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Un Dios De La Muerte Como Ningún Otro En Animé World - Capítulo 36

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Capítulo 36: 31. pat.1

[Salón Principal – Comedor]

Hades y Amaltea caminaron a través de los amplios pasillos del palacio principal, cuyas paredes parecían hechas de perlas y piedra pulida, reflejando la luz del agua que ondulaba sobre ellas. A cada paso, un suave murmullo de corrientes marinas resonaba entre los muros, como si el océano entero respirara dentro del palacio.

Finalmente, llegaron frente a unas majestuosas puertas talladas en lo que parecía madera plateada, un material tan liso y brillante que reflejaba sus rostros como si fuese un espejo líquido.

Hades arqueó una ceja, intrigado. ¿Madera plateada? pensó con curiosidad. Pero decidió no hacer comentarios. A esas alturas ya había comprendido que su tío Océano tenía un gusto particular por los tonos blancos y plateados, quizás por estética, o tal vez porque simbolizaban la pureza del agua y la luz que atraviesa las profundidades. En cualquier caso, pensó con una ligera sonrisa, cada quien con sus rarezas.

Al detenerse ante las puertas, estas se abrieron suavemente sin que nadie las tocara, como si respondieran a una orden invisible. Una brisa húmeda y salada salió del interior, junto con un tenue resplandor azul.

“Woo… jojo…” exclamó Hades con genuina sorpresa-. Esto sí que no me lo esperaba.

Ante él se extendía un enorme salón cuyo suelo parecía tallado en una sola pieza de piedra blanca que relucía con la luz de los corales incrustados en las paredes. Desde el techo colgaban lámparas hechas con gemas marinas y conchas translúcidas, cada una emitiendo una luz suave y pulsante, como el brillo natural de las medusas en la oscuridad.

El aire olía a sal, flores acuáticas y especias dulces. A los costados, ninfas de mirada serena portaban bandejas con frutas y jarras talladas en nácar.

Amaltea avanzó con elegancia, su túnica flotando con ligereza, y empezó a guiar a Hades hacia uno de los asientos más cercanos a la cabecera de la enorme mesa rectangular hecha de piedra pulida, tan brillante que parecía cristal.

Hades, sin embargo, no pudo evitar fruncir el ceño con curiosidad. “Hmm… piedra otra vez…” murmuró para sí mientras observaba los utensilios sobre la mesa, analizo todo, desde los vasos hasta las fuentes.

Hades, mientras se estiraba de pie, no pudo evitar examinar todo con detenimiento. no encontro ni una sola pieza de vidrio. Todo estaba hecho de materiales naturales: piedra, coral, madera, metales preciosos o conchas. Aquello le resultaba curioso, aunque perfectamente lógico.

El dios no pudo evitar divagar mientras su mente viajaba a otro lugar.

Era lógico, claro.

En aquella era primitiva de los dioses, el vidrio aún no existía, no se había inventado en esa era, él, proveniente de otro mundo sabia que el vidrio no sería inventado sino hasta milenios después, alrededor del 3000 a.C., y aunque la idea de fabricarlo era sencilla -arena, caliza y fuego-, hacerlo sin el conocimiento adecuado era casi imposible.

y mas para los dioses antiguos, para los cuales la idea misma de transformar algo tan vulgar como la arena en una joya transparente parecía casi absurda.

Hades sonrió de lado. Los dioses pueden moldear la realidad misma, pero tienden a ignoran el valor oculto de lo sencillo… un valor que el podría explotar… ¡!

Y entonces, una chispa de inspiración cruzó su mente.

“Hmm… quizá eso podría ser una oportunidad” murmuró para sí, entrecerrando los ojos con malicia.

Comenzó a imaginar un pequeño negocio: paneles de vidrio, cristales ornamentales, copas y espejos para los palacios divinos. “Vidrios Hades – Pureza reflejada en cada mirada”, pensó divertido. Podría vender los paneles comunes por una pepita de oro, los coloreados a cuatro, y los personalizados con grabados mágicos por veinte o más. ¡Incluso podría aceptar gemas como pago!

Después de todo, los dioses -en especial las diosas- parecían valorar más la belleza que la utilidad. Y dado que los minerales preciosos eran tan comunes para ellos como las conchas en la orilla del mar, cualquier intercambio sería una ganga para ambas partes.

Recordó entonces su línea de ropa en Creta: “Diseños Ploutos”, (marca no registrada – Patente pendiente), prendas que él mismo confeccionaba y vendía a las ninfas del bosque y los ríos. Ellas obtenían atuendos únicos y él, a cambio, minerales raros como platino, níquel o incluso pequeñas cantidades de plutonio para sus experimentos.

Todos ganaban.

Además, esos tratos le habían permitido mejorar habilidades que, aunque humildes en apariencia, tenían un potencial enorme.

El sistema se activó en su mente con un leve destello:

[Alfarería – Nivel Intermedio]

[Vidriero – Nivel Básico]

La primera habilidad la había adquirido casi por accidente.

Una tarde, en la isla de Chrissi, moldeó con Chakra de Tierra un montón de tierra roja para darle forma; luego usó agua para ablandarla hasta convertirla en una pasta arcillosa y fuego para endurecerla. Sin saberlo, había descubierto el proceso de crear cerámica.

y para su sorpresa, el sistema, siempre observador reconoció su improvisada creación como una obra de alfarería, lo recompensó con la habilidad de alfarero.

Aquel día terminó con Hades colocando su primera creación en la cima de una colina: un pequeño faro de barro, torcido pero resistente, que aún recordaba con cierto cariño.

La habilidad de vidriero fue aún más accidental.

Durante uno de sus paseos por la playa, comenzó a jugar con la arena, presionándola entre sus manos y aplicando calor con su Chakra de Fuego.

El resultado fue una pequeña esfera de vidrio translúcido que capturaba la luz del sol como una joya líquida.

A partir de ese momento, el sistema le otorgó la habilidad “Vidriero”, y desde entonces Hades no había dejado de experimentar con el vidrio, creando pequeñas esculturas y recipientes cada vez más complejos. Cada intento le daba un entendimiento más profundo de cómo moldear aquel material tan delicado.

“Quizás debería fabricar una mesa con el emblema de la casa de Océano…” se dijo, mientras jugueteaba con sus pensamientos. “Sería un bonito detalle… y un excelente negocio si lo vendo a las ninfas y dioses de la corte.”

Hades observó la superficie de la mesa frente a él, imaginando cómo se vería una versión suya hecha de vidrio perfectamente pulido.

