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Un Dios De La Muerte Como Ningún Otro En Animé World - Capítulo 35

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Capítulo 35: 30 líneas ley.

[Nota: Kronos]

Chronos> cronos> Kronos

Durante un tiempo he estado confundida, pero ya averigüé y básicamente son lo mismo. Solo que en América y, por lo general, en los países latinos se acostumbra a llamarlo Cronos o Chronos. Si les gusta, imagínense que en el universo del protagonista Cronos se escribe con “K”.

[Sobre Kronos y el tiempo]

Algo que recientemente investigué es que Kronos no es el dios del tiempo, o al menos no como se lo conoce. Si bien su dominio está asociado con las estaciones y la siega, es un dios que no se especializa en dominios, sino en el poder puro. En realidad, su control sobre el tiempo es bastante limitado en comparación con el verdadero dios del tiempo y el destino. Aunque pudo ver su destino final (ser derrocado por sus hijos), fue incapaz de hacer nada y lo único que hizo fue seguir el camino predestinado hacia su derrota. Lo máximo que pudo hacer fue aplazar su derrocamiento a manos de sus hijos.

[Sobre el Mangekyo Sharingan de Madara]

Un compañero de clases que también lee mi historia me hizo una pregunta que me dejó pensando toda esta semana: “¿Por qué el Mangekyo Sharingan de Uchiha Madara fue un objeto obtenido a partir de un cupón dorado?”. Bueno, eso tiene una explicación: no es un Mangekyo cualquiera, sino un Mangekyo Sharingan de una de las reencarnaciones de Indra. Muchas personas que ven el anime superficialmente pueden creer que cualquier Sharingan que evolucione a Mangekyo Eterno puede evolucionar a Rinnegan, pero la verdad es que no es así. Para evolucionar un Sharingan a un Rinnegan solo hay dos caminos. El primero es obtener las células de un Otsutsuki o del Árbol Divino e implantarlas en el cuerpo de un individuo, y la segunda, que es la más tradicional, es tener tanto el cuerpo de una de las reencarnaciones de Indra como el chakra de Ashura, ya que estos dos elementos juntos crean el chakra del Sabio de los Seis Caminos.

[La evolución del Sharingan de Hades]

Hades, desde el inicio, ya había obtenido las células del Elemento Madera, que contenían el chakra de Hashirama y, a su vez, es la reencarnación de Ashura. Estas, al ser combinadas con su Mangekyo Sharingan Eterno, el cual pertenece a Uchiha Madara (una de las reencarnaciones de Indra), fueron la clave para que él pudiera evolucionar su Mangekyo Sharingan Eterno a un Rinnegan. Esto es algo que no hubiera sido logrado si hubiera sido cualquier otro Mangekyo.

[La justificación de los cupones dorados]

Y es precisamente por la capacidad de dichos ojos de evolucionar a un par de Rinnegan que se califican como una técnica divina (para quien no entienda de lo que hablo, recuerden las palabras de Amado sobre las técnicas divinas). Los ojos de Madara están calificados en la categoría de los cupones dorados. Si hubieran sido cualquier otro par de Sharingan, habrían venido en un cupón plateado.

{Monte Otris} – la tarde del mismo día del capítulo anterior.

Bajo un cielo cubierto por nubes grises y desgarradas, se alzaba lo que quedaba de la montaña sagrada: el Monte Otris. Alguna vez orgullo de los titanes, ahora era poco más que una cicatriz en la tierra. La cima, antes gloriosa y coronada por templos resplandecientes, yacía convertida en un cráter colosal, como si la misma mano de un dios hubiera arrancado su corona con furia.

La explosión causada por el artefacto nuclear que Hades había dejado en su última visita todavía pesaba sobre el lugar como un eco de destrucción. El suelo desprendía radiación divina que distorsionaba el aire, y entre las rocas se podían ver restos de templos reducidos a escombros, fragmentos de columnas que antaño habían sostenido los altares de los titanes. Donde antes brotaban arroyos cristalinos y jardines de mármol, ahora sólo quedaban cenizas y ruinas humeantes.

Más abajo, en la ciudad de Othrys, se alzaban signos de resistencia y vida. Los dioses menores y las criaturas mágicas trabajaban sin descanso en la reconstrucción. Sátiros cargaban piedras, ninfas transportaban agua en cántaros de bronce, y espíritus del bosque, obligados por juramentos o cadenas, colocaban vigas y reforzaban los muros. La ciudad, aunque aún no recuperaba su antigua gloria, poco a poco retomaba forma bajo el mando férreo de los titanes.

Por encima de todo aquello, en lo más alto de las laderas donde alguna vez brillaban los seis palacios de los soberanos titánicos, se erguía ahora una nueva fortaleza. No era un palacio de esplendor ni belleza, sino una mole de guerra: murallas de mármol blanco reforzadas con pórfido volcánico, levantadas a más de cien metros, formaban un anillo inexpugnable. Las torres se alzaban como colmillos de piedra, y en su centro, a medio construir, se levantaba el Palacio de Kronos.

Allí, el lujo había sido sustituido por la intimidación. Columnas austeras, muros pesados y almenas negras reemplazaban los viejos ornamentos. Entre las grúas y las rampas de construcción, se podían ver a los titanes cargando rocas que a los ojos de un hombre común habrían parecido montañas enteras. Los dioses menores supervisaban, los sátiros obedecían, y todo el conjunto parecía una colmena de labor, guiada por una sola voluntad.

El salón del trono

En la parte más profunda del palacio, donde la luz era escasa y el aire denso, se encontraba el salón del trono. Era un espacio amplio, sombrío, decorado con seis tronos tallados en mármol y engastados con joyas. Todos estaban vacíos, salvo uno.

En el trono más alto y majestuoso descansaba Kronos, rey de los titanes. O al menos, eso parecía. Su cuerpo estaba reclinado, como si durmiera, pero sus párpados cerrados se agitaban con nerviosismo. Los músculos de su mandíbula tensos y los pequeños temblores de sus manos dejaban claro que aquel “sueño” no era descanso, sino un estado de alerta perpetua.

En su diestra sostenía una oz descomunal, más larga que su propio cuerpo. El filo de la hoja palpitaba con energía divina, emitiendo destellos pálidos como si respirara. Ese simple objeto, símbolo de su dominio, era lo único que interrumpía la sofocante quietud del salón.

El silencio era total, roto sólo por su respiración lenta y profunda. Y habría continuado así… de no ser por el estruendo de las puertas al abrirse de par en par.

Una figura menuda entró apresuradamente: un dios menor, con ropajes gastados y rollos de papiro en las manos. Avanzó unos pasos y, con nerviosismo, se arrodilló ante el titán.

“Mi seño-“

Las palabras se le congelaron en la garganta. Algo silbó en el aire y un instante después, una gigantesca oz se clavó en el suelo, a escasos centímetros de su cabeza. El golpe hizo vibrar las losas y arrancó polvo de las columnas.

El funcionario tragó saliva. Estuvo a un suspiro de perder la cabeza. Aun así, mantuvo su frente pegada al suelo, esforzándose por no mostrar el temblor que sacudía su cuerpo.

Los ojos de Kronos se abrieron de golpe. Enrojecidos, inflamados por noches de insomnio, recorrieron cada rincón de la sala con desconfianza. Sólo cuando comprobó que no había intrusos, alzó una mano, y la oz desapareció del suelo para reaparecer en su palma con un resplandor metálico.

La mirada del titán, oscura y cansada, se fijó en el pequeño dios arrodillado. Lo reconoció al instante: uno de esos funcionarios administrativos que su hermano Ceo le había convencido de integrar en el gobierno. No recordaba su nombre -ni le interesaba hacerlo-, pero sabía que aquel era uno de los que llevaban cuentas, informes y órdenes. No eran poderosos, pero eran útiles.

“Habla. ¿Qué quieres?”, gruñó Kronos. Su voz grave resonó en las paredes como un trueno contenido, helando la sangre del asistente.

El funcionario tragó saliva y, esforzándose por sonar firme, desenrolló sus papiros.

“Mi rey… vengo a darle un informe sobre la situación actual en la ciudad.”

Kronos no estaba interesado en detalles mundanos, pero hizo un gesto vago con la mano para que continuara.

“Actualmente, la reconstrucción de Othrys avanza con éxito. La mayor parte de las ruinas han sido despejadas, gracias al esfuerzo conjunto de los dioses reclutados por el señor Crío. Y aunque sufrimos falta de personal, hemos cubierto la carencia reclutando…”

Se detuvo, consciente de que lo que iba a decir implicaba directamente al rey. Kronos arqueó una ceja.

