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Un Dios De La Muerte Como Ningún Otro En Animé World - Capítulo 33

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Capítulo 33: 29. part.1

POV Hades.

Aunque normalmente no suelo arrepentirme de mis acciones, este podría ser uno de esos raros momentos en los que debo admitirlo.

Ahora mismo me encuentro arrodillado en una de las cámaras más profundas de la base de los dioses rebeldes. El suelo frío y agrietado bajo mis rodillas no es lo que más me incomoda; lo verdaderamente perturbador es la sensación de estar rodeado por las miradas de mis propios hermanos.

Están todos aquí, observándome en un silencio que pesa más que cualquier grito. La intensidad de esas miradas me atraviesa como cuchillas invisibles, pero son los ojos de Poseidón y Hera los que más me calan ambos me observan como si fuera una especie de idiota monumental.

Y en esta ocasión, debo admitirlo, quizás no estén tan equivocados

Ellos no se molestan en ocultar la expresión de desprecio, de decepción.

Mi imprudencia de hace unas horas ha traído consigo más consecuencias de las que podía haber calculado. Esta vez, el gigantesco pilar de energía que dejé escapar de mi cuerpo fue demasiado colosal para que Gaia pudiera encubrirlo a tiempo.

Ni siquiera sus barreras mágicas primordiales pudieron velar semejante estallido.

El problema es que mi pequeño acto de hace unas horas trajo consigo varias… consecuencias imprevistas. El gigantesco pilar de energía que liberé de mi cuerpo, esa descarga que necesitaba expulsar para no reventar como un volcán en erupción, no pudo ser ocultado a tiempo por Gaia. El resultado fue que básicamente todo ser vivo a miles de kilómetros a la redonda pudo ver aquel haz de chakra y energía mágica elevándose hacia el cielo como un maldito cohete intercontinental en ascensión.

Y claro, eso no fue nada bueno.

La liberación de mi poder no solo provocó un terremoto que seguramente alcanzó el nivel 6 en la escala de Richter, sino que además llamó más atención de la que necesito en este momento. Y como si eso no bastara, terminé causando daños internos masivos a la corteza terrestre de Chrissi y Creta. Aparecieron enormes barrancos y sumideros que destrozaron la superficie de ambas islas, y los tsunamis resultantes casi terminaron por hundir la mitad norte de Creta.

El mar se agitó como si el mar mismo estuviera maldiciéndome por mi imprudencia.

Subestimé… una vez más. Subestimé lo devastadora que puede llegar a ser la simple liberación de mi energía. No necesité luchar, ni blandir mi lanza, ni invocar un hechizo elaborado: bastó con dejar escapar mi fuerza contenida. Una descarga comparable a varias detonaciones nucleares, de manera brutal y sin dirección, suficiente para afectar a todo el entorno a varias millas de distancia.

Y el precio de ello se refleja ahora en los ojos vacíos de Gaia. La Madre Tierra. La Primordial. Su semblante se mantiene sereno, pero la furia reprimida se oculta en cada pliegue invisible de su aura. No hace falta que pronuncie una sola palabra: con solo mirarme deja claro que he vuelto a romper el delicado equilibrio de lo que tanto esfuerzo le cuesta proteger.

Puedo imaginar su pensamiento: “¡otra vez el mocoso problemático ha hundido sus manos en la tela del mundo y la ha vuelto a desgarrar!” o algo por el estilo.

Porque aunque la barrera que mantenía logró contener mi energía y evitar que se expandiera hacia el interior de Creta (lo cual, de haber ocurrido, habría sido un cataclismo irreversible), aquella misma barrera fue incapaz de salvar la tierra de las consecuencias geológicas, oceánicas y hasta astrológicas de mi imprudencia.

Y ahora, aquí estoy: arrodillado, con la respiración pesada, mientras la figura imponente de Gaia me atraviesa con una mirada que podría pulverizar mi voluntad. Sus ojos, oscuros y profundos como pozos sin fin, no parecen observarme, sino diseccionarme.

Siento que su mirada perfora mi cráneo, como si quisiera abrirme un agujero a través de la cabeza y leer directamente los pensamientos que me atormentan.

Pero ablando en serio… da miedo. Y no es un miedo común como cuando te persigue un perro en la calle, no ese escalofrío que provoca un enemigo tangible, como cuando tu madre te dice que te voltees que no te va a pegar. (y claramente está mintiendo)

No, es el miedo atávico, el terror instintivo que un ser inferior siente al estar frente a una fuerza que lo supera, lo cual instintivamente me pone de los nervios.

Y mientras tanto, mis hermanos siguen observándome, como Zeus con burla presente en su rostro, el cual puedo jurar que me está rogando para que lo golpeé.

otros con reproche, unos pocos con silenciosa preocupación. El peso de esas miradas, sumado al juicio silencioso de Gaia, convierte este momento en una de las experiencias más incómodas que e tenido en mi vida de semi-inmortal.

Fue Hera quien rompió finalmente el silencio.

“Aún no entiendo por qué hiciste esto” dijo con frialdad, su voz melodiosa convertida ahora en un filo cortante que parecía buscar abrirse paso entre mi pecho.

“Y en el proceso casi hundes a toda Creta” añadió Poseidón, con un tono cargado de decepción.

De no conocerlo tan bien, habría pensado que hablaba con preocupación fraterna, pero en realidad lo que más lamento para él seguramente fue haber arruinado su cita con esas gemelas sirenas de las que tanto presumía. Sí, estoy bastante seguro de que ése es el verdadero motivo de su indignación.

Internamente suspiro. “Pero bueno… tampoco es que yo me sienta orgulloso de lo que hice”, pensé, bajando la mirada hacia mis manos. “Incluso un dios puede cometer errores. Especialmente si ese dios soy yo: un reencarnado idiota e impulsivo que tiende a no pensar demasiado antes de actuar. Quizás debería tomar esta experiencia como una lección de vida para mejorar mi… ¿a quién engaño? No pienso cambiar. Soy alguien con muchos defectos pero son mis defectos los que me hacen increíble y seguiré siendo como soy. Punto”.

En la superficie, sin embargo, me limité a permanecer en silencio, con la cabeza gacha, como un niño regañado. Y aunque pueda sonar cobarde, créanme que era la decisión más sabia: cualquier palabra que dijera ahora solo empeoraría las cosas.

La vergüenza y el arrepentimiento me acompañaban como sombras pesadas. Y aunque las miradas de mis hermanos podían juzgarme, ninguna de ellas se comparaba con la de la vieja loca de Gaia.

Ella frunció aún más el ceño, y por un instante juré que podía escuchar mi propio corazón golpeando con fuerza.

“¡MIERDA! ¿Me oyó? ¿También tiene telepatía?”

Entonces habló. Su voz era un susurro calmado, pero cada palabra llevaba un peso tan aplastante que parecía reverberar en mis huesos:

“Hades, lo que hiciste no fue un simple error. Fue una imprudente muestra de poder. No eres un niño; eres un dios”.