Amaltea, que lo observaba de reojo mientras los sirvientes terminaban de preparar la mesa, no pudo evitar sonreír ante el brillo calculador en los ojos del joven dios.

(Fu fu fu fu, este joven señor parece estar tramando algo interesante.)

“Sí… definitivamente podría causar sensación” susurró con una sonrisa traviesa.

Amaltea, que había permanecido a su lado en silencio, ladeó la cabeza con una sonrisa cortés.

“¿Ha dicho algo, mi señor Hades?”

Él levantó la vista rápidamente.

“¿Eh? No, nada, solo… pensando en asuntos personales futuros.” La ninfa soltó una risa melodiosa, cubriéndose los labios con elegancia.

“Supongo que los hijos de los titanes nunca descansan. Incluso antes del desayuno ya piensan en conquistar el mundo.”

Hades parpadeo confundido por un momento, luego negó con la cabeza y sonrió con un aire misterioso y se estiro en su asiento.

“Quizás no el mundo… solo una parte de él que aún nadie ha reclamado.”

Amaltea rió de nuevo y le hizo un gesto hacia el frente.

“Entonces, señor conquistador, espero que acompáñeme el día de hoy. El banquete está por comenzar.”

“eso sería eso algo maravilloso, mi estimada dama” respondió Hades con una voz pomposa haciendo una inclinación exagerada y su mano asciendo una reverencia. “por favor Permítame acompañarla el día de hoy a desayunar”

La ninfa soltó una risita melodiosa y tomo la mano de hades en un gesto intimo antes de buscar sus asientos.

Hades sin poner resistencia simplemente la siguió a dentro mientras exploraba el entorno con la mirada.

Hades no lo sabía aún, pero ese día, sentado en aquella mesa de piedra, acababa de tener una idea que siglos más tarde cambiaría por completo la manera en que los dioses y los mortales verían el arte y la materia.

Las luces del salón se intensificaron lentamente mientras las demás puertas al fondo del salón se abrían para recibir a los demás invitados.

El aire se llenó de murmullos, risas de los recién llegados, Hades se acomodó en su asiento, cruzando los brazos con una sonrisa satisfecha mirando las decoraciones en el techo.

(Bueno… veamos qué tiene preparado el titán del océano para nosotros)

Las puertas del salón principal se abrieron con un suave rugido metálico, como si el mismo océano hubiese exhalado desde el otro lado.

Un brillo dorado inundó la estancia, reflejándose en los corales, las perlas y las piedras luminosas del techo.

Por aquel umbral comenzaron a entrar decenas de figuras imponentes: una pequeña multitud de dioses y diosas, cada uno irradiando su propio tipo de divinidad.

Sus quitones estaban tejidos con hilos de oro, plata y nácar, y decorados con símbolos arcanos que parecían moverse con la luz, cambiando de forma como si estuvieran vivos.

Las diosas, en particular, deslumbraban con su presencia.

Algunas llevaban tiaras de oro puro adornadas con diamantes que capturaban cada destello de luz del salón; otras lucían collares de perlas tan grandes y perfectas que hacían parecer a las estrellas del cielo simples fragmentos de polvo.

El aire mismo parecía volverse más cálido con su presencia, impregnado del suave perfume de las flores marinas y el incienso de coral.

Hades observó la escena en silencio, con una leve sonrisa que rozaba la ironía.

No podía negar que la visión frente a él era impresionante: la reunión de algunos de los seres más hermosos y poderosos del mundo.

Pero su mirada, aunque atenta, no tenía ni un ápice de deseo.

Gracias a una de las habilidades más útiles que le otorgaba su sistema, la “Mente Gamer”, su mente permanecía en un estado de calma constante, inmune a las distracciones que la belleza o el peligro pudieran provocar.

Esa habilidad no lo convertía en un autómata sin emociones, ni mucho menos.

Hades podía sentir alegría, tristeza o enojo como cualquier otro ser, pero la diferencia radicaba en que aquellas emociones jamás interferían con su juicio.

No importaba si se encontraba frente a un ejército de monstruos o ante un harén de diosas deslumbrantes; su mente seguía funcionando con precisión matemática.

(Una bendición… o una condena, según cómo se mire) pensó con una media sonrisa.

Así que sí, podía reconocer la belleza que lo rodeaba, podía incluso sentirse ligeramente emocionado por la grandiosidad del momento, pero su expresión permanecía neutral, su cuerpo relajado, su mente en perfecto equilibrio.

Por fuera, parecía un simple espectador que apreciaba el espectáculo con cortesía.

Por dentro, sin embargo, analizaba detalles que a otros pasarían desapercibidos: los patrones de los quitones, las marcas divinas en los accesorios, los flujos de energía mágica que se entrelazaban entre los recién llegados.

(Hmph… Oro puro, energía en exceso y una absoluta falta de discreción. Definitivamente, este es un desfile de egos divinos, jajaja) pensó, reprimiendo una pequeña carcajada.

Su atención se desvió un momento hacia las diosas más cercanas a la entrada.

Reconoció algunas de inmediato: su hermana Hera, de porte majestuoso y mirada severa; Deméter, cuyo aura de fertilidad parecía llenar el aire con el aroma de flores recién brotadas; y, por supuesto, la pequeña Hestia, que caminaba entre ellas intentando mantener una expresión seria, aunque sus ojos curiosos y su andar nervioso la delataban por completo.

“Ah, sí… cómo olvidar al pequeño gremlin incendiario.” murmuró en voz baja, con una sonrisa nostálgica que apenas curvó sus labios.

Creció con ellas, después de todo.

Había pasado su infancia -si es que podía llamarse así- dentro del estómago de Cronos, acompañado por esas tres hermanas divinas.

A su manera, cada una había dejado una marca en él: la elegancia autoritaria de Hera, la serenidad fértil de Deméter, y la torpe calidez de Hestia.

Quizá, si no tuviera la “Mente Gamer”, podría haberse sentido abrumado al verlas ahora, convertidas en diosas radiantes que dominaban la sala con su presencia.

Pero no.

Para Hades, seguían siendo las mismas con las que compartió los días interminables dentro del vacío del titán devorador.

El recuerdo lo hizo sonreír con un toque de melancolía y humor.

“Quién lo diría… de la oscuridad del vientre de un monstruo al salón más brillante del océano.” pensó con sorna.

Amaltea, que permanecía a su lado, notó el cambio en su expresión.

“¿Algo le causa gracia, mi señor Hades?” preguntó con su tono suave.

“Nada importante, Amaltea.” respondió él, recostándose en su asiento. “Solo estaba recordando viejos tiempos… tiempos un poco más oscuros y con menos brillo que ahora.”