“¿A quiénes reclutaron?”

“Los seguidores del dios Pan… los sátiros, mi señor.”

Kronos frunció el ceño, recordando vagamente a aquellas criaturas mitad hombre, mitad cabra, que bailaban en los bosques y reverenciaban al enigmático Pan.

“Entiendo…” murmuró, llevándose una mano a la barba.

Pero entonces notó la incomodidad en los ojos del funcionario.

“¿Qué más?”, exigió, clavándole la mirada.

El dios tragó saliva.

“Señor, debido al reclutamiento forzado de criaturas y espíritus del bosque… ha habido disturbios. Algunos rehúsan trabajar. Otros han mostrado resistencia abierta. He venido a pedir su consejo sobre cómo proceder.”

El aire se volvió pesado. Una aura divina brotó de Kronos, expandiéndose como un rugido silencioso que hizo temblar no sólo las columnas del salón, sino toda la fortaleza.

Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro.

“¿Así que esos pequeños amantes de los árboles se atreven a resistirse? …Perfecto.”

El funcionario se estremeció. La voz de su rey no sonaba iracunda, sino burlona, lo que resultaba mucho más aterrador.

“Dime, pequeño subordinado…” continuó Kronos, inclinándose hacia adelante, “¿cómo crees tú que deberíamos lidiar con semejante insubordinación?”

El dios dudó. No quería provocar su furia, pero tampoco podía callar.

“Mi señor, si me lo permite… quizás lo más prudente sería retirar parte del personal que actualmente-“

¡CRASH!

La oz golpeó el suelo, abriendo grietas que se extendieron como relámpagos por las losas. El funcionario cayó de rodillas, temblando, mientras el eco del estruendo se apagaba lentamente.

Los ojos de Kronos ardían de furia. Retirar personal de la búsqueda de sus hijos era inaceptable. Nada, absolutamente nada, tenía mayor prioridad.

Porque en sus sueños, cada noche, revivía la misma visión: él, derrotado y mutilado por sus propios descendientes. Miembro por miembro, su cuerpo era destruido hasta desvanecerse en el abismo del Tártaro. Y en el centro de la pesadilla, la figura de su primogénito, Hades, con aquella mirada burlona que lo había marcado desde el día en que lo desgarró desde dentro.

Y desde el cielo, siempre la misma voz: la de su padre moribundo, Urano, retumbando en su memoria con amarga certeza:

“Así como ascendiste mediante mi caída… también serás derrocado. El que desafía a sus padres invita al mismo destino. Algún día tu hijo también te destruirá.”

Kronos cerró los ojos un instante, apretando los dientes. Esa profecía maldita era la espina que lo mantenía despierto, el veneno que corroía su mente. Jamás permitiría que se cumpliera.

La búsqueda de sus hijos era su obsesión. Todo lo demás, la ciudad, los templos, incluso los titanes menores… eran prescindibles. Si hacía falta someter al bosque entero, lo haría. Y si alguna criatura osaba negarse… siempre quedaba el Tártaro para quebrar su voluntad.

Kronos volvió a posar sus ojos sobre el consejero. Su mirada era tan pesada y sofocante que el pobre dios menor sintió cómo su espíritu era aplastado poco a poco. Era un recordatorio cruel: aunque ambos pertenecieran al linaje divino, entre ellos existía un abismo inconmensurable.

El poder de un rey titán y el de un simple burócrata eran tan diferentes como el firmamento y la tierra.

La voz de Kronos, grave y opresiva, resonó como un trueno en la vasta sala:

“Ve y difunde mi palabra. Desde este día, cualquiera que se atreva a desafiar mis órdenes será arrojado a los rincones más profundos y oscuros del Tártaro.”

El funcionario se inclinó hasta rozar el mármol con la frente. Aunque logró contenerse, en su interior un escalofrío le recorrió el cuerpo entero. Sabía lo que aquello significaba: el destino de todo aquel que osara rebelarse contra el titán no sería solo la muerte. No… la condena sería mucho peor.

El Tártaro no era un simple lugar, ni siquiera una prisión en el sentido mortal de la palabra. Era un ser primordial, hijo de la mismísima Gaia, una entidad cuyo cuerpo se había fusionado con el Inframundo hasta convertirse en un abismo viviente. Quienes eran enviados allí no solo quedaban atrapados en cadenas indestructibles: eran absorbidos en una oscuridad infinita, convertidos en meros ecos de dolor y sufrimiento eterno.

El dios menor, que conocía bien las historias y las leyendas, se estremeció. El Inframundo al que iban los dioses caídos era un simple tránsito, un lugar donde podían reconstruir su esencia y reformar sus cuerpos para volver algún día a la existencia.

Pero el Tártaro… el Tártaro era final, definitivo. Ni los dioses podían escapar de él. Y ahora, esa amenaza se cernía sobre cualquiera que cuestionara a su rey.

Kronos, satisfecho de no encontrar resistencia, asintió lentamente.

“Muy bien. ¿Eso era todo lo que tenías para mí? Si es así, márchate.”

El funcionario, temblando, apartó con torpeza los documentos oficiales y sacó un rollo diferente de entre sus manos.

“No, mi señor. También ha llegado un informe de los escuadrones de exploración”

Los ojos de Kronos se entrecerraron con un destello de emoción contenida. Su voz salió seca, casi con ansias:

“Habla.”

El dios tragó saliva y continuó:

“Señor, los exploradores del extremo sur del mar Egeo, bajo el mando de Aristeo, afirman haber presenciado un fenómeno extraño.”

Al escuchar que la información no mencionaba directamente a sus hijos, la decepción cruzó fugazmente el rostro del titán. Sin embargo, la curiosidad lo mantuvo expectante.

“¿Qué clase de fenómeno?” inquirió con voz profunda.

“A mediodía” explicó el consejero, revisando el rollo, “cuando el sol estaba en su punto más alto, se alzó un inmenso pilar de luz que se elevó hasta el cielo. Seguido de él, una explosión de energía divina sacudió el mar, generando tormentas y tsunamis que barrieron la zona.”

El ceño de Kronos se frunció. Sus dedos tamborilearon sobre la empuñadura de su hoz, cada golpe resonando como un eco metálico en el silencio. Intentó buscar en su memoria algo que explicara aquel cataclismo, pero nada parecía encajar.

“¿Descubrieron a los causantes?” preguntó con un hilo de impaciencia en la voz.

El funcionario negó con la cabeza.

“Me temo que no, mi señor. Nuestros exploradores nunca pudieron identificar quién o quiénes lo provocaron.”

Kronos inclinó levemente la cabeza, su voz transformándose en un murmullo grave que heló la sangre de su interlocutor:

“¿Y eso… por qué?”

El dios tragó saliva antes de responder:

“Porque cuando intentaron acercarse, fueron interceptados y bloqueados por las fuerzas armadas de… Océano.”

El suelo entero del salón tembló con violencia. La pesada corona de mármol del palacio retumbó como si la montaña misma hubiera gruñido. Kronos esbozó una sonrisa torcida, desagradable, que destilaba una furia contenida.

“Así que Océano…” dijo con un tono envenenado. “Ese viejo idiota. Pensé que tras proclamar su neutralidad dejaría de interferir en mis asuntos. Veo que me equivoqué.”

Su voz era calma, demasiado calma. Lo suficiente para helar los huesos.

“¿Algún escuadrón logró infiltrarse?” preguntó con fingida indiferencia.

“No, mi señor” respondió el consejero, bajando aún más la cabeza. “Todos fueron detenidos antes de acercarse, bajo la excusa de que estaban invadiendo el territorio del Reino Marino.”

Un suspiro pesado salió de los labios del titán, aunque en realidad era más parecido a un gruñido gutural. Kronos odiaba el Reino Marino. Lo consideraba una espina clavada en su costado, un recordatorio constante de que su poder no lo abarcaba todo.

El océano había estado siempre bajo el dominio de Océano, su hermano mayor. Y no solo contaba con el respaldo de su madre Gaia, sino también con el apoyo invisible pero fundamental de Ponto, el mar primordial. Gracias a eso, podía mantener un reino próspero y rival directo en poder con el suyo.

En otra época, Kronos habría hecho lo impensable para destruir esa amenaza interna. Pero ahora no podía. El mar era intocable. No porque dudara de su victoria, sino porque una guerra con Océano en ese momento sería un suicidio político y militar. Ambos bandos sangrarían hasta la debilidad, y Kronos no podía permitirse ese lujo cuando el verdadero enemigo estaba dentro de su propia sangre: sus hijos.

Apretó con fuerza la empuñadura de su hoz, al punto de hacer crujir la piedra bajo sus pies. Finalmente, exhaló.