“Lo sé”, pensé, casi rodando los ojos. Pero contuve la reacción. “Soy un dios, sí… pero antes de serlo fui humano, y no de este mundo. Todavía no me acostumbro a la magnitud de esta fuerza que apenas he obtenido. Apenas han pasado unos días desde que obtuve me más reciente aumento de poder”.

La verdad es que no soy realmente consciente de hasta dónde escalan mis acciones. Nunca he tenido una situación lo suficientemente grave como para obligarme a usar todo lo que tengo, así que lo único que conozco de mi poder son estadísticas frías del sistema. En la práctica más allá de mi entrenamiento regular, sigo siendo un novato jugando con armas nucleares.

Gaia entonces extendió su mano. En su palma apareció una suave luz verde, y de ella brotó un pequeño retoño que comenzó a crecer lentamente. Lo dejó caer al suelo y, al tocar la piedra, comenzaron a surgir enredaderas con diminutas flores que desprendían un aroma fresco y relajante.

Su mirada se suavizó apenas, pero el reproche permanecía allí, firme como una montaña.

“Las cicatrices de esta isla sanarán con el tiempo, pero el daño pudo haber sido mucho peor. Y si esto te sucede de nuevo, no podré ayudarte”.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. ¿Era eso una amenaza? No, sonaba más como una advertencia. Una advertencia de alguien que sabe muy bien de lo que habla. Y si Gaia se veía obligada a advertirme, significaba que estuve peligrosamente cerca de un desastre irreversible.

Y siendo sinceros, nadie con más de dos neuronas en la cabeza querría enfrentarse a la primordial que rige sobre la tierra.

La historia está llena de ejemplos claros: Urano, el dios que alguna vez gobernó todos los cielos de Grecia, pasó a ser un debilitado eunuco, castrado por sus propios hijos, el cual solo pudo retirarse a las profundidades del cielo después de ser desterrado y observar la tierra desde allí por el resto de sus días.

Kronos, el titán del tiempo, alias el corta pijas, pasó de ser un gobernante revolucionario y poderoso a convertirse en una figura tiránica la cual nuevamente fue derrotada por su descendencia.

Y Zeus, pues a él puede que le haya ido peor. Después de ofender tontamente a Gaia, esta envió a un ejército de titanes para asesinarlo, y luego vino la catástrofe que fue Tifón, la bestia que estaba destinada a derrotar a los dioses de la tercera generación junto con varias catástrofes más y un gran etcétera.

Así que no, definitivamente no quiero repetir la historia.

Por un instante, los ojos vacíos de Gaia se llenaron de un cansancio milenario. En ese momento supe que no me juzgaba solo como una diosa, sino como una madre.

Lo cual, siendo honesto, me aterra aún más, teniendo en cuenta lo que suele hacer con sus propios hijos cuando la decepcionan.

“Si intenta hacerme algo, juro por todo lo que es sagrado que no me importará apuntar a Gungnir al núcleo del planeta. Si esta tipa quiere joderme hasta la muerte, pues me la llevaré conmigo”.

El silencio volvió, pero esta vez era menos tenso, era un silencio de reflexión. El tiempo parecía haberse detenido. Me quedé arrodillado, la cabeza gacha, esperando mi castigo, imaginando lo peor. Pero en vez de condena, Gaia simplemente alzó su mano. El brote que había invocado se marchitó y se deshizo en polvo, esparciéndose en el aire como cenizas.

Su mirada se desvió hacia mis hermanos, y su tono de voz se hizo más severo, su voz retumbó con fuerza en toda la cámara:

“No estamos aquí para juzgarlo. Están aquí porque, como hermanos, deben aprender a ayudarlo a controlar su poder. El destino de esta era podría depender de ello”.

Me quedé quieto, procesando. ¿En serio? ¿Me salté el castigo? ¡Genial! Quizás esta sea una de las ventajas de ser un dios recién nacido. Y si es así… me encanta.

Entonces su mirada volvió a mí.

“Levántate, Hades. No eres solo el dios de la muerte. Eres el primero de una nueva generación de dioses. Lo que harás con tu poder es tu decisión, pero debes aprender a llevarlo con la responsabilidad que conlleva”.

Con un último y grave suspiro, se desvaneció en el aire cual Jedi, dejando tras de sí una lluvia de hojas y pétalos que cayeron suavemente al suelo.

Me puse lentamente de pie, rodeado aún por el silencio pesado de mis hermanos.

Hera y Poseidón seguían mirándome, pero sus expresiones ahora tenían una pizca de… ¿miedo? Sí, un ligero, casi imperceptible, rastro de miedo. ¿Habían visto la furia de Gaia? ¿O quizás estaban pensando en lo que podría llegar a hacer si alguna vez perdía el control? Bueno, no los culpo. Yo tampoco dormiría tranquilo al lado de alguien que puede estallar como una bomba nuclear viviente.

Pero en ese instante, lo único que sentí fue alivio. Gaia no me castigó. Me perdonó, al menos de momento.

El problema del Hades del futuro.

Por ahora… simplemente no me preocuparé.

Al menos, hasta que mi fuerza sea mayor que la suya.

“Entonces, todo ok, ¿verdad?” dije con calma, avanzando a paso lento hacia los demás.

Poseidón bufó y desvió la mirada, evidentemente molesto.

“¡Claro! Si por ‘bien’ te refieres a que te caiga una montaña encima” replicó Hera con sarcasmo venenoso.

“Oye, ya dije que lo sentía. Prometo que algo así no volverá a pasar… probablemente” levanté las manos en señal de paz.

“¡Oh, qué alivio! El gran Hades promete comportarse” dijo Hera, teatral, alzando los brazos con exageración. “Y si de paso dejaras de ser un niño para empezar a comportarte como el adulto que eres, estaríamos encantados.”

“Ouch, qué cortante” murmuré, fingiendo dolor.

“Mira, no fue mi intención casi hundir toda la isla, pero tenía una razón válida para hacerlo, y si me dejas explicarme, podrías entenderlo” dije.

Hera parpadeó insegura ante mis palabras. No solo ella; Poseidón y Deméter, los cuales también estaban cerca, agudizaron sus oídos y prestaron atención. Zeus y Metis, los cuales también se encontraban al otro lado de la habitación, decidieron acercarse para escuchar.

“Habla” ordenó Hera, esta vez sin sarcasmo, solo con firmeza.

“Bueno… la razón por la que liberé mi poder fue porque algo intentó atacarme. Algo invisible, pero increíblemente fuerte.” dije con total seriedad.

Luego procedí a contarles todo lo que pasó en ese momento, lo que yo estaba haciendo en la isla, claro, saltándome las partes más escandalosas como en la que intenté apuñalarme a mí mismo para probar mi resistencia.

Y así, les relaté lo sucedido: la presión aplastante que Hestia y yo sufrimos en la isla, cómo nos vimos incapaces de resistir y por qué tuve que liberar todo mi poder para contrarrestarlo.

“¿Todo lo que dijiste es la verdad?” preguntó nuevamente Hera, solo que ahora menos enojada y más tranquila.

“Cada palabra. Y si no me creen, pregunten a Hestia” respondí, señalando hacia un costado

Allí estaba mi adorable hermana menor, devorando una barra gigantesca de chocolate blanco.

