestia, aquí no hay ninguna mujer hermosa, deja de andar diciendo mentiras.”

(⁠눈⁠‸⁠눈⁠)

La expresión de Hestia se volvió completamente inexpresiva. Sus brazos, antes tensos, cayeron a los costados y sus llamas se apagaron de golpe. Estaba ofendida, sí, pero la actuación ridícula de su hermano le robó de golpe cualquier impulso de pelear.

“Yo…” al final no encontró las fuerzas para seguir quejándose y suspiró con resignación. “Ya dime qué necesitas de mí, hermano”

Y ahí estaba la contradicción de siempre.

Aunque Hades fuera el mayor de los seis hermanos, en momentos como este se comportaba como un niño insoportable.

Aun así, Hestia lo prefería así: cariñoso, juguetón, genial, algo infantil… y no un arrogante ególatra como Zeus o muchos otros dioses.

Con Hades, ella sentía un calor distinto, uno familiar, el de un hermano que, pese a todo, se preocupaba de verdad por ella y los suyos.

“Al menos sigue siendo mi gran tonto favorito”, pensó, ocultando una sonrisa cálida, que luego se transformó en una sonrisa traviesa. Claro que eso no significaba que lo perdonaría tan fácil: siempre podía vengarse saqueando la reserva secreta de golosinas que él escondía en su cueva.

Hestia se cruzó de brazos, esperando su respuesta. El gesto hizo que su ya generoso busto resaltara aún más, y la tela empapada, aunque se secaba rápido, había quedado lo suficientemente traslúcida como para dibujar una silueta sugerente.

Hades notó la escena, inevitablemente. Su mirada se detuvo un segundo antes de apartarse con rapidez. No sería como esos protagonistas torpes de los isekai que se quedan paralizados ante una escena así, y mucho menos con su propia hermana.

Y sí, puede que los dioses no le den importancia a la sangre compartida en esos temas, pero él todavía conservaba la mentalidad de un humano moderno. Ese tipo de relaciones le resultaban complicadas, casi incómodas.

Y, por supuesto, no era de los que se dejarían llevar por fetiches como “lolis con pechos grandes”. Eso era territorio exclusivo de… cierto tipo de personas. Tos, loliconeros, tos.

Con un suspiro breve, centró su atención de nuevo en lo importante, la prueba que estaba por comenzar.

“Muy bien, mi pequeña hermana, la razón por la que te llamé fue porque necesito de tus habilidades únicas” dijo Hades con una solemnidad teatral, enderezando su espalda y colocando las manos detrás de ella como si se preparara para dar una orden de estado. Su voz adquirió un timbre grave y resonante, el mismo que usaría un general al convocar a sus tropas.

Hestia lo miró desconcertada, con sus grandes ojos reflejando incredulidad. Incluso ladeó un poco la cabeza, como si estuviera esperando a que él se riera y dijera que todo era una broma.

“¿Mis… habilidades únicas?” repitió en voz baja, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar.

“Sí” respondí de inmediato, sin perder ni un ápice de solemnidad “Necesito de tus habilidades únicas para golpear cosas con fuerza. Y tu misión, si decides aceptarla, será golpearme lo mejor y más fuerte que puedas”

Un silencio extraño se instaló entre ambos. Yo me permití curvar una ligera sonrisa, intentando imitar la voz de esos agentes secretos de película que solían dar discursos ridículos antes de una misión imposible.

Hestia pestañeó un par de veces. Sus labios temblaron, abriéndose y cerrándose como si quisiera decir algo, pero no encontraba las palabras. Finalmente, su rostro mostró la más pura expresión de desconcierto.

“…¿Disculpa? ¿No entendí bien…? ¿Acabas de decir que quieres que… que yo te golpee?” preguntó con titubeo, como si aún tuviera la esperanza de haber escuchado mal.

“Exactamente” respondí con absoluta seriedad, como si lo que pedía fuese lo más natural del mundo.

La expresión en su rostro se deformó en una mezcla entre confusión y sorpresa. Su ceja derecha se arqueó con incredulidad y su boca se torció apenas, dejando en claro que no lograba comprender ni una pizca de lo que estaba ocurriendo.

“Tú… ¿quieres entrenar?” aventuró con cierta timidez, buscando una explicación lógica donde no la había. “¿Hablas de un entrenamiento como los que solemos hacer con Poseidón?”

“Jee, nop” negué de inmediato, disfrutando un poco de su confusión. “Lo que quiero es que tú, y solo tú, me golpees con todas tus fuerzas. Y yo me limitaré a resistir. Ese será el experimento.”