“Por ahora… lo dejaré pasar” masculló entre dientes, aunque su mirada ardía con odio. “Pero que no se engañe ese viejo. Que no piense que me he olvidado de él. El mar y la tierra siempre han estado destinados a enfrentarse. Y cuando llegue el momento… le arrancaré hasta la última ola de su reino.”

El consejero permaneció en silencio, con la frente aún pegada al suelo. No se atrevía a mover un solo músculo.

“¿Algo más que quieras reportar?”

La voz de Kronos sonó grave, cargada de fastidio. Ya se estaba cansando de no escuchar lo que realmente deseaba: noticias sobre sus vástagos.

“Eh… bueno, señor…”

La siguiente hora se desvaneció en un desfile de informes. El funcionario relató el estado general de los distintos territorios bajo el control de los titanes: la escasez de recursos, los retrasos en las labores de reconstrucción, y la frágil estabilidad que pendía de un hilo en los dominios de Otris. También mencionó las dificultades para establecer rutas de comercio con otros panteones -pues Hades, en su incursión, había saqueado hasta la última moneda de la bóveda titánica-. Las propuestas para recuperar el tesoro perdido, Se habló de intercambios fallidos, También se discutió la necesidad de reforzar las defensas de Othrys ante futuros ataques.

Kronos, sin embargo, permanecía imperturbable. Sólo se limitaba a asentir con un leve movimiento de cabeza o a dictar órdenes cortas de vez en cuando. Para él, todo aquel circo administrativo era ruido lejano. En su mente lo único que realmente importaba era retomar el descanso que tanto se le negaba.

Había notado que, aunque su cuerpo permanecía fuerte como siempre, la falta de sueño comenzaba a cobrar factura. Su mente se hallaba agotada, fragmentada. A veces creía ver personas inexistentes caminando por su salón, sombras con rostros familiares que lo miraban y se desvanecían. Puede que fuera un dios, pero incluso los dioses necesitaban dormir para reponer su espíritu. Y él… él no había podido cerrar los ojos en paz durante meses.

Kronos se llevó una mano a la frente y la frotó con cansancio.

“¡Ya basta!” interrumpió bruscamente el informe.

El dios menor se sobresaltó.

“Dejémoslo hasta aquí por ahora. Continuaremos otro día. Ahora regresa y cumple lo que se te ordenó.”

“¡A sus órdenes, mi señor!” El funcionario se inclinó profundamente y salió sin atreverse a mirar atrás.

El salón volvió a quedar en silencio.

“Haaa~…” Kronos exhaló un suspiro pesado, hundiéndose aún más en su trono. Por un instante, permitió que la memoria lo arrastrara hacia atrás, hacia el origen de todo.

{Recuerdos de kronos}

Originalmente, cuando se rebeló contra su padre, había alegado justicia. Dijo que lo hacía para liberar a sus hermanos, prisioneros en el Tártaro. Pero en lo profundo de su corazón sabía la verdad: lo había hecho por sí mismo.

Desde su nacimiento, su ambición fue una llama insaciable. Mientras sus hermanos jugaban o soñaban con pequeñas aspiraciones, él siempre había mirado hacia lo más alto: el trono de su padre, Urano, el asiento celestial desde el cual se gobernaba toda la creación.

Fantaseaba con el día en que todos los pueblos lo adorarían, en que su nombre sería cantado por dioses y hombres, en que su rostro se alzaría sobre el mundo como la encarnación del poder absoluto.

Así, cuando su madre, Gaia, imploró ayuda para liberar a los hecatónquiros y a los cíclopes del encierro, ninguno de sus hermanos osó levantar la voz.

Todos temían a Urano.

Todos, excepto él.

Kronos vio en aquel ruego una oportunidad. Como hijo menor, nunca hubiera heredado el trono de su padre. Pero la súplica de su madre abría la puerta hacia su obsesión más profunda.

Sin vacilación tomó la hoz que ella le entregó, forjada con mineral oscuro extraído de las entrañas del Inframundo, un arma capaz de desgarrar incluso los cielos. Y con esa hoja cortó no sólo la carne de su padre, sino también su linaje, cegando a Urano de manera humillante.

Con Urano derrotado, Kronos se alzó como rey, Reclamando el trono que siempre había codiciado, finalmente el trono celestial fue suyo. Ese debía ser el inicio de su reinado eterno, la era dorada de su dominio.

Pero pronto comprendió que el destino no obedecía a nadie.

Cuando liberó a los hecatónquiros y a los cíclopes, esperaba gratitud. En cambio, encontró juicio y reproche. Lo llamaron impulsivo, violento, incapaz de gobernar con justicia. No lo vieron como un salvador, sino como un déspota en ciernes.

Lo juzgaron. Y en su paranoia kronos dejó de verlos como hermanos y comenzó a verlos como amenazas. Y así, con fría decisión, los encadenó nuevamente en el Tártaro, esta vez en una prisión diseñada por él mismo, con guardianes que suprimieran su poder. No los mató -sabía que Gaia jamás lo perdonaría-, pero esa acción quebró para siempre su vínculo con su madre. Gaia lo abandonó con una última mirada de decepción, y nunca volvió a dirigirle palabra.

Ese fue su primer gran error, aunque jamás lo admitiría. A sus ojos, un rey nunca se equivoca. Sus decisiones son ley, y su majestad es absoluta.

Más tarde, Océano también lo dejó, retirándose a fundar su propio dominio en el mar. Ese día, la gran hermandad titánica se fracturó, pero Kronos se convenció de que podía gobernar incluso si estuviera solo.

Pasaron los años, y su ambición no conoció límites. Extendió su imperio más allá de la en aquel entonces Grecia primitiva, conquistó territorios y subdimensiones, e incluso sometió parte del Tártaro bajo su dominio. Los cielos, la tierra y el inframundo estaban bajo su sombra.

Y en medio de esa gloria, halló compañía en la más hermosa de sus hermanas: Rea. Con ella compartió un tiempo de plenitud. Sus días eran victorias, sus noches eran pasión, y en cada horizonte veía confirmada su supremacía.

Todo cambió la noche en que Urano regresó.

Habia llegado la desastrosa profecía.

En medio de una tormenta, el rostro de su padre reapareció en los cielos. Kronos creyó que había venido por venganza, pero no. Urano no buscaba guerra, sino advertirle:

“Kronos, hijo desleal… así como tú me derrocaste, también serás derrocado. Algún día, un hijo tuyo se alzará contra ti, y tu destino será el mío.”

Esas palabras calaron como un hierro candente en el corazón del titán. Desde entonces, cada día de su vida estuvo marcado por la sombra de esa profecía.

Cuando nació su primogénito, Hades, Kronos no vio en él a un hijo, sino al presagio del destino. Y en un acto desesperado, lo devoró, encerrándolo en una dimensión estomacal de oscuridad eterna, no derramó su sangre, pero lo condenó a la existencia en la eterna oscuridad.

Lo mismo hizo con Hestia, Deméter, Hera, Poseidón y Zeus, uno por uno fueron engullidos, mientras Rea lloraba impotente.

Kronos siempre se justificó: “Es temporal. Cuando identifique al hijo del destino, liberaré a los demás.” en su mente, no los mataba: los mantenía a salvo hasta poder discernir cuál de ellos era el verdadero hijo del destino.

Pero ese acto quebró a su esposa, Rea, la que lo había amado, terminó abandonándolo, llevándose consigo el brillo de sus días, lo abandonó, incapaz de seguir mirando al monstruo en que se había convertido.

Aun así, Kronos no se arrepintió. No podía arrepentirse. Un rey no se equivoca, un rey jamás duda, y por sobre todo un Rey nunca baja la cabeza ni se arrepiente.

Durante años, Kronos creyó haber burlado al destino. Reinaba sin oposición, y el pueblo lo veneraba con ofrendas, cantos, y multitudes celebrando su reinado, estaba en la cumbre de su gloria.

Pero en medio del festival que celebraba la victoria sobre Urano, todo se derrumbó.

En pleno trono, rodeado de ofrendas, su estómago explotó en agonía un dolor indescriptible, como fuego solar devorándolo desde dentro de su estómago lo desgarró ni siquiera su divinidad pudo mitigar aquel tormento. Y de la herida surgió aquello que temía: sus hijos.

Entre ellos, lo vio. Hades.

No como un niño indefenso, sino como un dios hecho y derecho, valiente, temerario con esa sonrisa burlona que tanto odiaba, desafiando su autoridad sin miedo, y el mismo brillo desafiante que él había tenido al alzarse contra su padre.