Crunch, crunch, crunch.

“¿Mmm?” levantó la cabeza, con la boca aún llena, y tras tragar habló sin mucho interés. “Ah, sí, es justo como él dijo.”

El ambiente se relajó un poco. Mis hermanos parecieron finalmente creerme, y con eso me quité un enorme peso de encima.

Perfecto, pensé. Ahora puedo concentrarme en lo verdaderamente importante: cómo ocultar las consecuencias de todo este desastre con el menor esfuerzo posible.

Quizás podría crear una barrera que camufle la zona… aunque todavía no domino la magia glífica suficiente para algo de esa escala. Tal vez sería más fácil arrancar toda Creta y transportarla a otro punto del océano con mi chakra de liberación de polvo.

Técnicamente posible, sí. Sensato, tal vez no tanto.

Aún estaba el problema de si Gaia lo aceptaría. Después de todo, no parecía muy contenta cuando se enteró de que había tomado por mi cuenta la decisión de arrancar a Chrissi desde sus cimientos.

Claro que aún quedaba el detalle de si Gaia aceptaría semejante ocurrencia. Y algo me decía que pedirle permiso sería más seguro que actuar por mi cuenta otra vez.

Quizás podría pedirle alguna clase de permiso. Eso podría calmarla y darle la sensación de control que tanto parece gustarle.

Aunque claro, el verdadero problema sería cómo planteárselo sin que sonara a una excusa barata.

Me encontraba perdido en esos pensamientos, midiendo en silencio cada posibilidad, hasta que de pronto sentí cómo mi cabeza era tomada suavemente por un par de delicadas manos. Antes de reaccionar, mi cuerpo se inclinó involuntariamente y, lo siguiente que supe, es que mi cabeza estaba recostada sobre dos suaves y enormes almohadas.

Al alzar la vista, descubrí que Deméter había decidido abrazar mi rostro contra su exuberante y abundante valle.

“Debiste de estar muy asustado en ese momento,” murmuró ella con un tono dulce y reconfortante, “pero no tienes que tener miedo, tus hermanos estamos aquí para apoyarte.”

Parpadeé, confuso al inicio, intentando comprender qué pasaba. Luego recordé que, desde su punto de vista, la experiencia que relaté sonaba realmente traumática. Aunque para mí no lo fue tanto: por un lado, mi Mente Gamer me impedía sucumbir a emociones extremas; y por el otro, Hestia parecía haber olvidado casi todo, como si no fuera más que un mal rato ya enterrado bajo montañas de golosinas.

Debo admitir, sin embargo, que la sensación suave y envolvente del pecho de Deméter era bastante agradable. Ahora entendía por qué tantos protagonistas de esos ridículos harems terminaban fascinados con mujeres de proporciones generosas. La sensación era reconfortante, cálida… y el olor que desprendía era aún más curioso. Un aroma a avena, algo extraño para una diosa, pero nada desagradable. De hecho, resultaba hasta intoxicante.

Mientras meditaba en silencio, todavía recostado en ese inesperado refugio, la grave voz de Zeus interrumpió mis ensoñaciones.

“¡Ejem!” tosió, con una mirada incómoda que no logró ocultar un destello de celos.

“Hades,” continuó con seriedad, “lo que me preocupa no es solo la destrucción. Es lo que dijiste… algo te atacó. ¿Qué clase de fuerza es capaz de presionar a dos dioses al punto de obligarte a liberar semejante poder?”

El ambiente en la sala se tensó al instante. Todos se giraron hacia mí, esperando mi respuesta. Podía sentir cómo el aire se volvía más pesado, como si mis propias palabras hubiesen encendido una alarma invisible en sus mentes.

“No lo sé con exactitud,” admití, acomodándome un poco contra Deméter, como si su abrazo pudiera aliviar la presión que ahora me rodeaba. “Pero lo que fuera, no era un enemigo común. Era invisible, intangible… como si la propia atmósfera hubiera decidido aplastarnos. La presión era tan real como el suelo bajo mis pies, y tan sofocante como si intentara arrancarnos el alma.”

Deméter frunció el ceño, dejando a un lado su dulzura. Su voz temblaba con una mezcla de nerviosismo y seriedad.

“Hermano, si lo que dices es cierto… entonces podría tratarse de una fuerza enemiga vinculada a los Titanes. No sería la primera vez que intentan manipular el mundo de forma indirecta.”

“¿Titanes?” intervino Poseidón, arqueando una ceja. Su tono era escéptico, pero no incrédulo. “Lo dudo. Conozco sus rastros, su energía, sus formas de interferir. Lo que describe Hades suena diferente. Además, hace tiempo que no han podido seguir nuestro rastro, y no veo por qué reaparecerían ahora.”

Metis, que había permanecido en silencio hasta ese momento, habló con su calma inmutable. “Sea lo que sea, está claro que alguien -o algo- está poniendo a prueba tus límites, Hades. Si buscaban provocar una reacción, la consiguieron.”

Hera resopló, aunque esta vez sin su habitual sarcasmo mordaz. “Entonces, en resumen… no solo casi destruyes una isla entera, sino que además lo hiciste enfrentándote a un enemigo que ni siquiera sabes describir. Maravilloso.”

No pude evitar sonreír de lado. “Bueno, al menos esta vez tengo una buena excusa.”

Zeus dio un paso al frente. Un leve chisporroteo de electricidad recorrió su piel, como si sus emociones despertaran su poder sin esfuerzo. Su rostro estaba serio, y su voz cargada de determinación.

“Si existe una amenaza capaz de doblegarte a ti, Hades, entonces todos debemos saberlo. Y más aún: debemos prepararnos. No podemos permitir que un enemigo desconocido juegue con nosotros en nuestro propio dominio.”

Había que admitirlo: Zeus podía ser un cretino la mayor parte del tiempo, pero también tenía ese carisma natural de líder que hacía que, en los momentos críticos, todos lo escucháramos.

“¡Ja! Como si fuera tan fácil,” exclamó Poseidón con un bufido. “Si Hades apenas pudo mantenerse en pie, ¿qué te hace pensar que nosotros resistiríamos mejor?”

Tuve que morderme la lengua. Porque lo cierto es que, aunque me molestara, Poseidón tenía razón. Apenas si había logrado contraatacar a esa fuerza invisible, y no había garantía de que ellos, mucho más débiles que yo en términos brutos, pudieran soportar lo mismo.

“Porque no estaríamos solos,” replicó Zeus con firmeza. “Si luchamos como hermanos, ninguna fuerza podrá aplastarnos.”

El silencio que siguió fue incómodo. La palabra “hermanos” siempre fue un arma de doble filo para nosotros. Podía sonar como un juramento, pero también como un recordatorio de nuestra oscura historia compartida: hijos de un tirano, unidos y divididos a la vez por la sangre y por la guerra contra Cronos.

En ese momento, Hestia terminó de devorar su barra de chocolate. Se relamió los dedos, sin ningún pudor, y habló con la boca aún manchada de dulce.