Hestia entrecerró los ojos con un gesto de suspicacia, como si intentara leerme la mente. Tras unos segundos, suspiró y cerró los ojos, reuniendo calma. Luego, lentamente, los abrió de nuevo y los clavó en mí.

“¿Por qué?” preguntó con voz seria, casi solemne. “¿Por qué quieres que haga algo como eso?”

Esa pregunta era un muro.

Un muro que no podía escalar. Yo no podía decirle la verdad, que quería probar la resistencia de mi nuevo cuerpo,ni podía hablarle sobre mi sistema (porque el propio sistema no me dejaría), o que estaba jugando con poderes que ella ni siquiera alcanzaba a comprender.

Contarle eso sería como hablarle a una piedra; no lo entendería y, peor aún, me vería como un completo lunático.

Así que me quedaba una opción: recurrir a su mayor debilidad.

Extendí la mano hacia el vacío y, con un gesto sencillo, materialicé una caja de chocolates con nueces cubierta en un delicado papel dorado. El suave aroma del cacao comenzó a flotar en el aire, y el brillo del envoltorio captó de inmediato la atención de Hestia.

Su reacción fue instantánea. Sus ojos se agrandaron y la inocente chispa infantil que siempre la caracterizaba resplandeció con fuerza. Miraba la caja con una intensidad que parecía casi peligrosa, como si aquella pequeña ofrenda fuera un tesoro ancestral capaz de doblegar su voluntad. Sus manos comenzaron a temblar levemente, instintivas, listas para abalanzarse sobre el premio.

Yo di un paso al frente y agité la caja frente a su rostro, dejando que el crujido del papel sonara provocadoramente en el aire.

“Escucha, hagamos un trato” dije con voz suave y calculada, como un comerciante de esclavos en un bazar antiguo. “Tú me ayudas en lo que te pido, sin preguntas, y a cambio recibirás esta delicia: chocolates rellenos de nuez bañados en salsa de fresa. ¿Qué dices?”

Hestia tragó saliva. Por un segundo estuvo a punto de decir “sí” sin pensarlo, pero algo en su interior cambió. Una chispa de picardía brilló en sus ojos. Si yo estaba dispuesto a negociar… ¿por qué no aprovecharlo?

Entonces levantó la mano, con todos los dedos extendidos.

“Cinco”

Yo parpadeé, confundido “¿Qué? ¿Quieres chocar los cinco?”

“¡Qué! ¡No!” replicó con enfado “Te ayudaré… pero por cinco cajas de chocolate.”

La descarada firmeza con la que lo dijo me dejó helado por un momento. Era como ver a un niño de jardín de infantes exigiendo un reino entero a cambio de un caramelo.

“Mmmh… ¿y si mejor dos cajas?” repliqué, levantando dos dedos como quien lanza un contraataque en medio de una negociación diplomática.

“Cinco” repitió Hestia, cruzándose de brazos con gesto terco.

“Tres cajas de chocolate y un helado de vainilla” propuse, esta vez con aire estratégico.

El brillo en sus ojos se intensificó, y aunque parecía tentada, su pequeña boquita no cedió. “Cuatro cajas y dos helados”

Era una pulseada. Podía sentir la tensión en el aire como si estuviéramos librando una batalla psicológica, y el lugar donde nos encontrábamos parecía contener el aliento.

Yo fruncí el ceño, evaluando mis reservas internas de dulces. No eran tan abundantes como a ella le gustaba creer. Sí, el sistema de vez en cuando me recompensaba con golosinas cuando utilizaba los cupones de Gacha comunes, pero no siempre era el caso, y yo valoraba mucho mi provisión personal.

Además, Hestia ya era famosa por colarse a escondidas en mis pertenencias para robarme caramelos y galletas.

Finalmente, exhalé con resignación.

“Mira, te daré tres cajas de chocolate, un helado de vainilla… y añadiré una caja de bombones surtidos. Es mi oferta final”

Hestia lo pensó apenas un segundo antes de sonreír triunfante “Trato”

Yo asentí, satisfecho de haber puesto fin a la interminable subasta de dulces.

“Muy bien, entonces prosigamos” me giré con solemnidad y caminé hacia el centro de la formación mágica que había preparado, listo para activar la barrera que protegería el área.

Pero antes de que pudiera siquiera dar el primer paso, la voz aguda de Hestia retumbó detrás de mí.

“¡Espera! ¡Todavía me debes dar lo que acordamos!” exclamó, señalándome con un dedo acusador.

Sin detenerme, levanté una mano y la agité con desdén, como quien espanta una mosca.

“Acordamos que te daría los dulces… pero nunca dije que sería de inmediato”

respondí con un tono burlón, sin dignarme a mirarla.

Hestia apretó los dientes, frustrada. Sabía que tenía razón.