Ese día supo la verdad. Hades era el hijo del destino. El profetizado. El que traería su ruina.

Y entonces ocurrió lo imposible: un meteoro descendió del cielo, una sombra descomunal que amenazaba con sepultar su mundo.

Kronos comprendió que ese fenómeno estaba ligado a su hijo. Tal poder… tal osadía… sólo podía significar que Hades era el hijo que buscaba.

Desde ese día, Kronos dedicó cada gramo de su fuerza, cada recurso, cada pensamiento, a un único propósito: hallar a sus descendientes. Y matar a Hades.

No importaba si el resto de sus hijos escapaban, no le importaba si los bosques ardían y los mares se secaban, no importaba si el mundo lo odiaba.

Porque si lograba arrancar de raíz al hijo destinado a derrocarlo, vencería al destino mismo.

Romperá las cadenas del destino y demostrará que incluso la profecía de los cielos puede ser derrotada.

Kronos recostó la cabeza en el respaldo de su trono. Sus párpados pesaban, sus pensamientos giraban entre recuerdos y obsesiones.

“Debo… vencer al destino…” murmuró entre dientes.

Y cerró los ojos, intentando una vez más alcanzar el sueño que lo eludía.

{Monte Ida}

{Monte Ida}

En una de las muchas cavernas ocultas en la cumbre del monte Ida se encontraban dos figuras, envueltas en la penumbra que ofrecían las rocas húmedas y el eco constante del viento.

La primera era una mujer de porte majestuoso, cuyos ojos reflejaban tanto firmeza como incertidumbre: Rea, la reina de los dioses griegos.

Frente a ella estaba un joven de cabellos rojos como brasas, cuya presencia parecía irradiar calma y sabiduría: el titán Prometeo, el profeta visionario.

“¿Está todo listo?” preguntó Rea, con un dejo de inquietud en la voz, incapaz de ocultar la tensión que oprimía su pecho.

“Sí. El barco partirá al atardecer” respondió Prometeo con seguridad. “Tomaremos la ruta más discreta; nadie notará su presencia durante nuestro viaje hasta que ya sea demasiado tarde.”

Rea, sin embargo, no parecía del todo convencida. Su semblante mostraba un conflicto interno, como si una parte de ella luchara contra su propia decisión.

“Todavía no estoy segura” confesó en voz baja. “Quizá no debí enviarlos con su tío tan prematuramente. Aún son muy jóvenes…”

Aquella duda no era nueva. Desde el momento en que había tomado la resolución, la reina no había dejado de reprochársela en silencio. Sabía que el viaje al reino marino podía brindarles a sus hijos la oportunidad de crecer y fortalecerse, pero la madre en su interior no podía acallar la preocupación por la seguridad de los pequeños.

No es que desconfiara de su hermano Océano, ni mucho menos de Tetis, cuya promesa de proteger a los niños había sido clara e inquebrantable. Sin embargo, el mar era un territorio insondable, lleno de misterios y peligros incluso para los propios dioses. Adentrarse en él sin el favor de sus corrientes o sin un vasto conocimiento sobre sus secretos equivalía casi a buscar una muerte segura.

Prometeo, viendo la zozobra en el rostro de su tía, dejó escapar una sonrisa serena, como quien sabe más de lo que aparenta.

“No tema, mi reina” dijo con tono tranquilizador. “Aunque su decisión pueda parecer apresurada, en verdad es lo contrario. Este viaje puede convertirse en la oportunidad que sus hijos necesitan para crecer, endurecer sus espíritus y encontrar aliados.”

Su voz se tornó más solemne, casi profética:

“Después de todo, tiempos de conflicto se alzan en el horizonte. Los hijos destinados a guiar la nueva era tendrán que atravesar pruebas y sacrificios. Cada gramo de poder, cada vínculo y cada lección será necesario para lo que está por venir.”

Las palabras del titán encendieron una chispa en los ojos de Rea. La melancolía se transformó en determinación. Tenía razón: lamentarse no tenía sentido. Debía confiar en sus hijos, en su fuerza y en su destino.

No obstante, un silencio pesado cayó entre ambos. La diosa fijó la vista en la oscuridad de la caverna, como si buscara una respuesta en la nada, antes de volver a hablar:

“Dime, Prometeo…” su voz sonaba reflexiva, cargada de duda. “¿Crees que hago lo correcto? ¿Que no es un error mandar a mis hijos a una guerra sin siquiera considerar sus opiniones??

Era la confesión de sus miedos más íntimos. Al principio, había creído sin dudar en el plan de su madre, convencida de que era la única forma de que sus hijos conocieran la libertad y escaparan de la tiranía de Kronos. Pero conforme pasaba el tiempo, las preguntas se agolpaban en su mente: ¿no los estaba usando como piezas de un tablero? ¿No les estaba negando la infancia que les correspondía?

Porque más allá de ser reina, Rea era madre.

Una madre que no quería ver a sus hijos heridos, ni arrojados al abismo de una guerra interminable.

Una madre que, aunque había dejado de amar a Kronos, tampoco le deseaba la destrucción. En lo más profundo de su ser, aún anhelaba lo imposible: una familia unida, sin luchas, sin odios, sin devorarse entre sí por el poder. Un sueño tan hermoso como inalcanzable.

Prometeo se quedó en silencio. Por un momento, no supo cómo responder. Él, que había visto fragmentos del porvenir y entendía mejor que nadie el peso del destino, tampoco podía llamarse experto en los lazos familiares. Más allá del afecto que sentía por su madre Climene o por su hermano Epimeteo, nunca había desarrollado un vínculo cálido con el resto de su extensa familia.

Su trato con la mayoría de titanes y Dioses era más bien una constante lucha de competencia y jerarquía.

Y en cuanto a los hijos de Rea… poco podía decir. Aunque sabía que, en el curso original del destino, ellos se rebelarían contra Kronos, lo harían tanto por interés propio como por el resentimiento que hervía en sus corazones. Pero ahora, en este presente alterado, eran distintos. Casi irreconocibles.

Hera, por ejemplo. Seguía siendo astuta, calculadora y capaz de odiar con intensidad. Pero ya no se dejaba arrastrar tan fácilmente por los celos o la inseguridad.

Esta Hera parecía más calmada, más reflexiva, menos guiada por el orgullo. Una mujer distinta, sin el complejo enamoramiento hacia Zeus ni las intrigas que en otro tiempo definieron su carácter.

Poseidón tampoco era igual al que Prometeo recordaba. El dios del mar que él conocía vivía alimentado por su ego y su complejo de superioridad, siempre al borde de caer en su propia arrogancia.

El Poseidón que ahora veía, en cambio, era frío, maduro y protector con sus hermanos. Y, paradójicamente, a pesar de ser uno de los más involucrados en la inminente guerra, parecía afrontar todo con una calma desconcertante.

Demeter era posiblemente la que más lo había dejado desconcertado.

Prometeo no podía evitar preguntarse donde había quedado aquella mujer de carácter fuerte y agresivo.

Porque la mujer que el había imaginado conocer era todo lo contrario.

Demeter era posiblemente la mujer más encantadora que había visto alguna vez, era amable, cariñosa y por sobre todo extremadamente sensible.

Mas que una feroz diosa de la naturaleza, parecía ser más una niña florida y alegre, la cual parecía estar más dispuesta a escapar de de Grecia antes de verse involucrada en cualquier tipo de conflicto.

prometeo incluso podría decir que su estado mental es algo cobarde y a la vez infantil, siempre buscando la protección de sus hermanos.

Prometeo no pudo evitar negar con la cabeza, puesto que se suponía que Demeter era quién en el futuro remplazaría a Gaia como la santa patrona de la tierra y la naturaleza, y sinceramente no ve a aquella mujer con lo necesario para dicho cargo.

Y luego está Hestia…bueno si Prometeo tuviera que usar una palabra para definirla sería, totalmente caótica.

Hestia no se parecía a aquella mujer amable que se preocupaba por su familia ante todo.

De echo era todo lo contrario, Hestia era el tipo de persona que hacía las cosas que quería cuando lo quería, y no se preocupaba por las opiniones ajenas.

Hestia podía llegar a ser bastante impredecible.

Podia llegar a ser muy caótica y destructiva, como la vez en que se ensañó con un espíritu de roca de la montaña en Creta, intentó abrir el caparazón de roca porque quería saber cómo funcionaba su cuerpo, el pobre espíritu tuvo que correr por toda la isla siendo perseguido por Hestia hasta los pies de Rea para detenerla, y aún así le dejo al pobre espíritu un trauma por la horrible experiencia.