“Sea lo que sea… yo lo sentí también. Esa presión no era mística, ni divina en el sentido que conocemos. Era… algo más. Algo que parecía venir del propio vacío.”

Su comentario cayó como un balde de agua helada. Nadie osó interrumpirla. Porque todos sabíamos que, aunque Hestia rara vez participaba en las disputas, jamás hablaba en vano.

Suspiré, cruzándome de brazos mientras me hundía un poco más en el cálido refugio de Deméter.

“Lo que sea, lo cierto es que ni yo mismo entiendo qué pasó. Pero si esa fuerza vuelve a manifestarse, quiero estar preparado. No pienso permitir que me tomen desprevenido otra vez.”

Zeus asintió con seriedad. “Entonces debemos prepararnos juntos. Y más aún, debemos investigar. Si existe un poder invisible capaz de aplastar a los dioses, tenemos que descubrir su origen antes de que sea demasiado tarde.”

Deméter sonrió con un toque de diversión en su mirada, inclinándose hacia mí.

“Y mientras tanto… alguien tendrá que reparar lo que casi destruiste.”

Todos me miraron. Otra vez.

“¿Qué?” levanté las manos en señal de inocencia. “Ya dije que lo sentía. Además, ¿no deberíamos enfocarnos en la amenaza en lugar de en los pequeños detalles de… bueno, casi hundir Creta?”

Hera puso los ojos en blanco y murmuró entre dientes: “Pequeños detalles, dice…”

Y así, entre acusaciones, sarcasmos y planes improvisados, comenzamos a discutir cómo proceder.

Pero en el fondo, una certeza ardía en mi mente: lo que había sentido en la isla no fue un accidente, ni un simple ataque. Fue un aviso. Un recordatorio de que incluso como Dios no soy invencible.

El viento marino soplaba con fuerza, levantando pequeñas nubes de arena que azotaban contra nuestras piernas. Zeus y yo permanecíamos en silencio, sentados sobre una roca plana frente a la costa. El cielo estaba despejado, pero la tensión en el ambiente era espesa, como si incluso el propio océano esperara con ansiedad lo que estaba por ocurrir.

“Me podrías decir otra vez, ¿por qué estamos aquí?” pregunté finalmente, rompiendo el silencio.

Zeus, que llevaba rato golpeando el suelo con la punta de su sandalia en un gesto de impaciencia, apenas me miró de reojo.

“Yo tampoco lo sé. Fue nuestra madre la que nos convocó.” Se limitó a encogerse de hombros, antes de volver a dirigir la vista hacia el horizonte.

Asentí con un “Mmm, bueno” casi inaudible. Ambos estábamos esperando a que llegaran los demás, pero la incertidumbre de no saber por qué estábamos ahí me comenzaba a poner nervioso.

Lo más incómodo de todo era que los primeros en llegar habíamos sido Zeus y yo. No es que tenga algo en contra de él directamente, pero tampoco es como si hubiera mucha cercanía entre los dos. Él lo sabe, yo lo sé, y lo peor es que ni siquiera se esfuerza por disimularlo: a Zeus no le agradó.

No es que me sorprenda, claro. Lo ha dejado más que claro en varias ocasiones, aunque siempre con esa máscara de superioridad que tanto le gusta. Nuestra relación no es más que la de camaradas obligados a luchar por un enemigo común: los titanes. Nada más.

Pero en el fondo sé que su disgusto hacia mí nace de otra cosa: el hecho de que nuestras hermanas suelen preferir pasar tiempo conmigo en lugar de con él. Y, honestamente, ¿puede culparme? Yo no soy quien está activamente intentando seducirlas o insinuarse en cada oportunidad. Al contrario: yo estuve ahí desde el principio. Yo las vi crecer, yo las cuidé.

Fui yo quien enseñó a Hestia a caminar y a reírse con los juegos que improvisaba dentro del vientre de Kronos. Yo entrené a esa pequeña en artes marciales y en el uso del One for All, vi cómo sus manitas temblaban cuando lanzaba sus primeros golpes cargados de poder.

A Deméter la guié para que entendiera el ritmo de la tierra, la pasión de cultivar, la magia oculta en cada semilla. Cuando ella sonríe al ver brotar una flor, sé que es en parte gracias a las enseñanzas que compartí con ella.

Incluso Hera… por los dioses, yo fui el que le cambió los pañales durante sus primeros ocho días de vida, cuando aún conservaba su forma de bebé. La mimé con dulces, con joyas relucientes y vestidos hermosos durante su breve adolescencia divina, que gracias a Dios no duró más de tres meses.

Y Poseidón… él fue moldeado bajo mi mano. Lo entrené para ser alguien decente, alguien que al menos pudiera caminar por el mundo sin convertirse en un monstruo más. Yo me aseguré de que nunca heredara ese retorcido fetiche que tuvo el Poseidón original de la mitología. (Las mujeres mitad bestia no cuentan, después de todo. Que sea furro si quiere, pero jamás permitiré que cruce la línea hacia la zoofilia).

¿Y Zeus? ¿Qué tiene él? ¿Una cara bonita? ¿Carisma desbordante? Sí, lo admito, lo tiene, pero no basta. No cuando yo soy quien tiene las cicatrices, los recuerdos y la experiencia de haberlos criado. No cuando mi físico, aunque él no lo acepte, es incluso superior al suyo.

Además, ¿qué le molesta tanto? Él ya tiene a Metis, una prometida hermosa, sabia y devota. Puede que su belleza no iguale la madurez seductora de Deméter o la elegancia innata de Hera, pero vamos, Metis sigue siendo un once de diez incluso bajo estándares divinos. Y lo mejor de todo es que lo ama, con una paciencia infinita, incluso sabiendo que él se acuesta con ninfas y diosas por toda Creta.

Yo, en cambio, sigo sin poder encontrar una relación estable.

Una lágrimita rebelde se deslizó por mi mejilla, traicionándome.

“¿…Hades? ¿Qué rayos te pasa?” Zeus me miraba raro, como si estuviera presenciando un espectáculo patético.

Rápidamente me limpié las lágrimas y sacudí la mano, fingiendo que todo estaba bien.

La verdad es que me cansa este mundo. Aquí las diosas, ninfas y criaturas mágicas rara vez buscan algo serio. Prefieren relaciones pasajeras, un intercambio de favores o simplemente engendrar hijos fuertes. Y yo… yo no quiero eso. Yo quiero algo más tradicional, más íntimo. Una unión real.

Quizás, cuando la titanomaquia termine, pueda pensar en matrimonio. Tal vez con alguna hija de Océano, o con una diosa del inframundo, alguien que entienda lo que significa convivir con las sombras. O, mejor aún, con una extranjera… había escuchado y leído en los mangas de mi vida anterior que en tierras lejanas existía un ideal femenino llamado “yamato nadeshiko”: pura, fuerte, elegante. Sí, eso sería perfecto.

(En algún lugar de Creta, de haber escuchado mis pensamientos, Deméter habría escupido sangre y caído desmayada).

Sacudí la cabeza y sonreí para mis adentros. “Ese será el problema del Hades del futuro. Yo, el Hades del presente, seguiré soltero y sin compromiso, bebé.”