Había logrado negociar una montaña de golosinas, pero no había estipulado el momento de la entrega. Su pequeño rostro se torció en una mueca de derrota infantil, y finalmente dejó escapar un suspiro cargado de resignación.

La caja de chocolates que yo había sostenido desapareció de mi mano en un destello, absorbida por el inventario. Sus hombros cayeron derrotados, y tras resoplar con disgusto, cruzó los brazos con una expresión de puro fastidio.

Aun así, caminó tras de mí. Sus pasos eran pesados, arrastrados, como los de alguien que marcha hacia una tarea que no quiere hacer. Pero lo cierto es que, en el fondo, su curiosidad estaba tan despierta que no podía alejarse. Aunque gruñera y protestara, quería ver qué tenía planeado su hermano.

Cambio de escena.

El ambiente dentro del claro cambió en cuanto Hades activó la formación mágica.

Los glifos tallados en los árboles comenzaron a brillar con un resplandor tenue, como brasas que ardían bajo la corteza. Una vibración profunda recorrió el aire, tan leve que parecía un murmullo bajo tierra, pero lo suficiente para que todo el entorno cambiara de inmediato.

En un instante, la magia circundante desapareció como si alguien hubiera apagado una hoguera con un cubo de agua helada. El claro quedó aislado, cubierto por un silencio antinatural, como si hubieran arrancado el latido mismo de la naturaleza. Ni el viento se atrevía a soplar allí dentro.

Hades se colocó en el centro del cuadrado formado por los cuatro árboles encantados. Adoptó una postura erguida, brazos relajados, espalda recta, mirada firme. El suelo bajo sus pies vibraba como un tambor contenido, respondiendo a la concentración de la barrera. Era evidente que aquel encantamiento no estaba del todo perfeccionado, pero a él no le importaba. Podría ajustar detalles más tarde; ahora lo importante era el experimento.

“Muy bien, pequeña hermana. Aquí me tienes, listo y dispuesto”, declaró con voz grave, clavando los ojos en Hestia con una calma que bordeaba lo inhumano.

Ella, en cambio, se veía incómoda. Se balanceaba de un pie al otro, fruncía el ceño y echaba miradas alrededor, como si temiera que alguien apareciera para presenciar lo que estaba a punto de ocurrir.

“Esto todavía me parece absurdo, Hades. ¿De verdad quieres que te golpee? No tiene ningún sentido.”

“Claro que tiene sentido.” Hades sonrió apenas, convencido de su propia lógica. “Quiero probar los límites de mi resistencia. Para eso necesito que alguien externo me ataque. Tus golpes son lo bastante fuertes para representar un desafío, pero no tan letales como para matarme de un solo intento. Eres la opción perfecta.”

Hestia abrió mucho los ojos. “¿Me estás diciendo que lo único por lo que me elegiste es porque no soy lo suficientemente fuerte para matarte? ¡Eso no suena como un cumplido, Hades!”

Él se encogió de hombros con indiferencia. “No era un cumplido. Era un hecho.”

“¡Idiota!” exclamó ella, con las mejillas enrojecidas de pura rabia.

Hades sonrió más abiertamente, disfrutando de la reacción. “Además, deberías sentirte halagada. Estoy confiando en ti para una tarea de vital importancia. Considera que tu puño será el cincel que esculpa mi cuerpo.”

Hestia se quedó boquiabierta. “¿Cómo puedes decir esas tonterías con esa cara tan seria?”

“Es un don natural”, replicó él sin titubear, mientras se miraba las uñas. “Además… quieres tus dulces, ¿o no?”

Ella suspiró con resignación, derrotada por la simple terquedad de su hermano. Dio un par de pasos hacia adelante, entrando al círculo delimitado por la barrera. En cuanto lo hizo, sintió el aire espesarse, casi como si hubieran tejido un capullo invisible a su alrededor.

El ambiente estaba cargado de tensión. Hades alzó la barbilla y aplaudió con confianza.

“Muy bien, cuando quieras. Golpéame con todo lo que tengas.”

“¿Seguro que no vas a contraatacar?” preguntó ella con desconfianza.

“No. Solo resistiré.”

“¿Ni siquiera te defenderás?”

“No. Ni un solo movimiento para evitarlo.”

“¿Estás loco?”

“Posiblemente. Pero ya me conoces.”

Hestia se llevó una mano a la frente. “Por Caos… esto es ridículo. Si te rompo algo, no es mi culpa.”

“Jajaja, no te preocupes, pequeña hámster. Confío plenamente en mi resistencia. Pégame sin miedo.”

Por un instante, ella lo miró en silencio. Había algo en su tono, en esa confianza absoluta, que le generaba una mezcla de molestia y curiosidad. ¿De verdad creía que podía resistirlo todo? Si ese era el caso, entonces comprobaría hasta dónde llegaba su arrogancia.