Pero a la vez también puede ser una diosa bastante vaga e impasible, como en todas aquellas ocasiones en las que pasaba sus días haciendo prácticamente nada, únicamente recostada en la playa, durmiendo o jugando con aquellos aparatos extraños suyos.

Realmente Prometeo no podía evitar preguntarse que le sucedió dentro del estómago de kronos para que Hestia terminará así.

Ha, y ablando del diablo, el mayor de los hermanos, Hades, su mayor dolor de cabeza personal.

Era el que más descolocaba al profeta, ya que no solo era prácticamente inmune a su lectura del destino, sino que también le era imposible leer a Hades, para prometeo el era una completa anomalía imprevisible.

A diferencia de sus hermanos el no tenía una comportamiento fijo con el cuál pudiera predecirlo.

Hades era bastante cambiante, en un momento puede estar practicando tiró al arco en el bosque y al siguiente puede estar escalando una montaña o inventando algo extraño, y todo eso lo hace sin seguir un patrón.

Y su actitud, ha veces incluso el propio prometeo el cual se puede considerar uno de los dioses más amables y tolerantes no podía aguantarlo.

Ha veces actuaba infantil, ha veces serio y rara vez actuando responsable, pero algo era seguro, cuanto Hades actuaba todo el mundo lo sabía, ya fue por ser espectadores de lo llamativas de sus acciones o por ser víctimas de lo destructivas que pueden llegar a ser.

Prometeo suspiró en silencio. Cuanto más los observaba, más claro le quedaba que aquellos jóvenes eran personas distintas a las que había vislumbrado en sus profecías. Y esa incertidumbre, aunque inquietante, también era lo que lo fascinaba.

Prometeo no respondió de inmediato. Guardó silencio, sopesando sus palabras con la prudencia de quien conoce el peso de cada frase. El titán miró a la reina con una mezcla de respeto y cautela; aunque había visto fragmentos del destino, incluso él entendía que aconsejar a una madre sobre sus propios hijos era un terreno delicado.

Finalmente habló, con voz pausada, midiendo cada palabra como si fuesen piedras preciosas:

” No lo sé, mi reina ” -admitió con sinceridad, bajando un poco la mirada-. ” Pero tenga en cuenta que sus hijos no son niños indefensos. Algún día deberán crecer y luchar sus propias batallas, aquellas que no podrán evitar. Y creo que, como madre, incluso si no puede hacer mucho por ellos, lo menos que puede hacer es apoyarlos cuando llegue ese momento. “

Rea lo observó, al principio atónita, como si aquellas palabras hubiesen atravesado de golpe sus miedos más profundos. Pasaron unos segundos de silencio en los que la diosa parecía debatirse entre la duda y la esperanza. Luego, poco a poco, sus facciones se suavizaron.

” Muchas gracias por tu opinión, Prometeo ” dijo al fin, dejando escapar un suspiro que parecía liberar un peso de su pecho. ” Tus sabias palabras son una guía, como siempre. “

El titán inclinó la cabeza en un gesto de respeto, aunque no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa. Había logrado lo que deseaba: sembrar valor en el corazón de la madre de los futuros olímpicos.

Rea, recuperando la compostura, se levantó con renovada determinación. Su porte volvió a ser el de la gran reina que era, imponente y serena. Caminó hacia la salida de la cueva y, con un gesto decidido, anunció:

” No perdamos más tiempo. Es momento de volver a Otris. “

” Sí, mi señora ” -respondió Prometeo con una leve reverencia. Su sonrisa, aunque discreta, reflejaba un extraño orgullo.

Ambos comenzaron a caminar, dejando atrás el eco de la caverna. Afuera, el mar esperaba, y en la distancia ya se divisaba el barco que los conduciría de regreso. Prometeo avanzó detrás de la diosa, observando cómo el paso firme de Rea parecía resonar con más confianza que antes. El titán comprendió entonces que, a veces, un consejo sencillo podía ser más poderoso que cualquier profecía.

{Al día siguiente.}

{Ciudadela marina Thalassia.}

En las profundidades de la ciudad sumergida, más allá de los pasillos ornamentados y de los templos que brillaban bajo la luz filtrada del mar, se hallaba una recámara oculta al ojo público.

En su centro se alzaba un gigantesco pozo, pero no estaba colmado de agua, sino de pura energía mágica. El flujo resplandecía como ríos de fuego blanco, girando y palpitando como si tuviera vida propia. A cada pulso, oleadas de poder se extendían, filtrándose hacia la superficie y alimentando con su esencia a toda la ciudadela marina.

Al borde de la cámara, envuelta en penumbra, se distinguía una figura cubierta por un manto negro. Permanecía inmóvil, observando con fascinación el espectáculo arcano.

{Hades.}

“Así que aquí es donde se origina el flujo de energía mágica…”

murmuró, retirando la capucha de su capa de invisibilidad para contemplar mejor. Sus ojos brillaban con curiosidad al ver cómo las corrientes etéreas se dispersaban en el aire, formando patrones imposibles antes de fundirse en la nada.

Hades sabía que no se suponía que estuviera allí. O, más bien, que era imposible que alguien como él hubiera podido llegar a un lugar tan sagrado y vigilado. Pero las prohibiciones nunca habían sido obstáculo suficiente para su ingenio.

Desde el momento en que miro esas extrañas líneas de energía mágica provenientes de las profundidades de la ciudad submarina, supo que existía una alta posibilidad de que hubiera una línea ley bajo Thalassia.

Y Hades siempre con un espíritu aventurero se prometió encontrarla. Y, como siempre, la promesa se cumplió.

El recuerdo de la velada anterior le arrancó una ligera carcajada. Primero, su “inaugural” espectáculo de danza en el salón real, donde apareció disfrazado de sultán, rodeado de instrumentos flotantes y muñecos bailarines. Luego, el giro teatral con el que deshizo todo con un movimiento de su mano, revelándose vestido con atuendo formal ante la atónita corte. Las miradas de desconcierto, entre ofendidas y divertidas, habían valido la pena.(Además de sus esperados cupones plateados)

Porque, sí, Hades podía ser excéntrico, caótico y hasta ridículo a los ojos de algunos, pero cuando quería, también sabía ser elegante.

Tras su número, llegó el inevitable discurso solemne de Océano. Palabras sobre lazos, cooperación y un futuro compartido.

Hades recordaba… ¿el 70%? Quizá menos.

Lo esencial era claro: él y sus hermanos debían aprender a controlar sus dones divinos, además de estrechar alianzas con los hijos del titán. Y, aunque no se dijo de manera explícita, a Hades le quedó claro que su tío esperaba que él y Poseidón se acercaran a ciertas de sus hijas.

La prueba fue inmediata: al concluir, varias ninfas fueron llamadas para acompañarlos en un recorrido por el palacio. Entre ellas, la destacada Anfítrite, quien enseguida se unió a Poseidón, y una tal Amaltea, que eligió seguir a Hades.

El nombre lo desconcertó. Amaltea… él recordaba que así se llamaba la cabra mágica que había amamantado a Zeus en Creta. Pero pronto descubrió que no era casualidad: aquella ninfa era la auténtica dueña del animal.

El día cerró con una fiesta de bienvenida al estilo griego, es decir, con una orgía comunal donde participaron casi todos los descendientes de Océano. Una versión más discreta que las que Hades había visto en Creta… pero igual de poco atractiva para él. Sin interés alguno en tales “diversiones”, decidió retirarse junto a sus hermanas hacia las habitaciones asignadas.

Allí, tras despedirse, se encerró en su cuarto decorado con ostentosa elegancia. Y, en lugar de dormir, se cambió de inmediato a ropas más oscuras.

Sacó entonces dos objetos de su inventario.

El primero: la capa de invisibilidad, una de las cuatro reliquias de la muerte, que envolvió su cuerpo como un manto de sombras.

El segundo: su más reciente adquisición del sistema, un artefacto de otro mundo, cuyo origen apenas recordaba vagamente de una antigua serie animada. El Shen Gong Wu conocido como la Cola de Serpiente.

Era un bastón con la forma de una cola reptil verde adornada con pequeñas aletas amarillas, semejante a las de un pez. Su descripción era clara:

[Nombre: Cola de Serpiente.]

{Artefacto tipo – Shen Gong Wu.}

{Habilidad: Intangibilidad. Permite al usuario atravesar cualquier materia sólida o flujo de energía, volviéndose intangible junto con todo lo que toque.}

{Debilidades: No protege contra ataques espirituales, mentales, de chi, magia o ilusiones. Puede ser anulado por otros Shen Gong Wu con habilidades de atracción o supresión.}

La primera vez que lo probó casi se había matado. Al volverse intangible estando de pie en el suelo, cayó como si la tierra lo tragara, hundiéndose varios metros antes de reaccionar y desactivar el artefacto. Con un escalofrío, aún recordaba la sensación de atravesar la roca. De no haberlo detenido, probablemente habría seguido cayendo hasta el núcleo del planeta.