Pasó lo que pareció una eternidad hasta que finalmente llegaron los demás.

El primero fue Poseidón. Su tridente colgaba en su espalda, amarrado con lianas improvisadas que, sorprendentemente, soportaban sin dificultad el peso de esa arma forjada con cristales marinos de Minecraft.

Vestía unos pantalones negros y botas de punta metálica que se hundían con firmeza en la arena, y -cosa rara- llevaba puesta una camiseta en vez de andar presumiendo los músculos.

Lo más llamativo, sin embargo, era el maletín de gimnasio que cargaba con su brazo derecho. Estaba tan abultado que parecía a punto de reventar.

“Hey, bro, ¿qué me cuentas? ¿Necesitas ayuda con la carga?” le pregunté alzando la mano.

“Mmnm” Poseidón asintió con un gesto seco y me entregó la bolsa. Apenas la sujeté, sentí el peso brutal de su contenido.

“¿Qué demonios llevas aquí dentro?” pensé, pero decidí no preguntar. En vez de eso, abrí mi inventario mental y con una orden hice desaparecer la bolsa en el espacio ilimitado que solo yo podía usar.

Zeus, por supuesto, lo notó de inmediato. Su ceño se frunció, como siempre que veía esa habilidad mía. Sus ojos me estudiaron con una mezcla de intriga y desconfianza, hasta que al final no pudo contenerse.

“Dime, hermano… ¿a dónde van todas las cosas que haces desaparecer?” preguntó con cautela, aunque el brillo en su mirada delataba su genuina curiosidad.

Me quedé un segundo pensativo. Ni siquiera yo lo sabía del todo. El inventario era un misterio incluso para mí. Un espacio aparte, como un pliegue entre realidades. Algo que se escapaba del alcance de cualquier dios o titán.

“No lo sé con seguridad.” Encogí los hombros.

Zeus parpadeó incrédulo. “¿No lo sabes? ¡Debes estar bromeando! ¿Y cómo recuperas las cosas que desaparecen en tus manos?”

“Simplemente pienso en ellas, y regresan a mí. Eso es todo.”

La verdad era mucho más compleja, claro. El inventario manipulaba el espacio, comprimía dimensiones, transformaba los objetos en representaciones bidimensionales que existían fuera de la realidad. Pero yo no podía explicar eso. De hecho, ni siquiera podía hablar del sistema en sí: era una de las reglas absolutas que se me habían impuesto.

Si intentaba revelar algo sobre él, mi voz se apagaba, o los sentidos de los que me rodeaban eran bloqueados. El creador del sistema había pensado en todo.

Y mientras veía el rostro de Zeus, confundido y un tanto frustrado, no pude evitar sonreír. Había cosas que ni siquiera él podía controlar, y esta era una de ellas.

Al final, Zeus resopló, frustrado. “A veces eres más raro de lo que puedo soportar, Hades.”

“Lo sé.” respondí con una sonrisa irónica.

La espera continuó, aunque ya con tres de nosotros reunidos.

El mar rugía suavemente contra la orilla, el cielo teñido de un naranja profundo anunciaba que la tarde se rendía ante la noche, y el peso del misterio sobre lo que Rea quería de nosotros se hacía cada vez más insoportable.

No pasó mucho tiempo antes de que las tres hermanas aparecieran en la costa. Hestia, Deméter y Hera llegaron caminando juntas, conversando animadamente como si hubieran estado de paseo en lugar de ser convocadas a una reunión misteriosa por nuestra madre. La verdad, la escena contrastaba bastante con la tensión que Zeus, Poseidón y yo cargábamos desde que habíamos llegado.

Cada una de ellas destacaba de manera distinta, con atuendos que parecían reflejar tanto sus personalidades como sus caprichos.

Hestia, como siempre, parecía irradiar esa energía inocente y alegre que la caracterizaba. Vestía un conjunto sencillo, pero que de alguna forma resaltaba en ella: unos pantalones cortos deportivos de licra que se ajustaban perfectamente a sus piernas tonificadas y una camiseta rosada un poco grande que caía suelta sobre su diminuto cuerpo. Aun con lo simple del atuendo, se veía… ella misma, espontánea y radiante. Arrastraba detrás de sí una maleta roja de viaje, casi más grande que ella. Las ruedas rechinaban y saltaban a cada piedra o irregularidad del suelo, haciendo que la maleta se tambaleara como si estuviera a punto de volcarse.

“¡Uff, por los dioses, este camino no está hecho para maletas con ruedas!” murmuraba entre dientes, tirando con fuerza cuando una rueda se atascó en la arena húmeda, al parecer no siquiera se le pasó por la mente el levantar la maleta con su fuerza de diosa.

No pude evitar sonreír. Esa era Hestia: capaz de valorizar una montaña con facilidad si se lo propone, pero derrotada por un pedazo de equipaje rebelde.

Deméter, en cambio, caminaba con paso firme y una sonrisa tranquila en el rostro. Sus ojos brillaban con esa calidez natural que siempre la acompañaba. Vestía unos jeans ajustados de azul intenso que se moldeaban perfectamente a su figura, robando sin esfuerzo las miradas de cualquiera que pasara cerca. Sobre ellos, una camisa de cuadros verdes, estilo campirano, que remataba con un pequeño sombrero vaquero en la cabeza. El conjunto entero le daba un aire encantador, casi sacado de una postal rústica.

A su espalda cargaba una maleta voluminosa, que parecía estar al borde de reventar por todo lo que contenía. En sus manos sostenía cuidadosamente una caja de madera repleta de pequeños retoños y brotes de plantas, cada uno colocado con esmero. Al verla, no tuve que adivinar que probablemente pensaba plantarlos en cualquier sitio en el que se quedara más de cinco minutos.

Hera fue la última en aparecer, y como siempre, no pasó desapercibida. Su atuendo era completamente distinto al de sus hermanas: un vestido rojo largo que llegaba hasta sus tobillos, de tela ligera que ondeaba con cada soplo del viento marino. El color del vestido resaltaba con intensidad sus ojos violetas, volviéndolos aún más llamativos de lo habitual.

Caminaba erguida, con la elegancia natural que parecía imposible de apagar en ella, como si estuviera en un salón real y no en una playa remota.

A primera vista, no parecía llevar nada de equipaje. Fue entonces que me di cuenta de la pequeña bolsita que colgaba de su cintura, discreta, casi insignificante… pero que, por alguna razón, llamó poderosamente mi atención.

Movido por la curiosidad, utilicé “Análisis” en el objeto. Lo que apareció frente a mis ojos me dejó con una ceja arqueada.

[Bolsa de almacenamiento mágica: un pequeño artefacto mágico fabricado por la diosa de la magia Hécate, con la capacidad de almacenar hasta 24 m² de objetos no vivos.]

[Tipo: artefacto mágico]

[Análisis de nivel de amenaza: ninguno. No posee poder de combate alguno.]

Me quedé mirándola en silencio. ¿Un artefacto como ese… en esta era? Según lo que sabía, todavía no existía un sistema mágico estándar entre los griegos.