Hestia apretó los puños y bajó su centro de gravedad. Una ligera aura rojiza empezó a rodearla, elevando la temperatura del claro. Luego, con una orden mental, activó el One For All.

En su espacio espiritual, las brasas tranquilas de aquel poder comenzaron a rugir como un incendio, convirtiéndose en una llama voraz. Líneas rojas aparecieron en su piel, marcando el recorrido de la energía divina que recorría sus venas. Sus músculos se tensaron y, con un estallido, su cuerpo quedó cubierto de arcos eléctricos anaranjados.

Sus ojos brillaron con resolución. Este golpe no lo mataría, pero lo dejaría lo bastante dañado para que no volviera a tener ocurrencias semejantes.

“Muy bien, Hades. Tú lo pediste. No me culpes después.”

Él abrió los brazos como si esperara un abrazo.

“Ven a mí, hermana. Muéstrame tu fuerza.”

El suelo se quebró bajo los pies de Hestia cuando corrió hacia él. Su puño derecho se envolvió en una llamarada incandescente, rodeada de rayos. La onda expansiva de su carrera hizo temblar los árboles y un rugido eléctrico llenó el aire.

El impacto fue devastador. Una onda de choque barrió el área, derribando árboles y sacudiendo los cimientos de la barrera. Más allá, incluso la isla tembló como si hubiese sufrido un pequeño terremoto.

Y aun así… Hades permaneció inmóvil.

El puño de Hestia se estrelló contra su pecho con una fuerza capaz de arrasar un bosque entero. La explosión de energía carbonizó su camiseta, reduciéndola a cenizas, y ni siquiera sus pantalones sobrevivieron. Solo la ropa interior azul -que él había tenido la precaución de reforzar con un tejido ridículamente resistente- quedó intacta.

Hestia lo miró incrédula, los ojos desorbitados.

El suelo alrededor se hundió formando un cráter humeante. Las llamas divinas habían arrasado la hierba y las rocas. Y sin embargo, su hermano estaba allí, de pie, erguido, mirándola con calma. Como una montaña que se negaba a ceder.

“¿Cómo…?” susurró ella, sin dar crédito.

Hades inclinó apenas la cabeza. “Supongo que me volví más fuerte.”

Pero la verdad, en su interior, era otra:

“¡ESO… ARDIÓ COMO EL INFIERNO!” gritaba en silencio dentro de su mente. Sentía el eco del impacto sacudiendo su pecho, sus huesos vibrando como campanas, sus órganos retorciéndose por el golpe interno. Si no fuera por su regeneración automática, habría escupido sangre.

Un instante antes del impacto, su cuerpo había reaccionado instintivamente, recubriéndose con una capa escamosa que disipó parte de la energía. Pero esa defensa no fue suficiente para detener la onda de choque que atravesó su interior como una avalancha.

Al mirar sobre su hombro, notó la evidencia: un camino de devastación se extendía desde su espalda hasta los límites de la barrera, como si un rayo hubiera atravesado su cuerpo.

Tragó saliva. Si hubiera sido el Hades de antes, estaba seguro de que su pecho se habría hundido y quizá hasta sus huesos se habrían pulverizado.

Recuperándose en segundos gracias a su regeneración, decidió revisar la situación con su habilidad de Evaluación.

{Nombre: Hestia}

{Título: Diosa del Fuego Sagrado – Diosa del Hogar y la Familia}

{Nivel de potencia: 27.780}

“¿Qué carajos…?” pensó Hades, pasmado. Según sus registros, la última vez que había evaluado a Hestia apenas alcanzaba los 18.000. ¿Cómo demonios había subido casi 10.000 puntos en tan poco tiempo?

Su ojo tembló un poco. “¡Qué clase de power up sacado del culo es este!”

Mientras Hades aún estaba absorto en sus pensamientos, intentando encontrar alguna lógica detrás del repentino aumento de poder de Hestia, no se dio cuenta de la escena tan inusual que estaba teniendo lugar justo frente a él.

Hestia, que todavía permanecía de pie frente a su hermano mayor, finalmente salió del aturdimiento en el que se encontraba. Sus sentidos regresaron poco a poco, hasta que pudo enfocarse con claridad en la imagen que tenía delante. Y lo que vio la dejó completamente congelada.

El cuerpo de su hermano Hades, desnudo, se hallaba a escasos pasos de distancia.

Al inicio no le dio importancia. Su mente seguía repasando la frustración por aquel golpe fallido y trataba de recomponerse. Sin embargo, cuando lo miró con más atención, fue imposible para ella ignorar lo que estaba viendo.