Desde entonces, aprendió a usarlo solo tras impulsarse en el aire.

Esa noche, con más experiencia y motivación, decidió emplearlo para llegar hasta el corazón energético de Thalassia: el punto de convergencia de la línea ley que se extendía desde el abismo oceánico.

Cubierto por su capa de invisibilidad, salió en silencio de sus aposentos, rastreó los lugares donde la energía era más densa y, al hallar el punto exacto, activó la Cola de Serpiente.

De inmediato, su cuerpo atravesó los muros y suelos de la ciudad, descendiendo sin resistencia. Bajó más y más, hasta alcanzar la cámara oculta que ahora contemplaba fascinado: un santuario sellado, donde los velos de magia pura danzaban como auroras en el corazón del océano.

” Así que aquí es donde diverge todo… “, murmuró, con una sonrisa de satisfacción, mientras el brillo blanco se reflejaba en sus ojos.

Hades estaba emocionado. La densidad de la magia en el aire era tan alta que podía sentir, casi físicamente, cómo sus reservas de maná se volvían inestables, agitándose como un mar en plena tormenta.

Se rascó la barbilla, murmurando en voz baja:

“Esto es… ¿una especie de impulso mágico, quizás?… Mi núcleo divino está más activo solo por estar cerca de esta fuente… incluso mis células parecen reaccionar de la misma manera, llenándose de energía.”

Más de treinta millones de células vibraban con furia contenida, mientras su corazón de titán bombeaba con una fuerza descomunal, como si intentara competir con el rugido de la línea ley. No solo su producción de energía mágica había aumentado, sino que sus atributos físicos parecían haber recibido un empuje general.

El incremento no era abismal, quizá un 10%, pero con unas reservas tan vastas como las suyas, aquel cambio resultaba enorme. De no ser por la capa de invisibilidad y la supresión deliberada de su poder, toda la ciudad lo habría sentido.

Con un leve cosquilleo recorriéndole el cuerpo, notó además que la calidad de su poder divino había dado un salto ínfimo, casi imperceptible. Sin embargo, gracias al chakra de Asura que lo había vuelto un sensor nato, Hades podía discernir esas sutilezas como si fueran un relámpago en la oscuridad.

Movido por la curiosidad, abrió su estado:

[Estado]

{Nombre: Hades}

{Raza: Dios griego / Aithyropoioi – Titán Primigenio / Colossus Sapien Arcana}

{Títulos: Dios del Inframundo – Dios del Agua – Titán}

{Nivel de Potencia: 57.401 + 6.889 → 64.290 [Aumento Temporal]}

{STR: 2.692 → 2.900}

{DES: 2.014 → 2.239}

{VIT: 9.014 → 9.400}

{MAG: 53.960 → 60.435}

{CHA: 45}

{KRA: 140.150 → 142.150}

Puntos disponibles: 103

“Interesante…” susurró, y por un instante se permitió imaginar lo que sucedería si se vinculaba directamente con la línea ley y absorbía su caudal de magia. ¿Qué tan fuerte podría llegar a ser entonces?

La idea lo sedujo, pero pronto la desechó con un suspiro. No era el motivo principal por el que había llegado hasta allí, y además, corría el riesgo de que su tío Océano lo descubriera. Y eso sería un problema, sobre todo siendo invitado en su dominio.

Aun así, no pensaba irse con las manos vacías.

“Bueno, ya que estoy aquí, no puedo desaprovechar la oportunidad.”

Con una sonrisa traviesa abrió su inventario. Veinte gemas de un azul pálido y transparente como el vidrio flotaron en el aire, detenidas antes de tocar el suelo por el tenue resplandor verde de su telequinesis. Con un gesto, las condujo hasta el estanque iridiscente que emanaba de la línea ley.

Su dedo comenzó a brillar con energía mágica, trazando glifos en el aire. Estos se enlazaron en torno a las gemas como una matriz protectora, y de inmediato parte del caudal de magia cambió de curso, fluyendo hacia los cristales.

No eran simples piedras. Eran cristales mágicos, trece de rango alto y siete de rango medio, obtenidos gracias a la azarosa suerte de su gacha. Aunque originalmente vacíos, conservaban la capacidad de atraer y almacenar la energía del ambiente, un proceso lento que, en circunstancias normales, podía tardar semanas.

Pero Hades no era alguien paciente.

Él mismo había improvisado una matriz de glifos que aceleraba el proceso, multiplicando por cien la velocidad de absorción. Y ahora, viendo el resplandor que envolvía a los cristales, no pudo contener una risa.

“¡Genial, está funcionando!”

Horas pasaron en un parpadeo. Retiró primero los cristales de rango medio, brillantes y rebosantes de energía. Los evaluó con calma.

“Hmm, nada mal… son al menos una fracción de mis reservas.”

Aunque lo decía con humildad, en realidad aquella energía era equivalente a varios ninjutsus de rango A, e incluso algunos de rango S. Suficiente para que cualquier mago de renombre quedara exhausto.

Después de seis horas, finalmente los cristales de alto rango brillaban como pequeños soles azules. Cuando tomó uno en la mano, sus ojos se abrieron de par en par. Aquella esfera del tamaño de un balón almacenaba entre el 30% y 40% de su vasto maná, y lo más sorprendente: la calidad del poder era casi idéntica a la energía cruda de la línea ley.

“Esto… esto es increíble.”

Una sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro, aunque se borró pronto. No tenía más artefactos de esa calidad, y los cientos de cristales de bajo rango en su inventario no servían para mucho.

“Una lástima… debería conseguir más. Pero el gacha es tan caprichoso como un dios ebrio.”

Dio media vuelta dispuesto a retirarse, cuando una idea insólita lo detuvo.

De su inventario sacó una piedra roja, brillante como sangre fresca. La alzó frente a su rostro y murmuró con intriga:

“¿Y si…?”

Era una de las miles de piedras de maná obtenidas en el saqueo a la bóveda de los titanes. No eran lo mismo que los cristales mágicos, pero… ¿y si también podían almacenar energía?

“No pierdo nada con intentarlo.”

La piedra flotó en dirección al caudal de energía, envuelta en glifos. Poco a poco, empezó a absorber magia, brillando como una luciérnaga roja. Diez minutos después, el fulgor alcanzó un punto crítico.

Hades la atrajo hacia su mano, pero apenas la sostuvo, escuchó un crujido siniestro.

Crack… Crack… Crack…

Grietas rojas se extendieron por su superficie. Una oleada de calor abrasador le hizo erizar la piel. Con reflejos rápidos, lanzó la piedra hacia arriba y se cubrió en el pasillo.

La explosión sacudió la recámara como un terremoto. Pilares se derrumbaron, paredes se agrietaron y un torrente de calor llenó las profundidades.

“Rayos, rayos, rayos… no era lo que tenía en mente. Será mejor largarme de aquí.”

Hades pudo sentir como una presencia poderosa y familiar se aproximaba a su ubicación a una velocidad vertiginosa… Y su Aura ardía con intensidad.

Hades sacó la Cola de Serpiente de su inventario, activando su intangibilidad. Con un salto poderoso atravesó el techo dejando detrás de sí un cráter en el suelo, escapando de la cámara justo a tiempo.

Momentos después, un remolino de agua se materializó en la entrada. De él emergió la imponente figura de Océano, tridente en mano y barba blanca ondeando como espuma furiosa.

“¡¿Quién osa invadir este lugar sagrado?!”

Liberó su poder divino en un rugido que habría aplastado a cualquiera. Pero al entrar, no encontró nada más que ruinas: paredes carbonizadas, un pasillo derrumbado y un enorme cráter en el suelo.

Frunció el ceño, acariciándose la barba.

“…¿Qué demonios pasó aquí?”

Buscó rastros, señales de un intruso, pero no halló nada. Con un gruñido de frustración, abandonó el lugar, dispuesto a ordenar reparaciones… sin sospechar que el culpable se alejaba sigilosamente, oculto bajo su capa.

.

.

.

.

Mientras tanto, en otro lugar.

En algún rincón oculto y sombrío de la vasta ciudad submarina de Thalassia, una figura oscura emergió de la nada. Como una sombra viva, atravesó la superficie del suelo sólido y salió disparada hacia el aire con la misma velocidad que un proyectil. La figura no era otra que Hades, cuyo cuerpo parecía moverse como un espectro entre realidades.