La mayoría de los dioses utilizaba la magia basándose en su propia voluntad e imaginación, sin reglas escritas ni fórmulas estables.

La creación de un objeto tan complejo como un artefacto mágico debería ser imposible… al menos, eso era lo que creía hasta ahora.

Y justo frente a mi estaba la prueba de que mis ideas estaban equivocadas.

No pude evitar pensar en la misteriosa diosa Hécate. Si había logrado diseñar un artefacto semejante en este tiempo, entonces su dominio sobre la magia debía estar muy por encima de lo que imaginaba.

Quizás en algún momento sería conveniente buscarla. Intercambiar conocimientos con ella podría abrirme las puertas a nuevos conocimientos que me inspiren al desarrollar mi magia de glifos.

Me quedé fascinado unos segundos, contemplando esa pequeña bolsa que escondía tanto poder práctico, hasta que mi atención fue atraída por la figura que las seguía de cerca.

Era ella. Nuestra madre. Rea.

La imponente titánide caminaba tras mis hermanas, con el porte majestuoso que solo alguien de su calibre podía tener. Su sola presencia hacía que el aire se sintiera más pesado, y sin necesidad de alzar la voz, su autoridad se imponía como una verdad inamovible.

Uno a uno, fuimos reuniéndonos en un semicírculo frente a ella: Zeus a mi derecha, con su mirada todavía expectante; Poseidón con los brazos cruzados, sosteniendo su habitual seriedad; Hestia acomodando como podía su maleta rebelde; Deméter sonriendo suavemente mientras acomodaba su caja de brotes; Hera recta, elegante, con la bolsita mágica a su costado. Y yo, en medio de todos, tratando de adivinar cuál sería el motivo de aquella convocatoria.

Finalmente, los seis hijos de Rea estábamos juntos, el viento del mar soplando a nuestras espaldas, mientras ella se detenía al frente con una expresión que nadie pudo descifrar de inmediato.

El silencio cayó sobre nosotros como una manta, y todos supimos que lo que viniera a continuación no sería algo menor.

Rea dio un paso al frente, su túnica blanca ondeando suavemente con la brisa marina que se colaba por la entrada de la caverna. Su mirada recorrió uno a uno los rostros de sus hijos, solemne, firme, como una reina que a la vez era madre.

“Mis niños,” comenzó con voz grave, que resonó con un eco tenue en las paredes de roca, “la razón por la que los he llamado aquí hoy se debe a la reciente crisis que nos ha azotado.”

Su mirada se deslizó fugazmente hacia mí, un vistazo cargado de reproche que me atravesó como una lanza, antes de volver a centrarse en el frente. Bajé los ojos un instante, incómodo, sabiendo perfectamente por qué.

“Hace poco, los exploradores en el exterior me enviaron un comunicado muy importante.” La voz de Rea se endureció y sus facciones se tensaron. “Al parecer se han divisado varios grupos pertenecientes al ejército de los titanes buscando en el área… y se están acercando peligrosamente a nuestra isla.”

El aire se volvió denso, casi asfixiante. El impacto fue inmediato. Pude ver cómo los ojos de mis hermanos se abrían con una mezcla de miedo y sorpresa. Hestia cubrió su boca con la mano. Deméter dejó escapar un suspiro contenido. Incluso Poseidón frunció el ceño con preocupación.

Y como era de esperarse, apenas un instante después, todas las miradas giraron hacia mí. Unas cargadas de reproche, porque técnicamente esta situación era consecuencia directa de mi… explosión energética. Otras teñidas de lástima, como si vieran en mí a un niño incapaz de controlar sus propios poderes.

Yo solo pude encogerme de hombros y ofrecerles una sonrisa torcida, casi de disculpa. Qué más podía hacer.

“Pero no tienen de qué preocuparse.” La voz de Rea retumbó con fuerza, reclamando nuestra atención. “Incluso en estos momentos de angustia, no deben perder la fe en la esperanza.”

“¿A qué esperanza te refieres, madre?” preguntó Hestia, la primera en alzar la voz. Sus grandes ojos azules brillaban con expectación, como brasas encendidas en la penumbra.

“Esta vez tenemos suerte,” suspiró Rea, revelando un dejo de agotamiento. “Hace poco, su abuela y yo habíamos decidido que lo mejor sería separarnos y escondernos por un tiempo.”

Alcé una ceja, intrigado. ¿Separarse? ¿Esconderse? ¿Qué seguía?

Rea se recompuso de inmediato y adoptó de nuevo ese porte solemne que la caracterizaba. “Se ha decidido que su abuela envolverá toda Creta con un velo que impedirá que cualquier enemigo la encuentre. Una ilusión poderosa, imposible de atravesar por los ojos mortales o divinos.”

Algunos de mis hermanos suspiraron aliviados. Yo me limité a cruzar los brazos detrás de la espalda, escuchando.

“Mientras tanto, yo he tomado la decisión de volver al monte Otris,” continuó ella, y sus palabras resonaron como un trueno lejano, “para vigilar de cerca a los titanes desde adentro. Pero no estaré sola. El profeta Prometeo me acompañará… y me protegerá.”

El nombre de Prometeo hizo que varios intercambiaran miradas sorprendidas. Ese titán, aunque enemigo de Kronos, era famoso por su astucia y su don de visión.

Todo sonaba perfectamente planeado, pero una espina me incomodaba. Fruncí el ceño y me atreví a hablar:

“Madre, si me permites… tengo una duda. Si tú y la abuela ya habían decidido todo, ¿por qué nos llamaste aquí?”

Por un instante temí haber sido demasiado directo, pero Rea no se molestó. Al contrario, sus labios se curvaron en una sonrisa llena de confianza, como si hubiese estado esperando justamente esa pregunta.

“Me alegra que lo hayas preguntado, querido.” Sus ojos brillaron con un destello particular. “La razón principal por la que los he reunido hoy es porque hace poco recibí un mensaje de un aliado muy importante.”

Se detuvo allí, dejando la frase suspendida en el aire como una cuerda tensa. El silencio se alargó, y el ambiente pronto se tornó incómodo.

Finalmente, Hera arqueó una ceja y preguntó con voz serena pero inquisitiva: “¿Y quién sería ese misterioso aliado del que hablas, madre?”

La sonrisa de Rea se ensanchó, y su voz sonó solemne al pronunciar:

“El aliado del que hablo es su tío… el Rey del mar, Océano.”

El nombre cayó como un rayo.

Todos abrimos los ojos con asombro. Incluso yo no pude evitar enderezarme en mi lugar. ¿Océano? ¿El titán que gobernaba todas las aguas del mundo? ¿El señor absoluto de los mares y ríos, respetado incluso al nivel del mismísimo Kronos?

No había dios acuático que no se jactara de compartir su sangre, ninguna ninfa fluvial que no lo llamara con orgullo progenitor. Las historias sobre su grandeza circulaban por toda Grecia, y ahora… resultaba que ese coloso se interesaba en nosotros, un grupo de dioses jóvenes y, siendo sinceros, bastante disfuncionales.

¿Por qué? ¿Qué querría con nosotros?

Rea no nos dejó tiempo de formular la pregunta en voz alta.