La ninfa soltó una pequeña risita, llevándose una mano al pecho.

“Supongo que debe ser curioso ver cuánto han cambiado todos ustedes desde entonces.”

Hades asintió levemente, su mirada perdida un momento entre los reflejos de las lámparas de coral.

“Sí… aunque algunos brillos cambian más por fuera que por dentro.”

Amaltea ladeó la cabeza, sin entender del todo el comentario, pero no insistió.

Mientras tanto, Las puertas del salón se abrieron de par en par para dar paso a una pequeña multitud de dioses. Todos vestían quitones de aspecto extravagante, con bordes dorados y telas tan finas que parecían brillar por sí solas. Las diosas en especial llevaban tiaras de oro y diamantes, brazaletes intrincados y collares de perlas que realzaban su ya descomunal belleza.

Hades no pudo evitar admirar la escena. Su mirada recorría con calma el lugar, apreciando la elegancia y el porte de las recién llegadas. Por supuesto, no había lujuria en sus ojos; simplemente apreciaba la estética del momento. Como portador del Sistema Hades, disfrutaba de ciertas ventajas, entre ellas la habilidad “Mente Gamer”, que le permitía mantener una calma absoluta y analizar todo con frialdad matemática.

Eso no significaba que Hades fuera incapaz de sentir emociones. Simplemente, su mente suprimía el exceso de estímulos para evitar juicios nublados. En otras palabras, incluso si el mundo se estuviera derrumbando, él aún sería capaz de pensar con lógica y encontrar la mejor salida posible.

Así que sí, estaba impresionado por la cantidad de mujeres hermosas reunidas en un solo lugar… pero en su rostro solo se dibujaba una sonrisa neutral.

Después de todo, no era algo nuevo para él. Creció en el estómago de Kronos, rodeado de bellezas como Hera y Deméter.

Bueno… y también estaba ese pequeño gremlin llamado Hestia.

Y hablando del demonio…

Hestia se adelantó con una sonrisa brillante y una mano levantada en forma de saludo.

“¡Hermano! ¿Cómo pasaste la noche?” preguntó con tono animado.

Hades le devolvió el saludo con pereza, recostándose un poco hacia atrás.

“Mhee… no estuvo mal. La habitación era espaciosa, la cama no era dura… pero la verdad, prefiero mi cueva.”

Obviamente, Hades no iba a contar lo que realmente hizo la noche anterior. Prefería mantener las cosas simples y hablar del alojamiento. Y siendo sinceros, el lugar no estaba nada mal… pero su bunker personal seguía siendo insuperable.

Hestia soltó una risita y se sentó junto a él.

“Todavía no entiendo por qué prefieres vivir en un sitio así. Podrías quedarte en una de las cuevas de “Ida” como el resto de nosotros. Así madre no tendría que preocuparse tanto de que hagas alguna estupidez.”

Hades entrelazó las manos detrás de su cabeza y adoptó una pose relajada.

“Una noob como tú nunca entendería la belleza de tener un bunker personal” respondió con una sonrisa tranquila.

Hestia puso los ojos en blanco. Ya se había acostumbrado a las raras terminologías de su hermano, pero igual no entendía la mitad de lo que decía.

“Entonces…” dijo con cierta timidez. “Hermano mayor, ¿no tendrás por casualidad unas baterías de sobra?”

Hades arqueó una ceja, curioso.

“¿Por qué la pregunta?”

La diosa del hogar juntó los dedos, un leve rubor en el rostro.

“Es que… no recargué las mías” murmuró apenas audible.

Una sonrisa divertida se dibujó en el rostro de Hades.

“¿Y eso? ¿A qué se debe que no pudieras recargarlas? ¿Acaso olvidaste traer lo necesario para el viaje?”

El tono burlón de su hermano la irritó un poco, pero decidió responder con sinceridad.

“¡Lo intenté! Pero el bastón solar no funciona y no tengo cómo cargar mis cosas.”

Hades ladeó la cabeza, acercándose a ella con una sonrisa que amenazaba con convertirse en carcajada.

“Hoo… ¿y por qué crees que pasó eso, hermanita?”

“¡Y yo qué rayos voy a saber!” exclamó ella, ya sin paciencia. ¡Solo dime si puedes ayudarme o no!

“¡JAJAJAJAJA!” Hades estalló en una carcajada tan fuerte que varios dioses se giraron a mirar.

Hestia se sobresaltó, sonrojada al ver cómo todos los presentes clavaban la mirada en ellos. Sin perder tiempo, lo agarró de la oreja y lo acercó a ella de un tirón.

“¡Hades! ¡En el nombre de Caos, ¿qué te pasa?!” susurró furiosa.

Hades, limpiándose una lagrimita, seguía riendo sin poder contenerse.

“Jajajaja… no, es que… Hestia… jajaja… ¿de verdad no entiendes qué está mal?”

“¿Eh?” ella lo miró confundida.

“Dime, hermanita” dijo Hades, aún con una sonrisa burlona, “¿cómo se llama ese artefacto que usas para darle vida a tus juguetes? ¿Y cómo funciona?”

Hestia, con el ceño fruncido, respondió con total confianza:

“¡Pues el bastón solar! Y funciona con magia, obviamente. Lo estiro, recolecta energía del ambiente y la convierte en energía usable.”

Hades se quedó mirándola en silencio unos segundos… y luego volvió a estallar.

“¡JAJAJAJAJA! ¡Bastón solar, jajajajajaja!”

Las risas resonaron por toda la mesa, y ahora sí, todos los dioses presentes los observaban con curiosidad. Algunos murmuraban entre ellos, preguntándose qué podría ser tan gracioso para hacer reír así al dios del Inframundo.

Hestia ya no aguantaba más. Sin querer hacer una escena, lo pellizcó con fuerza en el brazo, haciendo que Hades casi se doblara del dolor… aunque ni así paró.

“¡Tú! ¡Ya para de una vez!” le susurró al oído entre dientes.

“Jajaja… agh… bien, bien, ya paro” respondió Hades, intentando recuperar el aliento. “Pero no puedo evitarlo después de escuchar eso.”

Con una sonrisa socarrona, se recostó otra vez en su silla y la miró con diversión.

“Dime, oh mi pequeña e ilusa Hestia… ¿recuerdas lo que te enseñé la primera vez que te di tu “barra solar”?” dijo, haciendo comillas con los dedos.

“¿Siii?” respondió ella con sospecha, luego intento recordar lo que sucedió aquel dia.

“Muy bien entonces prosigamos a recordar ” dijo Hades con expresión apacible en su sonriente rostro.