La piel de Hades brillaba con un tono claro y saludable, como si irradiara vitalidad. Su musculatura era delgada, firme y perfectamente esculpida, cada fibra de su cuerpo daba la impresión de poder contenido. Su abdomen, en particular, captó la mirada de Hestia: no era un simple “six-pack” como el de los Dioses comunes, sino una insólita serie de nueve abdominales perfectamente marcados, que parecían haber sido labrados por las manos de un escultor divino. Y de no ser por la ropa interior que aún llevaba puesta, estaba segura de que habría visto mucho más de lo que deseaba.

Algo peculiar sobre el cuerpo de Hades es que, al estar basado en la creación de un avatar de videojuego -su “cuerpo gamer”-, su apariencia predefinida se mantenía inmutable. Nunca envejecería, siempre conservaría aquel físico de joven atractivo de cabello negro, y su vitalidad lo mantendría perpetuamente en su mejor estado. Aun así, ese cuerpo era dinámico: los cambios en sus estadísticas podían reflejarse en su constitución.

Cuando aumentaba su destreza (DEX), mejoraban sus reflejos y capacidad de percepción, agudizando sus sentidos de una manera casi sobrenatural.

Con mayor vitalidad (VIT), su resistencia y capacidad de regeneración se expandían. No solo soportaba daños extremos, sino que también su cuerpo podía almacenar mayores cantidades de energía mágica y chakra, recuperándolos a un ritmo asombroso.

La fuerza (STR), por su parte, incrementaba su poder físico, su velocidad y resistencia, lo cual se manifestaba en músculos más densos, piel más firme y una definición que se mantenía siempre dentro de su apariencia predefinida, pero llevándola al límite de la perfección.

En aquel momento, Hades poseía estadísticas absurdamente altas, incluso para los estándares de las deidades del mundo de DxD:

Fuerza: 2.6725

Destreza: 2.000

Vitalidad: 9.006

Su cuerpo era, literalmente, un milagro. La mezcla perfecta entre la esbeltez atlética de un nadador y la fuerza marcada de un culturista, sin llegar a ser robusto ni perder elegancia. Era el tipo de físico capaz de robar la atención de cualquier diosa que osara mirarlo. Y Hestia, a pesar de sí misma, no fue la excepción.

Su rostro empezó a enrojecerse de manera notoria, primero con un leve sonrojo, hasta transformarse en un rubor intenso. Su cabello negro, normalmente suelto y dócil, comenzó a cobrar vida, encendiéndose en llamas de un naranja brillante que delataba su perturbación. Incapaz de soportar aquella visión por más tiempo, se dio media vuelta y se cubrió el rostro con ambas manos.

“¡T-tú! ¿Por qué… cómo te atreves a…? ¡Ponte algo rápido, idiota!” exclamó con voz entrecortada. Estaba tan avergonzada que ni siquiera podía articular las palabras correctamente.

Y aquello era extraño. Hestia jamás había reaccionado así. Para ella, la desnudez no era un problema: los dioses griegos estaban más que acostumbrados a ello. Había visto a Poseidón en múltiples ocasiones con el torso descubierto, luciendo su físico cuando salía del mar.

Zeus, por su parte, solía despreciar abiertamente las ropas creadas por Hades (a excepción de los trajes de baño femeninos) y prefería vestir su clásico quitón blanco, que dejaba expuestos sus voluminosos músculos.

Pero con Hades… era diferente.

Su hermano mayor siempre había sido reservado, cubriendo su cuerpo con prendas holgadas negras o ropas diseñadas para ocultar la mayor parte de su físico.

Incluso al nadar en el mar, se sumergía con atuendos completos o con un traje oscuro que no dejaba ver más de lo necesario.

Ni Hestia, que era la más cercana a él desde los días en el vientre de Kronos, lo había visto jamás desnudo. Era, literalmente, un misterio.

Y ahora que lo había contemplado de forma accidental, su mente juvenil no pudo soportar el impacto. Era distinto a todo lo que había visto antes: un cuerpo perfecto, que irradiaba poder, disciplina y belleza. Aquella imagen la alteraba más de lo que jamás habría imaginado.

“¿Eh?” murmuró Hades, que al fin notó el extraño estado de su hermana. Bajó la vista y la encontró encorvada en el suelo, dándole la espalda.

“Hermana, ¿qué te sucede?” preguntó acercándose con genuina preocupación.

“¡Nooo!” protestó Hestia al sentir su presencia demasiado próxima. Cuando la mano de Hades estuvo a punto de posarse sobre su hombro, ella soltó una súplica nerviosa: “Primero… ¡ponte algo!”

“¿Qué? ¡MIERDA!” exclamó Hades al darse cuenta, al fin, de su situación.