Después de varios saltos casi imperceptibles, el dios llegó finalmente a un estrecho callejón, apartado en medio de una de las zonas menos concurridas de la ciudad. El lugar estaba flanqueado por muros cubiertos de algas y corales muertos, como si incluso el mar hubiese decidido olvidar aquella parte de Thalassia.

Antes de que su cuerpo pudiera tocar el suelo con violencia, Hades formó un sello con una de sus manos. Al instante, bajo sus pies comenzó a condensarse una burbuja de aire comprimido, creada a partir de su chakra. Esta esfera actuó como un colchón, suavizando su caída y permitiéndole posarse con la gracia silenciosa de un depredador nocturno.

“Eso estuvo demasiado cerca…” murmuró para sí mismo, dejando escapar un hilo de aire mientras sus ojos brillaban con un destello metálico bajo la penumbra. “Quizás no debería tentar tanto a mi suerte la próxima vez”

Su tono reflejaba una mezcla peligrosa entre cautela y diversión. Sabía perfectamente que hacía apenas unos instantes había estado a punto de ser encontrado por Océano, uno de los titanes marinos más antiguos y poderosos. De haber ocurrido, habría significado un desastre no solo para su misión, sino para él mismo. Y, sin embargo, en lugar de sentirse perturbado, una risa baja y contenida escapó de sus labios.

Hades disfrutaba del filo entre la vida y la muerte. Esa sensación punzante y casi enfermiza de estar al borde del descubrimiento, de sentir la amenaza respirándole en la nuca y aún así escapar intacto… era como una droga para él. Cuanto más se exponía al peligro, más viva ardía su esencia.

Negó con la cabeza, apartando aquel pensamiento, y bajó la mirada hacia lo que aún sostenía en su mano: la Cola de Serpiente, aquel enigmático artefacto de origen desconocido conocido como Shen Gong Wu. El brillo oscuro que emanaba de él parecía pulsar al ritmo de un corazón dormido.

Con esta experiencia reciente, Hades no pudo sino reconocer lo útil que era aquella reliquia. El Shen Gong Wu no solo le había permitido descender hasta un lugar que, bajo circunstancias normales, habría sido casi imposible de alcanzar sin levantar sospechas. También le había otorgado la capacidad de retirarse de allí con la misma facilidad, como si el mundo mismo hubiera dejado de oponerle resistencia.

“Debo admitirlo” susurró con un deje de arrogancia mientras hacía girar lentamente la cola entre sus dedos. “Esta sensación de invencibilidad… es adictiva”

Su mente viajó de inmediato a los recuerdos de cierto anime de otro mundo, donde un hombre conocido como Uchiha Obito utilizaba una habilidad llamada Kamui para volverse intangible. Comprendió en ese instante con claridad por qué aquel personaje solía mostrarse tan arrogante al usarla: la idea de que nada ni nadie pudiera hacerte daño, sin importar lo que intentaran, resultaba demasiado tentadora, casi embriagadora.

Sin embargo, Hades era demasiado perspicaz para dejarse engañar por esa ilusión. La realidad era muy distinta.

“Pero no deja de ser un arma con límites” admitió en voz baja, apretando con más fuerza el artefacto.

A diferencia del Kamui, la intangibilidad que le otorgaba la Cola de Serpiente tenía claras restricciones. Su cuerpo podía desvanecerse ante ataques físicos, sí, pero eso no significaba que fuera invulnerable. Magia, energía espiritual, ataques que dañaban directamente el alma o incluso aquellas fuerzas conceptuales que alteraban la misma existencia podían atravesar su defensa como si nada.

En un mundo como aquel, plagado de seres sobrenaturales que respiraban magia como si fuera aire, la utilidad de su tesoro no era más que relativa. Podía salvarle la vida en enfrentamientos directos contra enemigos físicos, pero frente a los titanes, los dioses y las criaturas más antiguas del mundo, sería apenas un respiro momentáneo.

“Aun así…” dijo con una sonrisa torcida, guardando el Shen Gong Wu bajo su manto oscuro. “Es suficiente por ahora. Mientras pueda hacerles creer a otros que soy intocable, la ilusión se volverá tan poderosa como la verdad.”

El eco de sus palabras se mezcló con el rumor lejano de las corrientes marinas que atravesaban las entrañas de la ciudad. Y allí, oculto entre las sombras húmedas del callejón, Hades el cual volvió a cubrirse con su capa desapareció nuevamente como si nunca hubiese estado allí, dejando tras de sí el pesado aire del callejón con un leve olor a sal Marina y humedad.

.

.

.

.

Al día siguiente.

Ring… ring… ring…

Un molesto zumbido resonó en la habitación.

“Hmm…” Hades abrió lentamente los ojos, entornándolos con pesadez. Su mirada buscó a tientas la mesita junto a la cama, hasta dar con un pequeño reloj metálico de engranajes brillantes que vibraba con insistencia.

El dios lo apagó con un simple toque y se quedó unos segundos contemplando el techo húmedo de la habitación. Luego, se incorporó con desgana, estirando los brazos y la espalda con un bostezo áspero.

La hora lo hizo fruncir el ceño: 6:00 AM.

“Bueno… fueron unas buenas dos horas de sueño.” -murmuró, resignado, antes de levantarse y caminar hacia la bañera de piedra tallada que le habían proporcionado.

El agua, fresca y revitalizante, recorrió su cuerpo disipando poco a poco la tensión acumulada. Tras el baño, se vistió con calma, ajustándose cada prenda como si se tratara de una pequeña ceremonia personal. Finalmente, se sentó en una mesa ubicada en la esquina de la habitación, apoyando un codo sobre el borde y hundiéndose en sus pensamientos.

Lo ocurrido horas atrás le regresaba una y otra vez a la mente. Sí, había sido imprudente, tal vez demasiado. Pero lo que realmente lo inquietaba no era su osadía, sino algo mucho más específico: el comportamiento del cristal.

“Sistema, podrías decirme por qué el cristal explotó? Al principio vi cómo la piedra de maná absorbía la energía mágica… pero luego simplemente estalló de golpe.”

[En seguida, anfitrión.]

Una pausa breve, como si el propio sistema respirara. Luego, apareció la respuesta:

[…Respondiendo a su pregunta, anfitrión: lo más probable es que haya confundido una piedra de maná con un cristal mágico.]

Hades entrecerró los ojos, confundido.

“¿No se supone que son lo mismo?”

Esa idea era la que había tenido hasta ahora. Al analizar varias piedras de maná que había obtenido de la bóveda de Kronos, descubrió que eran capaces de absorber energía mágica ambiental en pequeñas cantidades. Además, por sus estudios minuciosos, había concluido que los cristales mágicos estaban compuestos de un mineral muy similar. Para él, ambas cosas parecían apenas dos formas de un mismo objeto.

El sistema, como si hubiera anticipado sus dudas, desplegó nuevas ventanas frente a sus ojos.

Una pantalla azul translúcida se materializó en el aire, mucho más pequeña que la principal. Eso sorprendió a Hades: el sistema jamás había manifestado interfaces de ese tipo.

Sobre la superficie luminosa comenzaron a dibujarse líneas, figuras esquemáticas que tomaban forma hasta mostrar dos estructuras distintas. La primera representaba un cristal mágico, con sus facetas pulidas y brillantes. La segunda, una simple piedra de maná, aún burda e irregular. Cada figura tenía su etiqueta correspondiente sobre la parte superior.

[Las piedras de maná y los cristales mágicos son similares, sí, pero no son lo mismo.]

Datos comenzaron a desplegarse junto a cada figura, flotando como anotaciones de un estudio técnico.

[Los cristales mágicos son un derivado procesado: un cristal alquímico refinado a partir de piedras de maná. Su mundo de origen los utiliza principalmente como baterías de energía mágica, fuente indispensable para alimentar maquinaria industrial o abastecer zonas poblacionales enteras. En aquel lugar, los cristales son el corazón que sostiene a ciudades completas.]

Hades observaba en silencio, fascinado por aquella explicación que se iba volviendo cada vez más compleja.

[Cada piedra de maná debe pasar por procesos artesanales e industriales antes de convertirse en un cristal mágico plenamente funcional.]

[Existen diferentes categorías, que se clasifican según su capacidad y pureza. Las principales son:]

-La pantalla se reconfiguró, mostrando diagramas y ejemplos detallados-

[Cristal de grado bajo: puede almacenar suficiente energía mágica para suplir el consumo básico de una vivienda promedio, son abundantes y fáciles de producir. ]

[Cristal de grado intermedio: posee una capacidad de almacenamiento veinte veces mayor que los cristales comunes. Se fabrican a partir de docenas de piedras pequeñas y cumplen múltiples funciones: alimentar edificios residenciales de lujo, servir de energía para armamento o vehículos pesados, mantener torres de comunicación, o incluso como combustible para aeronaves.]