“La principal razón por la que los convoqué aquí,” explicó con renovado entusiasmo, “es porque su tío Océano y su esposa Tetis desean conocerlos.”

Noté cierta emoción en la voz de nuestra madre al mencionarlos. Pero lo que más me llamó la atención fue otra cosa: Zeus se estremeció apenas oyó el nombre de Tetis. Apenas perceptible, pero ahí estaba. Guardé la observación en silencio. Interesante.

“Por eso,” continuó Rea, “su abuela y yo hemos tomado la decisión de enviarlos al palacio submarino de su tío. Allí no solo estarán protegidos del ojo de su padre, gracias al amparo de Océano, sino que también tendrán la oportunidad de crecer y desarrollarse bajo la guía de sus tíos. Esta es una oportunidad que ninguno de ustedes debería desperdiciar.”

La voz de Rea se quebró un instante con un matiz de emoción genuina. Era evidente que estaba feliz con esta decisión.

Yo, por mi parte, no lo estaba tanto. O mejor dicho, no sorprendido. Para ser sincero, después de lo que hice con mi explosión de poder, ya tenía la sensación de que Gaia encontraría alguna excusa para deshacerse de mí por un tiempo. Solo que jamás imaginé que sería de esta forma.

Y lo peor es que… no sonaba tan mal.

La idea de visitar un reino submarino era tentadora, más aún para alguien como yo, que ya empezaba a aburrirse de la isla. Sí, Creta era un lugar increíble, mágico, un escenario digno de la era de los dioses. Pero para alguien que en su vida pasada había sido un simple humano moderno, el quedarse quieto, repitiendo la rutina día tras día, resultaba casi un castigo.

Lo más emocionante que me había ocurrido últimamente, aparte de destruir por accidente medio ecosistema, era descubrir una nueva especie de cangrejo. Patético.

Así que… ¿por qué no? Tal vez “Hades y sus desopilantes aventuras en el mar” sería un buen título para esta nueva etapa.

Mientras mi mente divagaba, el característico sonido del sistema me sacó de golpe de mis pensamientos.

{¡Ding!}

{Se ha emitido una misión.}

{Misión: ¡Realizar una presentación inolvidable en el palacio submarino de Océano! Recompensa: Cupón plateado X2}

Una sonrisa se me escapó.

“Genial…” murmuré para mí mismo.

La emoción burbujeó en mi pecho. Ya no solo sería un viaje aburrido de supervivencia: tenía un objetivo. Algo divertido que planear.

“Ahora… ¿qué debería hacer para sorprenderlos?” pensé. “Con una temática marina sería perfecto. ¿Un cosplay de Aquaman? Nah, muy trillado. Demasiado obvio.”

Fruncí los labios, evaluando opciones.

“¿Y si me disfrazo de Neptuno? No, no el Neptuno clásico aburrido… sino el de Bob Esponja. El joven, musculoso hasta lo absurdo, con melena rojiza, barba postiza y corona de oro. Eso sí que sería memorable. ¡Imaginen sus caras cuando entre al palacio proclamando: ‘¡Saludos, rey Océano! Me presento: soy Neptuno, soberano de los siete mares, rey de todo Fondo de Bikini!'”

No pude evitar soltar una carcajada por lo bajo.

“Entonces eso sería todo,” concluyó Rea, devolviéndome bruscamente a la realidad. “Espero que todos puedan comportarse durante su estancia en el reino de Océano… y que no causen problemas. ¿Entendido?”

Su sonrisa maternal recorrió a cada uno de mis hermanos, pero se detuvo en mí un par de segundos más de lo normal. Tragando saliva, asentí mecánicamente junto con los demás, sin haber captado del todo la intensidad de su mirada.

“Muy bien. A continuación nos encontraremos con el transporte que los llevará al reino marino de sus tíos.”

Dicho esto, Rea nos dio una última mirada después de que todos nos reuniéramos frente a ella, la tensión en el ambiente se suavizó ligeramente. Ella nos observaba con la serenidad que solo una madre antigua como ella podía transmitir, mientras sus ojos recorrían uno a uno nuestros rostros, como si intentara grabar en su memoria la imagen de sus seis hijos reunidos al mismo tiempo.

No pasó mucho tiempo antes de que Rea nos hiciera una seña para seguirla. Avanzamos en silencio por un sendero de tierra que descendía suavemente hasta el borde de la isla. El aire se volvió cada vez más húmedo, cargado con el aroma salado del mar, hasta que finalmente nos encontramos en la orilla.

Las olas rompían con suavidad contra las piedras, levantando espuma blanca que chisporroteaba bajo la luz del sol.

Me quedé un momento contemplando el horizonte. No hubo que esperar demasiado antes de que algo comenzara a perfilarse a lo lejos, acercándose hacia nosotros a gran velocidad. Una silueta se deslizaba con elegancia sobre la superficie del agua, y conforme se aproximaba, los detalles comenzaron a definirse.

Era un carruaje marino, brillante, majestuoso, que avanzaba como si el océano mismo le abriera camino. Dos imponentes hipocampos tiraban de él con energía descomunal. Criaturas míticas de torsos equinos y colas escamosas, cada zancada de sus patas palmeadas hacía retumbar la superficie marina, levantando columnas de espuma y destellos que el sol atrapaba al instante. Era un espectáculo tan hipnótico como amenazante: la pura fuerza del mar en movimiento.

“Wow…” escuché a Hestia murmurar con voz infantil, maravillada por la escena.

No pude evitar sonreír un poco. Incluso yo me quedé embelesado. El recuerdo de la primera vez que vi un hipocampo me golpeó con fuerza, como hacia pocos meses, cuando conocí a cierto titán desagradable -¿Meneno? Sí, creo que así se llamaba él.

La imagen era igual de majestuosa que entonces, pero ahora venía cargada de un significado distinto.

El carruaje fue reduciendo la velocidad hasta detenerse frente a nosotros. Sus extrañas ruedas de mármol estaban talladas con una precisión casi divina, y aun mojadas parecían resplandecer como si fueran nuevas. Finalmente, una de las puertas se abrió, y de ella descendió una figura inconfundible.

“¡Metis!” exclamó Zeus con entusiasmo, corriendo hacia ella con los brazos extendidos.

La diosa sonrió radiante y bajó apresuradamente para fundirse en un abrazo con él.

“Te extrañé mucho,” respondió con voz cálida antes de estampar un beso en sus labios.

‘Beso’.

Sí, tal cual. Un beso. Y no uno discreto, sino de esos de telenovela que parecen prolongarse una eternidad como si no se hubieran visto en años, aún cuando claramente estuvieron juntos hacia unas pocas horas.

Vi a Deméter y Hera mirarlos con ojos suavizados, los miraron con ternura, como si aquella escena despertara un anhelo escondido en sus corazones, y parecía como si sus corazones se hubieran derretido con la escena. En cambio, Poseidón y yo intercambiamos miradas de puro sufrimiento.

Y como si el universo quisiera burlarse de mí, decidieron añadir lengua, y así, el espectáculo pasó rápidamente de un beso afectuoso a una exhibición que parecía sacada de la peor comedia romántica.