[Flashback.]

La escena se desarrolla en la isla donde Hades y sus hermanos vivieron antes de ser encontrados por Prometeo.

En el jardín trasero de una pequeña casa de madera, el aire olía a sal y a flores silvestres. Dos figuras se encontraban allí charlando debajo de una palmera; la mayor hablaba con tono serio y la menor lo escuchaba desde un pequeño taburete de madera.

“Muy bien, Hestia” dijo Hades con firmeza, “finalmente hemos encontrado un lugar donde establecernos. Por ahora debemos centrarnos en crear una base sólida en la isla”

Acto seguido, Hades abrió su inventario. El aire frente a él se onduló como agua bajo el sol, y un objeto rectangular apareció flotando en sus manos: una caja de tamaño mediano con inscripciones metálicas.

“De momento estaré ocupado, así que no podré instalar un sistema eléctrico en la casa” explicó mientras sostenía el artefacto. “Por eso tendrás que usar esto”

Hestia parpadeó curiosa, mirando la caja con sus grandes ojos azules.

“¿Qué es eso?”

Hades sonrió con un aire misterioso y abrió la caja con cuidado.

“Esto, mi pequeña, es lo que usarás a partir de ahora para cargar tus consolas portátiles”

De la caja fue sacando varios objetos: un gran rectángulo con paneles azulados que reflejaban la luz, un poste de acero expandible, un soporte de cuatro patas para afianzarlo al suelo, tornillos, placas metálicas y una pequeña caja con varios cables adheridos a ella.

Hestia lo observó todo con fascinación.

“Hooo… ¿y cómo se supone que se usa eso?”

Hades soltó una pequeña risa.

“Buena pregunta. Verás, primero tienes que…” empezó a explicar mientras ensamblaba con destreza las piezas- “Primero tienes que ajustar esta parte aquí… luego asegúrate de que el ángulo esté orientado hacia el sol… y recuerda que esta conexión debe estar bien sujeta…Esta parte va aquí… luego debes ajustar esta tuerca… y recuerda limpiar la superficie regularmente para que absorba la energía sin interferencias…”

La voz de Hades se volvió una especie de monólogo técnico. Había entrado en modo “profesor”, explicando cada detalle del panel solar portátil, sus cuidados, mantenimiento y advertencias.

Pero en algún momento, su alumna… dejó de prestar atención.

El interés inicial de Hestia se desvaneció lentamente, y sus ojos comenzaron a vagar hacia cualquier cosa menos el aparato.

Fue entonces cuando sus ojos se habían posado en algo mucho más interesante: un pequeño nido en la rama de un árbol cercano. Dentro había varios huevos y una pequeña ave que, al poco, alzó vuelo, probablemente en busca de alimento.

Hestia observó cómo la madre pájaro alzaba el vuelo, dejando el nido solo. Pero su atención se centró en algo más.

Pero entonces, algo se movió entre las hojas del árbol vecino. Una diminuta criatura emergió de las sombras: tenía pelaje gris con manchas marrones, orejas de gato, una cola esponjosa y una hilera de pequeñas espinas en el lomo. Sus brillantes ojitos estaban fijos en el nido.

Hestia lo miró con ternura.

“¡Qué lindo!” pensó, mientras reprimía el impulso de correr a acariciarlo.

Mientras tanto, la voz de su hermano sonaba como un eco lejano.

“…no olvides limpiar el panel cada semana… bla, bla, bla… si el voltaje baja debes revisar la conexión… bla bla bla…y también deberás revisar el flujo energético cada semana… bla bla bla…”

¿De qué estaba hablando? Hestia ya no lo sabía. Lo único que recordaba era asentir de vez en cuando para disimular.

“Levantar la cosa, conectar la caja a la otra cosa… sí, seguro es fácil de usar…” pensó, completamente distraída.

Pero entonces la sonrisa desapareció de su rostro.

El pequeño roedor había saltado sobre el nido.

Con sus diminutas garras tomó uno de los huevos y, ante los ojos horrorizados de Hestia…

Tok.

¡Crack!

El sonido fue seco y desagradable. El huevo se agrietó.

“¿Qué… qué hace?” murmuró horrorizada.

El animal golpeó de nuevo.

Tok. Tok. Tok.

Las grietas se expandieron hasta que la cáscara se rompió, dejando escapar un líquido transparente que resbaló por la madera. Y entonces, sin la menor duda, el pequeño depredador llevó el huevo a su hocico y bebió el contenido con deleite.

Hestia observó paralizada la escena y también vio cómo, tras terminar, el roedor abría el huevo con sus patas, hurgando entre las cáscaras rotas hasta sacar un pequeño polluelo aún cubierto de fluido amniótico.

Estaba vivo.

O al menos lo estuvo por un segundo, antes de que la criatura lo devorara.

“¡NO!” gritó Hestia poniéndose de pie de un salto.

“¿No… qué?” preguntó Hades, interrumpiendo su monólogo técnico.

Hestia se congeló.

“¡Ups!” pensó.

“Ejem… digo, ¡no puedo esperar para empezar a usarlo!” improvisó con una sonrisa nerviosa, “¡Estoy tan emocionada que iré a buscar un lugar perfecto para ponerlo! ¡Ya dámelo!”

Y antes de que Hades pudiera reaccionar, le arrebató el panel solar de las manos y salió corriendo en dirección al árbol, dejando una estela de polvo tras de sí.

Hades la observó marcharse, parpadeando confundido.

“Bueno… supongo que eso es todo” dijo rascándose la cabeza” Seguramente incluso ella puede usar un panel solar”

[Fin del Flashback]

De vuelta al presente, Hades suspiró divertido mientras se cruzaba de brazos, apoyando ligeramente la espalda contra una columna de nácar.

“Así que eso fue lo que pasó” -dijo con voz entre burlona y resignada-. “Entonces, cuando te di tu primer panel solar… ese que tú, mi queridísima hermanita, decidiste rebautizar como ‘bastón solar’… ¿no escuchaste absolutamente nada de lo que dije?”

Hestia infló las mejillas con indignación infantil, apretando los puños a los costados.

“¡Sí estaba escuchando!” -replicó ofendida-. “Es solo que tu explicación era tan aburrida que casi me duermo… ¡además, el nombre que le puse suena mejor! ¿No crees?”

Hades la miró con una expresión de infinita paciencia, de esas que solo un hermano mayor curtido en mil discusiones podía mantener sin estallar en carcajadas.