Al escuchar la palabra “armamentos”, Hades arqueó una ceja, intrigado. Sin embargo, decidió no interrumpir, dejando que el sistema siguiera explicando.

[Por último, están los cristales mágicos de grado alto. Estas piezas son raras y extremadamente valiosas. A diferencia de los demás, no se producen en serie por maquinaria, sino que son elaborados individualmente por alquimistas expertos. El proceso de refinamiento puede tomar años, ya que requieren piedras de maná de pureza excepcional. En su mundo, cada uno de estos cristales es capaz de costar una pequeña fortuna.]

Hades apoyó la barbilla en su mano, pensativo. Esa información le llamaba poderosamente la atención.

“Sistema, explícate. ¿Por qué los cristales de mayor grado son tan valiosos en comparación con los intermedios? ¿Es solo por su capacidad de almacenar más energía?”

El sistema no tardó en responder:

[…No, anfitrión.]

[La diferencia no radica únicamente en la energía. Los cristales mágicos de grado alto poseen una propiedad única: pueden almacenar hechizos mágicos en forma de datos. Además, son capaces de retener grandes cantidades de información, funcionando como bancos de memoria arcana gracias al método artesanal de su creación. Ningún cristal de grado inferior posee esa característica.]

[Por esta razón, rara vez se utilizan como simples fuentes de energía. Para ese propósito, bastaría con emplear varias docenas de cristales intermedios.]

[La verdadera razón de su valor es otra: en su mundo de origen, estos cristales de alto grado son empleados como núcleos de supercomputadoras, bases de datos para empresas y gobiernos, bancos de almacenamiento masivo, núcleos para formaciones defensivas, o incluso como los centros de procesamiento en satélites y redes de telecomunicación globales.]

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Hades permaneció en silencio unos segundos, sus pupilas reflejando la luz azulada de la pantalla. Lo que estaba escuchando no era simplemente información técnica: era un vistazo a un nivel de civilización muy distinto, uno que unía magia y tecnología en un mismo pilar

Hades se había quedado completamente mudo, con los ojos fijos en la pantalla azulada que aún flotaba frente a él. Por un instante no supo cómo reaccionar… hasta que de sus labios se escapó un pequeño “ja”, tan breve como afilado.

Ese murmullo fue creciendo, ganando fuerza, hasta convertirse en una risa vibrante que se apoderó de toda la habitación.

“¡Jajajajajajajaja! ¡Esto es perfecto! ¡Hay tanto que puedo hacer con ellos!”

La carcajada retumbó en las paredes, casi como un eco delirante. Hades estaba profundamente conmovido, con el corazón acelerado por la magnitud de lo que acababa de descubrir.

Desde hacía tiempo había acariciado la idea de crear algo parecido al “internet” de su vida anterior, una red de información y comunicación que conectara mentes, ideas y datos. Pero hasta ahora siempre se había topado con el mismo obstáculo: las limitaciones tecnológicas de aquella era mitológica. La magia de ese tiempo, aunque poderosa, era aún rudimentaria, arcaica y torpe en comparación con los refinados sistemas mágicos que sabía surgirían en el futuro.

Pero los cristales mágicos… oh, esos pequeños milagros cristalinos eran otra cosa. Representaban justo la herramienta que necesitaba para dar forma a sus proyectos más ambiciosos.

Claro, era un sueño para el futuro. Por ahora, debía empezar con pasos más pequeños, estudiar los cristales, aprender cómo se comportaban, descubrir si sus propios glifos podían interactuar con ellos de la misma manera que lo hacía la magia de su mundo natal. No podía dar nada por sentado.

Inspiró hondo, intentando calmarse, y preguntó con un dejo de expectación:

“Oye, sistema… de casualidad no sabrás el método de fabricación de estos cristales, ¿verdad?”

En su interior, Hades sabía que estaba pidiendo demasiado. Pero, al mismo tiempo, el sistema ya le había revelado tanto… ¿por qué no podría entregarle también un método indirecto para fabricarlos?

La respuesta no se hizo esperar, fría y monótona como siempre:

[Si el anfitrión desea conseguir la información sobre la fabricación de los cristales mágicos, puede intentar descargar directamente la plantilla de un personaje perteneciente al mundo La Magia de un Retornado Debería Ser Especial.]

[O, si lo desea, siempre puede probar suerte en el gacha de cupones de bronce. Existe un 0,0000000000000000000000000000000021% de probabilidades de obtener los planos de fabricación de los cristales de maná.]

Hades abrió la boca con incredulidad.

“¿C-cómo dices…?”

El número estaba plagado de ceros, tantos que incluso su mente analítica tardó en procesarlo. Cuánto tiempo, cuántos cupones necesitaría para lograrlo… probablemente más de los que podría reunir en toda su nueva vida como usuario del sistema.

Con resignación, abrió la interfaz de su inventario para revisar sus recursos actuales.

Cupón común x43

Cupón de bronce x22

Cupón plateado x10

Cupón dorado x1

Cupón divino x0

“….. definitivamente no son suficientes.” -gruñó, hundiendo la frente en su palma.

El sistema, implacable, le recordó entonces su apartado de descargas.

[Descarga de archivos de personajes]

[Descargas actuales: 1/1]

[Personaje descargado: Ashborn, Monarca de las Sombras – Solo Leveling]

[Tiempo restante de descarga: 13 años – 3 meses – 19 días – 23 horas – 47 minutos]

Hades se quedó helado.

“…. ¡¿Dios?!”

Se cubrió la cara con ambas manos. ¿En qué demonios había estado pensando al descargar un archivo tan enorme? son ¡Trece años! ¡Tre-ce-a-ños! Con éste tiempo podría haber descargado más de veinte Aquas… ¡y aún le sobraría espacio para algún otro personaje!

La única razón por la que había elegido a alguien tan grande como Ashborn, el Monarca de las Sombras, fue porque en ese entonces aún estaba atrapado en el estómago de Kronos y creyó que tendría tiempo de sobra.

Pero ahora que realmente necesitaba el sistema de descargas… estaba completamente bloqueado.

Su cabeza cayó con un golpe seco contra la mesa, y su expresión se volvió cómicamente vacía.

“Bueno… ya que… yo me lo busqué.”

Suspiró entre lamentos, reprendiendo a su yo del pasado por no haber pensado mejor en las consecuencias de sus actos.

Pero no pudo seguir quejándose mucho tiempo.

Toc… toc… toc.

Unos golpes fuertes resonaron en la puerta de su dormitorio. Hades levantó la cabeza con fastidio y no tuvo más opción que ponerse de pie para abrir.

Al hacerlo, se encontró con la cálida sonrisa de la ninfa Amaltea, siempre tan impecable en su porte.

“Espero que esté teniendo una excelente mañana, joven maestro Hades.” -dijo con una reverencia delicada.

Hades parpadeó, sorprendido por el trato.

“Si fuera tan amable de seguirme, lo guiaré al comedor del salón principal.”

“¿Salón principal?” -repitió él, ladeando la cabeza con confusión.

Amaltea soltó una leve risita cristalina.

“Por supuesto. Usted y sus hermanos son los invitados de honor de nuestro padre lord Oceano. El mejor trato de nuestra parte es lo mínimo que se merecen.”

Hades esbozó una sonrisa torcida, encogiéndose de hombros.

“Pues qué elegancia la de Francia… ¡entonces qué esperamos, vamos ya, tengo hambre!”

Salió de la habitación con paso ligero, incluso acelerado, adelantándose a la ninfa como si fuera él quien guiaba el camino. Amaltea lo siguió, divertida por su energía.

Mientras tanto, en el fondo de su mente, Hades no podía dejar de preguntarse con expectación qué clase de sorpresas les tendría preparado el titán del océano a él y a sus hermanos.

.

.

.

Fin del capítulo.

¡Muchas gracias por leer mi historia!

¡Déjenme su opinión en los comentarios y no olviden dejar su estrellita! ⭐

✦ Estado actual del protagonista ✦

[Estado]

{Nombre: Hades}

{raza: Dios griego/ Aithyropoioi- Titán primigenio/Colossus Sapien Arcana }

{Dios del Inframundo – Dios del Agua- Titan}

{Nivel de potencia: 57.401}

{STR: 2.692}

{DES: 2.014}

{VIT: 9.0014}

{MAG: 53.960}

{CHA: 45}

{KRA: 140.150}

Puntos: 103

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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