“¡Por los dioses! ¿En serio tienen que usar la lengua delante de todos? ¡Esto no es su maldita habitación!” gruñí internamente llevándome la mano a la cara, mientras Poseidón hacía muecas de incomodidad a mi lado.

‘Tos, tos’.

Rea intervino con la voz firme de una madre que ha visto demasiado.

“Por más conmovedora que me parezca su apasionada muestra de cariño, creo que es hora de que partan hacia las profundidades.”

Los tortolitos se separaron de inmediato, algo sonrojados. Metis, intentando recuperar la compostura, se giró hacia nosotros con una sonrisa amable.

“Oh, es cierto. Todos, permítame invitarlos a entrar al carruaje.”

Le lancé una mirada al vehículo.

Por fuera no parecía mucho más grande que una furgoneta pequeña, aunque adornada con motivos marinos en las esquinas, y la madera ciertamente parecía ser de buena calidad pero no parecía estar acondicionado para ir sobre, o bajo el agua, además, ¿Porque tenía Ruedas, Y cómo rayos se mantenía sobre el agua con ellas?.

Lo observé con desconfianza, entrecerrando los ojos.

“Discúlpame si sueno grosero, Metis, pero… ¿estás segura de que los seis cabemos en esa cosa?” pregunté, señalando la estructura.

Ella se rio suavemente, como si mi duda fuera la cosa más graciosa del mundo.

“Pueden estar tranquilos. Les aseguro que el espacio no será ningún problema dentro de esta nave… ¡Oh! Veo que traen equipaje, permítanme.”

‘Aplauso’.

Metis aplaudió dos veces. Desde el interior del carruaje se escucharon pasos.

Pesados y húmedos, resonando con un eco desagradable, como de carne arrastrándose contra piedra mojada. La segunda puerta se abrió y… lo que salió de allí casi me hizo retroceder instintivamente.

Una criatura de pesadilla emergió ante nosotros. Tenía piernas humanas, sí, pero el torso era un amasijo grotesco de pez bulboso y escamoso. La cabeza, enorme, lucía un par de ojos saltones completamente negros, que se movían sin sincronía como si cada uno tuviera voluntad propia. Sus brazos eran apéndices reptilianos recubiertos de escamas, rematados en dedos ganchudos que parecían hechos para desgarrar. Para colmo, llevaba puesta una toga mal ajustada, que más parecía un mal chiste que un intento de vestimenta.

“Me llamo Glaukos, a su servicio,” dijo con una voz profunda y rasposa, tan cavernosa que sonaba como si un Batman con resfriado tratara de hablar bajo el agua.

Un silencio incómodo se apoderó del grupo. Intenté no hacer contacto visual, pero ¿cómo diablos decides a cuál ojo mirar cuando cada uno parecía actuar por separado?

Metis, en cambio, permanecía completamente tranquila.

“Pueden entregarle sus pertenencias, él se encargará de acomodarlas,” explicó con naturalidad.

Nadie se movió. Vi las reacciones: Deméter mordía su labio, sin saber dónde posar la mirada; Hestia estaba rígida, aferrada a su maleta como si Glaukos fuese a robársela en cualquier momento; Hera fruncía el ceño con un desagrado abierto, como si la mera existencia del hombre-pez fuera una ofensa personal.

Poseidón, claro, permanecía más impasible, probablemente acostumbrado a estas rarezas marinas.

Glaukos dio un paso hacia Hestia, extendiendo uno de sus brazos escamosos. Ella retrocedió con una sonrisa nerviosa.

“Esto… muchas gracias, amigo, pero no es necesario,” dijo apresurada, y en un movimiento rápido me lanzó la maleta. Yo la atrapé sin dificultad y la guardé en mi inventario.

Deméter no tardó en seguir su ejemplo, lanzándome su maletín y la caja de retoños que también desaparecieron en cuanto los toqué.

Glaukos parpadeó descoordinadamente, mirándonos uno por uno. Al final, no dijo nada más. Giró lentamente su grotesca cabeza y, con su voz cavernosa, gruñó:

“Disculpen. Con su permiso, me retiro.”

Se dio media vuelta y volvió a entrar en el carruaje, que se tambaleó bajo su peso.

El silencio que dejó tras de sí fue tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Solo se escuchaba el romper de las olas.

Metis, siempre impecable en su calma, retomó la palabra.

“Vamos, suban todos. Su madre los espera para despedirse.”

Asentimos en silencio y, no sin dirigir unas últimas palabras de despedida a Rea, comenzamos a subir al carruaje marino.

Al mirar el interior del carruaje finalmente entendí lo que Metis había querido decir cuando aseguró que el espacio no sería un problema.

Por fuera, esa cosa no parecía mucho más grande que una carreta adornada, pero por dentro… era otro mundo.

La primera impresión me dejó boquiabierto: un espacio enorme, tan amplio que fácilmente podría caber un equipo entero de fútbol americano y aún quedaría lugar de sobra para poner una hielera y organizar una fiesta. El aire estaba impregnado de un ligero aroma salino, fresco, que parecía venir del mismo océano, pero al mismo tiempo había un calor confortable que lo hacía acogedor.

El interior estaba iluminado por cristales amarillos incrustados en las paredes, los cuales pulsaban suavemente con energía mágica, como si respiraran junto al carruaje. Esa luz bañaba todo en un tono cálido y relajante. En el centro del lugar se alzaba un salón rústico, con varias sillas de madera pulida y una mesita de centro, que no tenía nada que envidiar a las que se podían encontrar en cualquier casa noble de la polis. Ni siquiera me molesté en preguntarme cómo era posible que existieran esos muebles en esta época. Ya había aprendido que, con los dioses, la lógica no siempre era bienvenida.

Sin embargo, lo que más me inquietaba no eran los muebles ni el espacio imposible, sino la figura que permanecía en la esquina junto a una de las entradas. Allí estaba Glaukos, inmóvil como una estatua viviente. Si no fuera por el movimiento lento de su pecho al respirar, cualquiera juraría que se trataba de una escultura grotesca olvidada en el rincón. El solo verlo me erizaba la piel.

Decidí no quedarme con la duda.

“Observación,” murmuré en mi mente, activando el hechizo en silencio para que nadie más lo notara.

[Nombre: Glaukos]

[Raza: sirena / sirena invertida]

[Títulos: hijo de Melpómene, bendecido por Forcis]

[Nivel de potencia: 147]

Tuve que parpadear varias veces.

“¿Qué carajos? ¿Esa cosa es una sirena?” pensé, casi indignado.

No, más bien… una sirena invertida. ¿Cómo funcionaba eso? ¿Tenía los órganos internos de un pez, pero con las extremidades de un humano? ¿Cómo demonios hacía para nadar si no tenía aleta?

Una avalancha de preguntas absurdas y desagradables se arremolinaban en mi mente mientras trataba de comprender la biología detrás de la existencia del hombre-pez super feo. Y por cada duda que aparecía, otra más ridícula se formaba. Mejor dejé de pensarlo, antes de que mi cerebro implosionara.

—

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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