“No, Hestia” -respondió al fin con tono pausado, casi paternal-. “Eso que llevas no es un ‘bastón mágico’ que absorbe energía solar mediante ‘magia ambiental'” -dijo imitando su voz, lo que provocó algunas risitas entre los dioses cercanos-. “Es un dispositivo de carga portátil llamado panel solar… uno que tú, en tu infinita sabiduría, intentaste usar debajo del agua. Justamente donde no hay ni un mísero rayo de sol.”

“¡Y yo cómo iba a saber eso!” -protestó ella, al borde del llanto y con un leve temblor en la voz.

Hades arqueó una ceja, divertido, y una sonrisa traviesa se le escapó de los labios.

“Pues…” -dijo encogiéndose de hombros- “es algo que habrías sabido si me hubieras escuchado cuando te lo expliqué. O, no sé, si hubieras tenido la descabellada idea de preguntar.”

El silencio que siguió fue casi cómico.

Hestia abrió la boca, luego la cerró, la volvió a abrir… y terminó desviando la mirada con un leve rubor en las mejillas.

“…yo solo… no lo pensé” -murmuró por lo bajo.

Hades no pudo contenerse. Una carcajada estalló de su garganta con tanta fuerza que varios dioses y ninfas que estaban cerca voltearon a mirarlo.

“¡JAJAJAJAJA! ¡Por los abismos! ¡Usar un panel solar debajo del agua! ¡Solo a ti se te ocurriría algo así, Hestia!”

“¡Ya cállate, idiota!” -gritó ella, dándole un codazo en las costillas, aunque su rostro estaba tan rojo que parecía una antorcha encendida.

Hades se dobló un poco, todavía riendo, mientras se limpiaba una lágrima que se escapaba de la comisura del ojo.

“Y pensar que esta misma diosa es la ‘aterradora Hestia’, la que podría aplastar a cualquier dios con su fuerza divina…” -dijo entre risas-. “¿Qué pensarán tus seguidores en Creta si se enteran de esto?”

“¡Te odio!” -espetó ella, cruzándose de brazos, aunque su voz sonó más como la de una niña frustrada que como la de una diosa colérica.

“Sí, sí…” -replicó Hades, todavía con una sonrisa ladeada-. “Pero recuerda: si esta vez quieres cargar tus ‘juguetes mágicos’, asegúrate de que haya sol.”

Hestia volvió a inflar las mejillas, girando el rostro para ocultar una sonrisa que amenazaba con traicionarla.

“Tonto…” -susurró entre dientes, aunque sus hombros temblaban levemente por la risa contenida.

El resto de los dioses los observaba entre divertidos y perplejos, incapaces de entender del todo la situación y sin saber si estaban presenciando una pelea familiar o una comedia improvisada.

Fue entonces cuando, desde el lado opuesto, una voz femenina rompió el ambiente.

“Su conversación suena bastante entretenida… ¿puedo unirme?” -preguntó con una sonrisa dulce.

Una cabeza de cabellos plateados se inclinó levemente hacia ellos. Era Amaltea, que hasta ese momento había permanecido callada, observando todo desde su lugar con expresión paciente.

Hestia frunció levemente el ceño ante la interrupción y giró la cabeza para mirarla. Su mirada se iluminó por un instante, seguida de una expresión de súbita comprensión.

“¡Ah! Eres tú…” -dijo con tono animado, pero las palabras se atascaron en su boca y su voz se volvió un poco nerviosa-. “Eh… disculpa, ¿cómo te llamabas?”

El silencio volvió a reinar por unos segundos. Amaltea parpadeó, con una sonrisa algo tensa.

Hestia se rascó la mejilla con el dedo índice, riendo con cierta vergüenza.

“Perdón, perdón… es que… había tantas personas anoche…” -intentó justificar-. “Solo recuerdo que eras una de las hijas de Océano, ¿cierto? Las que nos guiaron durante el recorrido por el palacio. Pero… cof, cof… estaba más ocupada admirando las decoraciones” -añadió bajando la voz.

Amaltea soltó una risa suave, aunque en el fondo no pudo evitar un pensamiento fugaz:

(Así que realmente no me recordaba…)

Aun así, su respuesta fue amable, incluso elegante.

“No hay problema, diosa del fuego sagrado” -respondió con una pequeña reverencia-. “Supongo que las luces del palacio eclipsaron mi presentación.”

“¡No, no!” -se apresuró a decir Hestia, nerviosa-. “Es solo que… ¡todo era tan brillante! ¡Y había tantas cosas que ver! Los corales, las fuentes de perlas, los murales dorados… ¿cómo querías que me concentrara?”

Hades, a un lado, volvió a cruzarse de brazos y sonrió con ironía.

“Y aun así recuerda con detalle el número de lámparas del pasillo principal, pero no el nombre de la pobre Amaltea. Qué grosera, ¿no?” -murmuró con tono burlón.

“¡Cállate, Hades!” -exclamó Hestia con un puchero, dándole un ligero empujón.

Amaltea, divertida, soltó una risita suave y añadió con voz melodiosa-: “Veo que la relación entre ustedes es… animada.”

Hades asintió con fingida solemnidad.

“Pff… ‘animada’ es una palabra amable para describirlo.”

Hestia rodó los ojos y protestó ante el comentario de Amaltea.

“Más bien, insoportable.”

Hades le dio una mirada significativa mientras la señalaba con el dedo.

“Eso deberías decirlo tú, soy quien tiene que lidiar constantemente con un duende hiperactivo y pirómano.”

El ceño de Hestia se frunció profundamente y le sacó la lengua a Hades.

“¿Ah sí? Pues yo soy quien tiene que estar pendiente de que cierto niño inmaduro no derrumbe el techo donde vivo por una de sus ‘boberías’.” -Hizo comillas con los dedos.

“Pequeña ignorante, a eso se le llama experimento. ¡Es ciencia!” -dijo Hades indignado, para luego señalarla acusatoriamente-. “Además, no soy yo quien terminó prendiendo fuego al hemisferio oeste de la isla, casi convirtiendo a Creta en un infierno de fuego.”

“¡E-eso fue un accidente!” -replicó Hestia, con el rostro de quien recuerda un error terrible-. “Y aunque es cierto que he cometido errores, no se comparan con los tuyos. ¡Tú eres el más destructivo de los dos!”

“¡Tú eres quien causa daños graves en Creta todo el tiempo! ¡La última vez casi hundes la isla entera!”

Hades puso los ojos en blanco y protestó ante la acusación.

“Primero que nada, no lo hago todo el tiempo. No voy por ahí causando destrucción generalizada…” -susurró en su mente- (como mucho lo hago una vez por semana).

“Y para tu información, siempre me aseguro de arreglar los daños que causo. No como otra persona que huye de sus responsabilidades al primer signo de problemas.”