De inmediato abrió su inventario, convocó unas prendas y se vistió tan rápido como pudo. Tras ponerse la última pieza, soltó una risa nerviosa para quitarle peso al asunto.

“Lo siento mucho, hermanita. No quería mostrarte esa horrible vista.”

Las mejillas de Hestia ardían aún más, y apenas pudo murmurar en voz baja:

“No era horrible…”

Pero su tono fue tan tenue que Hades no lo alcanzó a escuchar.

“¿Perdona? ¿Dijiste algo? Es que no te escuché bien.” Se frotó la oreja, creyendo haber captado un leve murmullo.

“¡No dije nada!” gritó Hestia con brusquedad, poniéndose de pie de golpe.

“¿No dijiste que querías continuar con tus pruebas? ¡Pues entonces sigamos!”

Su sonrisa parecía forzada, y aunque intentaba sonar segura, sus ojos evitaban mirar directamente a los de Hades. Unas gotas de sudor le recorrían la frente, delatando el descontrol que trataba de ocultar.

La tensión entre ambos se disipó apenas un poco, lo suficiente para que Hades recuperara la compostura.

Sin embargo, aquella calma era frágil, como un cristal a punto de romperse. Algo en el ambiente lo mantenía en alerta, algo que no podía ignorar.

Al principio fue solo un cosquilleo en la nuca, un murmullo imperceptible que le erizaba la piel. Luego, esa extraña sensación se hizo más clara: un descenso súbito en la temperatura, el aire haciéndose más denso, casi sofocante, y un silencio antinatural que cubría todo el interior de la barrera mágica. Era como si el mundo entero hubiese contenido la respiración.

Hades se detuvo en seco, inmóvil como una estatua. Cerró los ojos, afinando cada uno de sus sentidos, hasta que la sospecha se volvió certeza: alguien, o algo, los estaba observando. Esa mirada no era nueva. Ya la había sentido antes, como un eco persistente en la oscuridad.

“¿Hermano? ¿Pasa algo?” preguntó Hestia, nerviosa al percibir la repentina quietud.

Él no respondió. Alzó una mano para pedir silencio, sus ojos fijos en un punto indeterminado frente a sí.

“Shhh… No sé si lo notas, Hestia… pero hay algo aquí. Nos observa.”

El corazón de la diosa se sobresaltó.

No veía nada extraño, pero sí podía sentir un ligero peso en los hombros, como si una presencia invisible la examinara sin piedad. Su instinto le gritaba que no estaban a salvo.

Entonces, el cuerpo de Hades reaccionó por sí solo.

Un destello profundo surgió desde su abdomen, expandiéndose como fuego líquido a través de sus meridianos. Su chakra brotó sin control, agrietando el suelo bajo sus pies y generando ondas de choque que estremecieron los límites de la barrera.

El aire vibró, cargado de electricidad. Piedras pequeñas comenzaron a levitar, atraídas por la fuerza espiritual que envolvía su cuerpo. Su cabello negro ondeaba como si flotara en aguas turbulentas, y sus ojos brillaban con una luz acerada que parecía atravesar la oscuridad misma.

“¡Hermano, qué pasa!” exclamó Hestia, retrocediendo instintivamente. El poder de Hades era tan vasto que incluso ella, una diosa, sentía su peso aplastándola contra el suelo.

Pero él no podía detenerlo. Sus instintos lo habían forzado a liberar aquella energía en respuesta a la amenaza invisible. Cada fibra de su ser se tensaba, preparándose para un enfrentamiento. Su chakra se fusionaba con su magia y con su divinidad, creando un torrente devastador que deformaba el espacio a su alrededor.

“¿Qué… demonios es esto?” gruñó entre dientes, mientras la presión seguía creciendo, aplastando no solo su cuerpo, sino también su voluntad.

“Es como si… me estuvieran poniendo a prueba.”

El suelo se abrió en grietas concéntricas, mientras un rugido profundo resonaba en el aire, como un trueno atrapado en una caverna. La barrera mágica comenzó a crujir bajo el peso de aquella liberación de poder, incapaz de contenerlo.

Hestia apenas podía mantenerse en pie. Su cabello ardía en llamas que se agitaban violentamente, reaccionando al torrente de energía.

“¡Hermano, basta! ¡Vas a destruirlo todo!”

Pero Hades no la escuchaba. Estaba completamente dominado por su instinto, con los sentidos volcados en esa presencia intangible que lo acechaba. No era hostil, no todavía… pero tampoco era amistosa. Simplemente observaba.

La energía alcanzó su punto máximo. Una columna de chakra y magia se disparó hacia el cielo, rompiendo la barrera con un estallido ensordecedor. El espacio mismo pareció ondular como agua bajo aquel poder.