“¡Yo no huyo! Y no soy yo quien va por ahí arrancando islas como si nada, ¡ni quien causa explosiones en las noches!”

Hades se cruzó de brazos y su expresión se agrió, pero no dudó en responder:

“Pues al menos tengo mejor temperamento y no voy por ahí golpeando a la gente por nada.”

“¡Hermano bobo!”

“¡Enana simplona!”

“Tonto inmaduro!”

“¡Diosa floja!”

“!de lejos pareces un espagueti gigante con patas!”

“¡A si pues tú pareces una petite tête d’autruche!”

“¿¡Que rayos significa eso!?”

‘¡No tengo ni idea!”

.

.

.

.

“¿Esto… es normal que ellos hagan eso?” -susurró Amaltea, confundida.

No podía entender cómo esos dos hermanos podían provocar tal escena escandalosa en un lugar tan solemne como el salón real.

Hablaban de incendiar bosques y destruir islas como si se tratara de juegos de niños. Y lo peor era que… ella podía creerlo.

Porque aunque a simple vista no parecían especialmente poderosos, el aura que ambos emitían era abrumadora:

la de Hestia ardía como un sol radiante que calentaba todo a su alrededor,

mientras que la de Hades era como un abismo insondable, profundo y oscuro, imposible de medir.

Eso solo despertaba más su curiosidad por aquel dios de la muerte.

Hades y Hestia se miraron con seriedad; las chispas volaron entre sus ojos durante unos segundos… hasta que inevitablemente Hestia rompió el silencio con una carcajada, a la cual Hades la siguió.

Sin poder evitarlo, ambos terminaron riendo a carcajadas.

Todo esto ante la mirada atónita de Amaltea, que no pudo evitar soltar una sonrisa nerviosa mientras una gota de sudor le caía por la sien.

No cabía duda de que la relación de esos hermanos era única, pero también había entre ellos un cariño y una cercanía genuinos, poco comunes incluso entre los dioses.

Mientras Hades y Hestia prácticamente se despatarraban de risa, algunos dioses cercanos soltaron carcajadas leves, haciendo que la atmósfera del salón -antes seria y elegante- se tornara más relajada.

Incluso los sirvientes formados en las esquinas relajaron levemente sus posturas.

Por un momento, el aire pesado de la realeza y las formalidades divinas pareció disiparse, reemplazado por algo más humano:

Cómo el eco de una familia.

Una familia imperfecta, sin duda… pero, una familia genuina.

“Me alegro de ver que se estén divirtiendo.”

Aquella voz grave y profunda hizo que los dos hermanos y Amaltea giraran al unísono.

Detrás de ellos, imponente y sereno como una montaña bajo el mar, se alzaba una figura alta y musculosa, con un quitón azul marino adornado con espirales doradas y verdes que evocaban las olas. Su barba negra, recortada en forma de candado, resaltaba el porte regio de su rostro…. ligeramente intimidante.

Era Poseidón.

El aire pareció tensarse un instante. Hades y Hestia lo miraron sorprendidos: uno con el ceño levemente fruncido, la otra mordiéndose el labio inferior para no reírse a carcajadas.

No es que quisieran burlarse, pero… sinceramente, Poseidón se veía extraño.

Ese estilo tan tradicional, propio de los dioses del mar, simplemente no le iba.

Hades parpadeó varias veces, incrédulo. Su hermano siempre había tenido un gusto… peculiar. Recordaba perfectamente que Poseidón solía vestir de forma mucho más “moderna”: jeans largos, pantalones cortos de playa y, claro, con esa irritante manía de nunca usar camiseta.

Verlo ahora cubierto hasta el cuello en una toga marina le resultaba tan inusual que no sabía si debía reír o preocuparse.

Era extraño. Muy extraño.

De hecho, la última vez que lo había visto usando un quitón fue cuando este era apenas un recién nacido que se poposeaba en el estómago de Kronos.

Así que, sí… verlo así ahora era como una especie de broma cósmica a sus ojos.

¿Acaso Poseidón había decidido, de repente, cambiar su estilo por algo más… tradicional?

Aun así, Hades decidió no darle demasiadas vueltas. No era quién para juzgar el sentido de la moda ajeno.

Mientras no estuviera desnudo debajo de esa toga, podía tolerarlo.

“¡Poseidón! ¿Qué me cuentas, todo bien?”

Hades fue el primero en romper el silencio, extendiendo el puño con una sonrisa relajada. Poseidón, sin dudarlo, chocó su puño con el de su hermano, devolviendo el saludo con una expresión calmada.

A estas alturas, después del espectáculo que Hades había dado la noche anterior, su reputación entre los dioses del reino submarino estaba más allá de cualquier arreglo. Así que, sinceramente, ya no le importaba si su hermano aparecía vestido como estatua antigua en una obra de teatro o como un turista peruano perdido en una playa, sea lo que significase eso [había escuchado a Hades decirlo una vez]

Ya no le preocupaban las apariencias… y, claramente, a Hades tampoco.

“Entonces…” comenzó Hades, con una sonrisa traviesa en los labios. “¿Qué pasa con el vestidito? ¿Acaso finalmente decidiste salir del clóset?”

“Jaja… cof…”

Hestia soltó una pequeña risita que rápidamente intentó reprimir llevándose una mano a la boca.

Con pesadez y resignación, exhalando por la nariz con un resoplido digno de un toro, como si ya estuviera acostumbrado a la lengua venenosa de su hermano.

Por supuesto, no tenía idea de lo que significaba “salir del clóset”, así que optó por ignorar el comentario por completo.

“Esto fue un regalo de Anfitrite,” explicó con naturalidad. “Decidí probarlo para la ocasión.”

Su tono era sereno, casi indiferente, pero Hades, gracias a su afinada percepción y a esa habilidad para leer las emociones ajenas, detectó algo curioso en él.

¿Era eso… calidez?

Alzó una ceja con malicia.

(¿Qué habrá pasado entre esos dos anoche?) pensó con intriga. Si había algo que Hades disfrutaba más que la Coca-Cola o los inventos absurdos, era husmear en los asuntos sentimentales de los demá, y sobre todo en los de sus hermanos.

“Ya veo…” murmuró, con una sonrisa que delataba sus intenciones. “Entonces la señorita Anfitrite y tú se llevan bastante bien, ¿eh?”

Movió las cejas de arriba abajo de forma exagerada, insinuando lo evidente.

“Hay algo entre ustedes, ¿verdad?”

Poseidón lo miró con ese estoicismo tan suyo, impasible como una ola que se niega a romper. Se limitó a sentarse con calma, cruzando los brazos.

“Es una dama bastante alegre y agradable.”

Una ligera curva se insinuó en la comisura de sus labios, apenas perceptible, antes de volver a su expresión neutra. No le daría a Hades ni una pizca de material para molestarlo… pero Hades la vio. Oh, claro que la vio.

Y esa micro-sonrisa le bastó para confirmar que algo había pasado entre ellos.

“¿Pero eso es todo?” insistió Hades, inclinándose hacia adelante con interés genuino. “¿No pasó nada entre tú y ella?”

A decir verdad, Hades no era de los que seguían “el canon” de las historias divinas, pero después de haber conocido a Anfitrite la noche anterior, debía admitir que era una diosa diferente.

Tenía gracia, humildad… incluso una dulzura poco común entre los de su especie.

Claro, eso decía mucho. Porque Hades había aprendido algo importante sobre los dioses: todos están un poco locos.

Y las diosas… quizá un poco más.

Recordaba, por ejemplo, aquel día en Creta, cuando un grupo de dríadas llevó a un pobre sátiro al bosque “para divertirse”.

Nada malo en teoría… hasta que, al regresar más tarde, encontró que las mismas dríadas habían convertido al desdichado en fertilizante natural para sus árboles.

Desde entonces, Hades comprendió que la palabra “benevolencia” tenía un significado muy relativo entre los inmortales.

Comprendió que detrás de las sonrisas radiantes y los cuerpos perfectos, la mayoría de los dioses griegos estaban completamente desquiciados.

Claro, podían ser bondadosos, sabios y luminosos… pero también rencorosos, vengativos y crueles.

Esa experiencia, y otras tantas, lo habían llevado a estudiar a fondo la naturaleza divina, descubriendo un patrón inquietante:

Todos los dioses griegos, incluso los más amables, escondían un grado de oscuridad y locura en su interior.

Y en las diosas, curiosamente, esa sensación solía ser más intensa.

Gracias a su habilidad de sensor de chakra, Hades podía percibir esa oscuridad -una mezcla de emociones y energía- tal como lo había hecho la primera vez que accedió al modo sabio de las babosas, cuando su cuerpo y su alma parecían fundirse con el mundo.

No sabía de dónde provenía ese poder, pero lo atribuía al chakra de Asura, después de todo, tanto Hashirama Senju como Naruto Uzumaki, portadores de ese linaje, y reencarnaciones de Asura, eran capaces de “ver el corazón” de las personas.

Y, por lo que había notado, él había heredado esa misma habilidad, después de todo el término de reencarnar en Naruto no se refiere al alma de Asura sino a su Chakra.

Y por eso, podía afirmar que todos los dioses tenían un toque de locura. Algunos más que otros.

Por eso, cuando analizó la energía de Anfitrite, notó que su oscuridad era casi inexistente, tan tenue y cálida como la de Hestia.

Y en comparación con la mayoría, eso la hacía destacar.

Así que, si Poseidón realmente deseaba seguir su “destino” y cortejar a Anfitrite, Hades no solo no se opondría, sino que lo apoyaría con entusiasmo.

De hecho, ya se imaginaba organizando la boda.

(Sí, claro), pensó con una sonrisa cómplice. (No tengo idea de cómo se hace una ceremonia tradicional… pero puedo hacerles una boda épica, con juegos de azar y mujerzuelas, jajaja)

Y aunque era cierto que Hades consideraba que la relación entre Poseidón y Anfitrite estaba progresando con una rapidez un tanto sorprendente, en realidad no era nada fuera de lo común. Después de todo, los dioses siempre habían sido extraordinariamente precoces y libertinos en los asuntos del amor. En su mundo, los vínculos románticos eran tan volátiles que, literalmente, podías pedir prestada a la esposa de otro dios sin que eso fuera considerado una ofensa grave… más bien era como una costumbre social y solo unos pocos, generalmente los más poderosos, tenían es derecho de saltarse dicha costumbre.

Los dioses del Olimpo no comprendían el amor como una relación basada en la devoción, el compromiso o la fidelidad, sino que lo confundían con el impulso y el deseo primitivo. Esa falta de entendimiento era, precisamente, una de las principales razones por las que el panteón griego estaba tan jodido en ese aspecto.

Hades, por su parte, se sentía en cierto modo agradecido de estar en el universo de DxD, donde los dioses no parecían verse afectados por problemas como las enfermedades congénitas. Muy distinto al mundo de Percy Jackson, donde la constante práctica del incesto y la falta de variedad en la línea de sangre divina habían provocado que muchos dioses desarrollaran múltiples trastornos físicos y psicológicos.

Y aunque esas condiciones no afectaban directamente a las deidades -por su naturaleza divina-, sí recaían con fuerza sobre sus descendientes, los semidioses. Estos, en consecuencia, eran más propensos a sufrir trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), dislexia, e incluso trastorno de estrés postraumático (TEPT).

No había nada saludable en ese panorama.

Por fortuna, según lo poco que Hades recordaba del canon de la Escuela Secundaria de Demonios, en aquel universo no existían enfermedades naturales ni genéticas que afectaran a los seres divinos.

Lo más cercano a eso eran algunas afecciones de tipo místico, enfermedades o maldiciones que podían dañar el alma o el flujo de energía mágica de un ser sobrenatural. Pero incluso esas eran más cuestiones arcanas que biológicas.

Por ese motivo, Hades no tenía mayores preocupaciones en el ámbito de la salud.

Además, al ser usuario de un sistema, poseía una ventaja inmensa frente a cualquier otro dios o criatura. Su cuerpo era completamente inmune a virus, enfermedades, venenos e incluso a las maldiciones más potentes.

Y, en el improbable caso de que algo llegara a afectarlo, lo máximo que sucedería sería que obtendría un estado negativo, con eso le bastaría con dormir unas horas para que sus estados se restablecieran por completo, recuperando su salud al máximo, y si, suena a la típica explicación genérica sacada de un videojuego RPG, pero es literalmente lo que pasa.

Su “cuerpo gamer” era tan increíble que incluso podía regenerar extremidades y órganos perdidos, siempre y cuando descansara el tiempo suficiente.

En otras palabras, ¡Hades era literalmente ese personaje de videojuego que se hospeda en una posada, dormía una noche y despertaba al día siguiente con su barra de salud completamente restaurada!

Poseidón frunció el ceño, pero no refutó ni negó las palabras de su hermano.

Sabía perfectamente que, si lo hacía, Hades no lo dejaría en paz durante horas, burlándose hasta hacerlo perder la paciencia. Y sinceramente, no tenía el ánimo ni la energía para soportarlo.