Hades abrió los ojos de golpe, sus pupilas incandescentes como brasas.

“Quienquiera que seas…” murmuró con voz grave, “sé que estás ahí.”

Por un instante, la sensación de ser observado se intensificó, como si aquella entidad invisible hubiera respondido a sus palabras. Y luego, tan súbitamente como apareció, desapareció.

El silencio volvió, pesado, absoluto.

La energía de Hades comenzó a calmarse, su cuerpo temblando por la intensidad de la descarga. Respiraba con dificultad, intentando recuperar el control.

Hestia corrió hacia él en cuanto percibió que su aura se desvanecía.

“¡Hermano! ¿Estás bien? ¡Pensé que ibas a… a…!” No pudo terminar la frase, su voz quebrada por los nervios.

“Estoy bien,” respondió él entre jadeos, aunque su mirada seguía fija en la distancia, como buscando una sombra que se había ocultado demasiado rápido.

“Solo… parece que hemos atraído miradas indeseadas. Esperemos que esto no traiga problemas.”

Hestia tragó saliva, abrazándose los brazos mientras el recuerdo de esa presencia le oprimía el pecho.

“Entonces… ¿quién era?” preguntó con un hilo de voz.

Hades cerró los ojos, exhaló lentamente y murmuró con gravedad: “No lo sé… pero lo descubriré.”

Cambio de escena

En un espacio apartado de todo lo existente, más allá de donde alcanzaban las leyes del cosmos, se extendía un firmamento extraño. El cielo era de un morado profundo, como si se hubiera teñido con la sangre de estrellas muertas, y de él emanaba una densa aura que parecía estar compuesta por oscuridad y muerte entrelazadas. En aquel vacío sin tiempo ni espacio, el silencio era tan absoluto que incluso los latidos de un corazón habrían parecido una blasfemia.

En medio de ese reino sombrío, se distinguían tres presencias: dos figuras humanoides y una masa disforme de energía que pulsaba como si fuese un corazón de tinieblas.

La primera figura se hallaba de rodillas, apoyando una mano en el suelo etéreo, respirando de forma pesada. Su pecho subía y bajaba con esfuerzo, como quien acaba de enfrentar un peso inconmensurable. A pesar de ese estado, su porte no dejaba de ser imponente: un hombre de cabello negro, largo y suelto, que caía hasta los hombros, vistiendo una armadura de metales oscuros que destellaba con un brillo apagado, y cubierta por una túnica negra que ocultaba gran parte de su cuerpo, dejando solo entrever parte de su torso y abdomen.

“Eso… por Caos… no mentías, hermana. Ese niño… su fuerza definitivamente no es algo que deba ser tomado a la ligera.”

Las palabras fueron pronunciadas con gravedad, mientras sus ojos se dirigían hacia la segunda figura: una mujer erguida, de estatura menuda pero presencia inconmensurable. Su largo cabello negro caía como un río de sombras hasta la cintura, y sus ojos, profundos y abismales, parecían contener el vacío mismo. Vestía un quitón púrpura, de un diseño extravagante y majestuoso, que parecía absorber la luz del entorno.

La mujer no respondió de inmediato. Permaneció en absoluto silencio, con el rostro inexpresivo, concentrada en lo que se agitaba frente a ella: la masa de oscuridad que, girando lentamente, terminaba tomando la forma de un espejo de sombras. Sobre su superficie danzaban imágenes: los restos de un bosque calcinado y destruido, y sobre ellos dos figuras que avanzaban tranquilamente. No eran otros que Hades y su hermana Hestia.

Pero la mirada de la mujer no se detuvo en la joven diosa del fuego. Sus ojos estaban clavados, imperturbables, en la silueta del dios de la muerte, el recién nacido que ya desafiaba la lógica del destino.

Tras un largo silencio, desvió la vista hacia el hombre, que ya se había incorporado y se mantenía firme a su lado, con el ceño fruncido.

“¿Tú qué opinas, Érebo?” preguntó la mujer con voz baja pero penetrante.

Érebo soltó un suspiro, como si aquella sola pregunta pesara tanto como la oscuridad misma que los rodeaba.

“¿Que qué opino? Pues que es una completa anomalía. Es demasiado joven… quizás demasiado para la fuerza que posee. Con lo que demostró, ya podría estar a mi nivel. No… quizás sea incluso más fuerte que yo.”

Su tono solemne, casi cansado, reflejaba la amarga aceptación de un hecho que jamás habría creído posible. Érebo, aunque considerado el más débil de los dioses primordiales, seguía siendo un Primordial. Su poder no era algo que los dioses comunes pudieran igualar jamás. Y sin embargo, allí estaba, admitiendo que un dios recién nacido, con apenas unas décadas de existencia, podría superarlo.