Porque, aunque consideraba a Hades lo más cercano que tenía a un amigo, ni siquiera él podía aguantarlo cuando se ponía irritante.

Así que decidió desviar la conversación.

“¿Y qué hay de ti, hermano?” dijo Poseidón, mirándolo directamente a los ojos, mientras Hades seguía dándole pequeños codazos en las costillas y guiñándole un ojo con insistencia.

Hades se detuvo un momento, arqueando una ceja.

“¿Qué hay conmigo?” preguntó, señalándose a sí mismo con un gesto teatral.

“Sobre cómo ha ido tu relación con Amaltea. Por lo que veo, se llevan bastante bien.” comentó Poseidón, lanzando una mirada significativa a la diosa oceánide que se encontraba sentada junto a Hades.

Hades sonrió con expresión relajada y un toque pícardia.

Con el brazo derecho rodeó los hombros de Amaltea, palmeándola con familiaridad. Luego, con la otra mano, señaló a la diosa y después a sí mismo.

“Pues, aquí como puedes ver, nos llevamos de maravilla. Amaltea ya podría considerarse mi pana.”

“¿P-pana?” repitió Amaltea en voz baja, con la confusión dibujada en el rostro.

Sin embargo, un segundo después, su expresión cambió. Por una fracción de instante, su cuerpo se tensó. Un escalofrío recorrió su columna, acompañado por una pesada intención asesina que llenó el aire… pero tan rápido como apareció, desapareció.

“¡Hermano mayor!” resonó la melodiosa voz de una mujer alta, de cabello dorado como el trigo y ojos marrones con un halo verde alrededor de la pupila.

En un parpadeo, Deméter ya estaba abrazando a Hades por la espalda, presionando contra él sus impresionantes atributos y restregando su mejilla contra la de él con afecto desbordante.

“Hola a ti también, Deméter.” dijo Hades, correspondiendo el efusivo saludo con una caricia en la cabeza de su hermana. “¿La pasaste bien anoche? Te noto más alegre.”

Su tono era controlado. Estaba acostumbrado a los efusivos saludos de Deméter, pero no pudo evitar notar que su abrazo parecía incluir un poco más de fuerza de lo habitual, sobre todo alrededor del cuello.

Deméter sonrió dulcemente.

“La pasé muy bien. Me divertí visitando los jardines de la tía Tetis y explorando los salones de los palacios del tío Océano.” respondió con entusiasmo, para luego estrechar aún más su abrazo. “Pero lo que más feliz me hace… es volver a estar contigo, hermano Hades.”

Ante semejante escena tan melosa, Hestia resopló discretamente, desviando la mirada hacia los sirvientes que caminaban entre las mesas con bandejas de comida.

Poseidón, por su parte, quizá por incomodidad o celos, optó por mirar a cualquier otra parte.

“Oh… hola, es un placer verte también.” dijo Deméter, saludando a Amaltea con una sonrisa que no llegaba del todo a los ojos.

¿Recuerdan lo de Hades y las emociones negativas? … bueno, en ese momento Deméter emanaba muchas de ellas.

Por eso, actuando con sabiduría, Hades decidió no decir nada y simplemente ofrecerle el asiento a su derecha.

¿Y Amaltea? Bueno… al ver la mirada oscura en los ojos de Deméter, cedió amablemente su lugar sin decir una palabra, Hades le dedico un silencioso pulgar arriba por su acertada decisión.

Hades sabía que, tarde o temprano, tendría que lidiar con ese cariño excesivo de su hermana, porque desde que habían salido del estómago de su padre, su actitud no había hecho más que empeorar. Y a estas alturas, ya rozaba la obsesión.

Y si hay algo peor que una diosa enamorada… es una diosa enamorada y loca.

Además todavía necesitaba a Deméter en su proyecto para crear árboles híbridos que produzcan Chakra.

Poco después llegaron Hera, Zeus y Metis, y el ambiente dentro del grupo mejoró notablemente.

En algún momento, uno de los sirvientes de mayor rango en el salón levantó la mano, haciendo una señal. Inmediatamente, todo el personal adoptó una postura firme y solemne, en contraste con su comportamiento más relajado de antes.

Entonces, al salón entraron dos figuras de porte majestuoso, cuya mera presencia imponía respeto.

Eran los Reyes del Reino Submarino de Thalassia, los gobernantes de los mares adyacentes al territorio de Grecia:

El titán de los mares, Océano, y la titanide de las fuentes hídricas, Tetis.

Océano vestía un quitón azul oscuro de corte sencillo, pero que no lograba restarle imponencia. En su mano sostenía un tridente plateado con gemas mágicas incrustadas que brillaban con energía marina.

Tetis, en cambio, lucía un quitón verde alga que realzaba su figura elegante, adornada con collares de perlas y pulseras de oro macizo que hacían honor a su belleza.

Ambos caminaron hasta la cabecera de la mesa, donde los esperaban dos asientos de diseño exquisito, decorados con incrustaciones de perlas tan puras y brillantes que podrían deslumbrar hasta provocar migraña a quien las mirara demasiado tiempo.

Una vez tomaron asiento, el silencio se apoderó del salón.

Océano se puso de pie, alzando su copa, y habló con voz profunda y serena que retumbó como el oleaje en una caverna.

—

“Hijos de Rea, descendientes de Cronos, sed bienvenidos al Reino de Thalassia, morada de las aguas eternas y cuna de los océanos que nutren la tierra.”

“Es para mí y para mi amada esposa, Tetis, un honor recibirlos bajo este techo. Que las olas que golpean nuestras costas sean testigo de la paz que ofrecemos, y que las corrientes que fluyen bajo nuestras tierras lleven nuestros deseos de prosperidad y armonía.”

“Hoy no sois invitados, sino familia, conectados por la sangre titánica, herederos de una estirpe antigua y poderosa. Que este desayuno no sea solo un banquete de bienvenida, sino el símbolo de una nueva era de entendimiento entre las aguas y los cielos, entre la tierra firme y el abismo marino.”

“coman, beban, y dejen que la marea de la fraternidad fluya entre nosotros.”

Con esas palabras, Océano levantó su copa, y todos los presentes lo imitaron mientras Tetis sonreía con elegancia, dando inicio oficial al desayuno.

Mientras que Hades silenciosamente sacó una rodaja de limón y un salero para echarla encima de su plato de mariscos, mientras que por debajo de la mesa le pasaba otro frasco a Hestia la cuál no dudó en ponerle sal discretamente a su comida.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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