Lo que más le dolía era recordar que ni siquiera había contenido su aura en aquel enfrentamiento. Todo el peso de su presión divina había caído sobre Hades, y aun así, el joven dios no solo resistió… sino que contraatacó, aplastando esa opresión con una fuerza que Érebo no habría imaginado ni en milenios. Para un dios de la oscuridad acostumbrado a su propia apatía y pesimismo, aquello no era solo una derrota: era el anuncio de una nueva era que escapaba de su control.

La mujer a su lado era, por supuesto, su hermana mayor: Nyx, la diosa primordial de la Noche, madre de los dioses del inframundo y creadora de las tres Moiras del destino. Una de las más antiguas y temidas entre los Primordiales. Y también era conocida como Ananké, la que guía el flujo del destino.

(Esta imagen es lo más parecido a la original que encontré, Y sí Nix o Nyx tiene las puntiagudas.)

Nyx, sin embargo, había percibido desde hacía meses un cambio inquietante. El curso del destino estaba desviándose, y aunque al principio lo ignoró -pues aquello debía ser dominio de las Moiras-, con el tiempo la alteración se volvió imposible de pasar por alto. Había viajado en secreto hasta el monte Otris para interrogar a las tres hermanas, y allí descubrió la verdad, entre los hijos del rey de los dioses había nacido uno que carecía de destino.

Ese niño no era otro que Hades, el futuro señor del Inframundo, el que debería gobernar sobre la muerte y guiar a todos los dioses ctónicos. Y sin embargo, su destino estaba roto. Lo que ocurriera con el Inframundo, y con el equilibrio mismo de la muerte, dependería únicamente de él.

Ningún Primordial intervendría directamente. Era una regla inquebrantable: ellos servían al Inframundo, no lo gobernaban. Si Hades deseaba cambiar su destino, ellos no lo obligarían a ocupar su lugar.

Pero Nyx no podía ocultar su creciente fascinación. Había presenciado cómo se infiltraba en templos de los titanes y hacía estallar todo en una explosión monumental. Había visto su extraña obsesión por entrenar con artefactos que no pertenecían a esa era, y lo más inquietante: su crecimiento constante. Cada movimiento, cada conjuro, cada respiración parecía incrementar su poder de manera casi imperceptible, pero acumulativa, como un río que crece hasta convertirse en mar.

Y no era solo él. Los dioses a su alrededor cambiaban, mutaban, se transformaban en versiones distintas de lo que deberían ser. Todo por estar expuestos a ese dios sin destino.

“Muy interesante, sin duda…” murmuró Nyx, acariciándose el mentón con elegancia, mientras sus ojos brillaban con curiosidad.

Érebo rompió su silencio de nuevo, aún con una mueca de preocupación al observar la escena en el espejo de sombras, donde Hestia reprendía físicamente a Hades.

“¿No crees que deberías haber actuado? Si esto sigue así, el destino podría volverse impredecible… incluso para ti, Nyx.”

Ella no se molestó por la advertencia. Movió una mano con gracia, como espantando las palabras.

“No nos preocupemos por eso. El destino del hijo mayor de Rea ya no está bajo nuestro control. Solo nos queda mirar qué hará. Además…”

Su aura oscura se arremolinó a su alrededor, condensándose hasta transformarse en un vestido hecho de sombras, escotado y majestuoso, que realzaba su belleza inhumana, claramente uno de los diseños de Hades.

“…lo que está haciendo no es necesariamente malo. Por ahora, observaremos.”

Érebo dejó escapar un suspiro pesado, con la sombra de la derrota pintada en el rostro, antes de volver sus ojos al espejo de oscuridad.

“Ojalá tengas razón… y ruego que ese dios no se convierta en nuestra perdición.”

Sus palabras se desvanecieron en el vacío como un eco fúnebre, dejando tras de sí una tensión palpable. El futuro del Inframundo, y quizás de todo el panteón griego, pendía ahora del hilo más frágil e impredecible: la voluntad de un dios sin destino.

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Fin del capítulo.

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¡Muchas gracias por leer mi historia!

Disculpen la tardanza.

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¡Y dale a la estrellita!.

Estado actual del protagonista.

[Estado]

{Nombre: Hades}

{raza: Dios griego/ Aithyropoioi- Titán primigenio/Colossus Sapien Arcana }

{Dios del Inframundo – Dios del Agua- Titan}

{Nivel de potencia: 57.308}

{STR: 2.675}

{DES: 2.000}

{VIT: 9.006}

{MAG: 53.915}

{CHA: 45}

{KRA: 140.100}

Puntos: 95.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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